| Sobre el estrado, los ingenieros conversan, se ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concreta en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo frente a ellos.-Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro.-Es usted un escéptico, ingeniero. Además pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la revolución. -¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha de servirles repartirles tierras. -Usted es superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, a técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso? El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante de quien se acomoda en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente. Él también fue hombre de campo. Pero hace mucho tiempo. Ahora de aquello, la ciudad y su posición sólo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos. Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que hablan dicen de cosechas, de lluvia, de animales de crédito. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubiesen crecido de la propia mano. Otros de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia. El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayudar a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades. -Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros. Ahora es el turno de los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos, otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba donde cuelga un candil. Allí en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros; consideran quién es el que debe tomar la palabra. -Yo crioque Jilipe: sabe mucho… -Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez… No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide: -Pos que le toque a Sacramento. Sacramento espera. -Ándale, levanta la mano… La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida. -Órale, párate. La mano baja cuando Sacramento se pone de pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa: -A ver ese que pidió la palabra, lo estamos esperando. Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que sólo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala. -Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traimos una queja contra el Presidente Municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron. Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal. Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin. -Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses. Crescencio, el que vive por la loma, por ahi donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo a unos señores de México, que con muchos poderes y que si no pagábamos, nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos… Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar. -Pos luego lo de m’hijo, señor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al Presidente Municipal, pareclamarle… Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del Presidente Municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada… La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Sólo eso. Él continúa de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla en el extremo de la mesa. -Luego, lo del agua. Como hay poca, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, para nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula, pa perjudicarnos. Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo .La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto. -Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos las cosechas, está lo del sábado. Salió el Presidente Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Crescencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas. Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad. Por primera vez, la voz de Sacramento vibró. En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa. -Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos dónde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes -y Sacramento recorrió a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía-, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano… Todos los ojos auscultan a los que están en el estrado. El presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin. -Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición. -No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia, ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin; asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden. -Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas a un lado. -Sería justificar la barbarie, los actos fuera de ley. -¿Y qué peores actos fuera de ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta -Yo pienso como usted, compañero. -Pero estos tipos son unos ladinos, habría que averiguar la verdad. Además no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta. Ahora interviene el presidente. Surge en él el hombre de campo. Su voz es inapelable. -Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad. Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma voz que debe de haber hablado allá en el monte, confundida en la tierra, con los suyos. -Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal, que levanten la mano… Todos los brazos se tienden a lo alto. También los de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa. -La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan. Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice, su expresión es sencilla, simple. -Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto. |
Edmundo Valadés publicó “La muerte tiene permiso” en 1955, dentro del volumen del mismo nombre. El cuento se convirtió casi de inmediato en un referente del cuento mexicano del siglo veinte, y Valadés lo sabía: pasó décadas editando la revista El Cuento, espacio fundamental para la difusión del género en América Latina, como si quisiera devolverle al cuento la atención que ese cuento le había dado a él. Lo que pocos mencionan es que Valadés era también periodista, y que el cuento tiene la precisión de una crónica: los detalles no están ahí para crear atmósfera sino para documentar. La injusticia que Sacramento describe no es literaria. Es un inventario.
El grano y la sentencia: justicia, palabra y soberanía campesina en “La muerte tiene permiso”
B. Itzamná
“Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.” — Edmundo Valadés, La muerte tiene permiso
Abstract
Este ensayo analiza "La muerte tiene permiso" de Edmundo Valadés como un texto político que examina los límites de la legalidad institucional frente a la justicia comunitaria. A través de la figura de Sacramento y su palabra como acto político, el cuento despliega una teoría implícita de la soberanía campesina que las instituciones han negado pero que la comunidad ya ejerció. La lectura se apoya en la distinción benjaminiana entre violencia mítica y violencia divina, y en los estudios subalternos de Spivak sobre las condiciones en que la voz del subalterno produce efectos reales. El objeto central de análisis es la última frase del cuento como inversión del tiempo narrativo y afirmación de una soberanía recuperada.
I. La geometría del poder: arriba y abajo en la asamblea
El cuento comienza antes de que Sacramento hable. Comienza con una disposición espacial que lo dice todo: los ingenieros están sobre el estrado, los ejidatarios están abajo. Esa geometría no es accidental ni meramente descriptiva. Es la estructura del poder colonial interno que el cuento va a desmontarcon una sola frase al final.
