I
El maestro de matemáticas ordenó a Neyla que entregara los resultados de una evaluación hecha semanas atrás. Ella era una de las seis chicas de nuestro curso. Con su caminado de modelo artificial, tomó el manojo de papeles y los fue repartiendo a cada uno de nosotros. Cuando tuvo en sus manos el mío, lo miró y sonrió. Se acercó, lo dejó en mis manos y me dijo:
—Felicitaciones, Leandro —su rostro dibujó una expresión de satisfacción.
Miré la calificación: 2.5. No me importó, con mis otras notas eso no influía mucho. Además, al final, el maestro daría muchas más oportunidades para recuperarme. Sin embargo, el gesto de ella me hizo pensar: ¿Quiénes son las personas que me rodean día a día?
Salí de la escuela desanimado, me sentía el hombre más abandonado del mundo. No me reconfortó la invitación que me hizo Alex para ver una película pornográfica en la casa de Enrique, ni las preguntas de bienvenida de mi madre al llegar a casa. No quise probar alimento y me encerré en el cuarto. Salí hasta las siete de la noche y cené algo de lo que mi madre había preparado. Dos horas después me acosté.
Esa noche soñé que me encontraba en el salón de clases. Era la clase de español. Sentado en mi pupitre esperaba la llegada de la profesora. Con ansiedad observaba hacia la puerta. Sentía mucho frío a causa de los nervios, me mordía las uñas y no dejaba de mover las piernas. La profesora llegó, una sensación placentera se desplegó desde mis testículos hacia los alrededores y culminó en las contracciones propias de la eyaculación.
La abundancia de la secreción me dejó una mancha en el pantalón y sentí mucha vergüenza, mis amigos se habían dado cuenta y se burlaban de mí. Trataba inútilmente de limpiarme, pero mis manos se empapaban cada vez más del líquido. Apoyé las manos en el pupitre y miré hacia todos lados buscando la salida, pero parecía como si la puerta del salón hubiera desaparecido. El salón se tornó completamente blanco, como una gran habitación sin ventanas ni puerta. Mis manos mancharon el pupitre y del líquido se formaron seis pequeñas lanzas.
—¡Deseo que se mueran!
Las tomé y las arrojé hacia mis amigos. Las risas se convirtieron en gritos y llantos, en una enorme agitación en el salón.
Me levanté asustado, sudando y con un fuerte dolor de cabeza. Bajé a la cocina y bebí un poco de agua. Eran las cinco de la mañana y después no pude conciliar el sueño.
II
Siempre he tenido pocos amigos. No sé por qué. Creo que es mi naturaleza de solitario. No soy mala gente, o algo por el estilo, y que por eso nadie se me acerque, sino que a veces le temo a la gente, y sólo me siento bien con algunas personas.
Mis amigos más apreciados eran Enrique, Alex, Romero y Silbán. Los cinco formábamos un grupo, apodado “La Rosca” por los que nos envidiaban o que deseaban formar parte de nosotros, pero no se atrevían a vencer su orgullo.
En el colegio, los cinco siempre éramos los mejores, siempre nos turnábamos los primeros puestos y nunca permitíamos que alguien nos destronara. Era como un anhelo por demostrarnos a nosotros mismos que éramos buenos. Pero eso no significaba egoísmo, siempre estábamos dispuestos a colaborar con cualquier otro compañero que buscara nuestra ayuda.
El sexo fue un tema que nunca faltaba en nuestras conversaciones. Nuestras aventuras sexuales, a veces exageradas, eran escasas. Todos, excepto Alex, habíamos emprendido el camino entre las piernas de las prostitutas. Eso nunca nos acomplejó, al contrario, nos sirvió para valorar aún más a la mujer.
Alex inició su vida sexual con la empleada de servicio de su casa. La típica historia: la noche, la chica en el cuarto, el desvelo ansioso, la gateada, la puerta entreabierta y el hecho en sí. Nos pareció una historia muy aburrida, pero era nuestro amigo y nos gustó su relato, aunque nunca supimos si creerle o no. Una muchacha de servicio es una mujer más con las que se puede tener sexo; pero, en cambio, nuestras historias sí nos causaban regocijo. Las prostitutas son como un símbolo de experiencia sexual, como el sabio que guía o abre el sendero a los precoces iniciados. Eso sí nos producía curiosidad.
Nuestro gusto por el sexo también derivaba en la pornografía, específicamente en el sexo oral, esas eran las escenas que más nos gustaban y estimulaban. Los cinco siempre estuvimos de acuerdo y nuestros deseos coincidían con el rostro de una mujer sosteniendo entre sus labios nuestros miembros.
—Eso es una verdadera mujer —solía decir Romero.
—Lo único que le falta a una mujer para verse totalmente hermosa es un pene entre sus labios —comentaba Enrique.
Para nosotros era una sentencia muy valiosa. Con esa idea yo soñaba solitario en mi cuarto e inventaba escenas, historias, que me servían de estímulo para masturbarme.
A mis amigos les ocurría algo parecido, según comentábamos en nuestras conversaciones. También con esa idea nos reuníamos los viernes en alguna de nuestras casas para ver pornografía. No nos importaba la distancia, ni el precio de la cinta, ni era impedimento la lluvia o el extremo calor; nos gustaba sentarnos a ver sexo y alienarnos viendo sexo, era como un bálsamo que refrescaba, como una droga que nos sosegaba después de una semana de estudios estresantes. Hasta el día en que se levantó Enrique y dijo:
—Ya me aburrí, quiero que alguna puta vieja me lo mame.
III
Me costaba empezar la semana. Pensar en el colegio terminaba por deprimirme aún más. Pero ese lunes fue diferente, nos anunciaron que conoceríamos a la nueva profesora de biología. Al verla, la primera impresión fue de asombro. Su belleza traslucía a través de su cuerpo alto y atlético, pero con una mayor intensidad a través de su rostro. Su tez era blanca, con una frente amplia y unas mejillas largas; sus ojos, grandes y vivarachos, parecían hablar en vez de mirar; su nariz era pequeña y su cabello largo y de un negro intenso; completaban su descripción unos rellenos labios rojos.
Saludó al entrar. Su voz se escuchó delicada y a la vez imponente.
—Desde hoy seré su nueva profesora de biología y reemplazaré por unos meses a la señorita Catalina.
