“Nadie ponía en tela de juicio
la culpabilidad o la inocencia
del hijo, del marido, del hermano:
estaban ahí, eso era todo.”
– José Revueltas
Querido amigo:
Para cuando leas esto, tal vez ya esté muerto. Soy un hombre de cincuenta y tres años, vivo en Tuxtla Gutiérrez y tengo la enfermedad de cirrosis, el cual me la causé, por llevar los últimos catorce años de mi vida inundándome en el alcohol, tratando de evitar los recuerdos de la experiencia que te voy a contar.
Yo era un jovencito de veinte años, quien iba a la universidad para sacar adelante sus estudios en Ciencias sociales. Tenía la ilusión, una vez que acabara la licenciatura, de meterme a estudiar una especialidad en Política democrática, una carrera que recién se inauguró en la escuela cuando todo esto ocurrió.
A parte de ser un buen estudiante, era un buen amigo. Esa devoción me llevó a ser muy aguerrido con quienes atentaran contra la integridad y derechos de mi gente. Sin embargo, aquel día que fui a parar a la cárcel, por primera y única vez, entendí que las personas no muestran la misma devoción que uno.
Ese día, fui con varios grupos de la carrera al Palacio de justicia, a hacer una protesta en contra de un maestro, pues la universidad le permitió seguir en la universidad, luego de mostrarle evidencia al director de la facultad, sobre tráfico de calificaciones, extorsiones a alumnas y, posible abuso sexual. Nos pusimos eufóricos al saber que nos habían ignorado, esa euforia la llevamos al Palacio, para dar a conocer nuestros derechos a remover a dicho profesor de su cargo y la escuela. Pero, al igual que el director, las mismas autoridades del Palacio se hicieron de la vista gorda, por lo que recurrimos a dar nuestro punto por la fuerza. Fue en ese momento, que mi vida se derrumbó.
En medio de la trifulca, varios policías custodiaban la entrada, nosotros arremetimos contra ellos, a pesar de la desventaja numérica y no portar ningún arma. Encontramos varias piedras a nuestro alrededor, también había ramas secas, las levantamos y lanzamos a los policías, con la intención de lastimar, pero no matar. Para mi mala suerte, arrojé una piedra con bastante fuerza, la cual impactó en la cabeza de un policía, quien se quitó el casco debido a que había quedado chueco por el vendaval que recibió previo a su muerte.
Cuando nos dimos cuenta, todos cesamos el pleito, se hizo un enorme circulo alrededor mío y el policía. Los demás policías gritaban al aire, preguntando quién fue. Creí que mi gente me respaldaría y guardarían silencio para protegerme. Creí mal. Todos levantaron la mano y me señalaron con el dedo, acusándome como el responsable.
Sentí entre decepción y miedo, el tiempo se detuvo para mí, no me percaté que llevaban al interior del Palacio. Quisieron tomarme los datos pero estaba muy ensimismado por lo que había sucedido minutos antes, que no dije nada. Varios compañeros se metieron al Palacio, a petición de los trabajadores del lugar, para decir mis datos. Con eso me procesaron y llevaron a lo que sería mi nueva casa durante casi veinte años.
Durante el viaje a mi nueva estancia, me taparon con una manta negra. No veía absolutamente nada, no dejaba de temblar, imaginaba que me llevarían a un cerro alto, para rematarme, en venganza de su compañero caído. Cuando llegamos, bajé del camión, aún con la manta puesta. Pasé dos minutos así, cuando me la quitaron. Me encontraba en un portal oscuro, frío y sucio, con un hombre viejo, canoso, de aspecto impasible pero con una mirada tan severa que te hacía temblar. Él se presentó:
-“Buenos días, hijo. Bienvenido a la penitenciaría Francisco I. Madero, o como le llaman los residentes, “el palacio oculto”.-emitió una carcajada que me puso la piel de gallina.
Aquel nombre no sonaba tan aterrador, hasta que pasé mi primera semana en ese lugar. La prisión estaba por las afueras de Ocosingo, en medio de la selva, por el que el apodo se daba a entender. Los muros estaban pintados de verde esmeralda, de tal manera que durante el día los rayos del sol lo hacían brillar tanto que podías quedarte ciego. Había tres torres altas del mismo color, con conos de concreto color naranja. Las celdas donde compartí con otros reclusos estaban limpios, con aroma a fresco. En pocas palabras, mi estimado, sí parecía un palacio. Por desgracia, eso sólo se podía apreciar con los ojos.
Desde el principio, me hicieron saber que aquello estaba lejos de ser un palacio, mucho menos, una cárcel. Aquel lugar era el mismísimo infierno. Me hicieron trabajar jornadas de veinte horas: tallando madera que te traían de los árboles que caían en medio de la selva, barrer el enorme paredón y las torres de vigilancia, de tres a cinco veces por día, arreglar la tubería que se atascaba todos los días, debido a que los guardias lo tapaban con enormes bultos de papel higiénico, para bañarte de su inmundicia que salía de su organismo.