Arriba, los ingenieros se ríen, se golpean con bromas, recuerdan la última juerga. Su conversación sobre los ejidatarios oscila entre el paternalismo y el desprecio: hay que redimirlos, incorporarlos a nuestra civilización, pero también son irredimibles, están podridos en alcohol y en ignorancia. El debate no es sobre si los campesinos merecen respeto sino sobre qué grado de condescendencia resulta más eficaz. Ninguno de los ingenieros considera la posibilidad de que los de abajo puedan tener razón por sí mismos, sin necesitar que nadie los redima.
Abajo, los ejidatarios se sientan con la solemnidad del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado. Hablan de cosechas, de lluvia, de animales, de crédito. Llevan sus itacates al hombro. Algunos fuman sosegadamente. Valadés los describe sin ironía y sin romanticismo: son hombres que han venido a resolver un asunto, y lo hacen con la seriedad de quien sabe que el tiempo que pasa lejos del campo tiene un costo.
Esta división espacial reproduce una jerarquía que el México posrevolucionario prometió abolir y no abolió. La revolución repartió tierras pero dejó intacta la estructura de la mirada: los técnicos siguen mirando desde arriba, los campesinos siguen siendo objeto de esa mirada. El estrado no es solo una tarima: es una epistemología. Define quién sabe, quién decide, quién tiene autoridad para hablar sobre la vida de los demás.
Y sin embargo el cuento va a invertir esa geometría. No mediante un discurso ni una confrontación directa. Mediante una frase pronunciada al final, con calma, como quien termina de entregar un informe.
“Sacramento no denuncia: documenta. Y en esa distinción está toda la diferencia entre quien pide justicia y quien ya la ejerció.”
II. Sacramento habla: la palabra campesina como acto político
Antes de que Sacramento hable, el cuento muestra el proceso por el que se decide quién va a hablar. El grupo delibera, propone nombres, descarta, finalmente el patriarca decide. Hay una democracia interna, un protocolo comunitario que funciona con sus propias reglas. Ese proceso, aparentemente menor, establece algo fundamental: Sacramento no habla en nombre propio. Habla en nombre de una comunidad que lo ha elegido para eso.
Cuando Sacramento toma la palabra, Valadés hace algo extraordinario: lo describe arando. Sus palabras caen como granos al sembrar. La metáfora no es decorativa. Establece una relación entre el acto de hablar y el acto de trabajar la tierra: ambos son labores que requieren paciencia, ritmo, conocimiento del terreno. Sacramento no improvisa ni perora. Deposita.
La estructura de su discurso es acumulativa, como el cuento del matorral zimbabuense, pero con una diferencia crucial: cada elemento que Sacramento añade es un agravio documentado. Las tierras quitadas, el telegrama sin respuesta, los intereses inflados, el hijo muerto, el agua cerrada, las muchachas robadas. No hay énfasis, no hay pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra, dice Valadés. Y eso convierte el discurso en algo más que una denuncia: es un inventario de la injusticia sistémica.
Gayatri Spivak preguntó si el subalterno puede hablar, y su respuesta fue ambigua: puede emitir sonidos, pero esos sonidos no siempre producen efectos porque el sistema de recepción no está diseñado para escucharlos. Lo que hace extraordinario a Sacramento es que su palabra sí produce efectos, no porque el sistema haya decidido escucharlo, sino porque Sacramento ha modificado las condiciones de la escucha antes de hablar. Llega a la asamblea con el acto ya consumado. Su discurso no es una petición: es una notificación diferida.
“La paciencia de Sacramento no es resignación: es la forma que toma la decisión cuando sabe que todavía tiene que hablar antes de que le crean.”
III. La acumulación del agravio: cuando la paciencia tiene una forma
Hay un ritmo en el discurso de Sacramento que merece atención. Cada agravio comienza con un “pos” que funciona como bisagra: conecta lo anterior con lo que viene, establece una continuidad sin dramatismo. “Pos nada, que como nos vio con rencor…”, “Pos luego lo de m’hijo, señor…”, “Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza…”. Ese “pos” no es un tic verbal: es una forma de decir que todo está conectado, que no hay agravios aislados sino una cadena.
