Cine de autor: Carol (Todd Haynes, 2015)

Carol es un film dirigido por Todd Haynes, situado en los años 50 en Nueva York.La película se inicia con un espléndido traveling desde los andenes de una estación de metro hasta la calle, siguiendo a un hombre con abrigo y sombrero marrón. Este entra en un bar; mientras está pidiendo una copa, ve a lo lejos sentada a Therese, junto a Carol, y se acerca para invitarla a una fiesta. Therese hace las presentaciones, tras lo cual Carol se levanta para despedirse y apoya su mano en el hombro de Therese. Posteriormente, se ve a Therese en un taxi dirigiéndose a la fiesta, pero la vemos desde el exterior del taxi, una figura detrás de una ventana mojada con gotas de lluvia. Aquí comienza un flashback hacia el comienzo de la relación entre estas dos mujeres. La escena se repetirá al final de la película, pero ya con un significado completamente distinto.

Todd Haynes nos muestra el rostro de Therese al otro lado del cristal, intercalando imágenes de niños corriendo y adultos protegiéndose de la lluvia, entre los que aparece Carol poniéndose un pañuelo en el cabello.  El espectador siempre será un observador distante de la acción; el director trata con exquisito cuidado a sus protagonistas, no hay lugar para la indiscreción; serán las imágenes, junto a la música, quienes nos relaten la historia. Como en la pintura de Hopper, el espectador queda fuera de la acción.

La historia trata la relación de dos mujeres,  una joven veinteañera, fotógrafa aficionada,  y una señora elegante, adinerada,  que vive un matrimonio cercano al divorcio. Desde el instante en que se encuentran, comienzan a sentir una atracción mutua, desde al fascinación al deseo.

Carol (Cate Blanchett) fascina, con su abrigo de visón marrón, sombrero y pañuelo rojo, con modales cuidados, mientras busca una muñeca para su hija, a Therese (Rooney Mara), que trabaja en unos grandes almacenes en la campaña de Navidad, obligada a llevar un ridículo sombrero rojo de Papá Noël.

Therese no tiene la muñeca buscada; para evitar que Carol se vaya, le sugiere que compre otro juguete, un tren eléctrico, con vías, semáforos y barreras que se levantan, y un paisaje a su alrededor con casas iluminadas, que funciona dando vueltas a un óvalo en el que la estación de salida es la misma que la estación de llegada. Carol se deja convencer, compra el tren y deja su dirección de envío, pero olvida sus guantes en el mostrador.

El tren no es solo un juguete, sino que también funciona como metáfora oculta del aislamiento de ambas mujeres, atrapadas en su papel asignado por la sociedad, insertadas en un bucle sin fin, excepto el descarrilamiento que siempre es un accidente de efectos imprevisibles.

A partir de ese momento, comienza una relación entre una mujer adulta y experimentada, en medio de un divorcio, y una joven, que aún busca su lugar en el mundo, siendo transformada por esta atracción que aún no comprende, puesto que nunca había sentido algo semejante.

Hasta aquí parece un guion más de cine: dos personas se sienten atraídas, mientras un tercero aparece dispuesto a impedir la relación. Lo que hace Todd Haynes es relatar esta historia basándose en la imagen, la escenografía, los colores, los encuadres de cámara y una excelente banda sonora de Carter Burwell. Por supuesto, ambas actrices, Cate Blanchett y Rooney Mara, realizan una espléndida y contenida actuación en la que el deseo está expresado por miradas, sonrisas escuetas, gestos nimios y silencios, expresando esa historia de amor entre dos mujeres en un mundo, una sociedad no dispuesta a aceptarla, más aún preparada para desplegar todos los impedimentos, desde los más sutiles a los más burdos.

Todd Haynes puede prescindir de largas líneas de diálogo; cuando se encuentran juntas, ambas mujeres se intercambian frases breves; basta encuadrar a una y otra, alternativamente, para que el espectador pueda captar la emotividad contenida de esta relación que no puede mostrarse públicamente.

Además, usa los colores para diferenciar lo público de lo privado. En privado, alguna de ellas lleva un motivo en color rojo —un sombrero, un foulard, etc.— mientras el fondo de la imagen es una suave capa de color verde, ambos colores de la Navidad. Sin embargo, cuando la relación es pública —marido, abogados, etc.—, el color que predomina es el marrón.

