
“Amigas de pensionado” forma parte de los Cuentos crueles de Villiers de L’Isle Adam, publicados en 1883. Es quizás el cuento más breve y más perfecto del libro: una escena única, dos personajes, un malentendido que se resuelve con una sola frase y que al resolverse revela la solidez de lo que parecía frágil. Villiers lo construyó con la economía del que sabe que en el cuento corto cada palabra tiene que justificar su presencia, y con la ironía del que observa la moral convencional desde afuera con una mezcla de distancia y afecto. Lo que el cuento celebra, sin celebrarlo explícitamente, es la posibilidad de una ética propia, construida entre dos personas al margen de los códigos que la sociedad les habría asignado.
- [Cuento] Amigas de pensionado — Villiers de L’Isle Adam (Francia)
- [Artículo] La ley entre dos: amistad, secreto y la ética propia en “Amigas de pensionado”
Amigas de pensionado
Villiers de L’Isle Adam
A Octave Maus
Nada sirve de nada. Y, ante todo, no hay nada.
Sin embargo, todo llega, pero esto es indiferente.
-Théophile Gautier
Hijas de padres ricos, Félicienne y Georgette ingresaron, siendo muy niñas aún, en el célebre pensionado de la señorita Barbe Désagrémeint.
Allí -aunque las últimas gotas del destete humedecieran todavía sus labios-, las unió pronto una amistad profunda, basada en su coincidencia respecto a las naderías sagradas del tocado. De la misma edad y de un encanto de la misma índole, la paridad de instrucción sabiamente restringida que recibieron juntas consolidó su afecto. Por otra parte, ¡oh misterios femeninos!, al punto e instintivamente, a través de las brumas de la tierna edad, habían sabido que no podían hacerse sombra.
De clase en clase, no tardaron en advertir, por mil detalles de sus modales, la estima laica en que se tenían ellas mismas y que habían heredado de los suyos: lo indicaba la seriedad con que comían sus rebanadas de pan con mantequilla de la merienda. De modo que, casi olvidadas de sus familias, cumplieron dieciocho años casi simultáneamente, sin que ninguna nube hubiese nunca turbado el azul de su mutua simpatía, que, por otra parte, daba solidez a la exquisita terrenalidad de sus naturalezas, y por otro, idealizaba, si podemos decirlo, su “honradez” de adolescentes.
Bruscamente, habiendo la Fortuna conservado su deplorable carácter versátil, y como no existe nada estable en este mundo, ni siquiera en los tiempos modernos, sobrevino la Adversidad. Sus familias, radicalmente arruinadas en menos de cinco horas por La Gran Quiebra, tuvieron que sacarlas rápidamente del pensionado, donde, por lo demás, la educación de ambas señoritas podía considerarse como terminada.
Se trató en seguida de casarlas, por medio de anuncios, como supremo recurso, el único arriesgado, sin demasiada locura, en aquella desgracia. Se ponderaron, en tipografía diamantina, sus “cualidades del corazón”, lo atractivo de sus figuras, su gentileza, sus estaturas, incluso su sensatez y sus inclinaciones caseras. Hasta se llegó a imprimir que sólo les gustaban los viejos. No se presentó ningún partido.
¿Qué hacer? ¿Trabajar? Perspectiva poco seductora y de incómoda práctica. Es verdad que Georgette demostraba cierta tendencia hacia la confección; y, por lo que atañe a Félicienne, algo la empujaba hacia la enseñanza. Pero se hubiera requerido lo imposible, a saber: esos primeros gastos de útiles y de instalación, gastos que (¡siempre topando con esa bribona de Adversidad!) sus padres sólo podían permitirse en sueños. Fatigadas de la lucha, las dos muchachas, como sucede demasiado a menudo en las grandes ciudades, una noche, por primera vez, se retrasaron… hasta las doce y media del día siguiente.
Entonces empezó la vida galante: fiestas, placeres, cenas, amores, bailes, carreras y estrenos. Sólo veían a sus familiares para hacerles pequeños servicios, proporcionarles entradas de teatro gratuitas o algo de dinero.
