Parte 6: dominio de la avaricia [Infierno en la tierra]

Algunas horas después de levantar el campamento y reiniciar la marcha, nos vimos inmersas en el dominio de la avaricia.

Las sororitas Caterina, Eva, Lucrezia, Narcisa y Romola discutían sobre lo extraño del lugar: cientos de almas arrancaban enormes manzanas doradas que crecían en árboles dispersos en kilómetros de pantanos lóbregos, donde flotaban huesos humanos.

Las manzanas destellaban como faros, atrayendo a las almas; pocas podían resistirse. Lo inquietante era que, al arrancar una, no podían evitar tomar otra y otra más, incluso cuando el peso excesivo —demasiado pesado— las hacía hundirse lentamente. Terminaban ahogándose eternamente. Había en ello un tinte poético, cruel.

Escuché hace años a un pescador decir que morir ahogado es horrible, desesperante, porque subyuga el instinto de supervivencia. Y aquí era aún peor: un fluido denso y pantanoso entrando por la nariz y la boca, obstruyendo los pulmones. Muchos acumulan riquezas que no gastarían en varias vidas; y cuando hablo de riquezas no me refiero solo a lo económico: cualquier objeto puede convertirse en riqueza. Hundidos en un lodazal por el propio peso de aquello que jamás podrán disfrutar.

La visión me provocaba náuseas. Sentí mi cordura al borde del colapso. No podía hablar por las otras sororitas, pero supuse que se sentían igual. Podíamos estar entrenadas hasta el límite, pero eso no garantizaba absolutamente nada.

Seguimos avanzando. Algunas sororitas cayeron en la tentación y corrieron hacia el pantano, impulsadas por el brillo de las manzanas, aunque en menor número que en otros dominios. Intentar detenerlas era peligroso, sobre todo sobre aquellos suelos blandos.

A lo lejos vimos un gigantesco castillo de oro puro —que luego descubrimos decorado con diamantes, esmeraldas, rubíes y zafiros—. Si las manzanas eran faros del pantano, aquel castillo era el faro de todo el dominio: un trofeo dorado que contrastaba con el entorno gris y húmedo, como si exigiera ser alcanzado.

No encontramos resistencia demoníaca alguna hasta llegar al castillo. En la sala principal, sobre un trono alzado en una montaña de piedras preciosas y monedas de oro de distintos tamaños, yacía un hombre anciano pero atlético, cubierto de anillos y pulseras, sosteniendo un bastón dorado.

—Sororitas… bienvenidas… —saludó.

—Supongo que eres Mammón, líder demoníaco de la avaricia —dije, frunciendo el entrecejo.

—Exacto —respondió con calma.

Intercambié miradas con mis hermanas, buscando aquiescencia, y luego regresé la vista al demonio.

—¿No tienes guardianes? —pregunté, intentando ocultar mi inquietud—. Los otros líderes sí los tenían, y eran grotescos.

—No los necesito —respondió con desdén—. Cobran mucho y hacen poco —añadió en un tono que mezclaba lamento y furia—. Decidí ser mi propio amo, señor y guardián. Entrené durante siglos para lograrlo.

—Eh… está bien —murmuré, sin apartar la mirada.

No lo sé… observarlo y escucharlo me hizo pensar en ciertos líderes políticos o religiosos investidos de poder, pero profundamente malvados. Y mientras lo analizaba, Mammón se movió rápido como un relámpago y apareció frente a mí.

—¡Q-q-qué…!

No alcancé a terminar la frase. Mammón me golpeó brutalmente el rostro con una patada, lanzándome contra el muro.

Todo se volvió negro por un instante; no sabría decir cuánto duró. Cuando recuperé la conciencia, aturdida, escupí un diente: un canino. Vi entonces cómo Mammón nos derrotaba aún en su forma humana. Un golpe, luego varios gritos femeninos. El patrón se repetía una y otra vez. Sororitas caían muertas sobre los tesoros demoníacos cada pocos segundos.

—¡Malnacido! —intenté incorporarme, pero descubrí que mi húmero derecho estaba dislocado—. ¡Carajo!

La formación estaba en completo desconcierto. Teníamos graves problemas. Para nuestra fortuna, Mammón era un avaro sin guardianes; de haberlos tenido, nuestra cruzada habría terminado en el tercer dominio infernal.

Sor Eva saltó sobre Mammón justo cuando el demonio se detuvo tras una ráfaga de ataques, logrando cercenarle un brazo.

—¡Maldita! —rugió Mammón, intentando golpearla, sin éxito.

Mientras forcejeaban, otras sororitas atacaron por la espalda, asestándole varios golpes.

Furioso, Mammón inició su transformación: aumentó cinco veces su tamaño y le brotaron decenas de manos por todo el cuerpo. Y en el mismo instante en que completaba la metamorfosis, llegaron Leontina, Lucrezia y Narcisa, ejecutándolo con una magistral decapitación.

Un destierro insólito: decapitación con armas bendecidas. En el infierno, todo vale.

Mientras el castillo se derrumbaba y las almas asumían la forma de orbes luminosos, escapamos al exterior.

Una vez más, el ángel de la muerte cumplió su labor.

Habíamos perdido demasiadas compañeras. Demasiadas.

Sanamos nuestras heridas y descansamos. Con menos caballos, el trayecto sería más largo y mucho más pesado.

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Cristian Fernando Guevara Hincapié (Colombia)

(Cali, Colombia, 1989) es escritor y psicólogo, residente en Yumbo. Su obra transita entre la poesía y la narrativa breve con una inclinación marcada hacia el suspenso, la ciencia ficción y el terror, géneros desde los cuales explora el sufrimiento humano, la fragilidad de la identidad y los límites de lo real.
Influenciado por autores como Philip K. Dick, H. P. Lovecraft, Ray Bradbury y Ursula K. Le Guin, construye atmósferas envolventes que anclan lo perturbador en situaciones cotidianas, logrando que el lector reconozca algo propio incluso en lo profundamente extraño. Su formación en psicología atraviesa su escritura: no le interesa solo lo que ocurre, sino cómo se experimenta por dentro.
Es autor de las novelas El precio de una rosa y Desde la inventiva de Hefesto hasta las llamas del infierno, y ha publicado en más de 170 revistas y antologías a lo largo de su trayectoria. Se concibe a sí mismo como un observador de lo humano que utiliza la escritura para cuestionar, reinterpretar y expandir la realidad: abrir fisuras en las certezas y dejar en el lector una inquietud que persiste más allá de la última página.

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