El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez
“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Febrero 2026
El amor en los tiempos del cólera
de Gabriel García Márquez
La paciencia del corazón que no se rinde
El viajero de las palabras
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“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.”
— Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera
Entro a esta novela como quien se aproxima a un río antiguo. No corre con violencia: avanza con una lentitud obstinada, cargando sedimentos de tiempo, memoria y deseo. Las calles que piso están húmedas de calor y de espera; el aire parece suspendido, como si cada cosa aguardara su momento exacto para revelarse. Aquí, el amor no irrumpe: persiste.
Desde el primer instante comprendo que esta historia no se mueve por la urgencia, sino por la duración. Camino entre cartas no respondidas, miradas sostenidas a la distancia, promesas que envejecen sin extinguirse. Florentino Ariza no ama desde el impulso, sino desde la fidelidad a una idea: la del amor como destino prolongado, como ejercicio de resistencia frente al tiempo y sus estragos. Amar, en este mundo, es aprender a esperar sin garantías.
Gabriel García Márquez construye un amor que se mide en décadas, no en instantes. El deseo no se presenta como una llamarada que consume rápido, sino como una fiebre que nunca termina de bajar. Florentino atraviesa la vida acumulando experiencias, cuerpos, palabras, pero siempre regresa al mismo punto interior. No hay olvido posible cuando el recuerdo se convierte en estructura del yo. El corazón, aquí, es archivo.
Fermina Daza, por su parte, encarna otra forma de amor: la del vínculo que se construye en lo cotidiano, en la estabilidad, en la aceptación del desgaste. Su matrimonio no es una historia de pasión exaltada, sino de convivencia, de acuerdos, de silencios compartidos. A su lado, el amor se vuelve práctica, no promesa. Y sin embargo, incluso en esa aparente solidez, la memoria del deseo juvenil permanece, dormida pero intacta, como una semilla enterrada profundamente.
Mientras avanzo, percibo que esta novela no opone el amor romántico al amor maduro, sino que los hace coexistir en tensión. García Márquez no juzga: observa. El amor idealizado puede ser obsesivo, incluso patético; el amor conyugal puede ser insuficiente, incluso opaco. Ninguna forma agota el misterio. El corazón humano es capaz de habitar contradicciones sin resolverlas.
El tiempo es el gran protagonista silencioso de esta obra. No aparece como enemigo, sino como medio. Todo ocurre gracias a él: la espera, el desgaste, la transformación. Los cuerpos envejecen, las ciudades cambian, las certezas se erosionan. Y, sin embargo, algo permanece. El deseo, lejos de desaparecer, se redefine. El amor no muere: muta.
Hay en esta novela una profunda reflexión sobre la memoria amorosa. Florentino no recuerda para revivir el pasado, sino para sostener el presente. Cada recuerdo es una afirmación: “aún estoy aquí”. El amor se convierte en narración personal, en relato que da sentido a una vida entera. Amar es contar una historia y no abandonarla, incluso cuando nadie más parece escucharla.
La prosa de García Márquez acompaña este movimiento con una cadencia envolvente. Las frases avanzan como el río que mencionaba al inicio: sinuosas, cargadas de imágenes, impregnadas de una sensualidad que no necesita exhibirse. El deseo se filtra en los detalles: en el calor, en los olores, en los gestos mínimos. Todo vibra con una intensidad contenida.
En este universo, el corazón es un territorio que se explora con paciencia. No hay atajos. El amor exige tiempo, y el tiempo exige una entrega que puede rozar lo absurdo. ¿Cuándo la fidelidad se vuelve obstinación? ¿Cuándo la espera se transforma en prisión? La novela no responde de forma tajante. Prefiere dejarnos con la inquietud, con la sospecha de que amar profundamente siempre implica una forma de riesgo.
Al recorrer estas páginas, entiendo que El amor en los tiempos del cólera no es una historia sobre la victoria del amor, sino sobre su persistencia. Amar no garantiza felicidad, ni justicia, ni equilibrio. Garantiza, en todo caso, una forma de sentido. El corazón, cuando elige, puede tardar una vida entera en llegar a su destino.
Al cerrar el libro, siento que el tiempo se ha dilatado. Comprendo que hay amores que no buscan consumarse rápido, sino durar lo suficiente para sobrevivir a quienes los sienten. Esta novela invita a leer despacio, a aceptar que algunas pasiones no se apagan, solo aprenden a esperar. El corazón, laberinto de febrero, también sabe navegar ríos largos.
Contexto de la obra
Publicada en 1985, El amor en los tiempos del cólera forma parte de la etapa madura de Gabriel García Márquez. Ambientada en el Caribe colombiano entre finales del siglo XIX y principios del XX, la novela explora el amor desde una perspectiva temporal y emocional amplia, alejándose del realismo mágico más evidente para centrarse en la intimidad, la memoria y el deseo persistente. Es una reflexión sobre el amor en la vejez, la espera y la capacidad humana de sostener una pasión a lo largo de toda una vida.

