
ALERTA SILENCIOSA “No nos queda más que aguantar
y esperar el término de estas
desgracias.”
ANA FRANK
Querido amigo:
Me llamo Joaquín, vengo de una tierra hermosa, aunque desconocida para la gente de Chiapas, llamada La Providencia, conocida también por los lugareños como “la puerta del cielo”, ubicada en la parte más alta de la región, Sierra Madre, donde el frío es extremo, incluso en las temporadas de primavera y verano, y las lluvias son interminables. Sin embargo, el lugar ofrece tranquilidad para los turistas que pasaban por el pueblo, hasta hace cinco años.
Habíamos sobrevivido la pandemia, cuando llegaron visitantes indeseables. Decían ser de una organización criminal nueva que operaba en el occidente del país, el cual, su nombre era una inicial compuesta por cuatro letras. Llegaron de la nada, arrasando con todo, dejándonos con miedo absoluto.
El jefe de aquel grupo tenía una mirada que hacía doblegar al más fuerte de La Providencia. Cada vez que pasaba al centro con su gente, armada hasta los dientes, se nos detenía el corazón, pues sabíamos que no iba sólo a robarse la comida o las casas. Iba para llevarse a los jóvenes, tanto hombres como mujeres.
Al ser un pueblo pequeño, la gente se va dando cuenta de muchas cosas, estimado, y allí nos enteramos que aquel cabo era un exmilitar, entrenado para torturar y masacrar a sus enemigos. Nosotros tenemos una reserva natural que utilizamos para medio turístico, pero ellos se la apropiaron y usaron como base de operaciones, y también, sin que a ellos les importase que todos en el pueblo lo supiéramos, fosa clandestina.
El presidente municipal estableció un toque de queda en la localidad, con excepción de los vendedores locales. Era crucial que estuviesen presentes, pues llegaban a sus puestos a ver lo que tenían y se lo llevaban, a un precio razonable (“razonable”, mi querido amigo, quiere decir, sin cobrarles nada). Mis padres me decían que ver esa escena los ponía nerviosos, pues intuían que no iban sólo por despensa, sino a ver qué chico o chica se llevaban consigo.
Durante esa época, se libró una guerra contra el ejército, el cual se extendió hasta los pueblos vecinos, La Grande y Zitacá, donde se cobró un mayor número de vidas inocentes. A pesar de no tener un equipamiento igual que sus contrarios, podían combatirlos con estrategias de emboscada que dejaban a los pobres soldados muertos, en medio de los bosques destruidos, o vivos, para llevárselos y torturarlos, obteniendo la información que querían, para luego rematarlos. Aquella situación la creíamos peor que la propia pandemia.
¿Te acuerdas que te comenté al principio sobre “llevarse a los jóvenes”? Por suerte, nunca tuve la oportunidad de formar parte de su batallón, pero escuché rumores que a los hombres los mandaban a la parte más hundida de la reserva, para entrenarlos y convertirlos en sus nuevos “perros de caza”, capaces de matar y destripar a cualquier persona enemiga. A las chicas las convertían en sus esclavas predilectas. Las “bonitas” les servían para satisfacer sus necesidades corporales, obligándoles a complacer todo tipo de fantasía voyerista y sadista; las “no tan bonitas”, se convertían en sus sirvientas, donde limpiaban el interior de las cabañas donde vivían esos tipos, incluso ayudarlos a enterrar los cuerpos de sus enemigos y quienes no cumplían las reglas del lugar.
Ante esa nueva realidad, los que aún teníamos la suerte de seguir con nuestras familias, era cuestión de tiempo para que nos tocara ser reclutados. El miedo nos emanaba siempre, nos pasábamos en casas de amigos y familiares cercanos, para no tener que pasar en la nuestra, donde probablemente, nos aguardaban para llevarnos a ese infierno.
Para ello, desarrollé una especie de plan, que nos alertaba a mí y demás contemporáneos. Como te expliqué al principio, La Providencia es un pueblo donde suele llover mucho, eso lograba imposibilitarlos de llegar al pueblo para arrasar con nuestra comida, casas y demás. Medíamos la intensidad de las lluvias para saber qué tan peligroso era salir de la casa y desplazarse sin ser visto; también utilizábamos el ladrido de los perros (en mi tierra abundan en demasía), ellos suelen ladrarle a los extraños, sin embargo, cuando son esas personas, ellos se quedan quietos, dando un gemido agonizado, lleno de angustia y tristeza, es cuando percibimos el peligro, y nos vamos a otra parte para no ser encontrados. Esa táctica la aplicábamos todos, pero lo que es bueno para ti, no lo es para todos. Algunos amigos pecaron de ser muy obvios y los descubrían a ellos y sus familias, matándolas sin miramientos, dándoles la opción de seguir viviendo como futuros sicarios, o tener el mismo destino que sus padres. Algunos la tomaron, otros no. Al final, fui el único joven que quedó en La Providencia.
Durante tres meses no me moví de la casa de mis padres, ellos decidieron desplazarse a Zitacá, donde el ejército ya estaba empezando a ganarle terreno a estos tipos. Me suplicaron que me fuera con ellos, pero yo desistí, ya que tenía el presentimiento de que me encontrarían, si me movía de allí. Durante el tiempo que estuve encerrado, traté de no moverme más que lo suficiente para comer y hacer mis necesidades. Mientras yo permanecía lo más quieto posible, afuera se desataba la guerra. Ya no eran sólo balazos que rebasaban las puertas y ventanas de las casas, eran bombas y misiles que hacían retumbar la tierra de las calles, donde temía que una pudiera destruir mi casa, conmigo dentro. Afortunadamente, mi estimado, eso no pasó.
El tiempo era indiferente para mí, ya no sabía qué día era, ni qué hora, sólo esperaba el sonido de los disparos y estallidos. Cada vez que pasaba por mi casa, me iba al cuarto y ocultaba debajo de mi cama. El último día creí que no viviría para contarlo, ya que oía a esos narcos asegurar que ya no habría más “visitas indeseables”. Mi corazón retumbó tanto que pensé que se me iba a salir. De nuevo, me oculté debajo de mi cama, deseándole a Dios que no me encontraran. Es cuando escuché otras detonaciones. El ejército no se había ido, estaban aguardando que los malditos se distrajeran para atacar. En menos de diez minutos, o al menos, eso percibí, no se escuchó nada más que disparos.
A pesar de haber cesado el fuego después, no me salí de mi cama, tenía miedo de que aún quedara uno de ellos y me fusilara si me descubría. Cuando sentí que ya no había peligro, salí de mi cama y di unos pasos lentos y silenciosos hacia la puerta, abrí sigilosamente y el polvo de la tierra entraba de manera abundante, impidiendo que yo pudiera ver la escena en un primer momento. Cuando aparté el polvo, vi casas destruidas, cuerpos inertes, tanto de narcos como de soldados, algunos con los miembros regados por doquier, no podía saber a cuál le pertenecía. En ese momento, escuché una voz que me llamaba. Alcé la mirada, temiendo lo peor, pero no era lo que creí, eran soldados apuntándome, preguntando quién era y qué hacía allí. Les dije mi nombre y les aseguré que no era peligroso, que estaba solo en mi casa, la única en la calle que permaneció intacta.
Uno de los soldados trajo una manta y me envolvió con ella, mientras me iba con ellos a su base. Allí, los médicos me atendieron y dijeron que no tenía nada grave, sólo deshidratación, debido a la impresión de la escena que presencié hace poco. Esa fue la primera vez en tres años que me sentí libre y la última vez que viví ese infierno en La Providencia.
Me reuní con mis padres y juntos nos fuimos a vivir a Tuxtla Gutiérrez, donde rentamos un departamento austero, pero con suficiente espacio para albergar los tres. Tras cumplir la mayoría de edad, conseguí un trabajo como bolsero en un supermercado llamado “Aurrerá”, donde trabajamos mis padres y yo, actualmente, para sacar adelante la vida, que ya de por sí es bastante difícil.
Hace dos meses me digné a volver a La Providencia. El lugar es tal como fue antes de que llegaran aquellos narcos a masacrarla. Visité la reserva ecológica donde alguna vez sirvió como su base de operaciones y tomé fotografías de cada extremo del lugar, las cuales te las comparto, junto con algunos recortes de periódico de aquella época, que describen cómo acontecieron los hechos que te describí.
Albergan historias en el pueblo, los cuales afirman que los soldados no pudieron desenterrar todos los cuerpos que habían en la reserva, algunos cuentan que los restos que sacaron estaban incompletos en su mayoría, ya sea porque los perros se los llevaron, o fueron utilizados (este es un rumor que no ha sido confirmado por los residentes), por los mismos narcos como ofrendas de sacrificio para algún pacto satánico. ¡Vaya forma de nunca olvidar el infierno que pasamos mi gente y yo!
Espero que puedas darle crédito a esta historia que te acabo de contar, esto de verdad pasó y fui uno de los pocos testigos que viven para narrarla. Hoy en día, la gente de La Providencia aún sigue efectuando la estrategia que yo inventé, en aquellas noches tranquilas, en las que aún se percibe el miedo a la incertidumbre, y donde ahora se mira al visitante con alerta constante y silenciosa.