Dijo su nombre, pero era tan difícil de pronunciar que desde ese momento la llamamos simplemente la Señorita D. Ella prefería ser llamada así, le fastidiaba que estropearan su nombre con otra pronunciación, según nos dijo en una ocasión.
Después de contar que había estudiado varias carreras, que había tenido una vida muy larga y agitada, que conocía muchas culturas e idiomas y que había recorrido un sinnúmero de países, continuó:
—Bueno, ahora quiero conocerlos a cada uno de ustedes.
Sus ojos parecían brillar y el rojo intenso de sus labios se acentuó aún más. O tal vez esa fue mi impresión. Uno a uno nos presentamos.
Me distraje escribiendo algo sobre perseguir a una mujer por puertas y puertas que se abrían y cerraban en un lugar blanco. Escuché mi nombre. Silbán, que siempre se sentaba a mi lado, me haló la manga de la camisa para decirme que me tocaba el turno de presentarme. Así lo hice. Después la clase prosiguió de manera regular.
IV
No todo era color de rosa en la relación entre mis amigos y yo. En un primer momento, lo creí; pero después me di cuenta de que no era así.
En una ocasión, la profesora de español nos dejó como tarea hacer una poesía. Por varios días estuve pensando sobre qué escribir. También tenía en la cabeza las ecuaciones de matemáticas, los capítulos de historia por leer, el resumen de filosofía, las obras de literatura para analizar, etc., etc., etc. No hay espacio para la inspiración cuando la presión te obliga a dedicar toda la atención a otras cosas. Anteriormente, había participado en algunos concursos de poesía en el colegio y había ganado un par de ellos, con unas obras no dignas de pronunciar.
Estresado como estaba, decidí buscar en una caja algo que me ayudara a inspirarme, no sé por qué en una caja, pero era como si allí hubiera algo mágico que me sacara de mi aprieto. Encontré algo: una hoja con una poesía escrita a máquina. Me pareció muy fácil cambiarle algunas líneas, algunos adjetivos, modificar un poco el orden de los párrafos. Pero cometí el error de dejarle el mismo título. Así entregué mi “creación” a la profesora el día señalado.
Unos meses después, llegó el momento de conocer al ganador. “Mi obra” fue la ganadora y merecedora de ser leída ante mis compañeros de clase. Era una poesía sencilla, con un tono empalagoso y patriótico, que infla el pecho y el anhelo de patria. Cuando terminé, mis compañeros me aplaudieron y recibí ovaciones y felicitaciones. Ese día fue un viernes.
Al salir del colegio, me acompañaron camino a casa mis amigos Enrique y Silbán, los tres vivíamos en el mismo barrio. Durante el camino hablamos de cosas muy diversas, no se hizo ningún comentario sobre la poesía.
El lunes siguiente me encontré con una atmósfera un poco extraña. No hay que ser adivino cuando se siente en el ambiente la mirada de quienes te odian y esperan que cometas un leve error para caerte encima y devorarte como las arpías a su presa. Cuando llegué al salón, uno de los compañeros de clase se me acercó, y dijo:
—¿Es verdad, Leandro, que plagiaste tu poesía?
Era de esperarse que lo negara, y lo hice. Las miradas de mis compañeros me hacían sentir mal y los comentarios solapados me acusaban y producían miedo.
No era para menos, ya me imaginaba las sanciones que me venían encima. Sin poder aguantarme, le pregunté a Alex qué ocurría y él me respondió con cierto respeto:
—Enrique y Silbán encontraron en una cartilla la poesía que leíste en el salón. Todos dicen que la plagiaste.
La verdad no me sentí mal por lo que había hecho. Lo que me extrañó fue que viniera exactamente de mis mejores amigos.
Pude comprobarlo cuando salí al descanso. Pasé con disimulo por la sala de profesores, y desde la ventana pude ver que Enrique, junto con otros compañeros de clase, le enseñaba a la profesora la cartilla donde estaba la poesía.
El día de la clase de español la profesora llegó con enojo dibujado en su rostro:
—He sabido que algunos de ustedes plagiaron la poesía que me presentaron como ejercicio. Esas personas conscientemente reconocerán su error y lo confesarán en este momento ante nosotros.
Hubo unos minutos de silencio. Obviamente, todos deseaban que yo me levantara y dijera: “Yo fui el que la plagió”. Pero no lo hice, no me iba a someter a semejante humillación. No iba a darles gusto a los que me aventaron. La profesora dijo:
—Como los implicados no quieren reconocerse (hablaba siempre en plural), al terminar la clase espero que lo hagan y los veo en la sala de profesores. Ahora entremos en materia.
La clase continuó. Saqué mi cuaderno, un lápiz y empecé a escribir. Mientras la maestra hablaba de las características del cuento, yo escribía versos.
Después de haber terminado la clase, me dirigí a la sala de profesores y le presenté a la profesora mi nueva poesía. ¡Cuán grande fue mi sorpresa al ver que no había sido el único que había plagiado la poesía! Otros cuatro compañeros estaban hablando con la profesora y reconociendo su error. Pero ninguno de ellos llevaba otra poesía como para “reponer” el daño. Me acerqué, reconocí mi error y le enseñé mi otro trabajo. La profesora me miró, aceptó mis disculpas y me dijo que ese trabajo me lo calificaría sobre seis.
Con respecto a Enrique y Silbán no hice mayor cosa que callarme. Dejé que el tiempo juzgara lo sucedido.
V
Un día en que se celebraban no sé cuántos años de servicio de un profesor del colegio, la profesora de español pidió a Enrique y a Silbán que escribieran un pequeño discurso. Ellos sabían que yo tenía habilidades para hacer frases y me pidieron ayuda. No me negué; al contrario, los ayudé con entusiasmo. Pero dejé en su escrito una palabrita especial. Les dije:
—Aquí queda muy bonito poner: “Hoy, en este gran día, nos hemos reunido en el patio del colegio, para rendirle, a usted ilustre maestro, el más sonado homenaje póstumo”.
E hice hincapié en la palabra “póstumo”, diciéndoles que sonaba muy culta y muy acorde con la ocasión. Sin prestar atención a mi explicación, aceptaron sin problema.
El día llegó. Mi amigo Enrique fue elegido para leer el discurso frente a todos los del colegio, mientras los demás soportábamos el sol a disgusto. Con su uniforme pulcramente arreglado, él empezó la perorata. Después iría Silbán.
