Paso del sur

“No lo olvidaré nunca, el pánico
y la noche que pasé bajo el tejo.
Hay una maldad espantosa en el
mundo”
– RICHARD ADAMS

Querido amigo:

Te sigo desde hace poco y me parece interesante cómo ayudas a la gente, dándoles voz, en un mundo donde nadie escucha. Mi nombre es Romualdo Villanueva, soy venezolano, originario de Maracaibo. He vivido en Chiapas durante diez años, los últimos cinco años en el municipio de Tuxtla, trabajando como albañil. La historia que te voy a contar es de cuando decidí dejar mi natal Venezuela para arribar a los Estados Unidos. Debido a lo escabroso y brutal que suena, muchas cadenas de radio y televisión en Chiapas se negaron a difundir mi historia. Es por eso, que recurro a ti, pues no tengo a nadie más.

Decidimos, quien era mi esposa en ese entonces y yo, dejar nuestra tierra y buscar el “sueño americano”. Al principio imaginé que lo peor del recorrido serían los animales salvajes en la selva del sur y centro, pero estaba muy equivocado.

Al llegar a lo que creí como un mito en mi país, el Tapón del Darién, nos encontramos con una brigada de soldados, estaban armados hasta los dientes, puedo decirte, mi estimado, que sus armas eran más grandes que ellos. Uno, quién afirmamos todos, era el líder, nos advirtió al grupo al que pertenecíamos mi mujer y yo, que sólo pasaríamos si pagábamos una cuota. Le preguntamos al soldado cuánto nos costaría esa cuota y su respuesta fue “mil dólares”.

Muchos del grupo quedamos boquiabiertos, buscamos entre nuestras pertenencias mi esposa y yo, y con suerte, logramos juntar el dinero. Algunos, sin embargo, no tenían lo que pedía, le preguntaron si había otra forma de poder cruzar. Al soldado se le formó una sonrisa en la boca, luego de ver pies a cabeza a las mujeres que afirmaban no tener la cantidad que exigían.

“-Claro que sí, sólo deja que mi gente y yo nos divirtamos un poco con las mujeres y podrán pasar”. El soldado se rio al responder la pregunta de mi compañero. Aquella respuesta nos dejó perplejos, algunas mujeres iban con sus esposos y ellos no aceptaban esa opción. Uno de ellos, de manera inocente, preguntó de nuevo si no había otra forma de pago.

“-No, hijoputa, ya dije que así van a poder cruzar, así que déjate de puñeteras y préstanos a tu mujer”.

Los otros soldados nos encañonaron a todos con sus rifles. Se abalanzaron hacia la mujer, el esposo trató de apartarla ellos, el jefe mandó dos de sus hombres a que agarraran al esposo, para propinarle propinaron una golpiza mayor. Cuando terminaron con él, el jefe sacó de sus bolsillos una pistola y le disparó en la cabeza. Nos quedamos helados al ver aquella escena. Los demás soldados tomaron a la mujer y la llevaron a un rincón de la selva, uno de ellos se quedó para vigilarnos. Los gritos de la mujer se escuchaban, rogando una y otra vez que pararan.

Le tapé los ojos y oídos a mi esposa para que no viera ni escuchara nada. Cuando terminó todo, escuché al jefe decir: “-Si tu esposo hubiera accedido cuando se lo pedimos, estaría vivo, perra”. Recogimos a la mujer y continuamos nuestro camino.

Recorrimos los canales panameños, cruzando la selva de Centroamérica, lidiando con “los maras”, a quienes consideré hasta ese momento, como extintos. Muchos soldados, entre ellos el líder que mató al hombre y violó a su esposa, junto con varios compañeros que migraron conmigo y mi mujer, perdieron la vida de maneras tan atroces: ejecuciones, explosiones, balas perdidas.

Al pasar Guatemala, nos dijeron los habitantes de allí que sólo debíamos cruzar el río Suchiate para pasar a México. Habíamos llegado en temporada de lluvias y el río se balanceaba de un lado hacia el otro, con una bravura que podía mandarnos al otro mundo en cuestión de segundos. Cuatro de nosotros se los llevó el río durante una tormenta, entre ellos, mi esposa. Al día siguiente, me encontré en una parte inhóspita de la selva, con el clima tan frío que me hacía temblar de pies a cabeza. Caminé un día hasta llegar a una ciudad, creí en ese momento que se trataba de Tapachula, como la gente de Guatemala me dijo que llegaría, si cruzaba el río Suchiate. Mi sorpresa fue tan grande, cuando me dijeron que aquella tierra era Comalapa.

Me encontraba desahuciado y solo, pensando qué sería de mi esposa. Durante cinco años trabajé y viví en Comalapa, ahorrando dinero para encontrar a mi esposa y buscar la forma de llegar a los Estados Unidos.           

En mi último año allí, llegaron grupos criminales a la ciudad, a los que ustedes llaman “narcos”. La primera vez que me crucé con esa gente, pasaron por la cuadra donde vivía, exigiendo una cuota por nuestra seguridad. Aquella situación ya me la sabía, por lo que esa vez estaba preparado. Con una escopeta que le compré a un comerciante anciano hace años, solté balazos hacia ellos, corrieron despavoridos en sus camionetas de lujo y no volvieron a molestar.  La gente de la cuadra me agradeció por mi hazaña, creímos que con eso se calmaría el asunto, pero no fue así. Al día siguiente, llegaron los mismos narcos, esta vez más acompañados y con artillería de alto calibre, parecida a lo que tenían los soldados con quienes crucé la selva. Comenzaron a disparar y bombardear la cuadra y el resto de la ciudad. En pocos minutos, todo se volvió un caos.

El presidente de Comalapa pidió intervención del ejército nacional para que nos ayudaran. Ellos llegaron dos semanas después para remediar el problema, o al menos eso creímos. No hicieron más que volver peor la situación. Todos los días se respiraba a tierra quemada, oyendo explosiones y balazos por doquier, viendo gentes masacradas y voladas en pedazos, sin poder tener siquiera un momento de paz en medio de la guerra que se desataba.

Después de un mes de vivir ese infierno, decidí que era el momento de marcharme. Una tarde, mientras todo estaba en calma por un momento, aprovechamos unos vecinos y yo para escapa. En cuanto llegamos a la salida, nos interceptaron. Se bajaron cinco hombres en la misma camioneta de la última vez se bajaron y empezaron a dispararnos. Me cubrí con los asientos de adelante y mi mochila de viaje. Cuando terminaron, sólo yo quedé con vida. No se molestaron esos sujetos en cerciorarse de que hubiera alguien con vida y se fueron. En cuanto se fueron, aproveché para escaparme del colectivo y salir de Comalapa.

Tardé tres semanas en llegar a Tuxtla, donde fui a la oficina de aduana a revelar mi identidad como inmigrante y reportar la situación que viví en Comalapa y cómo fui testigo de las matanzas que me tocó presenciar. La gente que me escuchó se horrorizó al escuchar mi historia, que mandaron llamar a su jefe. Cuando lo vi, le conté la misma historia que a sus allegados, me tomó la palabra y decidió darme asilo en una de sus casas departamentales que tienen aquí. Desde entonces, he vivido aquí, trabajando de sol a sol, guardando un poco de dinero, hasta tener lo suficiente para lograr irme a los Estados Unidos.

Con la captura de Maduro, mi objetivo de irme buscar el sueño americano desapareció. Ahora tengo la esperanza de que puedo prosperar en mi natal Venezuela, donde yo y mis antecesores sufrimos durante su dictadura y de Chávez. Sin embargo, no quiero desistir de compartirte esta historia. Quiero que mis compatriotas venezolanos y los demás habitantes del sur y centro de América sepan lo que me sucedió y qué tuve que hacer para sobrevivir.

Igual, quiero darle un mensaje a tu gente, pues también buscan llegar a los Estados Unidos. Al vivir una década en México, me di cuenta que ustedes tienen miedo de vivir el sueño americano, describiendo todo tipo de situaciones terribles y aterradoras, en aquel desierto que se encuentra arriba de ustedes. Con esta historia, sabrán que lo más difícil no es tratar de llegar al norte, sino intentar dejar el sur.

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Irving Antonio Aréchar (México)

Irving Antonio Aréchar (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1990) es escritor mexicano enfocado principalmente en la narrativa de terror. Desde la infancia encontró en la escritura una forma de expresión personal, influenciado por el cine, la literatura y las tensiones sociales que marcaron su entorno. Su obra explora el miedo no sólo como elemento fantástico, sino como reflejo de la violencia, la opresión y la pérdida de libertad dentro de la sociedad contemporánea.

En 2017 publicó la antología de cuentos Colisión, obra que recibió comentarios positivos por la crudeza y oscuridad de sus historias. Posteriormente retomó su trayectoria literaria tras concluir sus estudios de maestría en Educación, desarrollando nuevos proyectos narrativos donde profundiza en el terror psicológico y social desde una mirada crítica y profundamente humana.

Su escritura se caracteriza por abordar temas como la manipulación social, la corrupción, la violencia y la represión de la identidad individual, utilizando el horror como un vehículo para confrontar las contradicciones y fracturas del mundo actual.

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