
“Berenice” fue publicado por Poe en 1835 en el Southern Literary Messenger, siendo uno de sus primeros cuentos de horror y también uno de los más perturbadores por la naturaleza específica de su violencia: no viene de afuera, de una fuerza sobrenatural o un asesino ajeno, sino del propio narrador, cuya mente enferma ejecuta un acto del que no conserva memoria consciente. Según el propio Poe en carta a Thomas W. White, editor de la revista, el cuento era deliberadamente extremo porque creía que los lectores preferían lo terrible a lo insípido, siempre que ese terror tuviese un propósito moral. El propósito de “Berenice” es mostrar cómo la mente, cuando la atención se vuelve tiránica, puede convertir la contemplación en crimen sin que el sujeto lo advierta.
- [Cuento] Berenice — Edgar Allan Poe (Estados Unidos)
- [Artículo] Toutes ses dents étaient des idées: monomanía, contemplación y horror en “Berenice”
Berenice
Edgar Allan Poe (Estados Unidos)
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
-Ebn Zaiat
La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre… ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.
Toutes ses dents étaient des idées: monomanía, contemplación y horror en “Berenice”
“Toutes ses dents étaient des idées. ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.”
— Edgar Allan Poe, Berenice
Abstract
Este ensayo analiza "Berenice" de Edgar Allan Poe como una exploración de la monomanía como forma patológica del conocimiento. A través de la figura de Egaeus, cuya atención involuntaria convierte objetos triviales en centros absolutos de la conciencia, el cuento construye una psicología del horror que no viene de afuera sino del interior del sujeto que lo padece y lo produce. La lectura se apoya en la teoría de la atención de William James, que distingue entre atención voluntaria e involuntaria y describe los efectos de esta última cuando se vuelve incontrolable, y en la noción freudiana de lo siniestro como lo familiar que se ha vuelto extraño. El objeto central de análisis es la frase toutes ses dents étaient des idées como punto de colapso entre la contemplación estética y el acto criminal: el momento en que el pensamiento se vuelve indistinguible del deseo y el deseo del acto.
I. La mansión y su herencia: el espacio como destino
El cuento comienza antes de que comience la historia. Las primeras líneas de Egaeus no describen un evento sino una condición: su linaje, su mansión, su naturaleza como heredero de una raza de visionarios. Esa presentación no es vanidad autobiográfica. Es la instalación de un determinismo que el cuento va a desplegar con precisión: Egaeus no eligió su enfermedad más de lo que eligió su apellido. Nació en el aposento donde murió su madre, creció entre libros de naturaleza inconexa e imaginativa, desarrolló una vida interior que fue sustituyendo gradualmente a la exterior. El espacio lo hizo.
Bachelard escribió que la casa es el primer universo del ser humano, el espacio que organiza los recuerdos y define la forma en que uno se relaciona con el mundo. La mansión de Egaeus es un universo cerrado, un espacio donde las realidades terrenales se vuelven visiones y los sueños se convierten en la única existencia real. Ese intercambio entre lo real y lo onírico no es una metáfora: Poe lo describe como una inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. No es que Egaeus fantasee: es que la fantasía ha ocupado el lugar de la realidad con tal completud que el límite entre ambas ha desaparecido.
En ese contexto, la biblioteca no es solo el espacio donde Egaeus estudia. Es el espacio donde su mente se formó y donde su enfermedad se instaló. Los libros que menciona, el tratado de Coelius Secundus Curio, La ciudad de Dios de San Agustín, el De Carne Christi de Tertuliano, no son lecturas al azar. Son textos que bordean la imposibilidad, que proponen paradojas donde la razón y la fe, la lógica y el misterio, se tocan y se destruyen mutuamente. Egaeus ha alimentado su mente con lo que no puede resolverse. No es extraño que su mente se haya vuelto irresoluble.
“La atención de Egaeus no busca objetos: los devora. Y lo que devora no se digiere; permanece, crece, ocupa todo el espacio hasta que no queda lugar para nada más.”
