City 2.0*

City 2.0

Igor Antoniuk (Ucrania)

“La ciudad había estado esperando durante veinte mil años”
– Ray Bradbury, La ciudad

El niño ya estaba despierto cuando las luces aparecieron en el cielo.
Por un instante desgarraron la oscuridad de la noche. Con un rugido, atravesaron la ciudad dormida. Brillaron como fuegos artificiales en el Cuatro de Julio y desaparecieron tras las colinas arenosas. Siguió un minuto de silencio —como si nada hubiera ocurrido. Y por la mañana, el padre regresó.
—¡Papá! —El niño corrió a abrazarlo.
El hombre se dejó caer débilmente en una silla, apoyándose en el respaldo de madera. Su rostro parecía vencido. La piel gris se le descolgaba, como cera en una vela recién encendida. Su pecho hundido subía y bajaba con lentitud. Tenía la mirada fija en la pared. Llevaba una camisa roja a cuadros y unos jeans desteñidos. Olía a metal quemado, y su respiración ronca arrastraba un hedor a caucho chamuscado. Entonces, por primera vez, el niño oyó aquellos sonidos extraños:
Click-click-click-click.
—¿Volviste anoche? ¿Tú? ¿De verdad?
El hombre no respondió. No apartó la vista. Parecía estudiar la pared frente a él —como si en ella hubieran surgido constelaciones del zodiaco, y no solo concreto vacío. Luego, lentamente, giró la cabeza hacia el niño y dijo:
—Sí. Soy yo.
—¡Reu! —la voz de la madre llegó desde la cocina—. ¿Ya estás despierto…?
Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. Miró a su hijo, luego a su marido.
—Reu, ven a la cocina. Ahora.
Cuando el niño se acercó, ella se agachó frente a él. Lo observó un momento antes de hablar.
—Raymond, eres un buen niño, ¿verdad?
—Sí, mamá.
—Entonces, si te pido algo… prométeme que no se lo dirás a nadie, ¿de acuerdo? ¿Entiendes? —le tomó la muñeca, apretando los dedos—. No le digas a nadie que papá ha vuelto.
—¿Ni siquiera al tío Einar? —preguntó el niño.
—Ni siquiera a él. Júralo —dijo ella, apretando más fuerte, con la voz temblorosa—. ¿Me oyes? ¿¡Me oyes!?
—Sí, mamá —dijo, al borde del llanto—. Lo juro.
Por la tarde, llegó el ejército.
Vinieron en tres vehículos blindados. El rugido de los motores hizo que los vecinos corrieran las cortinas. Las puertas chirriaron al abrirse, y botas marrones golpearon el asfalto. Rostros severos. Ninguna emoción. Tras las gafas oscuras, sus ojos eran indescifrables.
Llamaron suavemente a la puerta y entraron sin esperar respuesta.
—Buen día —dijo un hombre alto, de cabello gris, al entrar en la sala. Vestía de civil, no uniforme. Dos oficiales más jóvenes se quedaron detrás de él.
Han venido por él. Lo saben… El corazón de la mujer latía con violencia. Intentó recomponerse. Sus uñas se clavaron en las palmas.
—Claro, pasen, por favor —dijo, obligándose a sonar tranquila—. ¿Quieren café? Está recién hecho.
El oficial mayor alzó la mano, deteniéndola.
—Señora Smith —empezó.
—Nora —corrigió ella.
—Nora —repitió él con una sonrisa seca—. Supongo que sabe quiénes somos y por qué hemos venido.
—Sí… lo imagino —alcanzó a decir. Una lágrima le rodó por la mejilla; la limpió con rapidez—. ¿Le ha ocurrido algo a mi marido?
—No lo sabemos —respondió él, en voz baja pero firme—. La expedición de su esposo fue un éxito. Estaban de regreso.
—¿Encontraron algo?
—Tal vez. No puedo decírselo. Es información clasificada, señora Smith… Nora. En el trayecto de vuelta, es probable que la nave quedara atrapada en una lluvia de meteoritos.
—¿Probable?
—A menos que hayan sido los rusos. Perdimos contacto con la tripulación cuando la nave entró en la atmósfera terrestre.
—Entonces, las luces que vimos anoche en el cielo eran…
—Sí —la interrumpió el hombre, recorriendo la habitación con la mirada—. Eran restos de la nave. Como sabe, la tripulación estaba compuesta por nueve personas. Siete fueron encontradas.
—¿Muertas? —preguntó ella, directa.
—El destino de dos es desconocido —continuó él, ignorando la pregunta—. El capitán y su esposo, el señor Smith. Sospechamos que él…
—No creerá usted… —sollozó de nuevo—. ¿Que después del accidente mi marido simplemente va a cruzar la puerta y decir: “Hola, Nora”?
—¡Mamá! ¡Mamá! —la voz vino desde la cocina. En un instante, el niño estaba abrazándola.
—Pero papá volverá, ¿verdad? —preguntó, mirando al hombre.
—Sí —susurró la madre, besándole la cabeza.
Quizá fue entonces cuando el niño volvió a oír aquel sonido tenue:
Click-click-click-click.
—Mi papá es un héroe, ¿verdad?
—Deberías estar orgulloso de él, chico —dijo el hombre—. Adiós, señora Smith. Nora… Adiós, Reu…
—Pero, señor… ¿cómo sabe mi nombre?
El hombre no respondió. Cerró la puerta tras de sí. Los motores rugieron y se alejaron.
—Lo sabe todo —susurró la mujer, temblando—. ¡Todo!
Cuando se fueron, el niño corrió al sótano. La mujer se dejó caer contra la pared, impotente.
—¡Papá! ¡Papá, vinieron! Pero yo no…
El padre estaba de espaldas, con la cabeza inclinada hacia arriba. En sus manos sostenía una lata de metal opaco, que brillaba débilmente. La tenía pegada al rostro. Espasmos recorrían su camisa. El sótano resonaba con un sonido húmedo, burbujeante. El olor a grasa automotriz le quemó la nariz al niño.
Click-click-click-click.
El hombre se estremeció y, lentamente, apartó la lata de su cara. Varias gotas negras salpicaron el suelo. Con la otra mano se limpió el rostro y se volvió.
A la luz tenue, el niño vio un líquido negro y grasiento rezumando por la comisura de la boca de su padre. Le caía por el cuello y empapaba la camisa.
—Papá, ellos… pero yo…
—Lo sé —la voz zumbaba como una corriente eléctrica—. Sube. YO. IRÉ. PRONTO.
No hizo falta repetirlo.
El niño subió corriendo, dejando la puerta entreabierta.
De pronto, la cabeza del padre se torció hacia atrás y quedó colgando sobre su pecho. La boca se le abrió en convulsiones, los ojos se le voltearon. Con un chirrido metálico, como la apertura de una escotilla, el pecho se le abrió en dos. En lugar de sangre, brotó aceite negro. Una aguja dorada salió disparada —y ESO, lo que antes había sido su padre, la atrapó con precisión.
—REU. PAPÁ. YA. VIENE —dijo la madre detrás de él, sosteniendo una aguja idéntica en las manos.
Una corriente caliente inundó el pie del niño, desbordándose por las escaleras. El niño no pudo gritar.

*“City 2.0” fue publicado originalmente en la antología de cuentos «100 Shades of Darkness», editada por Motor Snail Publishing.
Traducido del ucraniano al ingles por Olga Dzyubinska, traducción del ingles al español Oscar Uriel R. C.
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