En medio de aquel torbellino de polvo dorado, y aunque sus nuevas ocupaciones las obligaban por conveniencia a vivir separadas, Félicienne y Georgette debían fatalmente encontrarse. Sí, era inevitable. Pues bien, su amistad, lejos de atenuarse a causa de ese cambio de vida, se hizo más estrecha. En efecto, en medio del vértigo del mundo, es agradable poder solazarse, de vez en cuando, con algo puro y honrado, y ese algo lo obtenían, entre ellas, por el sencillo cambio mutuo de una mirada de otros tiempos cargada de inocentes recuerdos de su infancia en la Institución Désagrémeint, noble y casta ilusión cuyo inalienable tesoro afianzaba su simpatía.
La impresión que sacaban con esta respectiva mirada les procuraba -por su contraste y a voluntad- una dulzona melancolía en la que ambas saboreaban por lo menos un resabio de aquella estima laica que les era innata. En una palabra, cada una sentía “que no eran las primeras llegadas”.
Una y otra, como es de rigor, habían escogido desde el principio lo que se llama un “amigo del corazón”, esa cosa sagrada sita en un lugar más alto que todas las cuestiones venales. Cuando se tienen muchos adquirientes, ¡es tan dulce descansar, recobrarse en alguien gratuito! En verdad, ni Georgette ni Félicienne -sobre todo ésta- se sentían muy apegadas a esos preferidos, los cuales en el fondo no eran más que una especie de contrabandistas mezclados de proxenetas. Pero, bien considerado todo, aquellos dos jóvenes de los bulevares, con su elegancia útil, conferían a nuestras inseparables amigas un sello de debilidad atractiva que completaba su seductora morbidez. Un “amigo del corazón”, en efecto, coloca de nuevo en la opinión a toda mujer de costumbres un poco libres. Se oye decir: “¡Cómo! ¿Todavía estás con fulanito de tal?” Y se contesta: “¡Qué quieres! ¡Lo amo!”, lo cual demuestra que, después de todo, una no es de madera. En fin, el “amigo del corazón” es, desde el punto de vista moral, para una mujer ligera de cascos, lo mismo que, por lo que respecta a lo físico, un “hombre guapo” con el cual una se pasea del brazo: forma parte del tocado.
Luego sucedió que -por uno de esos azares que surgen al final de las cenas tan frecuentes en la vida mundana- Georgette fue acompañada a su casa, de madrugada, por el joven Enguerrand de Testevuyde (el “amigo del corazón” de Félicienne), el cual recaló en el domicilio de la joven hasta la hora del aperitivo, circunstancia, claro está, que fue relatada a Félicienne aquella misma tarde, gracias a los buenos oficios de amigas de confianza.
La conmoción que Félicienne experimentó tuvo como primera consecuencia un síncope. Cuando volvió en sí, no dijo nada, pero su tristeza era honda. No acababa de hacerse a la idea de lo ocurrido. ¿Cómo era posible que su única amiga, su otro yo, le hubiese, a sabiendas, arrebatado, no uno de esos señores, sino aquel que era sagrado? El ultraje de aquella inesperada perfidia le parecía tan absurdo, tan inmerecido, tan despreciable, que no merecía su cólera. Y luego no podía comprender que Georgette, incluso impulsada por un histérico enloquecimiento, se hubiese decidido a hacer tabla rasa a la vez de su amistad y del tesoro común de los refrescantes recuerdos que ambas perdían a causa de una riña irreparable. Félicienne se sentía rodeada de un vacío atroz, donde se hundió hasta la infidelidad de Enguerrand. Renunciando a comprender sus amores, cerró la puerta a ambos, sin explicación, porque no le gustaba el escándalo. Y la vida continuó para ella, lejos de aquella pareja de sombras.
La primera vez, por ejemplo, que se volvieron a ver en el Bosque de Bolonia, Félicienne, más que fría, estuvo glacial.
Ambas iban en coche, solas, como es de suponer, en medio de la hilera de carruajes, en la Avenida de las Acacias.
Félicienne miró fijamente, sin saludarla, a su antigua amiga, la cual, ¡cosa extraña!, le sonreía con la encantadora franqueza de otros tiempos. Desconcertada por la actitud de Félicienne, Georgette la miró a su vez con sus bellos ojos límpidos y un aire de asombro tan sincero, que Félicienne se sintió conmovida. ¿Pero cómo hablar con ella delante de la gente? Era necesario reprimirse. Los dos vehículos se cruzaron. Eso fue todo.
