Balún-Canán: México después de la Revolución no era el mismo México para todos

Tierra, poder y palabra en la novela de Rosario Castellanos

Hay una idea de México que suele aparecer cuando se habla de la Revolución: la de un país que, después de la lucha armada, comenzó a construir otro orden. Cambiaron las leyes, cambió la relación del Estado con la tierra y aparecieron nuevas promesas de justicia. Pero una cosa es que cambie el país que aparece en los decretos y otra, bastante más lenta, que cambie el país que se vive todos los días.

Balún-Canán, publicada por Rosario Castellanos en 1957 y situada en el Chiapas de los años treinta, ocurre justamente en ese intervalo. Las reformas del cardenismo comienzan a entrar en una sociedad todavía organizada alrededor de la hacienda, la propiedad y una rígida separación entre ladinos e indígenas.[1]

Castellanos podría haber contado ese choque desde el discurso político. En cambio, lo hace desde una familia, una finca, unos trabajadores y la mirada de una niña. Esa elección cambia todo. La Revolución deja de ser una palabra de los libros de historia y se convierte en algo que puede alterar un salario, obligar a construir una escuela o hacer que un hacendado descubra que existe una autoridad por encima de él.

La pregunta que atraviesa la novela, entonces, no es solamente qué cambió después de la Revolución. Es otra: **¿qué ocurre cuando un país intenta cambiar mientras quienes lo habitan siguen viviendo bajo reglas antiguas?**

La respuesta aparece primero en la tierra. En Chactajal, la propiedad no es solamente una cuestión económica. Quien posee la finca posee también una posición dentro del mundo. Los indígenas llegan ante César Argüello, se acercan y después «vuelven a la distancia que se les ha marcado».[2] Esa distancia dice más que cualquier explicación: el orden social está incorporado en los cuerpos.

La hacienda funciona porque todos conocen su lugar. El patrón manda; los trabajadores obedecen; la lengua, los gestos y hasta las formas de acercarse confirman esa distribución. Por eso las reformas no amenazan únicamente una fuente de ingresos. Amenazan una manera completa de entender la vida.

César Argüello confía precisamente en que esa manera de vivir sobrevivirá a cualquier sobresalto. Ha visto pasar crisis y, sin embargo, continúa siendo dueño. Su seguridad se resume en una idea sencilla: han pasado «pestes, revoluciones, años de mala cosecha» y ellos «seguimos viviendo aquí y seguimos siendo los dueños».[3] La frase contiene la lógica de todo un mundo. La Revolución puede pasar; la propiedad, piensa César, permanece.

Pero esta vez hay algo diferente. El gobierno comienza a intervenir en lugares donde antes la autoridad del hacendado parecía suficiente. La ley del salario mínimo y, después, la reforma educativa llegan hasta las fincas. No es casual que César responda a la primera con una mezcla de desprecio y astucia: «Hemos encontrado la manera de no pagarlo».[4]

Es una frase pequeña, pero quizá una de las más reveladoras de la novela. La resistencia al cambio no siempre consiste en enfrentarse a la ley. A veces consiste en aprender a rodearla. El nuevo orden puede existir en el papel mientras el viejo orden encuentra la manera de continuar en la práctica.

La educación vuelve más visible esa contradicción. La nueva legislación obliga a los propietarios de determinadas fincas a establecer una escuela y proporcionar un maestro rural.[5] Para los Argüello, aquello representa una intromisión. Para los indígenas, puede representar algo mucho más concreto: la posibilidad de dejar de depender de la palabra de otros.

Felipe entiende esto. Cuando habla de enseñar a los niños, no piensa en la educación como un símbolo abstracto de progreso. Piensa en la posibilidad de defenderse: «Se sabrá defender. No lo engañarán fácilmente».[6] Saber leer significa poder mirar un papel y no aceptar ciegamente lo que alguien diga que está escrito en él.

Aquí la novela toca un punto especialmente interesante: la Revolución no solamente está modificando la propiedad o las leyes; está intentando modificar quién puede leerlas. La escritura se convierte en una herramienta de poder.