Desde la primera palabra, sentía el nerviosismo de Enrique. Cuando leyó aquella frase, volteé mi rostro hacia los profesores, quienes se reían; miré a algunos de mis compañeros de clase, quienes cubriendo sus bocas no se podían contener; y a la profesora de español, quien meneaba su cabeza de lado a lado y abría sus enormes ojos que deseaban que la tierra se tragara a Enrique y a Silbán. Pero nadie interrumpió a nuestros amigos, quienes tomaron confianza, elevaron la voz y al final terminaron con una buena puntuación. Los aplaudimos y esperamos la reacción del homenajeado. Cuando el profesor se levantó, dijo:
—Señores Enrique Buenavista y Silbán Peñaranda, ustedes me acaban de enterrar en vida.
Una carcajada unísona retumbó hasta en los lugares más recónditos del colegio.
Supe que la profesora de español castigó a Enrique y a Silbán con un rotundo cero.
Como era de esperarse, los dos vinieron muy enojados a hacerme el reclamo. Les dije:
—¿Yo les reclamé cuando me delataron sobre la poesía con la profesora?
No me respondieron. Sabían que estábamos a mano.
A pesar de esto, nuestra amistad no se rompió.
VI
Con Romero las cosas eran distintas. Aunque éramos muy amigos, de vez en cuando sentía de él cierto resentimiento hacia mí. Nunca me expliqué el porqué. De los cinco, Romero nos llevaba la delantera con las chicas, no por ser más atractivo, sino porque tenía algo que siempre enamora a cualquier mujer: la lengua. Sabía hablarles, y eso a ellas le gusta.
Un día le preguntamos cómo se hacía para enamorar a una chica, y él nos respondió:
—Las mujeres adoran que les digan mentiras.
Pensamos que sus palabras debían tomarse literalmente, pero después nos aclaró que sólo se trata de hablarles, de decirles que son bonitas, que te gustan mucho, que tienen ojos bellos, que te encanta su rostro, que sientes por ella algo que nunca habías sentido por otra mujer, que lo tuyo es en serio y que estás buscando compromiso, etc., etc., etc. Luego recalcaba:
—Si en verdad ustedes sienten eso, y la chica que está frente a ustedes tiene esos atributos, pues no importa, son sinceros. Si, por el contrario, no es así, tampoco importa, total para eso nacimos, para buscarnos unos a otros.
Y soltaba una risotada.
Un día Romero y Alex nos jugaron una mala pasada a Enrique y a mí. Los viernes por la tarde nos tocaba una clase de taller. Eran cuatro horas que debíamos pasar en el laboratorio haciendo circuitos y uno que otro experimento. En ese mismo horario se impartía uno de los primeros cursos del colegio. Dos de las chicas de ese curso nos gustaban a Enrique y a mí. Una de ellas era de cabello rubio, con unos pequeños senos que apenas empezaban a abrirse al mundo y una cintura muy bien delineada por sus caderas; la otra era morenita, de cabello largo y oscuro, de ojos cafés, con unos senos un poco más grandes y con caderas menos pronunciadas que terminaban en bellas piernas. A mí me gustaba la rubia, la morena era el delirio masturbatorio de Enrique, pues así la llamaba cuando hablaba de ella.
Al comienzo nunca nos fijamos en ellas, pero Alex nos entregó un papel enviado por una de ellas, donde nos decían que les gustábamos y que cuándo nos veíamos. Por algo de timidez no les respondimos al instante. Decidimos que al siguiente viernes les hablaríamos antes de la clase para preparar algo. Sin embargo, por razones de estudio se nos olvidó y entramos a la clase.
Enrique y yo formamos un grupo para trabajar. Después llegó Romero diciéndonos que las dos chicas nos esperaban en el cuarto de herramientas. Primero debía entrar uno y después el otro. Enrique tomó la iniciativa y empezó a tocar a la chica morena. Excitado por lo que pudiera pasar, entré e hice lo mismo con la rubia. Al principio, ellas accedieron a las caricias, pero luego se pusieron agresivas y empezaron a arrojarnos cosas y a pegarnos. Abandonamos el cuarto y volvimos a la clase. Por fortuna, ese día el maestro no se dio cuenta de nada.
Pasó un mes y una de las profesoras encargadas del comité para alumnas nos citó. Era una de las profesoras más estúpidas que jamás he conocido en la vida, y creo que por culpa de personas así, la clase de filosofía en el bachillerato tiene tan poco aprecio. No tenía idea de nada. Pero era la esposa de una persona muy influyente en la ciudad; era una señora gorda, de rostro moreno y gestos de enojo.
—Muchachos, he recibido algunas quejas de ustedes. Me sorprende de usted, señor Leandro. Pero algo me decía que usted tenía algo en sus ojos. De usted, señor Enrique, no me extraña, otras veces he tenido la oportunidad de llamarle la atención.
—Pero, ¿qué hicimos, profesora? No entiendo —dije muy asustado.
—Dos alumnas han dicho que ustedes intentaron violarlas.
—¿Violarlas? ¿A quiénes? —preguntó Enrique.
Nos dijo sus nombres.
Entonces le contamos lo que había ocurrido.
Pregunté:
—Si fue como ellas dicen, ¿por qué se demoraron tanto en decirlo?
—No es fácil para una mujer divulgar un caso de violación —dijo la profesora con un tono imponente.
—¿Violación? Pero, ¿por qué insiste en llamarlo así, si no hubo tal cosa?
—Porque creo en las palabras de ellas, más que en las de ustedes.
—Cualquier mujer puede acusar a un hombre por equis motivo y no ser siempre cierto. Recuerde, profesora, el caso de Hipólito, a quien Fedra acusó ante su esposo de violación, porque él decidió conservarse casto, no atender a los placeres de Afrodita, y no prestar atención a los deseos carnales.
—Ese no es el punto en este momento, señor Leandro.
—Puede también buscar ejemplos de esto en la historia, si quiere. Heródoto tiene bastantes.
—Ese no es el punto, le repito. Este es un caso real, y no podemos permitir que en nuestra respetable institución se den ese tipo de vejámenes ni que estemos educando a violadores.
—¡No somos violadores, profesora! ¡Empecemos por el respeto! —dijo Enrique levantando la voz.
—¡No me hable en ese tono, señor Buenavista! Le está faltando al respeto a un superior suyo.
—Pero usted…
—No me interesan sus razones. El caso de ustedes se someterá a deliberación en una reunión de profesores. Lo más probable es que los expulsen del colegio. De mi parte no encontrarán apoyo. ¡Ahora salgan de mi oficina!