II. La atención como enfermedad: William James en la biblioteca de Egaeus
William James, en sus Principios de psicología, distinguió con precisión entre la atención voluntaria, aquella que el sujeto dirige conscientemente hacia un objeto, y la atención involuntaria, aquella que el objeto impone sobre el sujeto sin que este pueda resistirla. La atención involuntaria es la que nos hace voltear al escuchar un ruido inesperado, la que nos ancla en una imagen perturbadora que no elegimos ver. En condiciones normales, ambos tipos de atención se equilibran. En la mente de Egaeus, la involuntaria ha tomado el control absoluto.
Lo que Poe describe con extraordinaria precisión es que los objetos que capturan la atención de Egaeus no son extraordinarios. Son triviales: una nota al margen de un libro, una sombra sobre el tapiz, la llama de una lámpara, el perfume de una flor, una palabra común repetida hasta perder su significado. La enfermedad no consiste en ser atraído por lo insólito sino en ser colonizado por lo ordinario. Cualquier cosa puede convertirse en el centro absoluto de la conciencia, y cuando lo hace, todo lo demás desaparece.
Poe además distingue con cuidado la monomanía de Egaeus de la meditación o el ensueño del poeta. El soñador, dice, pierde de vista el objeto inicial en una multitud de deducciones y asociaciones que de él proceden, y termina olvidándolo. En Egaeus ocurre lo contrario: pocas deducciones surgen, y las que aparecen retornan tercamente al objeto original como a su centro. La atención no abre; cierra. No multiplica; concentra hasta el aplastamiento. El objeto no desaparece al final de la contemplación: se ha vuelto más grande, más irresistible, más imposible de abandonar.
Esa descripción clínica es lo que hace de “Berenice” algo más que un cuento de horror gótico. Es un análisis de un estado mental específico, narrado desde adentro con una lucidez que aumenta el terror: Egaeus entiende su enfermedad, puede describirla con precisión, y sin embargo no puede detenerla. El conocimiento no produce control. La mente que se observa a sí misma destruyéndose no puede evitar la destrucción.
“Egaeus nunca amó a Berenice en los días de su belleza porque su mente no sabe amar: sabe contemplar. Y la contemplación, cuando se vuelve monomaníaca, no respeta la diferencia entre una persona y una cosa.”
III. Berenice y su transformación: el cuerpo que se vuelve objeto
La figura de Berenice antes de la enfermedad es la antítesis perfecta de Egaeus: ágil, graciosa, desbordante de fuerzas, vagando despreocupadamente por la vida. Donde él es encierro, ella es movimiento. Donde él es meditación, ella es presencia. Esa oposición no es decorativa. Es la condición que hace posible el horror: dos naturalezas tan opuestas que la enfermedad de una no puede ser comprendida por la otra, y la enfermedad del otro no puede ver a la primera como persona sino como objeto de contemplación.
Egaeus lo dice sin eufemismos: en los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. Los sentimientos en él nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. Berenice no era para él una Berenice viva, palpitante, sino la Berenice de un sueño, una abstracción, un tema para la especulación. Esa reducción de la persona a objeto de análisis no es crueldad deliberada. Es la forma que toma el deseo cuando la mente que lo aloja no tiene acceso a la vida emocional.
La enfermedad de Berenice, esa epilepsia que termina en catalepsia y que opera una revolución horrible en su ser moral y físico, completa la transformación. La Berenice que aparece en la biblioteca no es la Berenice que era. Su delgadez es excesiva, sus ojos no tienen vida ni brillo, su cabello ha cambiado de color, su sonrisa revela los dientes de una manera que algo en Egaeus registra como revelación. La enfermedad de ella y la de él se encuentran en ese momento: la que destruye un cuerpo y la que convierte ese cuerpo destruido en un objeto de contemplación absoluta.
“Los dientes no son el objeto de un deseo erótico ni de una fascinación macabra: son el punto donde la atención de Egaeus, agotada de buscar un centro, finalmente lo encuentra. Y ese hallazgo es su perdición.”