Se encontraron, una y otra vez, en algunas cenas. Ciertamente, en tales ocasiones, Félicienne procuraba no dejar traslucir su resentimiento. Sin embargo, Georgette, habituada a las inflexiones de voz de su amiga, no la reconocía y parecía no comprender el motivo de aquella helada reserva.
-Pero, ¿qué te pasa, Félicienne?
-¿A mí? Nada. Estoy como de costumbre.
Decentemente, Georgette no podía ir más lejos, no podía transformar la cena en explicación. A la larga, la vida va hoy tan rápidamente, la despreocupada inconsciencia es tan grande, son tantas las diversiones -y siempre se encontraban rodeadas de gente-, que una y otra, durante más de cuatro meses, se contentaron con resumir, en casa, cada día, con algunos suspiros acompañados de uno o varios furtivos sollozos la pena compleja que ese súbito entibiamiento causaba a sus sensibles corazones y que, por una indolencia sin nombre, no se tomaban la molestia de esclarecer. En realidad, ¿a dónde las hubiera conducido una “explicación”?
Ésta tuvo lugar, sin embargo. Fue después de una función de circo. Ambas estaban solas en un salón particular de un cabaret nocturno, donde esperaban, en silencio, a unos señores.
-En fin -dijo, de repente, Georgette, con lágrimas en los ojos-, ¿quieres decirme, sí o no, qué tienes contra mí? ¿Por qué me causas esta pena, de la que sé bien que tú debes sufrir también?
-¡Oh, puedes quedarte con tu Enguerrand, quiero decir con el señor de Testevuyde! -contestó Félicienne, con sequedad-. En realidad, ya no me interesaba. Pero hubieras podido escoger mejor o prevenirme de que te gustaba. Yo hubiera avisado. No se roba a una amiga el amante de su corazón. Que yo sepa, no he tratado de robarte a tu Melchior.
-¿Yo? -dijo Georgette, con ojos de gacela sorprendida-. ¿Que yo te he robado… y que éste es el motivo…?
-¡No lo niegues! -contestó desdeñosamente Félicienne-. Lo sé. Estoy segura, ¡vaya!, de las cuatro primeras noches que le concediste.
-¡Y hasta podrías decir seis! -replicó sonriendo Georgette-. ¡Fueron seis en total!
-¿De veras? ¿Y por un capricho tan efímero has arruinado nuestra amistad? ¡Te felicito!
-¿Un capricho, yo, y por tu amante? -dijo Georgette en tono plañidero, levantando los ojos al cielo-. ¿Y me has creído capaz de tal perfidia después de quince años de amistad? ¡O estás loca o eres mala!
-Entonces, ¿qué significa tu conducta, a fin de cuentas? ¿Te burlas, pues, de mí?
-¿Mi conducta? ¡Pero si es muy sencilla, mi conducta! ¡Vaya, creo que te empeñas adrede en no comprender!
-¡Está bien, señorita! -dijo Félicienne, levantándose, muy digna-. No me gustan las burlas y le dejo el campo libre.
-¡Pero…! -gritó inocentemente Georgette, llorando-, pero es que… ¡me ha pagado!
Al oír estas palabras, Félicienne se estremeció y se volvió con el rostro resplandeciente de una súbita alegría que hizo centellear el terciopelo de su vestido.
-¡Caramba, Georgette! -exclamó-. ¿Y no me lo escribiste en seguida?
-¡Diablo! ¿Podía yo pensar que tú no habías adivinado, que sospechabas? ¿Sabía yo por qué me ponías mala cara? ¡Pídeme perdón, inmediatamente, por haber pensado que podía traicionarte, mala… bestia! ¡Y besa a tu Georgette!
Ésta se encontraba entre los brazos de su amiga, que ahora la contemplaba con ternura. Ambas cambiaron de nuevo, finalmente, aquella mirada de otros tiempos en la que la estima laica de ellas mismas era evocada en medio de miles de recuerdos de la Institución Désagrémeint.
Orgullosa, Félicienne volvía a encontrar a su amiga siempre digna de ella.
Un poco confusas del malentendido que las había desunido un instante, se estrechaban la mano, sin pronunciar vanas palabras.
Acto continuo, mientras esperaban a aquellos señores, Félicienne pidió una tarjeta postal y escribió al señor Testevuyde para decirle que regresara a su lado y, al mismo tiempo, para informarle que había sido víctima de las malas lenguas. El referido caballero, que al principio se había mostrado ofendido, tuvo el buen gusto de no mantener su rigor ni un minuto más contra su querida Félicienne, la cual, al día siguiente, hacia las dos, en su casa, no dejó de regañarlo por su mala conducta:
-¡Ah, señor! -le dijo, enojada, amenazándolo con el dedo-. ¿Es verdad, pues, que gasta usted todo su dinero con las rameras?
