El señor de las moscas: lo que somos cuando nadie nos ve

«Quizá haya una fiera… quizá seamos nosotros.»
— William Golding, El señor de las moscas (1954)

Llego a la isla después de que el avión cae. No soy uno de los niños —soy algo anterior a ellos, algo que estaba en la isla antes de que llegaran y que estará después de que se vayan— y lo primero que noto desde esta posición de testigo invisible es la belleza. La isla es genuinamente hermosa: la laguna, la fruta que cuelga de los árboles, la playa, el bosque que sube hacia la montaña. Un paraíso. El tipo de lugar que, en otra circunstancia, sería una promesa.

En esta circunstancia es un laboratorio.

Golding publicó esta novela en 1954, menos de una década después del final de la Segunda Guerra Mundial, y la escribió desde una desconfianza profunda hacia la idea de que la civilización bastara para hacer bueno al ser humano. La pregunta que atraviesa el libro no es únicamente cómo pudo ocurrir la guerra, sino algo más incómodo: qué ocurre cuando desaparecen las estructuras que nos dicen quiénes debemos ser. ¿Qué queda cuando ya no hay adultos, leyes ni vigilancia? ¿Qué somos cuando nadie nos ve?

La respuesta de Golding no es tranquilizadora. La violencia no llega a la isla desde afuera. Ya estaba dentro de quienes llegan a ella.

Los niños son ingleses, educados, pertenecientes a un mundo que les ha enseñado determinadas reglas de convivencia. Ralph tiene el carisma del líder natural; Piggy posee la inteligencia y el sentido práctico; Jack tiene una voluntad de poder que encuentra en la isla el espacio perfecto para desarrollarse. Los observo organizarse, establecer reglas, intentar construir algo que se parezca a la sociedad que dejaron atrás. Y observo también, desde el principio, la fragilidad de esa construcción: lo delgada que puede ser la capa entre aquello que aprendimos a ser y aquello que somos cuando el aprendizaje deja de estar vigilado.

La concha es uno de los símbolos más importantes de esa primera organización. Representa la posibilidad de hablar, de ser escuchado, de establecer un orden compartido. Mientras la concha conserva su autoridad, todavía existe la idea de que una comunidad puede gobernarse mediante reglas. Pero el objeto pierde progresivamente su poder a medida que la violencia adquiere uno mayor.

La hoguera es el otro gran símbolo. Se enciende para pedir socorro, para mantener abierta la conexión con el mundo exterior, para recordar que existe una civilización a la que los niños esperan regresar. Pero mantenerla encendida exige disciplina y paciencia, mientras que la cacería ofrece algo inmediato: excitación, reconocimiento, poder. El fuego termina convirtiéndose en una medida de aquello que los niños están dispuestos a sacrificar para entregarse a sus nuevos deseos.

Y entonces aparece la bestia.

O quizá sería más exacto decir que aparece el miedo a la bestia.

El miedo organiza progresivamente a los niños y les proporciona algo que todo grupo necesita cuando comienza a fracturarse: un enemigo. La criatura que imaginan puede estar en cualquier parte porque no necesita existir físicamente para ejercer poder sobre ellos. Simon lo comprende de una manera que los demás no pueden aceptar. Es uno de los personajes más intuitivos de la novela y también uno de los más vulnerables, precisamente porque intenta mirar aquello que los demás prefieren convertir en monstruo.

La revelación de Simon es una de las claves del libro: la amenaza que buscan fuera está relacionada con ellos mismos.

Y cuando intenta comunicarlo, ocurre algo todavía más terrible. La verdad no siempre fracasa porque sea falsa. A veces fracasa porque quienes deberían escucharla no están preparados para hacerlo.

Piggy me duele más que ninguno.

Piggy, con sus lentes, con su asma, con su manera de citar las reglas como si las reglas fueran una protección contra aquello que no tiene reglas. Piggy cree en la civilización hasta el final. Cree que el orden, la razón y la palabra pueden contener la violencia. Y esa fe, que es admirable, también lo vuelve vulnerable: cuando las reglas dejan de tener valor para los demás, Piggy pierde aquello que le permitía sentirse protegido.

Jack es lo que más me inquieta porque Jack no comienza siendo un monstruo. Comienza siendo un niño. La isla le ofrece la posibilidad de descubrir cuánto poder puede obtener si abandona las restricciones que antes parecían naturales. El placer de cazar, el placer del dominio, el placer de que los demás obedezcan por miedo: Jack no inventa esos impulsos. Los encuentra dentro de sí y descubre que también puede alimentarlos.

Eso es lo verdaderamente perturbador.

La novela no pregunta si Jack es malo. Pregunta qué condiciones permiten que alguien se convierta en Jack.

Por eso la pintura sobre el rostro tiene tanta fuerza. No es solamente un disfraz. Es una forma de anonimato. Al ocultar el rostro, los niños pueden ocultar también aquello que la identidad anterior les exigía ser. Ya no son estudiantes, hijos, compañeros de escuela. Son cazadores. Y detrás de esa nueva identidad pueden hacer cosas que antes parecían imposibles.

La violencia aumenta y el lenguaje comienza a perder terreno. Las palabras que al principio servían para organizar la convivencia son sustituidas poco a poco por gritos, cantos, amenazas y órdenes. Golding muestra así algo fundamental: una sociedad no se derrumba únicamente cuando aparecen los golpes; comienza a derrumbarse cuando las palabras dejan de tener autoridad.

Los marinos llegan finalmente. El mundo adulto reaparece con su uniforme, su barco y su autoridad. Ralph es rescatado. La isla, sin embargo, no puede ser simplemente deshecha como una pesadilla.

El oficial que encuentra a los niños ve ante sí a un grupo de escolares ingleses y espera, casi naturalmente, que hayan sabido comportarse mejor. Cuando Ralph rompe a llorar, no comprende del todo la profundidad de aquello que está viendo. Para él, la escena parece formar parte de una aventura desafortunada; para Ralph, acaba de terminar un descenso que ha cambiado para siempre la manera en que entiende a sus compañeros y, quizá, a sí mismo.

El contraste es devastador.

El adulto llega para restaurar el orden, pero pertenece al mismo mundo que ha producido la guerra de la que los niños estaban huyendo.

Ahí está una de las ironías más oscuras de Golding: los niños son rescatados por una civilización que tampoco ha demostrado estar libre de la violencia que ellos mismos reprodujeron en la isla.

Me quedo en la isla cuando todos se van. El fuego que destruyó parte de la vegetación termina por apagarse. La playa recupera su belleza. El mar continúa llegando a la orilla con la misma indiferencia de antes.

Y nadie que llegue después sabrá exactamente lo que ocurrió aquí.

La naturaleza no guarda esa clase de memoria.

Solo la guardamos nosotros.

Y a veces preferimos no guardarla.

Contexto de la obra

El señor de las moscas fue publicada en 1954, después de haber sido rechazada por numerosos editores. William Golding había servido en la Marina Real británica durante la Segunda Guerra Mundial y participó en el desembarco de Normandía. La experiencia de la guerra contribuyó profundamente a su visión pesimista de la naturaleza humana, aunque la novela no debe entenderse únicamente como una alegoría de la Segunda Guerra Mundial.

Uno de sus referentes literarios más importantes fue La isla de coral, de R. M. Ballantyne, una novela de aventuras del siglo XIX en la que jóvenes ingleses abandonados en una isla consiguen reproducir los valores de la sociedad civilizada. Golding invierte deliberadamente esa premisa: sus muchachos también llegan con las reglas y valores de su sociedad, pero la ausencia de las estructuras que los sostenían permite que aparezcan otras formas de organización basadas en el miedo, la violencia y el poder.

El título procede de una traducción tradicional de Beelzebub, nombre asociado en la tradición judeocristiana con el demonio y cuyo significado se relaciona con el “señor de las moscas”. En la novela, la expresión adquiere una dimensión simbólica: la cabeza de cerdo colocada sobre una estaca se convierte en una representación material de la violencia y de aquello que los niños temen encontrar fuera de sí mismos.

La novela recibió inicialmente una atención moderada, pero con el tiempo se convirtió en una de las obras fundamentales de la literatura inglesa del siglo XX. Golding recibió el Premio Nobel de Literatura en 1983, y la Academia Sueca destacó en su obra su capacidad para iluminar la condición humana. El señor de las moscas continúa siendo leído y discutido precisamente porque su pregunta central no pertenece únicamente al mundo de sus personajes: ¿cuánto de nuestra civilización depende de las reglas que nos rodean y cuánto de ella permanece cuando esas reglas desaparecen?
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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