Alicia en el país de las maravillas: la caída que nunca termina

Alicia en el país de las maravillas:

la caída que nunca termina

«¿Quién soy yo? ¡Ese es el gran enigma!»
— Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (1865)

Caigo.

No hay otra manera de comenzar, porque Carroll no ofrece otra. Hay una ribera, hay calor, hay el aburrimiento suave de una tarde sin nada notable, un conejo blanco con chaleco y reloj de bolsillo, y después hay una madriguera, y después hay una caída que dura más de lo que debería durar cualquier caída. En esa duración —larga, inverosímil, llena de estantes y libros y frascos de mermelada pasando a los costados— ocurre algo que no esperaba: el pánico se convierte en curiosidad.

Eso es lo primero que aprendo en este libro: que caer, si se cae el tiempo suficiente, puede volverse interesante.

El País de las Maravillas no me recibe. Me absorbe. No hay protocolo, no hay guía, no hay nadie que explique las reglas —y hay muchas reglas, aunque cambian sin aviso y nadie las cumple del todo, y cuando uno pregunta recibe respuestas que son preguntas, y cuando uno busca lógica encuentra acertijos sin solución, y cuando uno espera soluciones se topa con más preguntas aún. He llegado a un lugar donde el lenguaje no se usa para comunicar sino para desorientar, donde las palabras significan exactamente lo que quien las dice quiere que signifiquen, ni más ni menos, lo cual termina significando que no significan nada firme nunca.

Y sin embargo, hay algo que funciona aquí. Algo con su propia coherencia, aunque esa coherencia sea la coherencia del sueño: interna, consistente dentro de sus propios términos, completamente ajena a cualquier regla exterior.

Me siento con una oruga que fuma y me pregunta quién soy. Es una pregunta razonable. Aquí abajo, sin embargo, la pregunta pesa de una manera que no esperaba. ¿Quién soy? Soy alguien que ha cambiado de tamaño cuatro veces desde que llegué, alguien que lloró un charco de lágrimas y después tuvo que nadar en él, alguien que discutió con un sombrero sobre el tiempo y que almorzó con una reina que prefiere la sentencia antes del juicio porque es más eficiente. ¿Quién soy? No lo sé con la misma certeza con que lo sabía antes de entrar.

Carroll hace algo que parece sencillo y que no lo es: construye un mundo sin gravedad moral ni física, un mundo donde la autoridad es ridícula, donde los adultos son los más irracionales, donde la lógica formal produce conclusiones absurdas y la absurdidad produce, a veces, una claridad brutal. La reina que grita ¡Que le corten la cabeza! a todo aquel que la contraría no es una exageración de la malicia: es una radiografía de cómo funciona el poder cuando nadie lo cuestiona. El sombrerero que celebra el descumpleaños no está loco: está atrapado en un tiempo detenido, condenado a la misma hora eternamente, que es también una forma de hablar sobre el duelo y sobre todas las cosas que hacemos siempre igual porque en algún momento las hicimos y quedaron fijas.

Me muevo por el jardín de rosas pintadas de rojo. Entiendo sin que nadie me lo explique por qué las pintan: no porque la reina lo exija en el fondo, sino porque siempre se hizo así. Así se hace.

Alicia —y el viajero que la sigue— es la única que sigue haciéndose preguntas. Eso la hace extraña aquí. Eso la hace también, de una manera que el libro nunca nombra directamente, más sensata que todos los habitantes de este mundo sin gravedad. Porque la pregunta —¿por qué?, ¿cómo?, ¿quién decidió esto?— es lo que diferencia a quien piensa de quien simplemente cumple.

No voy a contar si Alicia encuentra la salida. Lo que sí voy a decir es que cuando el libro termina —de golpe, con una sacudida— uno sube de regreso a la superficie con la incómoda sospecha de que el mundo de arriba no era tan diferente. Que las reglas arbitrarias estaban aquí también. Que la reina de corazones tiene muchas formas. Que el gato que desaparece dejando solo su sonrisa es quizás la imagen más honesta de ciertas verdades que preferimos no ver.

Me quedo con su pregunta sin respuesta. ¿Quién soy yo? La dejé caer en la madriguera y no la encontré al salir.

Contexto de la obra:

Alicia en el país de las maravillas fue publicada en 1865 por el matemático y escritor británico Charles Lutwidge Dodgson bajo el seudónimo Lewis Carroll. La historia nació de un paseo en bote en el río Isis, en Oxford, durante el cual Carroll narró por primera vez las aventuras de Alicia a las tres hijas del decano Henry Liddell, entre ellas Alice Pleasance Liddell, la niña que inspiró al personaje. Ilustrado originalmente por John Tenniel, el libro se convirtió en una de las obras más influyentes de la literatura inglesa y uno de los primeros textos que trató el absurdo y el sinsentido como herramientas narrativas legítimas. Ha sido traducido a más de cien idiomas y su influencia en el surrealismo, la filosofía del lenguaje, la lógica matemática y la cultura popular es inagotable.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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