No podía imaginar que me fueran a echar del colegio faltando sólo seis meses para terminar. Tuve que contar el hecho a mis padres. Ellos fueron citados a una reunión el lunes siguiente.
Dos días después del lunes una compañera se nos acercó y nos dijo:
—Muchachos, a ustedes los quieren joder, pero todavía no ha pasado nada, la titular los está defendiendo muy bien, sobre todo a ti, Leandro, que, de no ser por ti, ya Enrique habría sido expulsado sin ninguna objeción. Pero la disputa está por ti. El Prefecto de Disciplina quiere que tú salgas rotundamente, pero otros profesores apoyan a la titular. Parece que ese señor no te quiere, ¿qué le hiciste?
—No sé, yo no le he hecho nada.
—El caso es que hablé con las dos chicas y les comenté lo que ustedes dicen. También les metí algo de miedo diciéndoles que las del salón las íbamos a linchar si no nos contaban cómo habían sucedido las cosas. Ellas nos dijeron que Romero y Alex les dieron dinero para que enviaran un papel diciendo que ustedes les gustaban y que después se dejaran tocar; y luego los denunciaran como violadores. Ellas quedaron de decir eso hoy en la tarde en una nueva reunión. Así que no se preocupen, muchachos. De esta se salvan.
Se determinó que éramos inocentes. Después nos mandaron llamar y el Prefecto de Disciplina nos dijo a disgusto:
—Señores Caraballo y Buenavista. Se ha cometido un error con ustedes y les pedimos disculpas por haberlos acusado de algo que no hicieron. Quedan ustedes absueltos. Pero los profesores aquí presentes queremos preguntarles: ¿Qué castigo quieren para Romero y Alex?
—Pues que los… —intentó hablar Enrique.
—No queremos acusarlos de nada, ni que se tome ninguna sanción contra ellos —dije.
Después de salir de la oficina, Enrique me preguntó:
—¿Por qué dijiste eso? ¿Acaso no te duele los que esos cabrones nos hicieron?
—Sí me llena de ira, pero tengo una idea mejor —le respondí y empecé a contarle mi plan.
En ese tiempo estaban de moda las ganzúas, que son unos proyectiles en forma de “U”, afilados en las puntas, hechos de alambre de cobre, para que vuelen mejor cuando se arrojan con ligas que se enroscan entre los dedos índice y pulgar, de tal forma que sirva como plataforma de lanzamiento. Con ellas solíamos organizar verdaderas batallas campales con alumnos de otros cursos a la hora del recreo, pero habían quedado prohibidas en el colegio, porque muchos salieron lesionados. Sin embargo, continuábamos haciendo las nuestras y pintándolas de verde.
Tan pronto acordé con Enrique lo que tenía planeado, lo comentamos con Silbán, quien sin dudarlo estuvo de acuerdo.
El Prefecto de Disciplina acostumbraba pasar, después de que dejaba su auto estacionado, por un callejón oscuro antes de llegar a su casa. Conocíamos bien su ruta, no por estudiarla muchas veces, sino porque en una ocasión nos invitó uno de sus hijos a una fiesta en su casa.
Ese mismo día decidimos esperarlo escondidos detrás de unos montículos. Cuando lo vimos acercarse, cargamos nuestras municiones. Enrique fue el primero que apuntó y le dio certeramente en la espalda. Un grito mujeril se escuchó, mientras lo veíamos intentando quitarse la ganzúa de su espalda. Siguió Silbán y por último yo. En ese mismo orden le propinamos varias heridas.
Al día siguiente, no llevamos las ganzúas al colegio, aunque lo hacíamos todos los días. Cuando llegamos, no nos sorprendió que todo el colegio estuviera en formación. Los profesores empezaron a registrar nuestros bolsillos. El Prefecto de Disciplina tenía el cuerpo vendado y se quejaba de terribles heridas en su espalda, piernas y pecho. Tuvimos que frenar nuestras ganas de reírnos a holganza.
A pesar de la cantidad de ganzúas decomisadas, sólo detuvieron como sospechosos a Romero y a Alex, porque fueron los únicos que llevaron ese día ganzúas pintadas de verde. El Prefecto de Disciplina había llevado algunas ganzúas verdes como prueba del ataque. Los castigaron con dos semanas de suspensión y cero en conducta. Cuando acabó su sanción les contamos lo que habíamos hecho. Aun así, nuestra amistad no se rompió y volvimos a ser amigos.
VII
Tenía una fiesta con mis amigos en mi casa. Decidimos reunirnos los cinco para beber y escuchar música. En cuanto llegaron, empezamos a beber y a escuchar rock a todo volumen. En la casa no había nadie. Mi padre iba a estar fuera por una semana por cuestiones de trabajo y mi madre se había ido a la casa de unas tías junto con mi hermana. Ella sabía el tipo de música que nos gustaba, y por eso decidió permanecer allá hasta el otro día. Odiaba la música escandalosa.
El tiempo pasó, las copas se vaciaban y se llenaban con bastante rapidez, cambiábamos de canciones, hasta que todos estuvimos ebrios. Me quedé dormido. No supe qué ocurrió, pero cuando desperté, la cabeza me daba vueltas. El sol empezaba a salir. Mis amigos estaban acostados en las sillas frente a mí. Me levanté de la silla y noté que tenía los pantalones algo flojos y la correa desabrochada con el cierre abierto. Sentí una rara viscosidad entre mis nalgas.
—¿Qué pasó?
Noté que Alex golpeaba a Enrique en las piernas para que se despertara. Romero fue el que se rio y dijo:
—¡Uy!, Leandro, no sabíamos que borracho cambiaras tanto.
—No conocíamos esas cualidades tuyas —dijo Enrique y todos soltaron una estruendosa carcajada.
—Sí, Leandro, sabes usar muy bien la boca. Tus nalgas, qué redonditas y apretaditas las tienes —decía Alex mientras tocaba con sus manos su entrepierna.
Sentí la viscosidad entre mis nalgas y un frío horrible vagó por mi estómago.
—¿No que eras muy hombre, y que le habías hecho el amor no sé a cuántas mujeres, Leandro? —dijo Silbán.
—¿Qué pensarán de ti cuando se enteren en el colegio? —todos se rieron de nuevo con malicia.
—¡Ya, cállense! —grité.