Felipe lo comprende mejor que nadie porque sabe leer y escribir. La autoridad que adquiere entre los suyos está ligada a esa capacidad. El documento deja de ser un objeto que pertenece a los otros y empieza a convertirse en una herramienta propia. La ley, para él, no es una idea lejana: es algo que puede ser leído y utilizado contra quien siempre ha tenido la última palabra.

Sin embargo, Castellanos no convierte la escritura en una solución mágica. Ese es uno de los matices que hacen más compleja la novela. Saber leer no elimina por sí mismo la desigualdad. La ley puede ser burlada, manipulada o aplicada de manera que conserve parte del poder anterior. La escuela puede existir y, aun así, fracasar en su propósito.

La novela muestra, en otras palabras, que **entre una ley y la justicia hay un territorio entero**. En ese territorio están los intereses de los propietarios, la ignorancia, el miedo, las costumbres y la capacidad de cada grupo para hacer valer su propia voz.

Por eso resulta tan significativa una pregunta que aparece en medio de ese mundo dividido: «¿Qué es México?».[7] No es una pregunta geográfica. Es una pregunta sobre pertenencia.

Para alguien que ha vivido dentro de la hacienda, México puede ser el gobierno que está lejos y del que llegan órdenes. Para el propietario, puede ser precisamente ese gobierno que amenaza con quitarle algo que considera suyo. Para el indígena que escucha hablar de Cárdenas, en cambio, México puede comenzar a significar la posibilidad de que exista una autoridad distinta de la del patrón.

Cárdenas adquiere así una dimensión particular. No porque Castellanos lo convierta en héroe de la novela, sino porque para Felipe representa la primera evidencia de que el poder no termina en la puerta de la hacienda. Después de conocerlo, la escritura y la ley adquieren otra fuerza. Felipe ha descubierto que detrás de «el papel que habla» existe una autoridad capaz de enfrentarse al poder local.[8]

Eso modifica incluso la manera de imaginar la nación. México deja de ser solamente un nombre lejano. Empieza a convertirse en una posibilidad concreta de protección.

Pero hay otra frontera que resulta todavía más difícil de atravesar: la del lenguaje.

Desde las primeras páginas, la nana cuenta a la niña que a los indígenas les arrebataron «la palabra, que es el arca de la memoria».[9] La frase funciona como una llave para entrar en toda la novela. Lo que se perdió no fue solamente la capacidad de hablar. Se perdió una manera de conservar el mundo, de transmitirlo y de reconocerse dentro de él.

La palabra, en este sentido, guarda la memoria. Quien controla la palabra controla también una parte de la historia.

Castellanos hace visible esa relación de una forma especialmente contundente en una escena aparentemente cotidiana. En una feria, un indígena habla español y alguien lo reprende: «El español es privilegio nuestro».[10] No se trata simplemente de una burla lingüística. Lo que está siendo defendido es una frontera social.

La frase continúa: el español se usa de usted con los superiores, de tú con los iguales y de vos con los indígenas. El idioma reproduce así la estructura de la sociedad. Hasta una forma de dirigirse al otro puede recordar quién está arriba y quién abajo.

La escena resulta particularmente poderosa porque el indígena no necesita responder. Su silencio deja expuesto el problema. Los otros hablan para afirmar su posición; él calla porque responder significaría entrar en un juego cuyas reglas ya están decididas.

La investigadora Raquel Mosqueda Rivera ha estudiado precisamente esta relación entre lenguaje, silencio y violencia en la novela. Su lectura muestra que el silencio no tiene un único significado: puede ser sometimiento, miedo, resistencia o una forma de conservar aquello que el lenguaje dominante intenta apropiarse.[11]

Esto permite entender mejor por qué la nana ocupa un lugar tan importante. Ella no posee la escritura, pero posee memoria. Su conocimiento llega a la niña mediante relatos, nombres, mitos y advertencias. Frente al mundo de los papeles y las leyes, existe otro mundo que se transmite por la voz.

