Frankenstein o el moderno Prometeo: el eco de aquello que abandonamos

“Aprende de mí, si no por mis preceptos, al menos por mi ejemplo: cuán peligroso es adquirir el conocimiento y cuánto más feliz es el hombre que cree que su ciudad natal es el mundo, que aquel que aspira a ser más grande de lo que su naturaleza le permitirá.”
— Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo


Hay lugares donde el viento parece haber olvidado el idioma de los hombres. Allí las palabras no viajan; se congelan antes de llegar a los labios y permanecen suspendidas sobre la nieve como si también ellas temieran seguir avanzando. Mi travesía comenzó en uno de esos territorios, donde el horizonte no conoce el color y el hielo conserva la memoria de quienes alguna vez lo cruzaron. No llegué buscando a un científico ni a un monstruo. Seguí unas huellas que el tiempo se negaba a borrar. Eran profundas, irregulares, separadas por la distancia de quien camina sin esperar regresar. Pensé que pertenecían a un solo viajero, hasta descubrir que, en realidad, eran dos caminos persiguiéndose a través del mismo desierto blanco.

Mientras avanzaba, comprendí que el frío no era únicamente una condición del paisaje. Había algo más intenso que el invierno, una temperatura nacida del abandono, capaz de extenderse desde un corazón hasta cubrir montañas enteras. En aquel silencio helado entendí que Frankenstein nunca fue una historia sobre la creación de la vida. Es, sobre todo, una historia sobre aquello que ocurre cuando una vida nace sin encontrar una mirada que la reciba.

La nieve tiene una extraña virtud: elimina las distracciones. Bajo su inmensidad desaparecen los caminos conocidos, los colores familiares y las certezas. Solo queda lo esencial. Tal vez por eso Mary Shelley eligió conducirnos hasta paisajes donde el ser humano parece diminuto frente a la naturaleza. Allí las ambiciones, los descubrimientos y los orgullos adquieren otra escala. Lo que parecía un triunfo científico termina revelándose como una pregunta mucho más antigua: ¿qué responsabilidad adquirimos cuando damos origen a algo que antes no existía?

Seguí aquellas huellas durante largo tiempo sin encontrar a nadie. Sin embargo, el viaje estaba lejos de sentirse vacío. A veces basta con caminar por un lugar para escuchar las voces que permanecen en él. El hielo conservaba conversaciones que nunca presencié, remordimientos que todavía no encontraban descanso y una tristeza tan persistente que parecía formar parte del paisaje desde antes de que llegaran los hombres. Poco a poco comprendí que este mundo no estaba habitado por un monstruo. Estaba habitado por dos profundas soledades incapaces de encontrarse.

Es curioso cómo la cultura termina simplificando las grandes obras. Con el paso de los años, el nombre de Frankenstein dejó de pertenecer al hombre que desafió los límites del conocimiento para convertirse, en la imaginación colectiva, en el de la criatura que él mismo rechazó. Quizá esa confusión no sea un error, sino una consecuencia inevitable de la novela. Ambos terminan reflejándose de tal manera que resulta imposible comprender a uno sin mirar al otro. Como dos montañas enfrentadas sobre un lago inmóvil, cada una existe porque la otra devuelve su imagen.

Mientras recorría aquellos paisajes comprendí que la criatura nunca pidió existir. Su primer contacto con el mundo no fue el amor ni la curiosidad, sino el miedo. Antes incluso de aprender el significado de las palabras, ya conocía el peso del rechazo. Hay algo profundamente humano en esa experiencia. Todos, de una forma u otra, buscamos durante la vida un lugar donde nuestra presencia no sea considerada un error. Mary Shelley convierte esa necesidad en el verdadero corazón de la novela. El horror no nace del aspecto de la criatura, sino de la incapacidad de quienes la rodean para mirar más allá de él.

No pude evitar detenerme junto a un lago cubierto por una delgada capa de hielo. Bajo aquella superficie inmóvil imaginé el reflejo de dos rostros que jamás consiguieron reconocerse. Pensé entonces que la creación no termina cuando algo cobra vida. En realidad, comienza en ese instante. Crear significa permanecer. Significa acompañar aquello que hemos traído al mundo, aceptando las consecuencias de nuestros actos incluso cuando dejan de parecernos hermosos. Tal vez por eso la tragedia de Frankenstein no se encuentra en un experimento científico, sino en una renuncia. La verdadera catástrofe ocurre cuando alguien decide apartar la mirada.

A medida que avanzaba, el paisaje comenzó a parecerse menos a un escenario gótico y más a un espejo. Descubrí que esta novela no habla únicamente del siglo XIX ni de los límites de la ciencia. Habla también de nosotros. De los hijos que crecen sin afecto, de las ideas que abandonamos cuando dejan de entusiasmarnos, de los proyectos que iniciamos sin medir las consecuencias, de las tecnologías que desarrollamos antes de preguntarnos para qué servirán. Cambian los instrumentos, pero la pregunta permanece intacta: ¿qué sucede cuando el deseo de crear avanza más rápido que nuestra capacidad para asumir la responsabilidad de lo creado?

