Los vicios y adicciones han sido retratados de distintas formas en la pantalla grande, ya sea viendo el deterioro del personaje ya sus actos conducentes al abismo. En el caso de “Dieciséis años de alcohol”, la historia no sólo gira en torno a ello, sino al proceso o iniciación del adicto y en su posible cura, o habría que decir, control del problema. Frankie es un joven adulto que comenzó el gusto por la bebida desde niño, ello ocasionado por la pésima relación entre sus padres, en especial el papá, quien a la vez que funge como su héroe, es un bebedor asiduo e infiel esposo. Una vez que Frankie crece se convierte en un violento y alcohólico pandillero, que tras enamorarse de una chica vendedora de discos musicales, decide dejar dicha vida.
La temática no gira en torno al protagonista y su ensañamiento con la bebida, al contrario, el director Richard Jobson, hace una elipsis de esa etapa de la vida del protagonista, tan sólo muestra los primeros sorbos del pequeño Frank tras las continuas peleas familiares, es decir, el orillamiento hacia las botellas etílicas. El film cumple de sobra con los requisitos que un cinéfilo desea al momento de sentarse a ver una buena película: un agradable banda sonora, un argumento que atrapa de inmediato, un tema contemporáneo, emoción por el desenvolvimiento desenfrenado de los secuaces de Frankie y por si fuera poco, la reflexión constante del propio personaje principal. Desde un comienzo con vos en off lanza sentencias agudas y amargas, pocas veces optimistas, pero siempre reveladoras de la condición, no únicamente de él, además de cualquiera que pudiera encontrarse envuelto en una situación como la suya. Como por ejemplo: “Entre más acostumbrado estés con la esperanza menos bella es,” o una que refleja de igual forma su angustia y desesperación: “Si todo lo que has estropeado cayera del cielo, el mundo estaría en penumbras”. Frank no es del todo fatalista, ni cae dentro del pesimismo, ¡lucha por la superación! pero el alcohol y sus dieciséis años con él, son el cauce de un río conyugal caudaloso y con la desembocadura en el vicio.
Es evidente que en la forma de ser realizada obras como La naranja mecánica y Trainspotting salen a relucir inmediatamente a la memoria, pero bien claro está que ninguno de estos dos clásicos cuentan con un guion tan poderoso y que deja con una serie de pensamientos sobre el material literario sobre el que está hecho en el espectador. El alcohol parece pretexto para sacar el lado salvaje y con ansias de estallar a la menor provocación, podría decirse que, la verdadera adicción de Frankie es la violencia.




