El director británico David Lean (1908-1991) comenzó su carrera cinematográfica rodando una serie de películas basadas en obras del dramaturgo Noël Coward; entre ellas se encuentra la primera de sus obras maestras: ‘Breve encuentro’ (Brief Encounter, 1945), reconocida con la Palma de Oro en Cannes (1946).
En los títulos de crédito, David Lean demuestra su dominio del espacio y de la luz. Primero escuchamos la bocina de un tren; la primera imagen nos muestra un andén poco iluminado, a la derecha; vemos cómo un tren atraviesa, sin detenerse en la estación, desde la izquierda hacia el fondo. Este pequeño truco produce el efecto de que la estación parezca tener mayor profundidad de campo.
Sobre el tren se arrastra una nube de vapor blanquecino que se funde con la niebla del fondo; del techo del andén cuelgan unas pequeñas luces, de tal modo que el contraste del blanco y el negro aparece tanto en el andén como en las vías. Aparecen los créditos —letras en blanco sobre el fondo de una estación oscura—; tras el título se comienza a escuchar la música de Rachmaninov que marcará esta película. Escuchamos de nuevo la bocina, se repite el paso del tren, pero esta vez en dirección opuesta, desde el fondo hacia el espectador.
‘Breve encuentro’ narra la fugaz aventura romántica de un ama de casa de clase media y un doctor, ambos casados y con hijos, que se enamoran casi sin querer, pero que no pueden desarrollar su historia por el peso de las convenciones sociales, los compromisos matrimoniales y un cierto sentido de culpabilidad. El perpetuo relato de amor, de lo que podría haber sido pero no lo fue.
—Ese es tu tren.
—Sí, debo irme.
Con este intercambio de frases comienza, y acaba, esta historia rodada en blanco y negro, básicamente en el interior de una estación de tren. Los protagonistas no se miran, pero en sus rostros se adivina que aquel no es un diálogo banal, sino un adiós doloroso y definitivo. Alec (Trevor Howard) y Laura (Celia Johnson) permanecen callados y sin decir una palabra, desatentos al bullicio del café de la estación e incluso a la cháchara de una señora sentada a su mesa; pareciera que el mundo se redujera a lo que sucede entre ellos. Se miran y agachan la mirada sin atreverse a decir una palabra más. Ella le avisa de la llegada de su tren, él lo confirma, se levanta de su silla y apoya una mano en el hombro de ella. Él sale del café mientras ella aparentemente escucha la cháchara, pero su atención está en los sonidos del andén, la campanilla que avisa de la llegada, el ruido del tren al alejarse. Sale un momento al andén, cuando regresa, está pálida, el rostro descompuesto, el ánimo derrotado. Da una excusa trivial para explicar su ausencia momentánea.
—He salido para ver el expreso
Tras la partida de él, regresa a su casa, acompañada por la señora charlatana; la voz en off de Laura está pidiendo que se calle, pero eso no ocurre. Al llegar a casa, acuesta a los niños y, mientras su marido intenta resolver el crucigrama del periódico, ella cose imaginando cómo contarle esta historia. Apaga la radio y pone un disco con el Concierto para Piano nº. 2 de Rachmaninov. La cámara se centra en ella, en los cambios de su rostro mientras comienza a hablar para sí misma; se va pasando de un medio plano a un primer plano de una forma muy lenta.
Ahí comienza un flashback hacia el instante de su primer encuentro. A partir de ese momento, será la voz en off de Laura la que nos guíe, nos explique, nos ponga en la situación que ella está viviendo en presente. Se estructura en forma de carta dirigida a su marido, la única persona a quien no puede contarle que ha salido de su vida confortable y aburrida, casada y con hijos, para enamorarse de otra persona, algo que les ocurre a los demás, pero que nunca pensó que le ocurriera a ella.
—Todo empezó en un día corriente, en un lugar corriente, el café de la estación de Milford…
Laura relata lo que de verdad ha estado haciendo en esos momentos en los que su marido cree que va a la ciudad de compras y a ver una película al cine, su día de libertad, como lo llaman. Alec, como ella, viaja a Milford el jueves, un día de visita en un hospital.

Laura comienza recordando su primer encuentro con Alec, un pequeño accidente que desembocará en citas semanales. Una pequeña y molesta mota de polvo entra en el ojo de Laura, cuando llega a la estación, pide ayuda a la camarera y en ese momento aparece Alec, que espera su tren frente a un té, quien, en un gesto más caballeresco que médico, socorre a Laura.