La ley entre dos: amistad, secreto y la ética propia en “Amigas de pensionado”
“— Querida, ¡nos habíamos prometido no tener secretos la una para la otra! ¿Y él también era tuyo? — ¡Ay, yo le cobré!”
— Villiers de L’Isle Adam, Amigas de pensionado
Abstract
Este ensayo analiza "Amigas de pensionado" de Villiers de L'Isle Adam como una exploración de la amistad femenina como sistema ético autónomo, capaz de sobrevivir a las condiciones de una vida que la moral convencional condenaría. A través de la escena mínima de Félicienne y Georgette, el cuento despliega una teoría implícita de la confianza y el secreto como fundamentos de un vínculo que no necesita justificarse ante ninguna instancia exterior. La lectura se apoya en la sociología de Georg Simmel sobre el secreto como forma de relación social y en la noción de amistad como espacio de reconocimiento mutuo. El objeto central de análisis es la última frase del cuento: la revelación de que Georgette cobró, que no destruye la amistad sino que la confirma al demostrar que su código incluye la transacción sin que la transacción la ensucie.
I. La escena y su economía: lo que el cuento no necesita explicar
Villiers construye el cuento con la mínima cantidad de información que el efecto requiere. No hay contexto previo explícito, no hay descripción del espacio, no hay historia de las dos mujeres antes del momento en que el texto comienza. Solo el diálogo, y alrededor del diálogo una atmósfera que el lector infiere con facilidad porque Villiers confía en que el lector sabe leer entre líneas.
Lo que se infiere es suficiente para entender todo: Félicienne y Georgette se conocen desde el pensionado, comparten una amistad que han mantenido a través de vidas que la sociedad llamaría irregulares, y tienen un código entre ellas que incluye la promesa de no tener secretos. Ese código es el único que importa en el cuento. La moral exterior no aparece porque no tiene jurisdicción aquí.
La economía del texto no es pobreza narrativa sino precisión. Cada elemento que Villiers incluye es necesario y suficiente. Lo que no está es tan importante como lo que está: la ausencia de juicio, de explicación, de contexto moralizante deja a las dos mujeres en su propio espacio, relacionándose según sus propias reglas, sin que ninguna voz exterior venga a nombrar lo que son o lo que hacen.
“Lo que une a Félicienne y Georgette no es la virtud en el sentido convencional sino algo más sólido: la promesa de no tener secretos, que ha sobrevivido a todo lo que las circunstancias han podido ponerle enfrente.”
II. Félicienne y Georgette: la amistad como contrato invisible
Georg Simmel, en su ensayo sobre el secreto como forma de socialización, propuso que la amistad verdadera se define no por la ausencia de secretos sino por la decisión de no tenerlos: es decir, por la construcción de un espacio de confianza donde el ocultamiento resulta innecesario. Esa construcción no es natural ni automática; requiere un trabajo continuo de revelación y de aceptación que produce, con el tiempo, un vínculo más sólido que el que se basa en la coincidencia de virtudes.
Félicienne y Georgette han construido ese vínculo en condiciones que la sociedad no habría elegido para construirlo. El pensionado donde se conocieron, la vida que llevaron después, los hombres que compartieron sin saberlo: todo eso debería haber deshecho la amistad o al menos complicado sus fundamentos. Y sin embargo la amistad sobrevive, no a pesar de esas condiciones sino dentro de ellas, porque el código que las une es más fuerte que cualquier circunstancia exterior.
Eso es lo que el cuento celebra sin celebrarlo en voz alta: la capacidad de dos personas para construir su propia ley al margen de la ley que la sociedad les asigna. Félicienne y Georgette no son ejemplos de virtud convencional. Son algo más interesante: personas que han encontrado entre ellas una forma de honestidad que el mundo más respetable raramente ofrece.
“El secreto no separa a Félicienne y Georgette: las une. Porque un secreto compartido es también una forma de confianza, y la confianza es la materia de la que están hechas las amistades que duran.”