Pero ellos avivaron aún más las burlas.
—¿Ustedes fueron capaces de…, hijos de puta? ¿Esa es la clase se amigos que tengo?
—Nosotros no empezamos. Tú dijiste que tenías la fantasía de tener sexo con varios hombres, que te penetraran mientras tú se los mamabas. Eso nos dijiste, ¿verdad que sí? —dijo Alex dirigiéndose a los demás, quienes respondieron afirmativamente.
La verdad no me acordaba de nada. Empecé a creerles, tenía muchas lagunas en la cabeza por la borrachera.
—Sí, y le dijiste a Enrique que tú querías… ya sabes, ¿no? Hacerle sexo oral —dijo Silbán.
—Le dijiste a Alex que te penetrara, y a todos nosotros, porque querías chupárnoslo y que te penetráramos por turnos, ¿no te acuerdas? —dijo Romero.
—¡No! ¡No me acuerdo de nada!
—¡Qué sorpresa la que nos llevamos! No sabíamos que con licor se te mojaba la canoa, maricón. ¡Qué orgía la que armaste!
—¡Leandro, el maricón!
—¡El maricón!
—¡El maricón!
Ese coro retumbaba en mi mente como un escarmiento público. Salí corriendo hacia el cuarto en donde mi papá guardaba su pistola. La saqué, mientras el dolor de cabeza aumentaba sus punzadas con violencia en mi cerebro. Regresé a la sala y mis amigos continuaban riéndose y burlándose. Al verme muy decidido con el arma apuntándoles se callaron.
—¡Deseo que se mueran!
—Oye, Leandro, ¿qué haces? Era sólo una broma, ¡Baja la…! —Alex no terminó sus palabras, un disparo se estrelló en su pecho.
Una segunda detonación se estrelló en la cabeza de Romero; otra en el pecho de Silbán, y una cuarta en la pierna de Enrique, quien retorciéndose de dolor repetía las palabras de Alex:
—¡Sólo fue una broma… es clara de huevo…!
No lo escuché. Un quinto disparo acabó con su vida.
Me desplomé en la silla. Las palabras de Alex y Enrique trillaban en mi mente. Metí la mano entre mi pantalón y me toqué las nalgas. Sentí la viscosidad incómoda, la olí y el aroma a clara de huevo era evidente.
Me desperté sudoroso.
VIII
El primero de nosotros en morir fue Alex. A mí no me extrañó. Era el más ansioso, el que más fantaseaba, el que respiraba a sexo en todo momento y añoraba el sexo como un adicto a la droga. Cuando conversábamos, decía que se masturbaba con frecuencia, pero no se sentía satisfecho; y muchas veces se había prometido control y moderación.
—Es difícil, porque si dejo una semana sin eyacular en la siguiente me doy garra y caigo de nuevo en el exceso.
Estas fueron las últimas palabras coherentes que le escuchamos.
Alex empezó a comportarse de manera extraña. Asistía poco a clases y el resto del tiempo no sabíamos en dónde estaba. A veces parecía un zombi, en varias ocasiones lo encontramos sumido en unos letargos que nos asustaban; volvía en sí y nos hablaba de una mujer que lo enloquecía, que continuamente lo masturbaba y cada vez le pedía más y más. Empezó a perder peso y su cuerpo, que acostumbraba a trabajar en el gimnasio, reducía cada vez más sus músculos. Con frecuencia se quejaba de dolores de cabeza, y sus ojos se ocultaban entre las ojeras negras que los rodeaban. Su rendimiento en clase ya no era el mismo.
—Es que es muy buena… muy buena con la boca, nunca antes había sentido algo así.
—Pero mírate cómo estás. Ya no eres el mismo. La profesora titular pregunta mucho por ti y desea hablarte. Dice que no ha llamado a tu casa ni ha citado a tus padres porque primero quiere hablar contigo.
—¡Que ni se atreva la vieja esa! A ella qué le importa.
Fue imposible hacerle ver la realidad y lo dejamos en paz, como él mismo nos gritó. No lo hicimos por nuestro propio gusto, sino porque él desapareció de repente. Llamábamos a su casa y su mamá, con llanto en la voz, nos decía que no sabía nada, que había desaparecido, que hiciéramos todo lo posible para encontrarle.
Tres días antes de que encontraran su cadáver, me llamó y me dijo muy contento que esa mujer le iba a cumplir su más anhelada fantasía y que trataría de responderle con todas sus fuerzas, aunque él estaba muy débil.
Después de una llamada que hicieron del colegio, tuve que ver muerto al primero de mis amigos: semidesnudo, arrojado como un perro sobre una tumba en el cementerio, con una avanzada desnutrición, una anemia crónica y con su miembro extirpado.
IX
El siguiente turno fue para Enrique. Los acontecimientos previos a su muerte fueron similares. También enflacó y su rostro cambió: sus ojos se poblaron de ojeras negras, su mente desvariaba con frecuencia y se quejaba mucho de dolores de cabeza. En la escuela y en su casa se sintieron con más fuerza los cambios por su ausencia.
Cuando lograba hablar con él, me contaba que había conocido a una mujer muy adictiva, una puta decente, una mujer perfecta, toda una profesional, según sus palabras. Me describía sus labios, su boca y repetía las mismas palabras que Alex.
Un día antes de su muerte, me llamó para decirme que ella iba a cumplir su más anhelada fantasía. Lo encontraron sin vida en un parque. Al parecer había salido a correr, estaba vestido con ropa deportiva. Su cuerpo estaba más flaco y una avanzada anemia pintaba su rostro de blanco pálido. Entre sus piernas, con los pantalones abajo, una mancha de sangre aún viva teñía su miembro extirpado. Sobre su rostro, como deseando devorarlos con su olfato, había unos pantys sudados de mujer.
Al otro día, no hubo clases. Nos reunimos en su casa, a donde también asistieron algunos profesores.
X
El tercero de mis amigos en morir fue Silbán, el romántico del curso. Le gustaba escribir poesía y pensamientos que tenían cierto dejo de aforismos. Sus ensoñaciones eran idilios amorosos que rayaban en lo cursi y tenían un tono ingenuo. Nunca tuvo mucha suerte con las mujeres, la timidez era parte de su personalidad y la naturaleza no había sido muy generosa con él: su cuerpo era alto y flaco, con un cabello lacio negro brillante, piernas largas y delgadas, al igual que dedos huesudos; parecía estar oculto en la ropa ancha que solía utilizar.