El jueves siguiente coinciden en la calle, ella sale de la biblioteca donde toma prestado un libro cada semana. El encuentro se reduce a un saludo cortés, él va al hospital y ella a hacer sus compras. Se miran sonrientes y se despiden.
Vuelven a coincidir al cabo de una semana; él busca asiento en un restaurante, ella, al verle, sonríe y le saluda, él pide permiso para sentarse y compartir mesa. David Lean vuelve a colocar la cámara en el vértice de una diagonal que atraviesa la pantalla —ella sentada, él de pie— dando una profundidad de campo mayor que la que corresponde a un local con unas pocas mesas.
Sentado, frente a frente, comienzan a bromear sobre un conjunto musical, aficionado y chirriante, que ameniza supuestamente el local. Se preguntan por sus planes; ella, como siempre, irá al cine, él se ofrece a acompañarla aunque sea en asientos separados. Ella insiste en pagar a medias la comida y que cada cual pague su entrada de cine. Llegan al acuerdo de sentarse juntos y vuelven a encontrarse al mismo grupo musical acompañando los anuncios previos a la película. No puede evitar reírse en un gesto de complicidad.
—Debería haber una Sociedad para la prevención de la crueldad sobre instrumentos musicales
La película está filmada en blanco y negro; en aquellos tiempos los focos que iluminaban a los actores eran de color blanco, motivo por el cual resaltan los rostros frente a la oscuridad del vestuario, de la localización o de otros actores secundarios. Incluso cuando están en el cine, sus rostros se perfilan claramente cuando se apagan las luces y la sala queda a oscuras.
—Regresamos juntos a la estación, cuando llegamos a la puerta él puso su mano bajo mi brazo.
Ella aprovecha para introducir un tema de conversación aparentemente banal, la familia. Así que cada uno explica cuál es el físico y el carácter de sus parejas. De nuevo entran en el café, una taza de té para la espera; ella le anima a hablar de su trabajo, él muestra un entusiasmo y sus sueños idealistas. Ella le observa con los ojos abiertos mientras él habla con entusiasmo de su trabajo.
Cuando llega su tren, él solicita que se vean el siguiente jueves. Ella se niega, su rostro se torna serio, afirma con seguridad que es imposible, pero él se lo pide repetidamente. La escena es filmada, en plano/contraplano, a un ritmo veloz debido a la llegada del tren.
— ¿Volveremos a vernos? ¿El próximo jueves, a la misma hora?
— No, es imposible.
— Esta bien. Adiós.
— Allí estaré.
La voz en off nos relata cómo se imagina ella la llegada de él a su casa, detalladamente, hasta que descubre que ella no podrá contarle a su marido lo ocurrido. Su rostro está apenas iluminado mientras camina por el andén, pero es iluminado cuando toma una decisión. Entonces siente una sensación de peligro, está cerca de cruzar una línea roja, pasar de una espontánea simpatía a una pasión romántica; aún no ha pasado nada, pero podría ocurrir, por lo que, cuando desciende de su tren, ha decidido no volver a verlo.
El jueves siguiente, él no se presenta a la cita; ella sigue su rutina de compras, comida y cine, hasta que llega la hora de su tren. En el bar de la estación comienza a dudar; tal vez él dijo otra cosa; le llega el temor de no volver a verle nunca más.
Mientras tanto, los personajes secundarios, el jefe de estación Godby (Stanley Holloway) y la camarera Myrtle (Joyce Carey), mantienen a su vez su propio y cómico romance, sirviendo de contrapunto al drama de los caracteres principales. En el último momento él llega con el tiempo justo para tomar el tren, se disculpa por motivo de trabajo; ambos salen corriendo hacia el andén, se despiden citándose de nuevo.
— ¿El jueves que viene?
— Sí, el jueves.
La siguiente cita marca un punto de no retorno; ella se siente feliz aunque debiera sentirse arrepentida, se enfrenta a la sensatez que debería seguir frente a los sentimientos que alberga. Él le reconoce haberse enamorado; ella trata que la sensatez sea un freno —aún no han traspasado ninguna línea—, pero al final reconoce estar enamorada. Al regresar al tren, él quiere besarla cuando pasan por un pasaje subterráneo; ella se niega al principio, pero al final lo besa. David Lean filma la escena del beso en un primer plano, pero inmediatamente se aleja a un extremo del pasaje apenas iluminado; entonces unas sombras se marcan en la pared y los amantes han de dejar de besarse.

