El infinito en un junco de Irene Vallejo
“Mientras haya alguien dispuesto a leer, los libros no estarán solos.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Enero 2026
El infinito en un junco de Irene Vallejo
La memoria escrita del mundo
El viajero de las palabras
_
“Mientras haya alguien dispuesto a leer, los libros no estarán solos.”
— Irene Vallejo
Camino por una biblioteca que no pertenece a un solo tiempo. Bajo mis pies crujen tablillas de arcilla, papiros frágiles, códices medievales, hojas impresas que huelen a tinta reciente. En algún punto de este viaje, una mujer camina conmigo: no me guía, no impone un mapa; más bien va recogiendo fragmentos, historias mínimas, voces que parecían perdidas. Así se entra en El infinito en un junco: no como quien abre un libro, sino como quien atraviesa un puente hecho de palabras que han sobrevivido al fuego, al olvido y a la violencia del tiempo.
Este no es un ensayo que se limite a informar. Es un acto de hospitalidad. Irene Vallejo abre la puerta de la historia del libro y nos invita a sentarnos junto al fuego, a escuchar cómo la humanidad aprendió a guardar su memoria en objetos frágiles, vulnerables, casi siempre amenazados. Aquí, la erudición no se exhibe: respira. Se mezcla con la experiencia personal, con la emoción de quien ha encontrado en la lectura no solo conocimiento, sino refugio, compañía y sentido.
A medida que avanzo por estas páginas, comprendo que el verdadero protagonista no es el libro como objeto, sino la obstinación humana por contar y preservar. Vallejo nos recuerda que la escritura nació de necesidades prácticas —contar cosechas, registrar leyes—, pero pronto se desvió hacia el deseo: el deseo de narrar, de imaginar, de dejar huella. En ese desvío se juega toda nuestra historia cultural. Leer, parece decirnos, fue desde el inicio un acto de resistencia frente a la desaparición.
El tono del libro oscila con naturalidad entre la crónica histórica y la confesión íntima. La autora habla de bibliotecas antiguas y de su infancia lectora; de guerras que arrasaron textos y de lectores anónimos que los salvaron copiándolos a mano en noches interminables. No hay jerarquías rígidas: Homero dialoga con lectores contemporáneos, los copistas medievales se reflejan en quienes hoy subrayan libros en el transporte público. Esa horizontalidad es uno de los gestos más poderosos del ensayo: nos hace sentir parte de una cadena viva, no de un museo.
Uno de los grandes temas que atraviesan El infinito en un junco es la fragilidad. Los libros, nos recuerda Vallejo, siempre han estado en peligro. Han ardido en hogueras, se han perdido en naufragios, han sido perseguidos por el poder cuando las ideas que contenían resultaban incómodas. Sin embargo, contra toda lógica, han sobrevivido. No por su materialidad —siempre precaria—, sino por la obstinación de quienes los copiaron, los escondieron, los leyeron en voz alta cuando leer estaba prohibido.
Aquí la lectura deja de ser un acto solitario para revelarse como un gesto colectivo. Cada lector hereda algo y, al mismo tiempo, transmite. Cada libro leído es una victoria mínima contra el silencio. Vallejo escribe con una conciencia profunda de esa genealogía: sabe que su propio texto se suma a una tradición milenaria de defensa de la palabra escrita, pero lo hace sin solemnidad, con una alegría serena, casi agradecida.
También hay en este libro una reflexión insistente sobre el cuerpo. Leemos con los ojos, sí, pero también con las manos, con la voz, con la respiración. Los antiguos leían en voz alta; los textos eran escuchados antes de ser contemplados. Los rollos de papiro exigían un gesto físico distinto al del códice, y ese cambio transformó la manera de pensar. Vallejo observa estos detalles con una sensibilidad que convierte la historia del libro en una historia de gestos humanos: desenrollar, copiar, memorizar, cuidar.
A ratos, mientras avanzo, siento que El infinito en un junco es también una defensa del tiempo lento. Frente a la velocidad de la información contemporánea, este ensayo propone la paciencia del lector, la permanencia del texto que se relee, que acompaña a lo largo de la vida. No hay nostalgia vacía, sino conciencia crítica: la autora no idealiza el pasado, pero tampoco renuncia a señalar lo que se pierde cuando la lectura se vuelve desechable.
El estilo de Vallejo es claro, luminoso, profundamente narrativo. Cada capítulo se construye como una pequeña travesía, con escenas, personajes, tensiones. La historia cultural se vuelve cercana porque está contada desde la empatía: los sabios antiguos, los esclavos que copiaban textos, las mujeres lectoras silenciadas, los niños que descubren su primer libro. Todos forman parte de un mismo relato mayor: el de la palabra que se niega a morir.
Al cerrar el libro —o tal vez al dejarlo abierto sobre la mesa— queda una sensación difícil de nombrar. No es euforia, ni simple admiración intelectual. Es algo más hondo: la certeza de que leer es un acto ético, una forma de cuidado. Que cada vez que abrimos un libro, participamos de una conversación que atraviesa siglos y geografías. Que no estamos solos, ni siquiera cuando leemos en silencio.
El infinito en un junco no busca convencer; acompaña. No impone una tesis; invita a mirar de otro modo. Es un libro que se lee como se camina por un sendero antiguo: con respeto, con curiosidad, con la intuición de que cada paso nos conecta con quienes estuvieron antes y con quienes vendrán después. Leerlo es aceptar esa herencia y, al mismo tiempo, asumir la responsabilidad de mantenerla viva.
Contexto de la obra
Publicado en 2019, El infinito en un junco consolidó a Irene Vallejo como una de las voces más singulares del ensayo contemporáneo en lengua española. El libro dialoga con la tradición del ensayo humanista —de Montaigne a Zweig—, pero incorpora una sensibilidad actual, atenta a la memoria, la educación, la fragilidad cultural y el valor político de la lectura. En un contexto de crisis de atención y sobreproducción de información, la obra se convirtió en un manifiesto silencioso a favor de los libros y de quienes los leen.

