“Hay que elegir: dormir o vivir. No se puede hacer las dos cosas.” — Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche (1932)
Me llamo Robinson. O al menos eso es lo que soy en este libro: el otro. El doble. La sombra que camina un paso detrás de Ferdinand Bardamu y que aparece y desaparece a lo largo de su vida como esas personas que uno encuentra en los momentos más extraños y que uno no sabe bien si son un regalo o una advertencia.
Bardamu y yo nos conocimos antes de que empiece el libro, en algún lugar que Céline no describe porque Céline no pierde tiempo en los orígenes. Los orígenes no le interesan. Lo que le interesa es lo que el mundo le hace a la gente, y para mostrar eso no necesita explicar de dónde venimos. Solo necesita mostrarnos en movimiento, golpeados, avanzando de todas formas.
Lo sigo a la guerra. No por patriotismo, que ninguno de los dos tenemos, ni por convicción, que tampoco, sino por esa inercia particular que lleva a ciertos hombres hacia ciertos desastres sin que nadie pueda explicar después exactamente cómo ocurrió. La guerra de Céline no tiene nada que ver con las guerras de los libros de historia: no hay banderas que signifiquen algo, no hay causas que uno pueda repetir en voz alta sin sentir vergüenza, no hay gloria en ninguna dirección que uno mire. Hay barro. Hay miedo. Hay el absurdo monumental de que te maten por una decisión que tomaron hombres que nunca van a estar donde están las balas.
Observo a Bardamu desde cerca y lo que veo me inquieta porque me reconozco en él más de lo que quisiera. Tiene esa lucidez incómoda de los que ven las cosas tal como son y no como se supone que deben ser, y esa lucidez en lugar de liberarlo lo pesa. Saber la verdad sobre el mundo no te hace más libre: te hace más solo. Porque la mayoría de la gente necesita las ilusiones para funcionar, y el que no las tiene se queda sin el lenguaje común que une a los demás.
Yo tengo mis propias ilusiones. Esa es la diferencia entre Bardamu y yo, la diferencia que Céline establece sutilmente sin subrayarla: Robinson no está del todo desencantado. O si lo está, lo disimula mejor. Hay en mí una capacidad para el pragmatismo que Bardamu no tiene, una disposición a seguir jugando el juego aunque sepa que el juego está arreglado, que quizás sea cobardía o quizás sea supervivencia y que a cierta distancia las dos cosas se parecen demasiado para distinguirlas.
Nos separamos en África. Bardamu va por su camino y yo voy por el mío, pero los caminos de este libro tienen la costumbre de cruzarse, como si el mundo fuera más pequeño de lo que parece o como si ciertas personas estuvieran condenadas a encontrarse sin importar cuánta distancia pongan entre sí. África me recibe con ese calor que no es temperatura sino presión, que no cae sobre uno sino que aprieta desde todos los lados. La colonia tiene su propia lógica, que es la lógica del poder sin disfraces: aquí nadie finge que las cosas son justas porque la distancia de Europa permite la honestidad brutal que allá requeriría demasiada energía mantener oculta.
Lo que veo en África me cambia de maneras que tardo en entender. Hay una violencia aquí que no es la violencia del frente de guerra, con su ruido y su espectacularidad, sino una violencia silenciosa y sistemática que se ejerce todos los días sin que nadie la llame por su nombre. Y yo soy parte de ese sistema, aunque no lo elegí exactamente, aunque llegué sin saber bien lo que encontraría. Eso también lo aprendo aquí: que la inocencia no exime. Que estar presente en un lugar donde ocurren ciertas cosas te hace parte de esas cosas aunque no levantes la mano.
Vuelvo a encontrar a Bardamu en América. Detroit, las fábricas de Ford, esa cadena de montaje que convierte a los hombres en piezas de un mecanismo que no los necesita como personas sino como funciones. Lo veo trabajar y reconozco en su cara algo que no estaba cuando éramos jóvenes: una resignación que no es paz sino agotamiento, la cara de alguien que peleó contra algo demasiado grande durante demasiado tiempo y que aprendió a seguir sin esperar ganar. Hablamos poco. Con Bardamu siempre hablamos poco, porque las cosas que tenemos en común no necesitan palabras y las que nos separan tampoco las merecen.
París nos reúne de nuevo, siempre París, con su manera particular de ser hermosa y miserable al mismo tiempo, con sus barrios donde la pobreza tiene una estética que en otro contexto llamaríamos romántica pero que vivida desde adentro no tiene nada de romántica. Bardamu ejerce la medicina en los márgenes, entre los que no pueden pagar a otro médico, entre los que el sistema dejó donde los dejó y donde van a quedarse. Lo observo cuidar a esa gente con una mezcla de cinismo y ternura que es la combinación más honesta que he visto en alguien que todavía ejerce alguna profesión de ayuda: no se engaña sobre lo poco que puede hacer, pero lo hace de todas formas.
Yo tengo mis propios asuntos. Céline me da una historia que no voy a contar en detalle porque es la historia de alguien que tomó decisiones que en el momento parecían pragmáticas y que con el tiempo se revelaron como algo más oscuro. No hay en mí la lucidez trágica de Bardamu, esa capacidad de ver el fondo de las cosas y nombrarla sin eufemismos. Lo mío es más turbio: actúo en la penumbra, entre lo que está permitido y lo que no, en ese territorio sin nombre donde vive mucha gente que nunca aparece en los libros de historia pero que sostiene con sus actos el mundo que esos libros describen.
Bardamu me quiere a su manera. Una manera rara, sin ternura visible, hecha de reencuentros casuales y conversaciones que siempre tienen algo de ajuste de cuentas con el mundo. Me necesita también, creo, aunque nunca lo diría: necesita saber que hay alguien que recorrió caminos parecidos y llegó a conclusiones diferentes, que el desencanto no conduce necesariamente al mismo lugar en todos los que lo habitan. Soy su prueba de que hay variantes. No mejores, necesariamente. Solo distintas.
La noche de Céline es larga. Es la noche más larga que he atravesado en ningún libro, y la he atravesado como Robinson, que es decir desde el margen, desde el lugar del que aparece y desaparece, del que sabe más de lo que dice y dice más de lo que debería. Y al final de esa noche —que no termina del todo, que se prolonga más allá de la última página— entiendo que Céline nos puso aquí, a Bardamu y a mí, para mostrar dos maneras de sobrevivir lo insoportable. Bardamu lo nombra todo. Yo eludo. Bardamu sangra hacia afuera. Yo hacia adentro. Ninguno de los dos está bien. Pero los dos seguimos.
Y seguir, en el universo de Céline, es lo único que se puede hacer.
Contexto de la obra Viaje al fin de la noche fue la primera novela de Louis-Ferdinand Céline y su publicación en 1932 provocó un terremoto en la literatura francesa. Estuvo a punto de ganar el Prix Goncourt —el más prestigioso galardón literario de Francia— pero fue descartada en el último momento en una decisión que generó controversia. La novela rompió con las convenciones del estilo literario francés al incorporar el lenguaje coloquial y popular como materia literaria, anticipando técnicas que luego se volverían comunes. Céline pasó la Segunda Guerra Mundial como colaboracionista, lo que lo llevó al exilio y a la condena moral de gran parte del mundo literario. Paradójicamente, su obra siguió siendo reconocida como uno de los hitos de la literatura del siglo XX, un debate que continúa hasta hoy entre quienes defienden la separación entre obra y autor y quienes consideran imposible e irresponsable tal separación.