A pesar de eso, tenía un don especial: era inteligente. Esta inteligencia lo convirtió en el mejor de la clase y también en el amigo utilizable cuando de sacar buenas notas se trataba. Aunque era reservado, en los recovecos de su mente guardaba deseos que alguna vez nos comentó cuando planeamos su primera vez en un bar del pueblo.
Fue una decisión tomada de común acuerdo; queríamos que nuestro amigo despertara a la carne. Si bien no teníamos una experiencia amplia para hablar en esos términos, queríamos hacer partícipe a nuestro amigo de algo que ya todos de una u otra manera habíamos experimentado. No fue fácil convencerlo, porque sus deseos de poeta romántico y cursi habían cultivado en él la idea de que su primera vez debía ser con una mujer que él amara y con la cual lograra compenetrarse en lo físico y en lo espiritual.
Sin embargo, las dudas que tenía sobre sus anhelos de idilio amoroso y su inclinación subrepticia al sexo y a algunas de las libidinosas ensoñaciones lo dominaron; y, al fin, con ayuda del licor decidió aceptar. Recordarle nuestros pensamientos sobre las prostitutas, el valor que tenían para nosotros y para nuestra admiración hacia el sexo, fue de gran ayuda. Esa noche se fue con una chica que era “muy amiga” de Alex.
Dos días después, Alex nos comentó que Silbán le había pedido a la prostituta una de sus fantasías: deseaba que una mujer le besara el miembro mientras leía uno de sus poemas en voz alta. Como era de esperarse, la prostituta accedió, pero a cambio le pidió más dinero que él no tenía, y su deseo no se realizó.
De la misma manera, Silbán enflacó aún más, decayó en sus estudios y desapareció. Lo primero, aunque se notaba mucho por las sombras en sus ojos ahuecados y su rostro huesudo, lo disimulaba con la ropa ancha que acostumbraba a usar. Lo segundo y lo tercero fueron las señales más inmediatas de que algo grave sucedía con él. Silbán siempre mantuvo un buen nivel en sus calificaciones y en el colegio. Siempre nos auxiliaba cuando las lecciones no eran de nuestro entero entendimiento. Nosotros le augurábamos un futuro muy próspero, maravillados por su inteligencia. Por eso no fue difícil descubrir que su bajo rendimiento escolar y su inasistencia provenían de causas alarmantes.
Una madrugada, mientras estudiaba para un examen, el teléfono sonó:
—Hola, viejo, ¿cómo estás?
En un primer instante no pude identificar la voz. Tampoco me dio tiempo para preguntar quién era.
—Viejo, no hables, no tengo mucho tiempo. Sólo te llamo para decirte que estoy muy bien y contento. Me conseguí una vieja que lo hace a las mil maravillas con su boca, porque ella no se deja penetrar. Estoy contento porque me prometió que cumpliría mi fantasía, tú bien sabes cuál es. Bueno, viejo, ya me despido. Dile a mi mamá que estoy bien y que no se preocupe, que pronto iré a verla. Saludos a todos por allá —y colgó.
Era su voz, lo sabía, pero dudaba, nunca antes se había expresado en esos términos. Su manera de hablar nunca fue muy abierta y trataba de nombrar las cosas con palabras decentes. No obstante, terminé por aceptar que se trataba de él. Pude imaginarme que no volvería a escucharlo ni mucho menos a verlo vivo de nuevo.
Al día siguiente me llamaron para confirmarme que habían encontrado muerto a Silbán en un cuarto de hotel con las mismas características que mis otros amigos. Acudí al lugar y pude ver muerto a mi desnutrido compañero. Lloré y no pude evitar acercarme para tocar su rostro.
Bajé un poco el mío y descubrí unos papeles rasgados y arrugados junto a su mano. Los tomé sin que nadie se diera cuenta y salí del lugar. En soledad traté de armar los fragmentos. Eran trozos de poemas. Los tres que logré reconstruir decían así:
Deja a un lado tus llantos, hombre silencioso,
y reposa cuerdo en tus desdichas.
Ya sabrá el tiempo de tus cuitas
y no volverá el ojo para verte,
sino para reprocharte y reírse.
Jamás en la vida conjuraré tus hechizos
ni redimiré con creces tus antojos.
No puedo decirte que te detengas,
pero sí que me dejes avanzar.
Si en verdad me perteneces,
demuestra que en la vida eres libre,
desata tu mente y tus miedos
y ven conmigo sola a esta cárcel.
No supe afirmar si en verdad eran de su autoría, no reflejaban su temática cursi ni su tono acostumbrado; pero si en verdad hubiesen sido suyos, puedo decir que mi amigo había sufrido una transformación no sólo física, sino también mental.
XI
Romero se sumó a los decesos. Pensando, llegué a creer que él pudo haber sido el primero de nosotros. De los cincos fue el más osado con las mujeres, un Don Juan que, si bien estaba un poco gordo, tenía mucha facilidad con el sexo opuesto. Por eso, era fanfarrón y el más perezoso de los cinco.
Empezó a enflacar y su rostro a cambiar; su rendimiento escolar no fue un indicio evidente como en los demás, pero también disminuyó. Días antes de su muerte habíamos discutido por diferencias de criterio, cuando estábamos organizando el guion de una obra de teatro que teníamos pensada. No fue fácil saber que del grupo ya sólo quedábamos los dos y que buscar los actores para papeles pensados especialmente para Alex, Enrique y Silbán no era fácil, cada uno nos inclinábamos por personas diferentes.
No obstante, después de pensarlo mejor, decidí aceptar sus sugerencias, pero le pedí que él también escuchara mis opiniones al respecto.
Al levantar el vaso para beber el chocolate y mojar el pan que se atoraba en mi garganta durante el desayuno, sonó el teléfono:
—¡Aló!, ¿Leandro, por favor?
—Sí, un momento. Es para ti —dijo mi madre.
—¿Quién es? Tengo prisa.
—No sé. Contesta.
—¡Aló!
—Hola, Leandro, soy Melinda.
—Ah, hola profesora. Buenos días.
—Buenos días. Leandro quiero que vengas. Es Romero.
Llegué al lugar. Romero estaba semidesnudo en la carretera. Tenía el vientre abierto y su frente y sus genitales cubiertos con trozos de vísceras. A diferencia de los demás, su miembro no estaba cercenado.