La novela no presenta uno de esos mundos como completamente bueno y el otro como completamente malo. Los pone en tensión. La escritura puede dar herramientas para defenderse, pero también puede convertirse en una nueva forma de autoridad. La palabra oral conserva una memoria, pero el silencio puede ser impuesto por el miedo. Nada en Balún-Canán es tan sencillo como escoger de qué lado está la verdad.

La niña se encuentra justamente en medio de esa tensión. Pertenece a la familia que posee la tierra, pero aprende de la nana una historia que esa familia no cuenta. Escucha dos maneras de nombrar el mundo y comienza a advertir que no significan lo mismo.

Su infancia permite que Castellanos haga algo que habría sido más difícil desde una narración abiertamente política: mostrar la desigualdad antes de que la niña tenga palabras suficientes para explicarla. Ella ve las diferencias primero; las comprende después.

Por eso la memoria termina siendo tan importante. La niña no solamente escucha a la nana: aprende a recordar. Y al final, cuando recurre a la escritura para fijar un nombre, la novela completa un movimiento que había comenzado con la pérdida de la palabra.

La crítica literaria ha señalado esta relación entre el comienzo y el cierre de la obra. María Inés Lagos Pope observa que la novela se abre con el despojo del lenguaje y se cierra con su apropiación mediante la escritura y la afirmación individual.[12] Es una lectura especialmente sugerente porque convierte el final de la novela en algo más que un desenlace familiar: escribir se vuelve una manera de conservar aquello que amenaza con desaparecer.

Desde aquí, Balún-Canán puede leerse como una novela sobre la Revolución sin ser una novela de propaganda revolucionaria. Castellanos no dice que el nuevo orden haya triunfado. Tampoco dice que el antiguo mundo permanezca intacto. Lo que muestra es algo más incómodo: ambos existen al mismo tiempo.

La ley cambia, pero los hábitos permanecen. El gobierno interviene, pero el hacendado busca cómo esquivarlo. La escuela aparece como una posibilidad de igualdad, pero quienes controlan la tierra todavía pueden decidir qué escuela habrá. Los indígenas comienzan a tener acceso a una palabra distinta, pero todavía tienen que luchar para ser escuchados.

Y ahí vuelve la pregunta: ¿qué es México?

Quizá la novela responde sin responder. México es el país de la reforma agraria y también el de la hacienda. Es el presidente que promete justicia y el patrón que intenta impedir que esa justicia llegue a sus trabajadores. Es el español que sirve para mandar y la lengua indígena que guarda una memoria. Es la ley escrita y la vida que todavía no aprende a obedecerla.

La Revolución cambió México, pero no lo cambió de la misma manera para todos.

Para algunos significó perder privilegios. Para otros, descubrir que podían tener derechos. Para unos fue una amenaza; para otros, una promesa. Y para la niña que observa todo aquello, fue el descubrimiento de que el mundo en el que había nacido no era natural ni inevitable: era un mundo construido por relaciones de poder y, por lo tanto, capaz de cambiar.

Tal vez ahí se encuentra la vigencia de Balún-Canán. No en ofrecernos una respuesta definitiva sobre lo que México llegó a ser después de la Revolución, sino en obligarnos a mirar quién quedó dentro de esa transformación y quién tuvo que esperar.

Un país puede cambiar de leyes antes de cambiar de costumbres. Puede cambiar de gobierno antes de cambiar sus jerarquías. Puede declarar nuevos derechos antes de que quienes los necesitan sepan siquiera cómo reclamarlos.

Balún-Canán ocurre en ese momento incómodo en que el país viejo todavía no termina de desaparecer y el nuevo todavía no consigue nacer por completo.

Y quizá por eso, al terminar la novela, México sigue siendo una pregunta.

