El amante de Marguerite Duras

“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Febrero 2026

El amante de Marguerite Duras

La memoria del deseo que nunca envejece

El viajero de las palabras
_

“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde.”
— Marguerite Duras, El amante

No atravieso esta obra como quien entra en una historia, sino como quien abre una herida antigua con cuidado. El amante no se despliega ante mí: se filtra. Llega en fragmentos, en frases breves que parecen surgir desde un lugar donde el tiempo ya no obedece al calendario. Aquí, el recuerdo no es reconstrucción fiel; es pulsación. El deseo no se revive: insiste.

Estoy en Indochina, pero también estoy fuera de ella. El calor es espeso, casi líquido, y el paisaje colonial no funciona como fondo exótico, sino como una tensión constante entre cuerpos, clases, lenguas y silencios. La joven aparece antes que su nombre, antes que su edad precisa. Aparece como imagen: un sombrero, un vestido gastado, un cruce de miradas. El amor, desde el inicio, está marcado por la desigualdad y por la conciencia de su carácter transitorio.

Marguerite Duras escribe desde la distancia de los años, pero no desde la calma. La voz que recuerda no busca absolución ni nostalgia edulcorada. Recuerda porque el recuerdo sigue ardiendo. El amante no es solo una figura masculina: es el lugar donde el deseo se vuelve consciente de sí mismo. No hay ilusión romántica, sino una lucidez temprana, casi cruel, sobre el cuerpo como territorio de descubrimiento y de intercambio.

Camino por esta narración como por una casa sin paredes completas. Todo está expuesto: la pobreza, la relación con la madre, la fragilidad del núcleo familiar, la violencia económica que atraviesa cada decisión. El amor no surge en un vacío emocional, sino en un contexto que lo condiciona y lo vuelve ambiguo. Aquí, el deseo no libera: complica.

El eje de febrero —el corazón como territorio y laberinto— se vuelve especialmente nítido en esta obra. El corazón de la narradora no se pierde en el amor, sino que se define a través de él. Amar no es entrega absoluta, sino una forma de conocimiento. El cuerpo aprende antes que la palabra. La experiencia erótica no es escándalo ni pecado: es iniciación.

Duras fragmenta el relato como fragmentada está la memoria. No hay progresión lineal ni clímax tradicional. El tiempo avanza y retrocede, se repite, se corrige. Esta estructura no es un capricho formal, sino una ética del recuerdo: así se vive lo que marca para siempre, no como una historia cerrada, sino como una imagen que regresa una y otra vez bajo distintas luces.

El amante, hombre mayor, chino, rico, no es idealizado. Es vulnerable, temeroso, atrapado también por su contexto social. La relación no se presenta como igualdad ni como simple abuso: se muestra como un cruce incómodo de deseo, necesidad, poder y soledad. Duras no juzga desde fuera; expone desde dentro. El lector debe sostener esa incomodidad sin buscar alivio moral inmediato.

Hay en esta novela una reflexión profunda sobre la mirada. La joven sabe que es mirada y aprende a mirarse a sí misma desde ese lugar. El deseo no solo se siente: se performa. El cuerpo se vuelve consciente de su capacidad de provocar, de negociar, de existir en un mundo que lo reduce. El amor, en este sentido, no es refugio, sino aprendizaje brutal.

La prosa de Duras es seca y sensorial al mismo tiempo. Cada frase parece tallada, despojada de lo superfluo. No hay ornamentación innecesaria, pero sí una intensidad constante. El silencio pesa tanto como las palabras. El erotismo no se construye por acumulación, sino por omisión. Lo que no se dice vibra más que lo explícito.

Mientras avanzo, comprendo que El amante no es una novela sobre un amor del pasado, sino sobre la imposibilidad de dejar atrás aquello que nos funda. La narradora adulta escribe porque el recuerdo sigue actuando en el presente. El amor no terminó: se transformó en memoria corporal, en escritura, en identidad.

Cerrar este libro no produce cierre. Produce una especie de quietud inquietante. Duras no invita a idealizar el primer amor, sino a reconocer su poder formativo, incluso cuando está atravesado por desigualdad y dolor. El corazón, aquí, no se salva ni se condena: se reconoce.

El amante nos recuerda que hay deseos que no buscan futuro, pero aun así nos acompañan toda la vida. Que el laberinto del corazón no siempre tiene salida, y que, a veces, escribir es la única forma de recorrerlo sin perderse del todo.

Contexto de la obra

Publicada en 1984, El amante es una de las obras más conocidas de Marguerite Duras y tiene un fuerte carácter autobiográfico. Ambientada en la Indochina colonial francesa, la novela explora memoria, deseo, clase social y escritura desde una perspectiva fragmentaria e íntima. Con este libro, Duras consolidó un estilo narrativo que privilegia la voz, el recuerdo y la tensión emocional por encima de la narración lineal tradicional.