Quizá esa sea una de las razones por las que la novela continúa respirando con tanta fuerza más de doscientos años después de haber sido escrita. Cada época encuentra un nuevo laboratorio donde repetir el mismo dilema. Antes fueron los experimentos eléctricos; hoy son la inteligencia artificial, la ingeniería genética o cualquier descubrimiento capaz de alterar nuestra relación con la vida. Sin embargo, la cuestión esencial sigue siendo la misma. El conocimiento, por sí solo, nunca ha sido el verdadero peligro. Lo peligroso es olvidar que toda creación establece un vínculo moral entre quien crea y aquello que ha sido creado.

El viento comenzó a levantarse y las huellas se hicieron cada vez más difíciles de seguir. Por momentos desaparecían bajo la nieve reciente para reaparecer unos metros más adelante, como si el propio paisaje quisiera obligarme a dudar de mi dirección. Comprendí entonces que también la novela avanza de esa manera. No ofrece respuestas inmediatas. Nos obliga a recorrer caminos inciertos, a escuchar distintas voces y a desconfiar de los juicios apresurados. Conforme uno permanece en este mundo, resulta más difícil decidir quién merece nuestra compasión y quién carga con la culpa. Las fronteras entre víctima y responsable comienzan a desdibujarse hasta formar una misma sombra proyectada sobre el hielo.

A medida que el camino se internaba en la blancura interminable, dejé de perseguir unas huellas para comenzar a seguir unas voces. No llegaban con claridad; el viento las quebraba y las llevaba de un lado a otro, como si incluso ellas dudaran de quién tenía derecho a ser escuchado primero. En otras novelas es sencillo elegir un lugar desde donde mirar la historia. Aquí no. Mary Shelley construye un juego de espejos donde cada relato contiene otro relato y cada confesión modifica la anterior. Uno entra creyendo conocer al culpable y sale comprendiendo que las tragedias humanas rara vez obedecen a una sola voluntad.

Esa forma de narrar tiene algo profundamente inquietante. Mientras avanzaba por aquellos paisajes comprendí que yo tampoco era un observador completamente ajeno. Había comenzado el viaje pensando que recorrería la historia de un hombre obsesionado con desafiar los límites de la naturaleza. Sin darme cuenta, terminé preguntándome cuántas veces nosotros mismos damos vida a algo —una palabra, una promesa, una idea, un vínculo— para luego abandonarlo cuando deja de parecernos perfecto. El hielo dejó de pertenecer únicamente a las montañas; comenzó a extenderse sobre preguntas que traía conmigo desde mucho antes de abrir el libro.

Hay un momento en que la criatura descubre el mundo sin que el mundo descubra todavía su existencia. Observa desde la distancia la vida de otros, aprende el lenguaje, reconoce los gestos del afecto y entiende que la bondad también puede enseñarse. Esa parte de la novela me obligó a detener el paso. Resulta difícil encontrar en la literatura una defensa tan silenciosa de la humanidad. Shelley no nos pide sentir compasión mediante discursos; nos invita a permanecer junto a un ser que aprende a mirar antes de ser mirado. Durante ese aprendizaje comprendemos que nadie nace odiando. El resentimiento, la violencia y la desesperación son frutos que encuentran su alimento en la exclusión.

Mientras caminaba imaginé que la nieve era una inmensa hoja en blanco. Cada paso dejaba una marca que el viento terminaría borrando, pero durante un instante esa huella decía: “alguien estuvo aquí”. Tal vez esa sea la necesidad más antigua de nuestra especie. No basta con existir; necesitamos que nuestra existencia encuentre un eco en otra conciencia. La criatura no reclama poder ni gloria. Reclama algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más difícil: ser reconocida como un ser digno de compartir el mundo con los demás.

En ese momento comprendí que el verdadero monstruo de la novela nunca adquiere un cuerpo definido. Cambia de rostro según quien sostenga la mirada. A veces adopta la forma del orgullo, otras la del miedo, otras la de una sociedad incapaz de aceptar aquello que se aparta de la norma. Shelley evita ofrecernos una respuesta cómoda porque sabe que el horror más persistente no proviene de lo desconocido, sino de nuestras decisiones cotidianas. El monstruo aparece cuando dejamos de asumir las consecuencias de nuestros actos y esperamos que sea otro quien cargue con ellas.

Hay libros que envejecen porque hablan únicamente de su tiempo. Frankenstein parece avanzar junto al nuestro porque sus preguntas siguen creciendo. Mientras recorría sus páginas pensaba inevitablemente en el presente. Vivimos rodeados de creaciones que transforman el mundo a una velocidad que apenas alcanzamos a comprender. Diseñamos máquinas que aprenden, modificamos el código de la vida, construimos sistemas capaces de tomar decisiones que antes pertenecían exclusivamente al ser humano. Nos fascina el acto de crear, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la responsabilidad que comienza justo después. Mary Shelley escribió una novela gótica; sin proponérselo, también escribió una advertencia para siglos futuros.