III. El secreto compartido: Simmel en el pensionado
Simmel también observó que el secreto tiene una estructura paradójica: separa a quien lo guarda de quienes no lo conocen, pero une profundamente a quienes lo comparten. El secreto compartido es una de las formas más intensas de vínculo social porque implica confianza en dos direcciones: la de quien revela y la de quien recibe. Cuando esa confianza es recíproca y sostenida en el tiempo, el vínculo que produce es más fuerte que la mayoría de los que la vida social ordinaria construye.
La promesa que Félicienne y Georgette se hicieron en el pensionado, la de no tener secretos la una para la otra, es la fundación de ese vínculo. Y lo que el cuento muestra es que esa promesa ha sobrevivido no porque las dos mujeres hayan vivido vidas sin complicaciones sino porque han elegido, una y otra vez, honrarla a pesar de las complicaciones. Él también era tuyo es la frase que abre el secreto que Félicienne no sabía que existía. La revelación podría haber roto algo. En cambio, confirma que el sistema funciona.
“El hombre que ambas conocieron no es el centro del cuento aunque sea su detonador. Es el elemento que revela la calidad del vínculo entre las dos mujeres, y esa revelación lo convierte en algo secundario.”
IV. Él también era tuyo: el amante como elemento del sistema
El amante que Félicienne y Georgette compartieron sin saberlo podría haber sido el centro del cuento. En la narrativa convencional de la época, el descubrimiento de que dos amigas han tenido el mismo amante habría producido una crisis: celos, traición, ruptura. Villiers toma ese material y lo usa de manera completamente diferente: el hombre es el elemento que pone a prueba la amistad, no el elemento que la destruye.
La reacción de Félicienne cuando descubre que el amante también era de Georgette no es el escándalo que el código convencional exigiría. Es la pregunta directa, casi práctica: ¿y él también era tuyo? No hay acusación en esa frase. Hay sorpresa y hay la aplicación del código de la amistad: si había un secreto, había que decirlo. Y Georgette lo dice, con la misma practicidad y con un añadido que cambia todo: ¡Ay, yo le cobré!
“La frase final no cierra el cuento: lo abre. Después de ella, el lector entiende que lo que acaba de leer no era una historia de adulterio sino una historia de amistad, y que esa distinción es la más importante del texto.”
V. ¡Ay, yo le cobré!: la frase que lo resuelve todo sin resolverlo
La última frase es el centro del cuento y su giro más brillante. Georgette cobró. Esa revelación hace varias cosas simultáneamente. Primero, distingue la posición de Georgette de la de Félicienne: una era amante, la otra era trabajadora. Segundo, deshace el malentendido que habría podido ser crisis: si Georgette cobró, la relación con el hombre era de naturaleza diferente, y la pregunta sobre la lealtad entre amigas se resuelve sola. Tercero, y esto es lo más interesante, muestra que el código de honestidad entre las dos mujeres incluye esa información sin ningún juicio sobre ella.
Villiers presenta la transacción de Georgette con la misma neutralidad con que presenta todo lo demás en el cuento. No hay vergüenza en la revelación, no hay reacción de escándalo en Félicienne, no hay moraleja que el texto ofrezca sobre lo que significa que una mujer cobre por sus favores. Lo que hay es la confirmación de que el código entre las dos amigas es lo suficientemente sólido para incluir esa información sin que cambie nada fundamental.
Eso es lo que el cuento celebra con su ironía característica: una ética construida entre dos personas al margen de cualquier código exterior, capaz de incluir lo que esos códigos excluirían, capaz de sostenerse precisamente porque no depende de la aprobación de nadie fuera de ella misma. Félicienne y Georgette tienen su propia ley. Y esa ley funciona.
Bibliografía
Villiers de L'Isle Adam, Auguste. "Amigas de pensionado." En: Cuentos crueles. Madrid: Cátedra, 1982.
Simmel, Georg. "El secreto y la sociedad secreta." En: Sociología: estudios sobre las formas de socialización. Madrid: Alianza Editorial, 1986.
Simmel, Georg. "La sociabilidad." En: Cuestiones fundamentales de sociología. Barcelona: Gedisa, 2002.
Praz, Mario. La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica. Barcelona: El Acantilado, 1999.
Dijkstra, Bram. Ídolos de perversidad: la imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo. Madrid: Debate, 1994.
Pierrot, Jean. El imaginario decadente. Valencia: Pre-Textos, 2003.