En el tren de regreso, ella no toma su libro como de costumbre, sino que mira por la ventanilla; allí se proyectan escenas románticas que ella imagina, ambos bailando con trajes de gala, visitando París y Venecia. Se dice a sí misma que debería sentirse avergonzada, pero se siente feliz como una colegiala enamorada.
El siguiente jueves, a la comida y el cine se le añade un viaje en un coche descapotable. Durante la comida han sido observados por dos mujeres, amigas de Laura, ante las que tiene que presentar excusas por estar ahí con un desconocido. Parten en un coche prestado hacia el campo y se detienen en lo que se llama un lugar bucólico: la campiña, un puente de piedra; Alec la abraza, pero ella no parece sentirse feliz. La culpabilidad pesa más que la felicidad presente.
—¿Tienes frío?
—No, no mucho.
—¿Eres feliz?
—En realidad, no.
Alec le pregunta si siente lo mismo que él (“esta sensación irresistible”), Laura responde afirmativamente y se besan apasionadamente. Al regresar, ya de noche, Alec debe entregar las llaves del coche y le sugieren que suba con él al piso vacío, pero ella se niega y se marcha sola corriendo hacia la estación, sube a su tren, pero en el último instante decide bajarse y reunirse con Alec. Poco después de llegar al piso, aparece el propietario y ella huye por una puerta trasera. Esto es lo más cerca que estarán de un contacto físico que vaya más allá de los besos, es la oportunidad perdida de un encuentro sexual, a pesar de la sensación de culpabilidad, de la presión social, de la sensación de traicionar al matrimonio. Ella sale corriendo a la calle, sintiéndose humillada y avergonzada, pero no puede regresar a casa hasta serenarse.
Camina por la ciudad despoblada, hundida en sus pensamientos, hasta que cansada se sienta a fumar un cigarrillo en un parque. Un policía la observa y se acerca a preguntarle si se encuentra bien; ella se marcha caminando lentamente, aunque sintiéndose como “una criminal”. David Lean filma el regreso a la estación en una escena, con su voz en off, en la que se ve, en el mismo plano, el andén, el reloj y a ella caminando lentamente.
Él la encuentra en el bar de la estación; teme haber sido tratada como una mujerzuela en la conversación de los dos hombres. Ella alterada le dice que no pueden seguir (“somos dos seres despreciables”). Quiere dejarle, a pesar del amor, ya que afirma que hay cosas más importantes como la autoestima y la decencia.
—¿Serías capaz de decirme adiós y no volver a verme?
—Sí, si me ayudaras.
Ella apoya su cabeza en la mano, en la barra del café, mientras que él, de pie, agacha la cabeza. Ya no pueden mirarse; es el principio del fin de su historia de amor, de aquello que pudo ser pero no fue. Él le pide una última cita, un jueves más, para explicarle una decisión recién tomada, aceptar un trabajo en el extranjero, ante la certeza de un final inevitable. Se piden perdón por quererse y por haberse hecho desgraciados, ella asomada en la ventana del tren y él, de pie, en el andén, mientras se escucha una vez más la música de Rachmaninov.
El último día juntos vuelve al campo en coche, esta vez casi sin hablarse. Regresan al mismo puente de piedra; cuando regresan a la estación, ella piensa que esa será la última vez que regresa con Alec; en este momento son figuras oscuras las que pasean por una estación iluminada. Él le declara una vez su amor, ella desea morir. Prometen recordarse.
—¿Crees que volveremos a vernos?
—No lo sé. Al menos durante unos años, no.
En el café toman su última taza de té, casi sin mirarse ni hablarse; entonces aparece una amiga de Laura que habla sin parar, ellos se quedan callados. Cuando se da el aviso del tren de Alec, él se levanta, apoya su mano sobre el hombro de Laura y se despide. Así con esta escena repetida, al principio y al final, se cierra el círculo de la historia que ella ha ido relatando.
El relato ha durado el tiempo en que el marido de Laura completa el crucigrama del periódico.
Posteriormente, David Lean rodaría los largometrajes por los que sería conocido por el gran público y premiado con múltiples Premios Óscar. Películas épicas en la selva de Birmania, ‘El puente sobre el río Kwai’ (1957), y en el de desierto, ‘Lawrence de Arabia’ (1962). Romances dramáticos en la escena revolucionaria rusa, ‘Doctor Zhivago’ (1965), y en las colinas irlandesas, ‘La hija de Ryan’ (1970).
Usará de nuevo el flashback como forma de narración. La música será memorable. David Lean podrá emplear su habilidad para capturar extensos paisajes y luego grabar la privacidad de sus personajes.