Sin embargo, reducir la obra a una reflexión sobre la ciencia sería injusto. Su grandeza reside en que ninguna de sus preguntas pertenece exclusivamente al laboratorio. También las encontramos en una familia, en una amistad, en el oficio de educar, en el acto de escribir un libro o de pronunciar una palabra que transformará la vida de alguien. Crear no siempre significa dar origen a un cuerpo. A veces basta una decisión para poner en movimiento una historia que ya no podremos detener.

Continué el viaje mientras el cielo comenzaba a oscurecer. El hielo adquirió un tono azulado y las montañas parecían levantarse como antiguas catedrales donde el silencio era la única ceremonia posible. Pensé entonces que Victor Frankenstein y su criatura comparten una condena semejante. Ambos buscan algo que ya no pueden recuperar. Uno persigue la ilusión de corregir el error que cometió; el otro, la esperanza de encontrar un lugar donde dejar de sentirse extraño. Caminan en direcciones distintas, pero avanzan impulsados por la misma ausencia. Quizá por eso sus destinos permanecen unidos incluso cuando el mundo entero intenta separarlos.

En ese paisaje entendí también la importancia de la naturaleza dentro de la novela. No aparece como un simple escenario romántico, sino como una presencia que recuerda constantemente la pequeñez del ser humano. Frente a las montañas, los glaciares y los cielos inmensos, nuestras ambiciones parecen reducirse a un instante. La naturaleza observa sin intervenir. No condena ni absuelve. Simplemente permanece. Esa indiferencia resulta inquietante porque obliga a los personajes —y también al lector— a asumir que no existe una fuerza superior que venga a reparar aquello que nosotros mismos hemos roto.

Hay una tristeza particular en los libros que no ofrecen héroes perfectos. Al terminar este viaje comprendí que Shelley tampoco busca villanos absolutos. Prefiere mostrar seres humanos incapaces de sostener el peso de sus propias decisiones. Tal vez por eso la novela sigue conmoviendo. Todos hemos conocido el error, el arrepentimiento y el deseo imposible de volver atrás para actuar de otra manera. Frankenstein convierte esa experiencia íntima en una historia que atraviesa generaciones sin perder fuerza.

Cuando el camino llegó a su fin, el viento había borrado casi todas las huellas que seguía desde el principio. Durante un momento pensé que el viaje desaparecería junto con ellas. No fue así. Comprendí que algunos recorridos continúan dentro de nosotros mucho después de haber cerrado el libro. Salí de aquellas montañas con la impresión de que la nieve no guarda únicamente el recuerdo de quienes la cruzan; también conserva las preguntas que fueron incapaces de responder.

Regresé convencido de que Frankenstein o el moderno Prometeo no nos invita a preguntarnos si el ser humano debería crear vida. Esa es apenas la superficie de un dilema mucho más profundo. La verdadera pregunta es otra: ¿qué clase de humanidad somos capaces de ofrecer a aquello que nace gracias a nosotros? En el fondo, todos dejamos algo en el mundo. Un hijo, una obra, una enseñanza, una palabra, una idea o un gesto. El tiempo decidirá qué permanece de ellos, pero la responsabilidad de acompañarlos siempre será nuestra.

Abandoné el hielo cuando comenzaba a caer la noche. Al volver la vista, el paisaje parecía intacto, como si nadie hubiera pasado por allí. Sin embargo, comprendí que los viajes importantes nunca dejan su marca sobre los caminos. La dejan en quien los recorre.


Contexto de la obra

Publicada en 1818, Frankenstein o el moderno Prometeo fue escrita por Mary Shelley cuando apenas tenía veinte años. La novela nació durante el célebre verano de 1816, conocido como "el año sin verano", en una reunión en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, donde Shelley, junto con Percy Bysshe Shelley, Lord Byron y John Polidori, aceptó el desafío de escribir una historia de fantasmas. De aquella propuesta surgió una de las obras más influyentes de la literatura universal.

Aunque suele considerarse una novela gótica, Frankenstein trasciende ese género al incorporar reflexiones sobre la ciencia, la ética, la educación, la responsabilidad, la soledad y la condición humana. También es reconocida como una de las precursoras de la ciencia ficción moderna, al imaginar un experimento científico como detonante de su conflicto central.

Mary Shelley dialoga con los avances científicos de su época, especialmente con las investigaciones sobre la electricidad y el galvanismo, pero su interés principal nunca fue describir un descubrimiento técnico, sino explorar las consecuencias morales del acto de crear. El subtítulo, El moderno Prometeo, alude al titán de la mitología griega que entregó el fuego a la humanidad, estableciendo un paralelismo entre el conocimiento y la responsabilidad que conlleva.

Más de dos siglos después de su publicación, la novela conserva una vigencia extraordinaria. En una época marcada por el desarrollo de la inteligencia artificial, la ingeniería genética y otras tecnologías capaces de transformar la vida, las preguntas planteadas por Mary Shelley resultan más actuales que nunca. Por ello, Frankenstein continúa siendo una lectura imprescindible, no solo como un clásico de la literatura, sino como una profunda reflexión sobre los límites del conocimiento y la responsabilidad inherente a toda creación.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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