Diario de Anaïs Nin
“No vemos las cosas como son, las vemos como somos.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Febrero 2026
Diario de Anaïs Nin
Escribir el deseo para no desaparecer
El viajero de las palabras
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“No vemos las cosas como son, las vemos como somos.”
— Anaïs Nin, Diario
No entro a este libro: lo abro como quien abre un cajón que nunca estuvo del todo cerrado. El Diario de Anaïs Nin no se presenta como una obra que deba recorrerse, sino como una respiración continua. No hay umbral claro, ni una historia que me espere al fondo. Hay una voz que se ofrece sin pedir permiso, una conciencia que se escribe para afirmarse. Aquí, el amor no es acontecimiento: es estado.
Desde las primeras páginas percibo que este no es un texto que busque agradar. Es un texto que necesita existir. Anaïs Nin escribe para sostenerse, para entenderse, para multiplicarse. El diario no funciona como registro pasivo de los días, sino como laboratorio emocional. Cada entrada es un ensayo sobre el deseo, la identidad, el cuerpo, la creatividad. El corazón, en esta obra, no se pierde: se explora sin descanso.
A diferencia de las ficciones que he habitado este mes, aquí no hay máscaras narrativas. O, mejor dicho, hay muchas, pero todas son conscientes. Nin no pretende una verdad definitiva; acepta la contradicción como forma de autenticidad. Ama intensamente, duda con la misma intensidad, se reinventa sin pedir disculpas. El amor no aparece como promesa de estabilidad, sino como fuerza que expande y desestabiliza al mismo tiempo.
El eje de febrero —el corazón como territorio y laberinto— encuentra aquí su formulación más explícita. El corazón es un espacio en constante escritura. Nin no lo observa desde fuera: lo habita mientras late. Amar implica exponerse, desear implica arriesgar la imagen que se tiene de una misma. No hay una sola Anaïs en estas páginas, sino muchas, coexistiendo, a veces en conflicto, a veces en diálogo.
El erotismo ocupa un lugar central, pero no como provocación gratuita. Es una forma de conocimiento. El cuerpo es lenguaje, el deseo es pensamiento. Nin escribe desde una conciencia profundamente sensorial, donde amar y crear se confunden. La experiencia amorosa no se separa de la escritura: ambas son actos de afirmación frente a un mundo que históricamente ha silenciado ciertas voces femeninas.
Hay en este diario una búsqueda constante de intensidad. No de escándalo, sino de profundidad. Nin rechaza la vida vivida a medias, las emociones domesticadas, los vínculos que no transforman. Amar, para ella, es una forma de expansión interior, incluso cuando duele. El sufrimiento no se idealiza, pero se reconoce como parte del proceso de autoconocimiento.
A medida que avanzo, comprendo que este libro no ofrece un modelo de amor replicable. Ofrece, más bien, una ética de la escucha interior. Nin no escribe para enseñar cómo amar, sino para registrar cómo se ama cuando se vive con atención extrema a los propios impulsos. El lector no es espectador distante: es testigo de una intimidad que se sabe observada y aun así se mantiene honesta.
El estilo del Diario es fragmentario, cambiante, profundamente ligado al momento vital de quien escribe. No hay una prosa uniforme, sino una escritura que se adapta a la emoción del día. Esta inestabilidad es su fuerza. El amor no se congela en una definición; se desplaza, se transforma, se contradice. El corazón, laberinto final de febrero, no tiene centro fijo.
También hay una reflexión constante sobre la mirada ajena. Nin es consciente de ser leída, incluso cuando escribe para sí misma. Esta tensión entre intimidad y exposición atraviesa todo el texto. Amar implica mostrarse, pero también proteger ciertas zonas. El diario se convierte en un espacio intermedio: privado y público a la vez, vulnerable y controlado.
Cerrar este libro no produce cierre emocional. Produce cercanía. Anaïs Nin no se despide: continúa. Su escritura nos recuerda que el deseo no es algo que se resuelve, sino algo que se acompaña. Que el amor puede ser múltiple, contradictorio, inestable, y aun así profundamente verdadero.
Como última parada de febrero, el Diario funciona casi como un espejo. Después de recorrer pasiones destructivas, esperas infinitas, conflictos sociales, obsesiones y reflexiones filosóficas, llegamos a una voz que se atreve a decir: amar es escribirse. El corazón no solo late: se narra.
Anaïs Nin nos deja con una invitación silenciosa pero poderosa: habitar el propio deseo sin reducirlo, sin pedir permiso, sin clausurarlo. El laberinto no se resuelve; se recorre. Y quizá, en ese recorrido atento, se encuentra una forma distinta de libertad.
Contexto de la obra
El Diario de Anaïs Nin fue escrito a lo largo de varias décadas y publicado progresivamente a partir de los años sesenta. Más que una obra única, constituye un proyecto vital y literario donde Nin explora identidad, deseo, creación artística y relaciones afectivas. Su publicación marcó un hito en la escritura autobiográfica y en la expresión del deseo femenino desde una perspectiva íntima y consciente.