Aquello era degradante, pero no era lo peor. Pronto me enteré de las prácticas clandestinas que organizaban los guardias, como susurrarle al más cabrón de los reclusos el crimen por el que te encerraron, adornándolo con algo mucho peor. La prueba dura una semana y muchos no logran sobrevivir después de la primera noche. Yo lo hice, con una cortada en la cara, que bajó hasta el mentón. Yo no entendía por qué me atacaban, hasta que mi compañero de celda me contó que todos sabían lo que le hice al policía, con la diferencia de que, en vez de matarlo, accidentalmente con una roca, le ensarté un cuchillo en la yugular, con todo el dolo del mundo. No pude dar crédito a lo que oía, quise dar una queja, pero aquel compañero me afirmó que fue uno de los guardias quien fue con el chisme, por puro entretenimiento y que de nada servía quejarse, pues iba a salir perdiendo, que mejor me aguantara, hasta que pasara la semana. Me sentí impotente pero no podía hacer nada, soporté los siguientes seis días los intentos fallidos por matarme, con más cortes en el cuerpo de los que pude haber tenido antes de llegar a ese lugar.
Otro de los juegos que armaban los guardias para su diversión, era lo que llamaban “el zorro perdido”. Este consistía en que uno o dos guardias contaban a oídas de los reclusos, una posible ruta de escape. Los mismos reclusos utilizaban esa información como esperanza para salir de allí, sin imaginarse que iban a una trampa. Durante las noches oía a algunos prisioneros salir por dichas salidas y escapaban en medio de la selva, donde al llegar por un arroyo, que anunciaba la jurisdicción de la penitenciaria, se encontraban con una barricada de policías, saludando y arremetiéndolos a balazos hasta terminar con su vida. Gracias a Dios, nunca me atreví a escapar ni una sola vez.
En mis casi veinte años, me dediqué a aguantar todo lo que me arrojaban, tanto los reclusos como los guardias. Tuve varios compañeros que me contaban de todo, desde los crímenes que hicieron, hasta lo que pretendían hacer al salir de la cárcel. Yo sólo me limitaba a escuchar, eso me evitaba el riesgo de ser tasajeado por ellos o cualquier persona que pudiese lastimarme ante el menor descuido. A parte, después de la traición de quienes creí que eran mis amigos, la confianza era un lujo que no podía darme.
Sin embargo, a uno de los reclusos, ya viejo, con un crimen del que le condenaron a cadena perpetua, me contó lo que ya había aprendido desde el primer mes que anduve allí:
“-Haces muy bien en no decir nada, hijo. Recuerda siempre que una vez que pises este lugar, no serás otra cosa para el mundo que un criminal. Excepto para los policías. Ellos te verán como basura que querrán jugar, hasta que se aburran y te manden a la fosa común.”
Con esa idea viví mis casi dos décadas allí. Al mes de cumplir los treinta y nueve años, me dieron la liberación. Mi excelente conducta propició a que redujeran mi condena, aunque no debería decirlo de esa manera, ya que sólo me faltaba un año para cumplirla. De todos modos, era libre, o al menos, eso creí.
No contaba que de la misma forma que habían esparcido los rumores de mi crimen en la prisión, con adorno incluido, también lo hicieron afuera. En cualquier trabajo donde pidiera chamba me rechazaban al saber mis antecedentes. La misma historia pasaba con mis familiares, a quienes visité el mismo día que salí de la cárcel. Me tiraron la puerta en la cara, luego de afirmarme que sabían que había matado a un policía, con la excepción de haberlo hecho con una navaja, adrede, en lugar de una piedra, por accidente.
El único empleo por el que me aceptaban con mi historial delictivo, fue de repartidor. La única condición para aceptarme, era que siempre anduviera con un pasamontañas, para que no descubrieran quién era. ¿Puedes creerlo, estimado?
He servido en ese trabajo desde entonces, pero con un anonimato, peor que la traición que sufrí a manos de mis amigos. Esa frustración por no dar la cara en el mundo, me ha llevado a ir todos los días al bar y descargarla en litros y litros de cerveza, que tuvo como de consecuencia la enfermedad que te conté al principio.
Ya no protesto, ya no lucho contra la injusticia como lo hacía antes, tampoco he hecho amigos nuevos. ¿Para qué? Sólo soy un criminal, que fue tratado peor que basura y lo han seguido haciendo desde entonces, sin importarles lo que realmente pasó.
La verdad, ya no me importa si publicas mi historia, muy pronto estaré a tres metros bajo tierra. Sólo necesitaba desahogarme, para ya no llevarme nada, una vez que me llegue mi hora. Pero, si te animas, querido amigo, a contar mi relato, puedes investigar sobre la penitenciaria Francisco I. Madero. Ese lugar fue demolido hace diez años. Mala suerte para mí, me hubiera gustado poder exponer ese lugar, como el infierno que fue, y que ha seguido siendo para todos los reclusos que anduvieron allí, como yo.
Sin más que decir, nos vemos, mi estimado.
Atentamente
Carlos Rodríguez, prisionero 20478