Therese es una joven estudiante que pretende ser fotógrafa en el futuro; tiene un novio empeñado en realizar un viaje en barco a Europa, mientras a ella le interesa más permanecer en la ciudad. En su grupo de amigos hay un joven que trabaja en el NYT que le anima a visitar la sede del periódico y a desarrollar su vocación.

Carol se olvidará de sus guantes encima del mostrador tras haber realizado la compra y dejar sus datos para el envío del pedido; tras mucho dudar, Therese decide enviarlos por correo y recibe una llamada de agradecimiento, en los grandes almacenes, junto a una invitación a comer. Carol aparece con su abrigo de visón, pero con el color rojo en pañuelo, gorro y guantes; incluso el restaurant tiene asientos en cuero rojo. Carol menciona que está en trámites de divorcio y Therese le cuenta que hay un joven que quiere ir a vivir con ella, pero que no ha tomado ninguna decisión. La escena está filmada en un medio plano que deja ver a una de las mujeres de frente y la cabeza de la otra mujer; lo llamativo es que solo ocupan media pantalla, la otra mitad está ocupada por el fondo del restaurant, al modo de la pintura de Hopper.

Mientras Carol asiste a una velada en casa de sus suegros, aparentando normalidad, Therese visita la sede del NYT invitada por un joven redactor. Ella le dice que solo fotografía objetos, calles vacías, etc., mientras que él escribe sobre personas.

Carol recoge en coche a Therese; la cámara desde dentro muestra parte del rostro de las protagonistas, mirándose alternativamente; la banda sonora apenas deja escuchar su conversación. Entonces la cámara sale fuera del coche, cristales húmedos, un túnel con fondo verdoso. Se detienen a comprar un árbol de Navidad; Carol en la calle escoge uno, Therese prepara su cámara, sale del coche y comienza a fotografiarla, comienza a fotografiar personas.

Cuando los sentimientos no pueden ser expresados con palabras, Todd Haynes usa otra herramienta: el encuadre desde el exterior, de modo que hay un cristal —de un coche, una casa, etc.— entre el espectador y las protagonistas. Cuando existe la intimidad para expresarse, el encuadre, desde el interior, pasa a ser un medio plano en el que se ve a ambas actrices.

Cuando Carol propone a Therese salir de la ciudad “a donde me lleve el coche”, se plantea un dilema para Therese, más temerosa y menos experimentada, que resuelve lanzándose a una aventura no verbalizada, pero implícita para ambas mujeres, una segura y experimentada y la otra joven sin experiencia. Conducen cientos de millas, comen sándwiches mientras Carol conduce y duermen en hoteles de carretera. La cámara les sigue desde el interior del coche mientras charlan, se van conociendo. La cámara sale fuera del coche para mostrarnos los paisajes que recorren y sus figuras —Carol conduce y Therese come una manzana o duerme— a través de los cristales húmedos, con vaho. Sorpresivamente se cambia la banda sonora (piano, chelo, oboe, etc.) por una canción alegre “One Mint Julep” (The Clovers en 1951), que continúa mientras se detienen en un hotel de mayor categoría. Un botones lleva sus maletas y entran en una habitación. “Por fin una cama de verdad”, dice Carol.

En Nochevieja paran en un hotel de carretera, dos camas separadas. Mientras se preparan en la noche, Carol se da crema en el rostro, Therese se cepilla el pelo; Carol se acerca a la espalda de Therese y entreabre su bata, dejando entrever la desnudez. Carol se inclina para besarla, el primer beso en los labios; Therese le dice “vamos a la cama”. La escena juega de nuevo con los colores: fondo verde, bata roja de Carol.

Cuando se produce la primera relación, esta es más amorosa que sexual, a pesar del desnudo de ambas actrices que se mueven lentamente, Therese dejándose llevar temblando y Carol sin precipitarse. La cámara muestra los besos desde una posición cenital mientras suena la banda sonora acompañando los movimientos. Una escena de amor filmada con precisión, cuidado y suavidad.

