Cumbres borrascosas de Emily Brontë
“Sea de lo que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son lo mismo.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Febrero 2026
Cumbres borrascosas de Emily Brontë
El amor que aprende a herir al viento
El viajero de las palabras
_
“Sea de lo que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son lo mismo.”
— Emily Brontë, Cumbres borrascosas
Entro a Cumbres borrascosas sin la ilusión del abrigo. Desde el primer paso, el viento impone su ley: no hay bienvenida, solo resistencia. Los páramos de Yorkshire no se extienden ante mí como un paisaje que pueda contemplarse a distancia; me atraviesan. Aquí, el mundo no es fondo sino fuerza, y cada colina, cada ráfaga, parece replicar el pulso interno de quienes lo habitan. Camino sabiendo que este no es un territorio para el sosiego, sino para la exposición absoluta del alma.
La casa aparece como una prolongación de la tierra: dura, áspera, cerrada sobre sí misma. No está hecha para proteger, sino para soportar. En su interior, las voces se superponen, se recuerdan, se deforman. Nadie habla desde la calma; todos hablan desde una herida. Comprendo pronto que esta novela no se recorre en línea recta: se deambula por ella como por un recuerdo obsesivo, regresando siempre a los mismos puntos, aunque cada vez con una nueva grieta.
Heathcliff emerge no como personaje, sino como fuerza elemental. No lo observo: lo siento. Es rabia acumulada, abandono que fermenta, deseo que no encuentra cauce. Su amor no pide permiso ni busca redención; exige, reclama, devora. Catherine, por su parte, no es refugio ni equilibrio. Es espejo y tormenta. En ella, el amor no se vive como elección, sino como identidad: amar es ser, y no amar sería dejar de existir. En este vínculo, nadie posee al otro sin perderse a sí mismo.
Emily Brontë escribe el amor como una experiencia límite. No hay en estas páginas una pedagogía del afecto ni una moraleja tranquilizadora. El sentimiento se presenta como una energía primitiva, anterior a la ética y posterior a la razón. Amar no ennoblece necesariamente: a veces degrada, a veces arrasa. El corazón, aquí, no es un lugar de consuelo, sino un campo de batalla donde se enfrentan el deseo, el orgullo y la imposibilidad de pertenecer plenamente.
Mientras avanzo, percibo que el tiempo en Cumbres borrascosas no cura: repite. Los errores se heredan, las pasiones se enquistan, los rencores se transmiten como una lengua materna que nadie cuestiona. Las generaciones posteriores caminan sobre un suelo emocional minado, pagando deudas que no contrajeron. El amor, cuando no se resuelve, se vuelve legado oscuro.
La estructura fragmentada de la novela refuerza esta sensación de desasosiego. Las historias llegan mediadas, contadas por otros, como si la verdad nunca pudiera presentarse de forma directa. Escucho versiones, contradicciones, silencios. Y en ese entramado de voces comprendo que el amor también es eso: una narración incompleta, siempre filtrada por la memoria y el deseo de quien recuerda. Nadie posee el relato entero, como nadie posee del todo al ser amado.
Hay en esta obra una violencia que no se limita al gesto físico. Es una violencia emocional, una presión constante que moldea caracteres y destinos. Amar en este mundo implica aceptar la posibilidad de destruir y ser destruido. No hay inocencia posible cuando el sentimiento se vuelve absoluto. La pasión no se adapta a la vida social; la desborda, la desafía, la deja en ruinas.
Sin embargo, no todo es oscuridad. Entre la aspereza, percibo una pregunta insistente: ¿qué sería de nosotros sin esa intensidad que nos expone al dolor? Cumbres borrascosas no celebra el sufrimiento, pero tampoco lo niega. Lo muestra como parte inseparable de ciertas formas de amar. El corazón, parece decirnos Brontë, no siempre busca la paz; a veces busca reconocerse en el exceso.
Al caminar por estas páginas, siento que el amor no es aquí un puente hacia el otro, sino un descenso hacia lo más profundo del yo. Heathcliff ama como quien se aferra a una identidad perdida; Catherine ama como quien se fragmenta entre lo que es y lo que se espera que sea. Entre ambos, el deseo no encuentra síntesis, solo permanencia en el conflicto. Amar es permanecer abierto, incluso cuando la herida no cicatriza.
Al salir del libro, el viento sigue soplando. Comprendo que hay historias que no buscan acompañarnos, sino marcarnos. Cumbres borrascosas no ofrece modelos ni consuelos: ofrece una experiencia. Leerla es aceptar que el corazón puede ser un territorio sin mapas claros, un laberinto donde perderse también es una forma de habitar. Quizá por eso regresamos a ella: porque en su intemperie reconocemos algo ferozmente humano.
Contexto de la obra
Publicada en 1847, Cumbres borrascosas es la única novela de Emily Brontë y una de las obras más radicales de la literatura inglesa del siglo XIX. En un contexto victoriano marcado por normas morales rígidas y expectativas sociales claras, la novela desentonó por su representación de pasiones extremas, personajes moralmente ambiguos y una concepción del amor alejada del ideal romántico convencional. Su compleja estructura narrativa y su atmósfera opresiva la convirtieron, con el tiempo, en una obra fundacional para explorar el lado oscuro del deseo y la identidad.

