Alexis Aparicio Díaz (México)

Mi relación con la literatura, mínima biografía

Soy Alexis Aparicio Díaz. Nací en 1999, hacia el final de una década, de un siglo y de un milenio. De padres poco presentes, y sin un acceso temprano a internet, crecí pegado a la televisión, hecho que atrofió para siempre mi percepción del mundo. Desde mis primeros años manifesté una predilección por el contenido humorístico, inclinación que moldeó uno de mis rasgos más distintivos, pues hasta la fecha me acompaña la risa: como espectador, en mi producción poética y ensayística, y en los ejes temáticos de mis investigaciones académicas. Políptoton: fui, soy y seré un burlón.

            Mi acceso a la literatura fue tardío. Debido a que en mi casa no había un sólo libro —salvo uno de Rius sobre la Revolución mexicana y otro sobre Feng Shui—, el interés me vino hasta los 17 años, cuando, sumido en una fuerte depresión, harto de sentirme nadie, andaba tras la búsqueda de un molde identitario, el cual encontré en otras personalidades depresivas que habitaban los grupos de internet. Cine, música, pintura, literatura: hice del arte mi mayor pasatiempo, el rasgo que me distinguiría de los demás. Comencé tarde, es verdad, pero lo hice con el hambre del joven que anhela conocerlo todo. Muy pronto la repetición —que más tarde mutó costumbre y luego en disciplina— se hizo perceptible, y rápidamente adquirí entre mis conocidos la imagen del muchacho escuálido y culto, burlón y pedante, aquel cuyo complejo de superioridad intelectual ocultaba sus miedos, carencias y complejos.

            Terminó el bachillerato y empezó lo que en aquel entonces tenía un indudable aspecto de seriedad. Tras subestimar un examen de admisión para estudiar arquitectura, fui bateado cual pelota en un partido de los Tomateros de Culiacán, lo que me brindó un poco de esa bendición llamada tiempo, un año para pensar qué carrera profesional elegir. Anteponiendo mis intereses, tomé el riesgo de estudiar literatura, acto que, aunque valiente, no hacía mucha gracia a una familia con pocos recursos económicos y una nula percepción de practicidad en la literatura. Como el primero del hogar en ingresar a la universidad, mi responsabilidad era estudiar derecho, arquitectura, una ingenieria o cualquier cosa que, en el imaginario colectivo, se encontrara ligada a la imagen concreta de un trabajo estable. Frente a esa decisión egoísta, era necesario que tomara en serio el camino elegido.

            Letras Hispánicas en la UAM-Iztapalapa. Al ingresar, rápidamente coincidí con gente que compartía mis intereses y ambiciones; tuve, entonces, un primer golpe al ego: todos (me refiero al pequeño grupo de 10 o 12 personas con los que me junté) éramos idénticos. Influidos por las opiniones comunes de internet, habíamos leído a Kerouac, Cortázar, Dostoievski, Beauvoir, Bolaño. Ahí despertó nuestro espíritu competitivo. Impulsados por el Dr. Alejandro Higashi —héroe finalmente vencido, férreo promotor de generaciones lectoras de poesía— creamos una especie de secta dedicada a hablar de literatura. Lo hacíamos antes y después de clase, en el salón y en los bares. En nuestra precocidad, quizás solo compitiendo por inercia, quizás solo buscando establecer una vida social, quizás solo huyendo de los lugares donde no pudimos encajar, formamos una comunidad destinada a emborracharnos y discutir sobre libros. Fue también cuando dimos nuestros primeros pasos en la escritura, unos inclinándose al cuento, otros a la poesía. No ahondaré demasiado en esa experiencia colectiva y sus consecuencias, pues rebasaría el espacio pensado para este texto, únicamente diré que su desintegración fue producto de una clara falta de principios. Cometimos todos los errores: ser viciosos, mezclarnos amorosamente, hablar mal unos de otros, ser, al fin y al cabo, una sarta de cobardes. El grupo se fragmentó, pero me dejó grandes lecciones, y, sobre todo, la oportunidad de convivir prolongadamente con personas que daban a la literatura un estatuto superior en su vida.

            El encierro de la pandemia me sentó a leer durante más de dos años. Tuve un encuentro obsesivo con la pequeña colección que había formado, en su mayoría, a base de libros usados. Tristemente despojado de la posibilidad de comentar mis lecturas y reflexiones con aquellos amigos, aprendí a construir mis conocimientos en silencio. Lo que antaño pude haber presentado como hallazgos mayúsculos, quedaban preservados para mi soledad. Es ahí cuando comencé a escribir ensayos con mayor profusión, esta vez convencido de que contarle las cosas a la página era menos ingrato que hacerlo con personas a las que no les importaba en absoluto. Encontré en Alfonso Reyes, Octavio Paz y Gabriel Zaid a los modelos más imponentes para formarme como escritor de aquel “centauro de los géneros”.

