— Traducido por Alfredo Fredericksen Neira
¿Puede una fe religiosa mantenerse honesta frente a Darwin? Esa es la pregunta central que el Dr. Peter Bien, estudioso de la literatura griega moderna y miembro de la Sociedad Religiosa de los Amigos (cuáqueros), plantea en este ensayo riguroso y provocador, ahora disponible en español gracias a la traducción de Alfredo Fredericksen Neira.
El texto parte de una premisa incómoda: la teología cristiana clásica —con su Dios eterno, inmutable y absoluto— fue construida sobre la cosmología aristotélico-ptolomeica, una ciencia que hoy sabemos radicalmente equivocada. Si la Tierra no está en el centro del universo, si nada en el cosmos es inmutable, si la evolución demuestra que el cambio es la única constante, entonces ¿qué queda de la imagen tradicional de Dios?
Bien no huye de la pregunta ni la dulcifica. Recorre con honestidad la historia de pensadores considerados herejes —Giordano Bruno, Galileo, el propio Darwin— para mostrar que la resistencia de la religión al conocimiento científico no es una anomalía, sino un patrón. Su tesis es clara: ninguna religión merece lealtad si no está en concordancia con lo que la ciencia nos enseña sobre el universo que habitamos.
Desde esa exigencia, el autor examina diversas respuestas cuáqueras al darwinismo —desde Arthur Stanley Eddington hasta Howard Brinton— y encuentra que, aunque valiosas, ninguna llega lo suficientemente lejos. La excepción más notable es la obra del físico y teólogo Ian Barbour, cuyo trabajo sobre la teología procesal-relacional ocupa el corazón del ensayo.
Esta corriente teológica, desarrollada principalmente por Alfred North Whitehead y Charles Hartshorne, propone un Dios que no es motor inmóvil sino participante dinámico: afectable, relacional, en proceso. Un Dios que no controla sino que invita; que no es perfección estática sino amor en movimiento. El término técnico que Bien adopta es panenteísmo: Dios está unido al universo y a la vez lo trasciende, sin confundirse con él.
Lo que hace de este ensayo una lectura singular no es solo su argumento filosófico, sino su tono. Bien escribe como alguien que ha pensado estas preguntas durante décadas y que no teme la contradicción. Cita a Einstein sobre la dualidad de la luz como modelo de cómo sostener verdades aparentemente opuestas. Apela a Heráclito, a Don Cupitt, a George Eliot. Recuerda el final de la obra teatral Copenhague, de Michael Frayn, para articular lo que podría ser una espiritualidad adecuada a nuestra condición: habitar con gratitud este “precioso mientras tanto” antes de que el cosmos llegue a su inevitable fin.
El ensayo no está exento de exigencias. El lector sin familiaridad con la filosofía del proceso o con la historia del cuáquerismo deberá avanzar con paciencia en algunas secciones. Pero esa misma densidad es parte de su valor: Bien no simplifica para tranquilizar, sino que complica para ser honesto.
“Dado que nada es permanente excepto el cambio, debemos encontrar a Dios en lo que conocemos: en el pensamiento evolutivo basado en la ciencia.”
La traducción de Fredericksen Neira es cuidadosa y fluida, respetando la cadencia reflexiva del original sin sacrificar la claridad. Un texto que llegará especialmente a quienes sienten que la espiritualidad y la honestidad intelectual no deberían estar en conflicto —y que sospechan que quizás nunca lo estuvieron.