No pude imaginar la razón de tal diferencia, pero después de pensarlo mucho, aventuré un argumento. Mis otros amigos habían comentado la fantasía que más les gustaba y que soñaban realizar alguna vez con una mujer; sin embargo, Romero nunca había expresado alguna fantasía a ninguno de nosotros. Así pues, concluí que las vísceras sobre su frente y sobre su miembro sólo podían significar esto: Romero no tenía fantasías, estaba ciego de mente y por tanto de fantasías, era puro estómago. El más aventurado con las mujeres no podía concebir entre sus deseos una fantasía. No sé de dónde se me ocurrió la idea que terminé por aceptar ante la falta de otra posible explicación.
XII
Muerto Romero, no era difícil imaginarse quién sería el próximo. El miedo me inundó durante una semana. Sentía que por cualquier parte de la escuela todos lo sabían, todos me miraban y me señalaban como diciendo: “él sigue”. Podía sospechar de cualquiera, incluso sentía que sus miradas me culpaban de la desaparición de mis amigos.
Dejé de ir una semana al colegio, esperando que el tiempo fuera el remedio para el olvido, como mi único refugio. Vana esperanza cuando se trata de la muerte, pero no tenía otra salida.
Me encontraba en mi cuarto día de autoexilio, tratando de apaciguar mis nervios y mi paranoia, cuando sonó el teléfono, y mi madre me dijo que una mujer me necesitaba. Levanté la bocina, dije “hola” con la voz entrecortada y esperé respuesta.
—¡Hola!, Leandro.
—¿Quién habla?
—Soy la Señorita D.
—Ah, hola profesora, ¿a qué debo la…?
—¿Por qué no has vuelto a la escuela?
—Este… yo…
—Te hemos extrañado mucho.
—Es que… me he sentido algo indispuesto.
—Hoy hicimos el examen, ¿te gustaría presentarlo en mi casa? Bueno, si no te molesta y si ya estás un poco mejor.
Durante el trayecto hacia la casa de la profesora, pensaba en las palabras que me había dicho después de contarle por teléfono mis miedos y mis deseos de que todo pasara. Ella, con la voz de quien escucha e intenta dar aliento, dijo:
—Todo pasará, ya lo verás cómo se te cumple.
Trataba de oírla, su voz era como un eco que retumbaba dentro de mí, pero que se perdía en la inmensidad, como si hablara desde las profundidades.
Llegué a su casa. El lugar me sorprendió. Algo invisible golpeó mi atención y la transformó en impresión cuando vi ante mí la casa de mis sueños. Desde muy temprana edad imaginé que la casa de mis sueños debía ser muy especial. Por fuera se parecería a una casa cualquiera, con su puerta, ventana, antejardín y tal vez un árbol frondoso que sirviera de sombra en las tardes saturadas de sol. En su interior, gozaría de dos cosas: una escalera de madera en forma de caracol y un cuarto especial.
El primer aspecto me interesaba porque siempre añoré una casa con la apariencia de amplitud y de antigüedad, las casas antiguas gozaban del espacio que ya perdimos y de una de sus características más llamativas: las escaleras de madera. No importaba si uno o dos pisos formaran la casa: si tuviera dos, la escalera iría hacia arriba; si, en cambio, tuviera uno, la escalera iría hacia abajo, hacia el sótano; en todo caso, debía tener una escalera.
El otro aspecto, el cuarto especial, debía ser perfectamente cuadrado, con paredes decoradas con estantes de madera en los cuales poner libros. En total, serían cuatro estantes que albergarían a todos los grandes de la literatura y del pensamiento. Aunque en el tiempo en que soñaba esto no conocía mucho sobre literatura; sin embargo, algo me decía que así debía ser la casa de mis sueños. Pensaba usar este cuarto para dos cosas: leer a los grandes de la literatura y el pensamiento y el sexo. Recuerdo que, en una ocasión, bajo el influjo del licor, lo comenté a mis amigos. Silbán, si mal no recuerdo, me preguntó:
—¿Y por qué para el sexo?
Le respondí que quería hacerlo entre los grandes, que ellos me vieran y que luego de terminar se levantaran y me aplaudieran y el silencio del cuarto se convierta en regocijo.
Las risas de mis amigos no se hicieron esperar. Fue un bello sueño, pero a la vez una honda tristeza; ahora recuerdo a mis compañeros como sombras: Alex, Enrique, Silbán y Romero, muertos cada uno a su debido tiempo, como si nuestros destinos estuvieran marcados por una rara igualdad.
Una puerta, una ventana, un antejardín y un árbol frondoso que refrescaba en las tardes saturadas de sol, así era la casa de la Señorita D.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te has quedado tan callado? —me preguntó al verme tan sorprendido y silencioso.
—Nada, sólo fue una impresión sin importancia.
—Sigue —me dijo—. Estás en tu casa.
Sus palabras parecían ciertas.
—¿Quieres subir? —me preguntó.
Asentí y subí. Al término de las escaleras había una puerta con un letrero que decía: No molestar.
—¿Puedo? —pregunté.
—Seguro —dijo desde abajo levantando algo la voz.
Entré. Era de esperarse que detrás de la puerta estuviera mi cuarto soñado. Cuatro paredes amplias que rodeaban un gran espacio vacío, donde reposaban cuatro estantes repletos de libros de los grandes de la literatura y el pensamiento. Así estaba el cuarto. Me extasié contemplándolos.
Salí, bajé y pregunté:
—¿Por qué no se ve el segundo piso desde afuera?
Ella respondió sin inmutarse:
—Porque cuando estás afuera es afuera y cuando estás adentro ya no es afuera —y sonrió.
Recuerdo que empezamos a hablar y que después me perdí. El examen que supuestamente iba a durar unas cuantas horas se convirtió en toda una eternidad. Mi mente no lograba asociar en qué momento regresé al cuarto y me convertí en prisionero. Tampoco me explicaba por qué no intentaba huir. Fui encerrado desnudo en el cuarto. Así pasaron los días, en los que trataba de distraerme leyendo, pero poco a poco, mientras enflacaba y mis ojos se ahuecaban y una sombra negra rodeaba sus cuencas, me sentía muy débil y continuos dolores de cabeza punzaban mi cerebro. Fueron días en los cuales me convertí en su sustento.