Esa cadena tiene una lógica que Sacramento no necesita explicar porque está implícita en la acumulación: la comunidad agotó todas las vías institucionales antes de actuar. Telegrafiaron a México y no obtuvieron respuesta. Fueron al Agrario y las tierras se quedaron con el cacique. Buscaron a todas las autoridades y no encontraron justicia en ninguna. Sacramento no pide permiso para saltarse las instituciones: documenta que las instituciones ya se saltaron a ellos.
Este detalle es fundamental para entender el peso moral del cuento. Valadés no presenta la justicia comunitaria como una reacción impulsiva. La presenta como el resultado de un proceso exhaustivo de búsqueda institucional fallida. La violencia final no surge de la barbarie sino del agotamiento de todas las alternativas civilizadas. Y eso invierte la carga moral: los bárbaros no son los campesinos que mataron al cacique. Son las instituciones que los obligaron a llegar hasta ahí.
La nuez de la garganta de Sacramento tiembla una sola vez, cuando menciona a su hijo. Solo eso. Él continúa de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Esa imagen es quizás la más poderosa del cuento: la contención emocional de Sacramento no es frialdad sino dignidad. No puede darse el lujo del llanto público porque está ejerciendo una función política. Está hablando en nombre de todos, y eso requiere sostenerse.
La paciencia que Sacramento encarna no es virtud pasiva. Es la forma que toma la decisión colectiva cuando todavía tiene que construir el argumento que la justifique ante quienes tienen el poder de legitimarla o negarla. Cada agravio que acumula es también un argumento. La acumulación no es desahogo: es jurisprudencia.
“La asamblea vota para autorizar lo que ya ocurrió, y en ese gesto absurdo y necesario está toda la tragedia de las instituciones que llegan tarde.”
IV. La votación: legitimidad, institución y el límite de la ley
El momento más desconcertante del cuento no es la última frase sino la votación. Los ingenieros debaten: es absurdo, no podemos sancionar esto, somos civilizados, tenemos instituciones. Pero uno de ellos rompe el consenso: ¿y qué peores actos fuera de ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos, ya hubiéramos matado. El argumento no apela a la legalidad sino a la empatía: ¿qué haríamos nosotros en su lugar?
Y entonces todos votan. Los ingenieros, el presidente, todos los ejidatarios. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa. La unanimidad es total. Y en esa unanimidad hay algo que el cuento no comenta pero que resulta imposible ignorar: una asamblea de hombres acaba de votar para autorizar un asesinato. El procedimiento es democrático. El objeto de ese procedimiento es la muerte de una persona.
Valadés instala aquí una paradoja que no resuelve deliberadamente. La asamblea es una institución. Sigue sus propios procedimientos: hay debate, hay votación, hay decisión colectiva. En ese sentido, lo que ocurre no es la negación de la institucionalidad sino su desplazamiento: una institución comunitaria reemplaza a las instituciones del Estado que fallaron. La pregunta que el cuento deja abierta es si ese reemplazo es legítimo, y la pregunta no tiene respuesta fácil.
Lo que sí tiene el cuento es una posición implícita. La simpatía narrativa está con Sacramento, con los ejidatarios, con el ingeniero que se solidariza. No con quienes invocan la civilización mientras toleran la injusticia. Valadés no presenta la violencia campesina como heroica, pero sí como comprensible. Y esa comprensibilidad es más incómoda que la heroificación, porque nos obliga a preguntarnos dónde estamos nosotros en esa votación.
“La violencia que Sacramento describe no funda un nuevo orden: depone uno que ya había dejado de funcionar para quienes estaban abajo.”
V. La violencia y su derecho: Benjamin en San Juan de las Manzanas
Walter Benjamin distinguió en su Crítica de la violencia entre dos tipos: la violencia mítica, que funda y conserva el derecho, y la violencia divina, que lo depone sin fundar uno nuevo. La violencia mítica es la del Estado: establece la ley, la mantiene mediante la amenaza de la fuerza, y criminaliza cualquier violencia que no emane de ella. La violencia divina es la que irrumpe desde fuera del sistema legal para desmantelarlo cuando ese sistema se ha vuelto instrumento de opresión.
El Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas ejerce violencia mítica en su forma más corrupta: usa el derecho como herramienta de despojo. Quita tierras con respaldo legal, cobra intereses inflados con el apoyo de funcionarios, mata al hijo de Sacramento bajo el pretexto del robo de una vaca. Todo dentro de, o al menos amparado por, las formas de la legalidad. La institución no falla por ausencia: falla por complicidad activa.
Lo que la comunidad de San Juan de las Manzanas ejerce es algo más cercano a la violencia divina de Benjamin: una acción que no pretende fundar un nuevo orden jurídico sino deponer uno que ha dejado de ser justo. No crean una ley alternativa. Ejecutan una sentencia que el sistema legal debió haber ejecutado y no ejecutó. En ese sentido, no están fuera de la ley: están donde la ley debería haber estado.
El cuento no resuelve la tensión que esto genera. No absuelve a la comunidad ni la condena. Pero sí establece con claridad el orden de los hechos: primero la injusticia institucional, sistemática y documentada. Luego la acción comunitaria. El lector que llegue a la última frase sabiendo todo lo que Sacramento narró no puede juzgar con la misma facilidad que si solo supiera que hubo un asesinato.
Esa es la operación más sofisticada del cuento: construir las condiciones de la comprensión antes de pedir el juicio.
“Sacramento no miente ni sorprende: informa. Y esa serenidad es la forma más radical de la dignidad política.”
VI. La última frase: el tiempo invertido y la soberanía recuperada
“Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.”
Todo el cuento existe para llegar a esta frase. Y sin embargo la frase no parece un clímax. Sacramento la pronuncia sin alegría ni dolor, con una expresión sencilla, simple. No hay triunfo ni arrepentimiento. Solo la entrega de una información que completa el relato.
Lo que esa frase hace con el tiempo narrativo es lo más perturbador del cuento. Toda la asamblea, todo el debate, toda la votación han ocurrido en un tiempo que ya era el pasado del acto. Los ingenieros votaron para autorizar algo que ya estaba hecho. Su deliberación, su agonía moral, su unanimidad final: todo fue un ritual que llegó tarde. La comunidad de San Juan de las Manzanas no esperó el permiso de nadie. Actuó y luego vino a informar.
Esto invierte radicalmente la relación entre las instituciones y la comunidad. No son los ejidatarios quienes necesitan la autorización de los ingenieros: son los ingenieros quienes, al votar, se incorporan retroactivamente a una decisión que ya fue tomada sin ellos. El poder no fluyó de arriba hacia abajo. Fluyó en sentido contrario, y los de arriba solo lo descubrieron al final.
La soberanía que el cuento afirma no es la del individuo que toma la justicia en sus manos por impulso. Es la soberanía de una comunidad que deliberó, agotó sus opciones, actuó colectivamente y luego tuvo la dignidad de venir a explicar por qué. Sacramento no es un vengador solitario. Es el vocero de una decisión colectiva que siguió sus propios procedimientos con la misma seriedad con que los ingenieros siguen los suyos.
Y al final, con sus muchas gracias por el permiso, Sacramento no es irónico. Es exacto. Agradece un permiso que no necesitaba porque la forma importa, porque el reconocimiento importa, porque incluso quienes ya ejercieron su soberanía saben que vivir en el mundo requiere construir puentes con quienes tienen el poder de nominar lo que ocurre. Sacramento no desprecia la asamblea. La usa. Y en ese uso está la inteligencia política más fina del cuento.
Bibliografía
Valadés, Edmundo. "La muerte tiene permiso." En: La muerte tiene permiso. México: Fondo de Cultura Económica, 1955.
Benjamin, Walter. "Crítica de la violencia." En: Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Madrid: Taurus, 1991.
Spivak, Gayatri Chakravorty. ¿Puede hablar el subalterno? Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2011.
Brushwood, John S. México en su novela. México: Fondo de Cultura Económica, 1973.
Ruffinelli, Jorge. "El cuento mexicano en el siglo XX." En: Historia de la literatura mexicana. México: Siglo XXI, 1994.
Lienhard, Martin. La voz y su huella. La Habana: Casa de las Américas, 1990.