[1] Rosario Castellanos, Balún-Canán, en Obras I. Narrativa, compilación y notas de Eduardo Mejía, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pp. 11-228. El artículo de Raquel Mosqueda Rivera utiliza esta edición y sitúa su análisis en el contexto de las tensiones entre palabra oral, escritura, silencio y violencia en la novela. La novela fue publicada originalmente en 1957.

[2] Rosario Castellanos, Balún-Canán, en Obras I. Narrativa, cit., p. 15. El pasaje también aparece citado en estudios sobre la estructura social de Chiapas y la representación de la hacienda en la novela.

[3] Rosario Castellanos, Balún-Canán, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 79; cit. en Roberto Kaput González Santos, “Virtud y fortuna en la hacienda de Balún-Canán”, Alere.

[4] Rosario Castellanos, Balún-Canán, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 45; cit. en Roberto Kaput González Santos, “Virtud y fortuna en la hacienda de Balún-Canán”. La misma escena aparece reproducida en estudios y materiales docentes sobre la novela.

[5] Rosario Castellanos, Balún-Canán, cit., p. 44-45. La legislación exige a los dueños de fincas con más de cinco familias indígenas a su servicio proporcionar enseñanza, establecer una escuela y pagar un maestro rural. Véase también el análisis de la reforma educativa en Revista Carátula, “Imposibilidad de cambio: la situación del indio en Balún Canán”.

[6] Rosario Castellanos, Balún-Canán, en Obras I. Narrativa, cit., p. 145. El pasaje es reproducido por Raquel Mosqueda Rivera, quien lo relaciona con la confianza de Felipe en el poder de la escritura.

[7] Rosario Castellanos, Balún-Canán. La pregunta aparece en la novela en el contexto de la percepción indígena de la nación y de las reformas cardenistas. Para la versión definitiva conviene cotejar la página con la edición de FCE de 1989 que utilizará la revista.

[8] Rosario Castellanos, Balún-Canán, cit. Mosqueda Rivera analiza la relación entre Felipe, Cárdenas y la confianza en la palabra escrita, especialmente a partir de la idea del “papel que habla”.

[9] Rosario Castellanos, Balún-Canán, en Obras I. Narrativa, cit., p. 19. Raquel Mosqueda Rivera analiza este pasaje como el inicio de la novela y lo relaciona con la pérdida de la palabra como memoria y con la tradición oral indígena.

[10] Rosario Castellanos, Balún-Canán, cit., p. 39. La escena de la rueda de la fortuna aparece también reproducida por Irania Malaver en “Lengua e interculturalidad”, VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, y en materiales de la UNAM.

[11] Raquel Mosqueda Rivera, “La palabra sagrada. Violencia y lenguaje en Balún-Canán”, Literatura Mexicana, vol. 30, núm. 1, 2019, pp. 43-66. El estudio examina los encuentros y desencuentros entre palabra oral, palabra escrita, silencio y violencia en la novela.

[12] María Inés Lagos Pope, “Individuo y sociedad en Balún-Canán”, Texto Crítico, núms. 34-35, enero-diciembre de 1986, pp. 81-92. La lectura de Lagos Pope es retomada por Mosqueda Rivera en relación con la apertura de la novela mediante la pérdida de la palabra y su cierre mediante la escritura.

Bibliografía
Castellanos, Rosario. Balún-Canán. En Obras I. Narrativa. Compilación y notas de Eduardo Mejía. México: Fondo de Cultura Económica, 1989, pp. 11-228.
Kaput González Santos, Roberto. “Virtud y fortuna en la hacienda de Balún-Canán”. Alere.
Lagos Pope, María Inés. “Individuo y sociedad en Balún-Canán”. Texto Crítico, núms. 34-35, enero-diciembre de 1986, pp. 81-92.
Malaver, Irania. “Lengua e interculturalidad”. VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, Córdoba, 2019.
Mosqueda Rivera, Raquel. “La palabra sagrada. Violencia y lenguaje en Balún-Canán”. Literatura Mexicana, vol. 30, núm. 1, 2019, pp. 43-66.
Avatar photo
Oscar Uriel R. C. (México)
Artículos: 4

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *