
«Si mi madre se hubiese enterado
de que me entretenía más de lo debido,
probablemente me habría recibido a pescozones antes incluso
de dejar el paquete sobre la mesa de la cocina.
Más de una vez me lo advirtió con toda claridad:
—Tú coges el encargo y te vienes directamente».
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ues allí estábamos Alberto y un servidor en la consulta del doctor Cordero Peinado, dispuestos a pasar un mal trago.
Nuestro amigo, coronel militar de profesión, lucía un mostacho negro que imponía más respeto que muchas condecoraciones. Sin embargo, hablaba atropelladamente, como si las palabras se empujaran unas a otras por salir de su boca. Tanto era así que casi rozaba el tartamudeo, una paradoja difícil de conciliar con alguien acostumbrado a impartir órdenes. De no haber sido por la seriedad del momento, su forma de hablar y sus apellidos nos habrían hecho estallar en una carcajada.
Ahora bien, ese día no estaba el horno para bollos.
Pronto nos llamaron. En aquella época había dos formas de hacerlo: o salía alguien al pasillo —siempre respetando esa exquisita intimidad que suponía gritar tu nombre delante de una sala abarrotada de gente— o sonaba un timbre de carraca sobre la puerta que el médico accionaba desde dentro. Antes de nada, habías pedido la vez, exactamente igual que en el mercado.
Al otro lado de la puerta, nuestro hombre, enfundado en una bata blanca, sostenía un Rex sin filtro entre los labios mientras esperaba al siguiente paciente.
Por Dios, que no tire de la piel, rogaba al Santísimo.
La leyenda urbana decía que, en algunos casos, bastaba con una fuerte retracción para solucionar el problema. ¿Quién iba a creerse eso? En los bebés quizá funcionase; a nuestra edad semejante maniobra habría terminado como la matanza del cerdo.
Todo eran temores. Como si no tuviéramos bastante con lo nuestro, aún debíamos estar preparados para dar un brinco si a nuestro queridísimo médico le daba por dejarnos caer la ceniza del pitillo en la punta. Creo que ambos habríamos preferido estar limpiando alcantarillas antes que sentados en la camilla con las piernas colgando. Y no era para menos. La escena tenía mucho de las incómodas revisiones de los quintos: deprisa, sin demasiadas contemplaciones y con decenas de reclutas aguardando su turno.
No hubo vuelta de hoja. Unas semanas después nos esperaba el ambulatorio de Aguacate y la destreza de dos urólogos extranjeros que enseñaban la nueva técnica del tajo, la misma que ya aplicaban en su natal Marruecos y que ahora exportaban a los españolitos asegurados por la Seguridad Social.
———
De todos era conocida mi antipatía por el capitán Spock, y mi vecino de camilla era clavadito: orejas puntiagudas y unas cejas parecidas a dos alas negras que le conferían un aire permanentemente desconfiado.
Nunca pretendí sentar cátedra sobre estas anomalías anatómicas, porque yo tampoco era precisamente la reina de Saba, y menos aún con la cara atacada por el acné propio de la adolescencia. En todo caso, si alguien pudiera hacerlo, correspondería a la frenología, esa extravagante disciplina empeñada en adivinar el carácter de los individuos a partir de la forma del cráneo y otros accidentes faciales.
Lo cierto es que mi casuística personal siempre ha relacionado semejantes rasgos con gentes pasadas de frenada. Carece de cualquier validez científica, lo admito, pero el cretino que tenía sentado a mi lado, con vaqueros ajustados, una gruesa cadena dorada y tanto pelo en el pecho que el Cristo de la Caridad apenas se dejaba ver, parecía empeñado en darme la razón.
La vanidad es una fuerza difícil de derrotar.
En aquella especie de esclusa o antesala, el pesado no salía de lo mismo.
—A mí lo único que me jode es el tiempo que voy a estar sin follar.
Una y otra vez, la misma cantinela.
Yo aún no había cumplido la mayoría de edad. Él rondaría la treintena. Quizá por eso se empeñaba tanto en mantener el tipo delante de los demás.
—Ya me dirás, ahora a ver cuánto tiempo voy a estar sin meter… — insistía. Como si aquello fuese una tragedia nacional.
Poco después pronunciaron su nombre y desapareció detrás de una de las cortinas que conducían a los quirófanos. Se marchó de un modo ridículo: con las calzas verdes cubriendo los zapatos, el camisón abierto por detrás enseñando la raja del culo y todo lo que le cuelga al león; las caderas balanceándose al más puro estilo John Travolta en Fiebre del sábado noche.
La chulería entró con él.
A medida que pasaban los minutos, de las distintas salas regresaban algunos santos varones que intentaban recomponerse como podían. Algunos se subían los calzoncillos con infinito cuidado para no desplazar el apósito. Los slips ajustados facilitaban la operación; los bóxers de tela, por el contrario, eran harina de otro costal. Otros caminaban con las piernas abiertas. Los más graciosos comentaban que el porrón de agua que habían utilizado para lavarnos allí mismo el pene bien podría haber estado lleno de vino.
Pequeños regueros de sangre surcaban el suelo del vestíbulo, como los caminos que trazan esas hormiguitas rojas —las de fuego, las de tan mala leche—, condenados a desaparecer con el siguiente fregonazo de las limpiadoras.
Fue entonces cuando, aguardando todavía mi pase, volví a escuchar una voz conocida.
—Lo único que me jode es el tiempo que… —El mismo que viste y calza.
Aparté ligeramente la cortina que separaba los boxes y eché un vistazo. La diferencia entre el hombre que había entrado y el que acababa de salir era digna de estudio. Las palabras eran las mismas; el tono, no. Tenía el rostro desencajado, blanco como una sábana. Con ambas manos pegadas al bajo vientre, seguía aferrado a aquella absurda letanía, intentando mantener una dignidad que se le escapaba a todo gas.
Pobre infeliz. Viéndolo agarrado a sus partes inflamadas y con la mirada perdida, costaba creer que aquel fantoche fuera el mismo individuo que apenas una hora antes había recorrido el pasillo pavoneándose como el rey de la pista.
Cuando finalmente se marchó, lo acompañaba una pequeña mancha oscura que comenzaba a extenderse sobre aquellos Levi’s marca-paquetes de los que tan orgulloso parecía estar. Lo vi alejarse por el pasillo, empeñado en conservar el mismo andar fanfarrón con el que había entrado.
La chulería cicatriza más deprisa que las heridas.
Bueno, yo a lo mío. Pronto me tocaría pasar por el matadero y, con un poco de suerte, dejaría de tener excusas para seguir siendo virgen.
———
La galería de alimentación de mi barrio ocupaba los bajos de un edificio de cuatro plantas. Tenía unas puertas de cristal, un rótulo que ya empezaba a acusar el paso de los años y un constante ir y venir de vecinos cargados con bolsas de tela, carros de la compra y prisas domésticas. No obstante, para quienes crecimos allí, aquel lugar era mucho más. Significaba nuestra pequeña ciudad cubierta, un universo con sus normas y personajes habituales.
Contaba con dos accesos que eran utilizados indistintamente, aunque el que daba a la calle Mochuelo, junto a la casa de Pepito —el practicante—, era el principal utilizado por los usuarios. El secundario, en cambio, también hacía las veces de entrada de mercancías. Además, esa salida trasera ejercía una atracción especial sobre los niños pues desembocaba prácticamente junto al antiguo canódromo, que mostraba al exterior sus gradas y parte del óvalo donde competían los galgos.
Aquellos animales me fascinaban. Eran elegantes, veloces y silenciosos, como si hubiesen sido diseñados únicamente para huir de los problemas del barrio o suscitar ciertas sospechas gastronómicas.
Si uno lo piensa bien, apenas unos metros separaban ambas instalaciones. No afirmo nada. Dios me libre. Pero tampoco puedo evitar cuestionarme si alguno de los canes retirados no acabaría formando parte de las albóndigas que tanto me gustaban.
Son la clase de pensamientos absurdos que uno desarrolla al sacudirse la cola después de mear.
Oscuros, húmedos y permanentemente impregnados de un olor imposible de identificar, los aseos parecían llevar décadas resistiéndose a cualquier intento serio de limpieza. Las puertas tenían una amplia rendija inferior que permitía contemplar los zapatos del ocupante e imaginar, con mayor o menor acierto, lo que estaba ocurriendo al otro lado.
Los chavales del barrio sentíamos una curiosidad enfermiza por aquel lugar.
Y, como suele ocurrir con lo prohibido, cualquier novedad corría de boca en boca.
Una mañana aparecieron unas bragas abandonadas junto a uno de los retretes. Nadie supo jamás cómo habían llegado allí. Durante semanas se convirtieron en tema de conversación obligado entre los muchachos de la zona. Las teorías crecieron con la misma rapidez con la que menguaba la credibilidad de quienes las formulaban. Algunos hablaban de encuentros amorosos clandestinos. Otros aseguraban que se trataba del resultado ante un apretón. Lo más probable es que todo tuviera una explicación mucho más sencilla y aburrida, pero ya se sabe que la imaginación es gratuita y abundante.
Afortunadamente, a unos metros más allá se encontraba la panadería de José, con ese aroma cálido y reconfortante que lograba imponerse incluso al olor salobre y persistente de las pescaderías. En su tienda comprábamos el pan casi todos los días, pues aún existía la costumbre de vender medias barras y pequeñas cantidades de otros productos, lo que era una práctica habitual en el resto de comerciantes.
Mi madre pedía mitad de cuarto o cuarto y mitad de lo que hiciera falta con una familiaridad que hoy desconcertaría a muchos dependientes acostumbrados a mirar una báscula digital antes que al cliente. Aquellos tenderos calculaban los pesos casi de memoria, como si llevaran una balanza incorporada en alguna parte del cuerpo.
Yo, por supuesto, tenía otros intereses. Siempre intentaba convencer a mi madre para que añadiera algún extra a la compra. Un cuerno de chocolate, una cuña de crema, sin olvidar mi ración diaria de aceitunas de Campo Real que luego, obligaba a mi madre a avisar a don Manuel para que metiera la pera de agua caliente por el ano y solucionara el problema del atasco por engullir tanta oliva.
Dentro del recinto comercial se vivía a otro ritmo. Las amas de casa intercambiaban recetas, confidencias y cotilleos esperando su turno mientras fingían que no nos perdían de vista. El resto del personal tampoco se quedaba atrás. Los jubilados discutían sobre política, fútbol, toros o cualquier asunto susceptible de generar controversia. Los tenderos conocían no solo la vida de todos y cada uno de sus feligreses, sino la de una generación por detrás y por delante.
Y en medio de todo aquel ecosistema de serrín húmedo, fruta madura y el frío resplandor de los fluorescentes estaba la carnicería.
Yo siempre llevé fatal lo de los efluvios de los grandes costillares colgados de los ganchos y sobre todo el que desprendía ese caldillo rosáceo que se acumulaba alrededor de las piezas recién cortadas. Unos pocos minutos frente al mostrador y comenzaba a notar un ligero mareo y una desagradable sensación nauseabunda que me subía de vacío desde el estómago. Lo cual tenía bastante mala gracia, porque precisamente allí comprábamos la carne picada para las albóndigas que tanto me gustaban.
Pese a lo razonable de la idea, dejarme con mi abuelo en la bodega de la señora Carmen tampoco terminaba de convencerla. Y no le faltaban motivos.
Por aquel entonces no era extraño que a algún menor le sirvieran una clarita sin que nadie pusiese el grito en el cielo. Mucho menos si ibas acompañado de un adulto. Los niños formábamos parte de la vida cotidiana del barrio y éramos perfectamente conocidos en la mayoría de los establecimientos.
De hecho, nuestros padres nos enviaban constantemente a realizar pequeños encargos y nadie veía nada raro en ello.
Yo mismo acudía con frecuencia a la bodega para comprar vino. El barato rondaba las veinticinco pesetas —y el bueno podía llegar a las treinta y cinco. Lo servían directamente dentro de un casco vacío de gaseosa que después, una vez consumido el contenido, había que devolver religiosamente. Hoy suena casi prehistórico, pero antes era lo más normal del mundo.
Entrabas, entregabas el envase y, en un pis pas, salías con tu botín bajo el brazo, sintiéndote poco menos que un hombre.
———
—Vaya con el niño… Pues este olor a vino parece que sí le gusta.
La pulla solía venir del carnicero, que a esas horas acostumbraba a refugiarse en la bodega para tomar unos chatos y dar buena cuenta de la sangre frita que el marido de la Carmen preparaba como especialidad de la casa. Siempre le llevaba los demonios esta contradicción, la de que yo no soportase el estar cerca de su reputada carne fresca y en cambio no hiciese ascos a algún pedazo ya cocinado con cebolla pochada o algún otro aderezo.
Los otros comensales seguían a lo suyo. Entre vaso y vaso se gastaban bromas que llevaban contando veinte años y coreaban las comandas como si fueran estribillos de una canción popular.
—¡A la de tres!
—¡Que nos pongan dos cortos clara!
—¡Que nos los ponga Benigno “el Bala”!
La ocurrencia hizo que toda la taberna estallara al unísono. Las carcajadas se extendieron por el local y hasta los clientes más serios no pudieron evitar sonreír. Todos, menos Benigno, que, con la parsimonia de quien consideraba que el tiempo le pertenecía en exclusiva, siguió a lo suyo, indiferente al jaleo que le dedicaban sus fieles parroquianos.
———
Nadie lo habría imaginado. Pero tanto va el cántaro a la fuente que, al final, se rompe. Y eso fue exactamente lo que le ocurrió al pobre carnicero.
Con apenas treinta y ocho años —una edad que entonces me parecía casi anciana y que hoy considero insultantemente joven— iba a dejar el pellejo en aquel establecimiento de apenas veinte metros cuadrados donde tantas veces lo había visto alternar entre chatos de vino y algún que otro sol y sombra, al tiempo que daba buena cuenta de generosas raciones de toda clase de viandas rebosantes de grasa. Sus arterias fueron almacenándola hasta decir basta.
Así transcurrieron los días, los meses y, más adelante, los años. Yo había crecido en el seno de una familia pequeña, bajo el paraguas protector de mi madre, mi abuelo materno y mi hermana mayor, pues mi padre trabajaba hasta bien entrada la madrugada y dedicaba gran parte del resto del día a descansar o a atender otros quehaceres.
Mis primeros recuerdos de la viuda son los de un niño que apenas alcanzaba a asomarse por encima del mostrador. Aún tengo presente su voz y aquel cabello dorado atrapado bajo una redecilla, como la que le encasquetaban a mi madre en la peluquería al ponerle los rulos. Continué viéndola con regularidad. No en vano formaba parte de ese paisaje cotidiano que uno cree inmutable hasta que, un día, se percata de que ya no lo contempla con los mismos ojos.
¿Tendría catorce, quince años? Puede incluso que algunos menos… La memoria difumina las fechas, pero no las sensaciones. Creo que todo empezó mucho antes, coincidiendo con ese despertar silencioso en el que la simple observación acaba transformándose primero en curiosidad y más tarde en fascinación.
Empecé a fijarme en la carnicera de una manera distinta. Mi atención se detenía con especial frecuencia en aquel pronunciado escote que se abría al agacharse para alcanzar el género y dejaba al descubierto unos voluptuosos senos que yo, hasta entonces y con toda inocencia, había comparado en tamaño con los de mi madre.
Aquel despertar no fue únicamente mío. Formaba parte de una especie de epidemia silenciosa que se había propagado a todos mis amigos. Las conversaciones comenzaron a cambiar de tono. Los cromos, las chapas y los partidos improvisados fueron cediendo terreno a los primeros pitillos, tragos de litronas y a otros asuntos de reciente actualidad.
El conocimiento llegaba a cuentagotas: comentarios escuchados a medias, revistas que cambiaban de dueño con más misterio que un documento secreto y rumores que cada cual adornaba según su imaginación.
Desde nuestra improvisada garita de vigilancia contemplábamos el incesante desfile de compradores y transeúntes. Creíamos tenerlo todo bajo control. Visto desde la distancia, no era más que la habitual mezcla de atrevimiento e ignorancia que caracteriza a la edad del pavo.
El charcutero, el lechero y otros aprendices solían reunirse para tomar un descanso y piropear a las clientas. Formaba parte de la atmósfera cotidiana del mercado.
Debía de ir de la mano de mi madre, cuando escuché a varios muchachos lanzar una pregunta entre risas:
—¿Lleva o no lleva? ¿Lleva o no lleva?
Recuerdo haber mirado a mi alrededor intentando averiguar de qué estaban hablando. Las muchachas que pasaban por delante parecían entenderlo mucho mejor que yo. Algunas aceleraban el paso; otras sonreían con resignación y continuaban su camino como si aquello formara parte de una representación tantas veces repetida que ya no mereciera atención.
La infancia se retira lenta, pero sin pausa, casi sin hacer ruido, para dejar paso a un territorio nuevo y desconcertante.
De buenas a primeras, me di cuenta de que muchos de aquellos enigmas habían dejado de serlo. Aquel sonsonete no era más que una forma bastante zafia de averiguar si las muchachas llevaban sujetador. Si la camiseta dejaba adivinar el relieve de los pezones, el veredicto llegaba a voz en grito.
El mercado ya no era solo un lugar donde se compraba carne, fruta o pescado. También era el tablado donde, a diario, se representaban pequeñas comedias humanas, que los más jóvenes observábamos desde la distancia hasta que, sin apenas darnos cuenta, terminábamos formando parte de ellas.
———
El cierre estaba medio bajado. Después de tantos años yendo a por lo mismo, sabía que la señora Manuela aún andaría recogiendo y limpiando, así que me colé con escaso reparo por debajo.
Ella salía en ese instante de guardar lo último en la cámara frigorífica, pero no se sobresaltó al verme. Es más, no era la primera vez que acudía a última hora a recoger el encargo. Aquel día llegaba especialmente tarde. Había estado recuperando una asignatura con un profesor particular que me había tenido resolviendo ecuaciones de última hora.
El caso es que ni siquiera se enfadó. Más bien al contrario. Creo que le gustaba que me quedara un rato charlando al terminar la jornada. Y yo, por mi parte, estaba encantado. Me dejaba afilar los cuchillos y raspar la superficie de la vieja tajadera, sobre la que descuartizaba, a golpe de cuchilla, grandes cortes de ternera.
Antes de llegar a casa, era habitual tener preparada alguna excusa para justificar el retraso: que si el maestro…, que si algún amigo…
Mi madre calculaba con una precisión casi sobrenatural la hora exacta a la que debía estar de vuelta. Y no era un caso excepcional. Las amas de casa de entonces llevaban las cuentas del hogar como nadie. Administraban el sueldo familiar, estiraban la peseta hasta límites insospechados y eran capaces de cuadrar las cuentas sin que jamás pareciera faltar nada.
Quizá por eso también resultaba inútil intentar engañarlas con la hora de llegada.
Si se hubiese enterado de que me entretenía más de lo debido, probablemente me habría recibido a pescozones antes incluso de dejar el paquete sobre la mesa de la cocina. Más de una vez me lo advirtió con toda claridad:
—Tú coges el encargo y te vienes directamente.
Yo nunca entendí aquella insistencia. A fin de cuentas, el mercado estaba muy cerca de casa y la enviudada era conocida de toda la vida. Pero bastaba una orden así de tajante para dar por concluida la conversación.
A mí no me quedaba más remedio que obedecer. Al menos, en teoría.
———
El enorme leño cojeaba como una silla mal calzada, así que me pidió que ajustara una cuña bajo el tronco. Bastó una patada bien dada para dejarla encajada. Siempre fui una rareza: escribía con la mano derecha, pero chutaba con una izquierda educada en los descampados de la barriada. No fallé.
Inmediatamente después escuché el traqueteo del cierre oxidado descendiendo a mi espalda. No le di demasiada importancia. Ya casi daban las 8 de la tarde y ya era hora de asegurar el negocio a cal y canto.
—A ver si aguanta ahora —dijo acercándose.
Arrimó un pequeño altillo y se aupó sobre la vieja rodaja de encina, ya ennegrecida por décadas de uso. Al comprobar que apenas se movía, se desprendió de la redecilla que había mantenido sujeto su cabello durante toda la jornada.
Por un instante, la mujer que había pasado el día despachando clientes desapareció tras una imagen mucho más sugerente.
La Manuela acababa de cumplir los cincuenta. Conservaba una belleza madura y serena, de esas que tienen las mujeres que han vivido lo suyo, han criado hijos y conservan una feminidad muy distinta a la de una muchacha joven.
Ella sonrió para sus adentros.
—Ahora sí… Ya era hora.
Permaneció frente a mí, sentada sobre el tajo, con las piernas ligeramente separadas. El delantal se había levantado apenas unos centímetros, algo perfectamente normal dada la postura. Sin proponérselo, dejaba ahora a la vista las medias cortas color carne que terminaban bajo la rodilla.
Entre su borde y el bajo de la falda se adivinaba una estrecha franja de piel, suficiente para atraer la mirada de cualquiera.
Demoró cada movimiento con una naturalidad que no me atreví a interpretar. Acto seguido, me guiñó un ojo y señaló con la cabeza el pequeño montón de carne picada que reposaba sobre el papel de estraza.
Una punzada repentina me atravesó el bajo vientre y rompió el hechizo. Intenté disimularla. Me incorporé ligeramente y fingí interesarme por el dichoso paquete, pero el gesto debió de resultar poco convincente.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó.
—Sí, sí… nada.
Mi respuesta sonó poco convincente.
Ella me sondeó con la mirada. Es bien sabido que las personas acostumbradas a tratar con clientes desarrollan una extraña capacidad para detectar cuándo alguien no dice la verdad.
—No tienes buena cara. ¿Es por la operación?
—¿Cómo?
Negué con la cabeza, si bien el dolor persistía. La verdad es que aquella pregunta tan directa me desconcertó. Las noticias corrían como la pólvora, pero no imaginé que la mía fuera ya de dominio público.
«Seguro que ha sido la madre de Alberto, que es una cotilla», deduje.
—Anda, déjame echar un vistazo
—No se moleste, señora Manuela —le respondí con muchísima vergüenza retrocediendo unos pasos.
—¿Cómo que no? Seguro que la siesa de la Paca ni te ha revisado. ¿No ves que una ya sabe de estas cosas?
—De verdad, no me pasa nada.
—En serio que tienes un mal color. Anda, no seas cabezota. Te prometo que no se lo diré. Tengo aquí mismo un remedio casero que va de maravilla para esto.
Noté cómo se me aceleraba el corazón.
—Vamos hombre, —insistió—. Baja un poco los pantalones y déjame echar un vistazo. Si te he visto en pañales, caray.
Aquella última frase, que seguramente pretendía tranquilizarme, consiguió exactamente lo contrario. Más allá de la revisión de la herida lo que verdaderamente me preocupaba era cómo demonios iba a explicar mi calentura.
Hasta ese momento, su expresión apenas se había alterado. Era una de esas personas a las que una larga vida despachando había enseñado a no escandalizarse por casi nada.
Sin embargo, cuando aquello quedó al aire, toda su desenvoltura se evaporó. Por primera vez, su rostro reflejó una preocupación auténtica.
—Dios mío, chico… ¿qué te han hecho?
Y no era para menos. Aún no me habían retirado todos los puntos y la herida formaba una costra irregular alrededor de la sutura, adherida en algunos tramos a la piel.
La primera cura resultó tan dolorosa que no se la habría deseado ni a mi peor enemigo. Tal vez por eso abandoné las revisiones prematuramente. El contexto tampoco invitaba precisamente a regresar.
Compartíamos la espera con los pobres niños que iban a operarse de anginas. Era pleno verano y, como todavía no existían sistemas que climatizaran aquellas dependencias, las ventanas estaban abiertas de par en par. Por ellas se colaba sin pudor el ruido del tráfico procedente de la calle.
———
La intimidad era un lujo inexistente.
Uno permanecía, de esta guisa, con los pantalones por los tobillos, atendido por la enfermera, escuchando inevitablemente —y viceversa— las dolencias que el vecino relataba al médico, pues apenas nos separaba una cortina translúcida suspendida de un biombo metálico.
Visto con perspectiva, la situación tenía algo de tragicomedia. Sobre todo cuando uno abandonaba su improvisado camerino y se cruzaba con el siguiente paciente, al que casi daban ganas de despedir con un apretón de manos y un «pues que vaya bien».
A decir verdad, no me habría extrañado que cualquiera, al ver aparecer a alguien de detrás de aquella cortina, se preguntara qué demonios hacía nadie ahí detrás.
Sí, así eran las cosas.
Llevaba una mueca involuntaria. Intenté disimularla en honor a aquellos niños que aguardaban, engañados por sus madres con el tranquilizador argumento de que allí dentro iban a arreglarles el juguete roto.
Solo que estos se olían la jugada; no eran tontos. Si al menos hubieran tenido el cuidado de utilizar otra salida… Qué va, regresaban por la misma puerta por la que habían entrado, en brazos de sus madres, adormilados y aturdidos, soltando pequeños gorgoteos de sangre procedentes de la garganta, una visión que no contribuía precisamente a inspirar confianza y que, por el contrario, sembraba el pánico entre los siguientes.
Para colmo, recurrían a la mercromina, aquel desinfectante rojo que parecía servir para todo, y que dejaba la huella de la circuncisión con un aspecto bastante alarmante.
—No te preocupes. Eso tiene arreglo. Tenía yo en casa un ungüento para las rozaduras, aunque la manteca de cerdo sirve igual de bien. Ya verás cómo se ablanda la costra y se te quita esa tirantez. Anda, ven aquí.
De nuevo ella se acomodó y me hizo acercarme hasta la distancia que consideró adecuada para la aplicación.
A continuación, hundió las manos en el bote que había dejado estratégicamente entre las piernas y las sacó completamente embadurnadas de aquella grasa pegajosa con la que tan buenos asados se preparaban.
Comenzó a extenderla con cuidado sobre la herida. Lo hizo con movimientos lentos y precisos, recorriendo la sutura de un extremo a otro y rodeándola después con la yema de los dedos. Delicadeza y firmeza se daban la mano en una proporción perfecta.
Luego, ya metida en faena, debió de considerar que no tenía sentido quedarse a medias. Descendió cuidadosamente para repartir una fina capa desde la base hasta el capullo, con la misma naturalidad con la que lo habría hecho sobre un raspón en un codo o una rodilla.
Una vez. Dos veces. No hubo una tercera.
Aquellas caricias, firmes y decididas, acabaron por arrancar una respuesta que no tardó en confundirse con el brillo untuoso de la manteca.
No supe qué decir. Ella tampoco añadió nada más.
Yo inicié apresuradamente la maniobra de subirme los pantalones del chándal y pirarme de allí, pero la persiana seguía echada.
—Tranquilo, no pasa nada —dijo con una serenidad que me descolocó por completo—. Anda, espera un momento. Ya termino de recoger y nos vamos.
Me acercó un rollo de papel absorbente de los que utilizaban en el puesto.
—Toma. Arréglate un poco.
Los minutos que siguieron se me hicieron eternos. Ella prosiguió con sus tareas con absoluta normalidad, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Yo, por el contrario, permanecía de pie junto al gran bloque de madera que para mí se había convertido en un patíbulo donde rodaban cabezas, incapaz de decidir dónde mirar y deseando que la tierra se abriese bajo mis pies para ahorrarme aquel bochorno.
¿Qué leches había pasado? La cirugía que debía marcar mi entrada en el mundo de los hombres acababa de devolverme, de golpe, a la vergüenza de un niño.
———
Las luces ya se habían apagado. Únicamente quedaban las de emergencia.
Nos cruzamos con el vigilante, que realizaba su ronda habitual comprobando que todo estuviese en orden. Daba la impresión de que éramos los últimos en abandonar el recinto.
—Vaya, señora Manuela, pues sí que trabaja hasta tarde. Siempre es la última en salir. Llegué a pensar que le había pasado algo y estuve a punto de ir a buscarla.
—Tienes razón —respondió ella—, es que hay clientes que no pueden esperar.
Al oír la ocurrencia, el hombre prorrumpió en una risotada.
—Bueno, pues yo también me marcho. Tengo que cenar antes de empezar el turno de noche en el de La Laguna.
Terminamos despidiéndonos. Yo continuaba acalorado. Ahora era pura vergüenza. Con todo, por primera vez en toda la tarde, me sentí aliviado. En más de un sentido.
Cuando ya nos habíamos separado unos metros y caminábamos en direcciones opuestas, doña Manuela se volvió de repente.
—¡Ah!, y dile a tu madre que el sábado me entran unas chuletas buenísimas. Que te mande a por ellas.
Levanté una mano a modo de despedida.
¿Y ahora con qué cara entraba yo en casa?
Al menos llevaba bajo el brazo mi paquete de albóndigas.