IV. Los dientes como ideas: el colapso entre contemplación y deseo
La frase que da título al ensayo, toutes ses dents étaient des idées, es la más extraña y la más exacta del cuento. Poe la toma de una observación sobre la bailarina Mademoiselle Sallé, de quien se decía que tous ses pas étaient des sentiments, todos sus pasos eran sentimientos. Poe invierte el registro: no los pasos sino los dientes, no los sentimientos sino las ideas. La inversión no es caprichosa. Señala el tipo específico de mente que padece Egaeus: una mente para la que la belleza existe solo como concepto, que convierte la experiencia sensorial en objeto intelectual, y que ahora ha encontrado en los dientes de Berenice el objeto perfecto para su tipo de atención.
Los dientes son, en la anatomía del horror de Poe, el objeto más inquietante posible. Son parte del cuerpo pero tienen una independencia formal que los hace extraños: son los únicos huesos visibles en la persona viva, permanecen después de la muerte cuando todo lo demás se ha disuelto, tienen una blancura que contrasta violentamente con la carne que los rodea. Para la atención monomaníaca de Egaeus, que necesita un objeto que pueda contemplarse desde todos los ángulos, que tenga características analizables, que pueda resistir la presión de una conciencia que no sabe hacer otra cosa que concentrarse, los dientes son la trampa perfecta.
Y la trampa se cierra. Egaeus pasa horas, días, en contemplación de esos dientes que ya no están frente a él pero que su memoria ha capturado con una precisión fotográfica. Los ve con más claridad que un momento antes. Está aquí y allá y en todas partes, visibles y palpables. El objeto ha ocupado todo el espacio disponible de la conciencia. Ya no hay lugar para nada más, ni para la razón, ni para el afecto, ni para el reconocimiento de Berenice como persona. Solo los dientes, y la convicción de que su posesión podría devolverle la paz.
“El horror más profundo del cuento no es lo que Egaeus hizo: es que no lo recuerda. La mente que ejecutó el acto y la mente que lo descubre son, para todos los efectos, dos personas distintas.”
V. El horror sin memoria: lo que Egaeus hizo y no recuerda
El cuento salta sobre el acto. Egaeus está en la biblioteca, sumido en la contemplación de los dientes; luego hay un grito, y luego ha pasado la noche y Berenice está enterrada. El período intermedio no tiene contenido en su memoria: solo horror vago, terror más terrible por su ambigüedad. Esa laguna no es un recurso narrativo de suspenso. Es la descripción exacta de un estado en que la conciencia ordinaria ha sido desplazada por completo por la monomanía, y lo que ocurrió durante ese desplazamiento no dejó huella en la parte de la mente que narra.
El descubrimiento se produce en capas, con la misma lentitud con que la verdad se impone sobre una conciencia que no quiere recibirla. Primero la cajita del médico de familia sobre la mesa. Luego la frase subrayada en el libro: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. El epígrafe del cuento, la advertencia inicial, reaparece ahora como evidencia. Luego el criado, las ropas manchadas de barro y sangre, las marcas de uñas en las manos. Y finalmente la caja que se rompe y derrama sobre el suelo treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos.
Treinta y dos. Poe contó los dientes. Esa precisión numérica al final de un cuento de horror gótico es quizás el gesto más perturbador del texto entero: no la imagen sino el número, la contabilidad fría de lo que la monomanía produjo. Egaeus fue a la tumba de Berenice, que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía, y le extrajo los dientes. El acto es monstruoso. Pero Poe lo presenta al final, casi como dato, precisamente porque la monstruosidad no está en el acto sino en la mente que lo produjo sin saberlo.
“Freud definió lo siniestro como lo familiar que se ha vuelto extraño. En Berenice, lo siniestro no es el cadáver violado ni los dientes en la caja: es descubrir que el narrador que nos ha acompañado desde el principio es quien lo hizo.”
VI. Lo siniestro desde adentro: cuando el monstruo es el narrador
Freud identificó lo siniestro como una categoría específica de lo inquietante: no el horror ante lo ajeno y desconocido, sino el horror ante lo familiar que ha revelado su cara extraña. La casa que debería proteger y que amenaza. El doble que debería confirmar la identidad y que la deshace. El autómata que debería ser claramente artificial y que parece vivo. En “Berenice”, lo siniestro opera de una manera que Freud no describió explícitamente pero que el cuento anticipa: la primera persona que debería garantizar la confiabilidad del narrador y que revela, al final, que ese narrador es el origen del horror.
Todo el cuento está narrado por Egaeus. Hemos estado dentro de su cabeza desde la primera frase. Hemos aceptado su perspectiva, su análisis de su propia enfermedad, su descripción de Berenice. Y al final descubrimos que esa voz que nos ha guiado con tanta lucidez intelectual es la misma que ejecutó el acto innombrable mientras la conciencia narradora dormía. No hay un monstruo exterior en “Berenice”. El monstruo ha sido el narrador desde el principio, y el horror final consiste en reconocerlo.
Esa estructura produce un efecto que ningún horror exterior podría producir: la complicidad del lector. Hemos habitado la mente de Egaeus, hemos seguido su razonamiento, hemos entendido su monomanía desde adentro. No con simpatía necesariamente, pero sí con comprensión. Y esa comprensión hace que el descubrimiento final sea más perturbador que si Egaeus hubiera sido un personaje distante y opaco. Estuvimos ahí. No vimos lo que ocurrió. Y esa laguna es también nuestra.
“Poe no escribe sobre la locura desde afuera, con la distancia clínica del observador. La escribe desde adentro, con la precisión del que conoce el terreno porque lo ha habitado.”
VII. Poe y la anatomía de la mente enferma: el cuento como diagnóstico
Hay en los grandes cuentos de Poe una característica que los distingue del horror gótico convencional: la minuciosidad psicológica. Sus narradores no son simplemente locos cuya locura produce efectos terroríficos. Son mentes que se examinan a sí mismas con una lucidez que aumenta el horror porque demuestra que la lucidez no basta. Egaeus puede describir su monomanía con precisión clínica. Puede distinguirla de la meditación ordinaria, puede analizar sus mecanismos, puede identificar sus efectos. Y no puede detenerla.
Esa paradoja, el conocimiento sin control, es lo que “Berenice” examina con mayor profundidad. La mente ilustrada, educada entre los mejores libros de la teología y la filosofía, capaz de citar a Tertuliano y a San Agustín, resulta ser la más vulnerable a su propia enfermedad precisamente porque ha desarrollado la atención como instrumento principal de relación con el mundo. Lo que debería ser la herramienta del conocimiento se convierte en su destrucción. La biblioteca que formó a Egaeus también lo contuvo, lo aisló, lo preparó para una forma de existencia que la realidad del cuerpo de Berenice, primero vivo y luego casi muerto, no podía sostener.
El cuento termina con la imagen de los treinta y dos objetos rodando por el suelo. Poe no añade nada. No hay reflexión moral, no hay consecuencia narrada, no hay arrepentimiento explícito. El horror se deja solo, como los dientes en el piso, para que el lector lo recoja y haga con él lo que pueda. Esa economía final es la decisión más precisa del cuento: después de todo lo que se ha dicho sobre la mente de Egaeus, sobre la naturaleza de su atención, sobre el colapso entre contemplación y acto, cualquier conclusión habría sido una reducción. Los dientes en el piso no necesitan explicación. Son la explicación.
Bibliografía
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James, William. Principios de psicología. México: Fondo de Cultura Económica, 1989.
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Bonaparte, Marie. Edgar Poe: estudio psicoanalítico. Buenos Aires: Hormé, 1958.
Poe, Edgar Allan. "Carta a Thomas W. White, 30 de abril de 1835." En: The Letters of Edgar Allan Poe. Cambridge: Harvard University Press, 1948.



