El atlas de las nubes: las vidas que nos atraviesan

El atlas de las nubes: las vidas que nos atraviesan

El viajero de las palabras (México)

«Nuestras vidas no nos pertenecen. Del vientre a la tumba, estamos ligados a otros, pasados y presentes, y por cada crimen y cada bondad, damos a luz nuestro futuro.»
— David Mitchell, El atlas de las nubes (2004)

No sé qué año es.

No es desorientación metafórica: genuinamente no sé en qué siglo estoy. Hace un momento estaba en un barco de vapor en el Pacífico del siglo diecinueve y el calor era húmedo y real, y ahora estoy en Bélgica en los años treinta y hay un compositor joven escribiendo cartas a un amante en otro país, y un momento después estoy en una editorial londinense de los años setenta y hay un hombre mayor que ha cometido el error de meterse con personas equivocadas, y después hay una ciudad asiática del futuro donde las personas fabricadas en laboratorio sirven hamburguesas y se llaman por nombres de modelos de electrodomésticos.

Mitchell me hace esto sin pedir disculpas. La novela tiene seis historias encajadas como matrioskas —cada una interrumpida en su punto medio para pasar a la siguiente, y luego completadas en orden inverso al regresar— y la sensación no es de caos sino de algo más inquietante: la sensación de que estas vidas, separadas por siglos y continentes e idiomas, están hechas de la misma materia.

Lo que conecta a los personajes es una marca: una constelación en forma de cometa, que aparece en el cuerpo de alguien en el siglo diecinueve y reaparece en otros cuerpos, en otras épocas, sin que ninguno de ellos lo sepa. Mitchell no explica si esto es reencarnación o coincidencia o simplemente el tipo de patrón que la mente humana impone sobre lo que no entiende. Lo deja ahí, visible pero sin nombre, como una pregunta que no necesita respuesta para ser real.

Lo que sí muestra —sin explicar— es que los actos se propagan. Una decisión de bondad en el siglo diecinueve se convierte en algo que alguien recibe sin saber de dónde viene, siglos más tarde. Un acto de crueldad también viaja. La historia no es lineal: es resonante. Las notas de una sinfonía escrita en Bélgica en los años treinta se convierten en la música que escucha, en un futuro distópico, una mujer clonada que empieza a preguntarse si tiene algo parecido a un alma. El atlas de las nubes, que da título al libro, es esa sinfonía. Y como toda buena música, no tiene principio ni final claros: tiene movimientos, tiene pausas, tiene el silencio entre las notas que es tan importante como las notas mismas.

Mitchell es un escritor técnicamente prodigioso. Cada una de sus seis historias está escrita en un registro diferente: el diario del siglo diecinueve imita la prosa de la época, el tramo futurista tiene su propio idioma evolucionado y deteriorado, la historia de la editorial londinense tiene el ritmo de la comedia negra. Podría ser un ejercicio de virtuosismo vacío. No lo es, porque la técnica está al servicio de algo: mostrar que las formas en que contamos las historias también cambian con el tiempo, pero que lo que se cuenta permanece reconocible.

Soy muchas personas en este libro. Soy el notario del siglo diecinueve que empieza a sospechar que lo que come no es lo que le dicen. Soy el músico joven que escribe una sinfonía que nadie publicará. Soy el anciano editor que escapa de un asilo con ingenio y escasez de alternativas. Soy la periodista que investiga lo que no debe investigar. Soy la sirviente clonada que escucha una grabación y siente algo que su programación no contemplaba sentir. Soy también el habitante de un mundo pos-colapso que guarda una historia como se guarda fuego.

Ser tantas personas es agotador y es también la experiencia más honesta de lo que significa leer: habitar vidas que no son la propia y volver de ellas cambiado.

No voy a decir qué resuelven estas seis historias cuando terminan de contarse. Pero sí voy a decir que hay algo que este libro hace y que muy pocos libros logran: hace sentir el tiempo. No como cronología sino como peso. Como continuidad. Como la certeza de que uno no llega al mundo sin carga y no se va sin dejar algo, aunque sea invisible, aunque no tenga nombre.

Salgo del libro sin saber todavía qué año es. Hay una marca en algún lugar del cuerpo que quizás ya estaba antes y que ahora reconozco. Nuestras vidas no nos pertenecen. Nunca entendí esa frase tan completamente hasta ahora.

Contexto de la obra

El atlas de las nubes fue publicado en 2004 por el escritor británico David Mitchell. La novela, estructurada en seis historias que abarcan desde el siglo diecinueve hasta un futuro pos-apocalíptico, requirió a Mitchell dominar seis estilos narrativos completamente distintos: desde el diario de viaje victoriano hasta el idioma simplificado de una civilización en declive. La novela fue finalista del Man Booker Prize en 2004. En 2012, los directores Lana y Lilly Wachowski junto a Tom Tykwer adaptaron el libro en una película con Tom Hanks y Halle Berry, en la que los mismos actores interpretaban personajes en distintas épocas, decisión que reforzó visualmente el tema de la continuidad a través del tiempo. El atlas de las nubes es considerado uno de los textos más ambiciosos de la literatura anglófona del siglo XXI.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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