Esa tarde gris que cayó en Tuxtla, acompañé a jóvenes de la Unach
en su marcha en apoyo a los maestr@s en paro, caminaron por toda la avenida central, y la lluvia centinela, intentó apagar sus voces que hacían arder la calle. Vitoreaban consignas rebeldes, consignas de esperanza revolucionaria, y escuché la voz pájara de un estudiante que me enchinó la piel de jolota que traía por la lluvia “Maestros, maestras los venimos a apoyar, nomás les pedimos que no se vayan a rajar”, y chorreaba sobre sus húmedos cabellos el entusiasmo juvenil que contagiaba a todos en ese arroyo estudiantil. Entre las pancartas, se asomaron los rostros delicados de algunos homosexuales, estudiantes también, quizá hijos de maestros, de taxistas, que se fundían entre la multitud, niños mampos, que con su andar marica acompasaban su voz para gritar “Maestr@, aguanta, el pueblo se levanta”, Saludé a una chica de mirada y andar masculino que tomada de la mano de su pareja la apoyaba para no resbalar, juntas caminaban, con la mirada de dignidad rebelde. Y yo, que por más que corría no podía acompasar mis pasos con los suyos, corté camino y los esperé en el punto final del recorrido. Y los vi, cuando pasaban junto a los profes que bajo toldos roídos, soñaban despiertos, que todos aplaudían alegres, que las maestras lloraban porque alguno de sus alumnos, o quizá alguna hija, les gritaba desde la revuelta, que no estaban solos. Diría la Violeta, qué vivan los estudiantes, sí qué vivan las hermosas estudiantes cuando marchan bajo la lluvia con el rímel escurrido, esos hermosos estudiantes homosexuales que apoyan con su andar de carnaval, esos hermosos estudiantes que junto a su novia, unen pecho y garganta para gritar la lucha. No pude más que lagrimear el ojo ciego por la lluvia, quizá de contento, pero lo que es seguro es que las gotas de anhelo se quedaron colgando en los corazones de quienes escuchamos esa joven fiesta febril y reaccionaria.