Carol le dice: “Mi ángel, como venida del espacio”, ambas continúan besándose hasta que la imagen se va a un fundido en negro. En la siguiente escena Therese se despierta y ve a Carol con una taza de café, pregunta por el lugar y Carol divertida contesta: Waterloo.

Cuando Carol va a pagar, se encuentra con un telegrama llegado esa noche, corre a su maleta y toma un revólver, va a la habitación contigua donde encuentra a un hombre semivestido y los instrumentos para grabar lo que ocurría en el otro lado de la pared. Carol dispara contra el magnetófono, pero el revólver no tiene balas. Intenta sobornarlo, pero es imposible; la cinta ya ha sido enviada a NY. Esta es una escena que se produce con una rapidez inusual con el ritmo del film.

Parten en coche; la cámara vuelve a colocarse en el exterior, pero esta vez para seguir la conversación, en clara contradicción con los presupuestos estéticos del film, en los que la intimidad se filma de cerca y lo que no puede decirse se filma a través de un cristal. Therese llora, se siente responsable por no haberse negado; Carol para el coche y le dice: “Yo tomé, por voluntad propia, lo que me ofreciste, no es tu culpa”.

Esa noche toman otro hotel de carretera; Carol llama a su amiga y examante Aby. Se produce el segundo encuentro amoroso, pero cuando a la mañana siguiente Therese se despierta, no encuentra a Carol en la habitación, sino a Aby. Carol ha partido a NY en avión y Aby será la encargada de llevar el coche con una Therese desolada; además, tiene una carta de Carol. Therese sale al exterior para leerla, a quien vemos en una gran panorámica mientras la cámara se acerca lentamente; se oye la voz en off de Carol: “Querida, nada ocurre por casualidad”, comienza Carol; la lectura de la carta sigue en el siguiente hotel. Mientras tanto, vemos cómo Therese se baja del coche para vomitar, cómo dormita, cómo llora. La lectura acaba cuando Therese llega a su apartamento: “Así pues, hago lo único que puedo, te libero”.

Mientras Therese revela manualmente las fotos que ha hecho de Carol, esta se ve obligada a representar el papel de esposa ante sus suegros para no ser desposeída de la custodia de su hija. Filmado, por Edward Lachman, con unos tonos marrones, luz mortecina, para marcar esta otra realidad más densa en la que se negocia un divorcio con los abogados, en los que se presentan informes psiquiátricos sobre Carol, sobre su capacidad para cuidar de la niña, que impidan que su marido alegue una “cláusula moral”. Y en los que su abogado acusa al marido —borracho y violento—, pero Carol no quiere esto, quiere un acuerdo para ver a su hija. Carol interrumpe los alegatos para dirigirse a su marido pidiendo que no destrocen la vida de la niña; reconoce los hechos de la cinta, no se arrepiente, solo quiere poder ver a su hija y sobre todo no quiere vivir en contra de su “naturaleza”. La alternativa es ir a juicio y que todos estos hechos sean públicos. “Si vamos a juicio, será horrible”.

Carol comienza este discurso sentada a la mesa, continúa cuando se levanta de la mesa, toma su abrigo, mira llorosa a su marido y se marcha del despacho. Siempre filmada en un medio plano, desde los colores oscuros de los abogados hasta el color blanco de abrigo.

En una escena, que recuerda a los cuadros de Hopper o Vermeer, vemos a Carol escribiendo una carta en un café, a través de los cristales, línea de fuga en diagonal, en la que apenas se ve la pluma deslizándose por el papel. Es una carta para Therese, que trabaja en el departamento de fotografía del New York Times, rodeada de hombres con chaleco y corbata, gafas y cigarrillos. Es una carta, “entregada en mano”, invitándole a tomar el té en el hotel Ritz esa misma tarde. En un primer momento tira la carta a la papelera; sin embargo, asiste a la cita. Vemos a Carol, vestida de colores claros, buscando con la mirada a Therese, con un vestido marrón en una mesa con el servicio de té preparado. “¿Me odias, Therese?” “No, ¿cómo iba a odiarte?”