Todas las mañanas, tardes y noches ella venía a dejarme alimentos y a tomar lo suyo. Llegaba, me saludaba con cariño, me regañaba con suaves frases porque no había probado alimento y luego abría su boca y empezaba a besar mi pene y a succionarlo hasta que obtenía mi orgasmo, bebía el semen y se marchaba satisfecha.
—Come —decía—. Si no, va a ser peor para ti.
XIII
Un día le pedí que me permitiera salir un momento del cuarto.
—¿Para qué? Aquí estás bien —me respondió.
—No, no lo estoy. Quiero caminar por la casa, conocerla mejor —mentí.
—¿Para qué?
—Quiero caminar por la casa, conocerla mejor.
Lo pensó por un momento. Su silencio era ansioso.
—Está bien, pero sólo unos minutos. Te estaré vigilando de cerca. Ponte esto —me entregó una manta negra.
Bajamos los dos juntos. El recuerdo de mis amigos llegó a mi mente y le dije:
—Señorita D., tengo una curiosidad.
—¿Curioso, eh? Dímela.
—¿Por qué mataste a mis amigos?
Ella respondió:
—Tú mismo lo deseaste el día en que tu amiga Neyla te dijo: “Felicitaciones, Leandro”, ¿recuerdas?
Mi mente viajó hasta ese momento.
—Lo recuerdo.
—Y de ahí los sueños que tuviste.
Pero sólo fueron sueños.
—Sí, pero muy poderosos. Y peligrosos cuando los escuché. El deseo de alimento me invadió —su sonrisa retumbó por las cuatro paredes.
—¿Poderosos? ¿Por qué?
—Porque los sueños son pensamientos muy poderosos. Pueden desatar realidades.
Llegamos a la sala. La casa tenía comedor, cocina, un viejo piano de cola negro y muebles. Las paredes estaban pintadas de verde, algunas decoradas con cuadros de paisajes y otras con elementos precolombinos. El techo estaba recubierto con cielorraso que le daba cierta apariencia de frescura al lugar. Me llamó la atención un fino cuchillo de plata con grabados que colgaba entre dos máscaras de ritual.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Adelante, ya lo has hecho. No sé por qué preguntas —respondió.
—A mis amigos los mataste, como ya alguna vez me dijiste, cumpliéndoles su fantasía y luego les cercenaste el pene, ¿verdad?
—Así es.
—¿Por qué con Romero no lo hiciste y por qué fue el que menos tiempo te duró?
Ella, después de dudar un poco, respondió:
—Romero ya estaba muerto y como tal no valía mucho para mí. Tú mismo lograste entenderlo cuando viste su cadáver.
—¿Una persona que no tiene fantasías está muerta? —pregunté después de una breve pausa.
—Sí, ¿por qué se te hace extraño? ¿Acaso no fue esa tu creación?
—¿Creación? ¿Mía?
—Esto tú lo creaste.
En un descuido de ella en que dio la espalda aproveché para tomar el cuchillo con grabados y guardarlo entre la bata negra.
—Ya quiero regresar al cuarto.
—Muy bien, parece que ya te acostumbraste. Sube con cuidado y no te vayas a caer. Estás muy débil. Tienes que alimentarte o me veré obligada a hacerte comer a las malas.
Entré en el cuarto y ella se retiró. Guardé el cuchillo entre algunos libros y esperé a la noche, esperé a que ella llegara.
XIV
Aunque estaba agotado, porque en los últimos días sentía cada vez más la debilidad de mi cuerpo y los dolores de cabeza se hacían más frecuentes, me preparé. Saqué de entre los libros el fino cuchillo de plata con grabados y lo guardé bajo el colchón donde dormía. Después me quité la bata y me acosté. Traté de estimular mi amoratado miembro, pero mi cerebro empezó a punzar con violencia como si lo estuvieran maltratando con una aguja. Tenía que hacerlo y con esfuerzo logré ponerlo semierecto.
Llegó la noche y ella apareció sedienta, como todas las veces. Me acarició con ternura, besó mis labios y dijo:
—Cariño mío —con una voz que parecía transformarse a medida que devoraba mi cuerpo con besos fuertes.
Esta vez, antes de que succionara mis genitales como una lactante ansiosa, se detuvo, observó con cuidado mi morado pene y comentó:
—Cariño, no te veo muy bien. Te he dicho que comas.
Su hambre, su semenfagomanía, hacía brillar sus ojos. Yo podía sentir la ansiedad de su cuerpo en el vibrar de sus pechos desnudos.
Empezó a succionar, a chupar como una aspiradora y yo sentía que desgarraba mi miembro y con él mis entrañas. Grité como susurrando, como fingiendo el placer que sólo el dolor y el saber que me estaba muriendo me obligaban. Mientras ella se deleitaba tratando de erguir un poco mi miembro, saqué el cuchillo y lo acerqué a mí. Ella seguía devorando mi miembro y acariciando mis testículos. Pronto se enojaría, yo lo sabía, mi pene apenas podía mantener su escasa erección. Enojada y con su rostro ya desfigurado por el ardor de su pasión, dijo con furia:
—¿Qué te pasa, mocoso? ¡Creo que tu hora ha llegado!
Vi abrir sus fauces, vi sus dientes crecer como plantas blancas y puntiagudas, vi balancear su cuello hacia atrás con la intención de dejar caer su boca sobre mis testículos para desgarrarlos.
El cuchillo en mi mano parecía más pesado que mis fuerzas. Lo alcé con furia, con el último aliento del moribundo, y atravesé el aire como abanico y corté su cuello. Su cuerpo cayó al piso como un fardo de basura que hubiera arrojado para siempre.
Una semana después regresé al colegio. Todos se sorprendieron al verme y me hicieron un sinnúmero de preguntas: que dónde estaba, que por qué tan flaco, que cómo me sentía. Me gustó el gesto que tuvieron para con mis amigos Alex, Enrique, Silbán y Romero: conservaron vacíos los pupitres y en el respaldo de cada uno de ellos estaba pegada con cinta una flor blanca en señal de duelo.
Después todo pareció seguir su curso hasta el día en que regresó Catalina, la profesora de biología. Mientras ella contaba su experiencia en el tiempo que estuvo en incapacidad, me fijé que en mi puesto había un papel que decía:
“Vendré siempre donde estés porque me necesitas. Cada vez que sientas el deseo de deshacerte de alguien ahí estaré. Es una condición propia del ser humano. Pronto la volverás a sentir”.
Giré mi rostro y vi a Neyla.