El lenguaje corporal indica que Therese está a la defensiva, sentada firme y gesto serio, mientras Carol, más segura, se inclina sobre la mesa apoyando los brazos. Entre ambas, vemos el resto del salón con asientos de cuero rojo y mesas con manteles blancos. Carol le informa que se ha divorciado, la niña vive con su padre, ha alquilado un apartamento y tiene un empleo. Cuando le invita a compartir el apartamento, Therese responde negativamente; Carol recibe el golpe con elegancia, cambia de conversación, le cuenta sus planes para cenar y vuelve a invitarla. La tensión entre ambas mujeres no se ha roto, filmadas a medio plano, cada una en un extremo de la diagonal de la pantalla. Se miran directamente a los ojos; alternativamente, vemos sus rostros, Therese tensa y silenciosa, Carol con ojos humedecidos. “Bueno, ya está.” Tras una pausa, añade: “Te amo”.

En ese momento de tensión amorosa se oye la voz de un joven: “Therese, eres tú”, con la que se cierra el flashback del comienzo de la película. La escena es la misma, pero ahora el espectador tiene más datos para evaluar la situación. El joven la invita a una fiesta, se hacen las presentaciones, Carol se despide poniendo una mano en el hombro de Therese; esta de súbito se levanta, acude a refrescarse el rostro, sale con el joven del Ritz, toman un taxi, vemos tras el cristal el rostro triste al otro lado de un cristal con gotas de lluvia.

Vemos la fiesta, con un fondo verdoso, parejas bailando, grupos hablando; una joven lanza miradas a Therese, pero esta cambia constantemente de habitación y de grupo de conversación. Desde el exterior, vemos las ventanas del edificio; en una de ellas, Therese permanece con un vaso en una mano y un cigarrillo en la otra. De fondo se escucha el murmullo de las voces y una charla entre la joven y Therese sobre quién conoce a quién. Cuando la fiesta languidece, Therese se queda sola, mientras el resto se empareja o beben en el suelo. Therese abandona la fiesta, busca un taxi y se dirige al edificio donde estará Carol cenando. Entra sin dudar a pesar de la protesta del maitre, busca con la mirada hasta que encuentra a Carol en uno de sus gestos habituales. Therese inmóvil, apenas respira, con la mirada fija —vestido marrón, fondo de madera, gente mayor—. Entonces comienza a oírse la banda sonora, la cámara se acerca, mientras su rostro se va modificando, pierde la rigidez, comienza a respirar, camina decidida hacia la mesa de Carol, parece que se va a trazar una sonrisa. Carol tarda en darse cuenta; cuando la ve, sonríe con la cabeza inclinada.

Y la imagen se va a un fundido a negro, comienzan los títulos de crédito, letras azules sobre el negro. El futuro de la historia quedará fuera de este límite. Todd Haynes ha filmado una de las grandes películas de amor de este siglo; ha mostrado con delicadeza al espectador una historia de deseo y amor, a través de la imagen y el sonido, manteniendo el tono cadencioso a lo largo de todo el film.  Aunque siempre quedará en la retina la sonrisa de esas dos mujeres diciendo con el deseo todo lo que no puede ser expresado con palabras.

La historia está basada en una novela de Patricia Highsmith publicada con otro nombre (El precio de la sal) y bajo pseudónimo (Claire Morgan) en 1952; no sería hasta 1990 cuando el libro pudo publicarse con su verdadero título y su verdadera autora.

«Carol se echó el pelo hacia atrás. Therese se sonrió: aquel gesto era Carol. Era la Carol que siempre había amado y a la que siempre amaría. Era como volver a conocerla, aunque seguía siendo Carol y nadie más. Sería Carol en miles de ciudades y en miles de casas, en países extranjeros a los que irían juntas, y lo sería en el cielo y el infierno.».


Carol
Patricia  Highsmith

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Enrique Arias Beaskoetxea (España)

Nació en Bilbao, 1958. Enrique Arias Beaskoetxea cargó una mochila, recorrió países sin rumbo y sobrevivió cambiando de ciudad y de empleos hasta que el cuerpo se rompió y la escritura se volvió la única ocupación posible. Poeta incómodo que no atiende usos ni modas, su obra explora la tristeza, la soledad y el dolor como paisajes inevitables del ser. Machado, Neruda, Pessoa y los maestros del haiku orientan una voz publicada en España, Argentina e Italia. Busca el verso o la imagen que posea esa profundidad intangible capaz de conmocionar a un desconocido al otro lado del mundo.

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