En este periodo tuve la oportunidad de tomar clases de lírica española del siglo XX con el Dr. Alberto Pérez Amador-Adam, el mayor erudito que yo haya podido conocer, un individuo capaz de moverse con una soltura envidiable por casi cualquier periodo literario, musical, arquitectónico, pictórico y, sobre todo, operístico; uno de los pocos académicos que no han cedido a la generalizada mediocridad del medio universitario. Tras leer mis breves ensayos sobre la poesía de Federico García Lorca y Vicente Aleixandre, el Dr. me contactó para invitarme a trabajar con él, pues reconocía en mí una habilidad poco usual para la escritura. Nunca terminaré de estar agradecido con él, pues, bajo el único requisito de especializarme en literatura novohispana —fenómeno que hasta la fecha me tiene fascinado—, me incluyó en un grupo de investigación que me permitiría desarrollarme profesionalmente, conocer otras personas del medio y, cosa muy significativa, ganar dinero por hacer esto. Si hoy estoy donde estoy, es en buena medida gracias a él.

            La poesía y yo. Frente a la facilidad con que ejercité el género ensayístico, mi relación con la escritura de poesía fue tortuosa. Tras leer a los poetas más eminentes del idioma, tras comprender que se trata del género que realiza operaciones más quirúrgicas con el lenguaje, no pude más que ocultar la mayor parte de mis primeros años como poeta, pues, comparado con las obras que más admiraba, me convencí de que ninguna de mis composiciones valía la pena. Lo practiqué a oscuras y con necedad, hasta que un buen día, emulando miles de versos que para ese entonces ya había memorizado, me descubrí escribiendo con el impulso rítmico que hoy me distingue. Aunque todavía titubeo y prefiero presentarme como ensayista antes que como poeta, creo que algunas de mis composiciones tienen algo de valor.

            Historia de andanzas. Entre publicaciones en revistas, videos de Youtube y TikTok, ponencias universitarias, charlas, mi primer libro publicado, lecturas en eventos como invitado o micrófonos abiertos, arrojé un sinnúmero de botellas al mar —muchas de ellas de llegada tardía al interlocutor idóneo—, lo que dio como resultado un modesto, aunque sumamente valioso, grupo de personas expectantes de mi trabajo. Gente que reconoce valor en aquello que escribo, y con la que estoy profundamente agradecido. Y también gente que me detesta y espera que me tropiece; aunque no lo quieran, estos últimos fomentan más el desarrollo. Hoy, a sabiendas de que siempre hay aunque sea una persona dispuesta a leerme, practico la disciplina, la perpetua consigna de superarme en el oficio de la escritura.

Preguntas sobre mi proceso creativo.

1. ¿Cuáles son las principales influencias o inspiraciones en tu obra?

Soy un lector de tiempo completo, por lo que procuro ser como Cervantes y leer hasta los papeles rotos de las calles. En los últimos años, sin embargo, he mostrado una predilección por las obras que, a pesar de su dificultad, han resistido el examen de los años, aquellas que llevaron hasta sus últimas consecuencias la complejidad literaria. En ese sentido, siempre regreso a obras como La fábula de Polifemo y Galatea de Góngora, Primero sueño de Sor Juana, la lírica del siglo de oro en general, los ensayos de Alfonso Reyes, Gabriel Zaid, José Joaquín Blanco, los cuentos de Juan Carlos Onetti y Jorge Luis Borges, José Trigo de Fernando del Paso, Los grandes muertos de Luis Josefina Hernández, Muerte sin fin de José Gorostiza, la poesía de Octavio Paz y un etcétera que podría prolongarse al infinito. En los últimos años, como consecuencia de mi especialización en poesía del Siglo de Oro, he procurado leer toda la literatura de los grecolatinos que se me ha cruzado, quedando fascinado por ese mundo antiguo del que surgen y surgen nuevos nombres.

2. ¿Cómo inicia generalmente tu proceso creativo?

Intento ser disciplinado. Creo que el mito romántico de la inspiración es dañino para los artistas, pues una buena obra literaria es, necesariamente, una pieza de orfebrería. Así pues, cuando se trata del ensayo, procuro planificar cada párrafo, para que el texto tenga coherencia y una secuencia lógica. Bajo la consideración de que la escritura en computadora nos volvió menos cuidadosos con el proceso de planeación, siempre redacto a mano y después lo traslado a la computadora, de ese modo los textos siempre tienen un doble proceso de corrección. En la poesía mi trabajo es menos esquemático, pero siempre procuro el ritmo. Aunque la frase diga lo que quiero, no estoy convencido hasta que no construya un todo armónico con la estructura del poema.

3. ¿Qué temas o inquietudes aparecen con mayor frecuencia en tu trabajo artístico?

En mis ensayos suelo reflexionar sobre literatura, pues me conduce  la obsesión personal y la necesidad profesional. Sin embargo, desde hace unos años, como consecuencia del interés que despertó en mí un curso de sociología de la cultura, manifesté una particular predilección por abordar fenómenos sociales populares, tales como el significado en México de la Virgen de Guadalupe, los corridos tumbados, las batallas de rap o la gastronomía callejera. En mi poesía, por otro lado, hay dos vertientes. La primera tiene que ver con una intención clasicista, pues en ella he buscado cuidar la estructura métrica y rítmica, además de que he procurado utilizar un léxico tradicionalmente poético; en ese sentido, me siento cercano a lo que algunos autores del siglo XIX y XX llamaron “poesía pura”. La segunda, por su parte, es una faceta más juguetona y vulgar, una poesía que busca generar risa y enojo. En ella suelo emplear el estilo bajo —recordando los preceptos horacianos— y escribo sobre temas menos refinados, como sátiras a la presidenta de México o composiciones dedicadas a las piernas femeninas. Sin embargo, es necesario resaltar que, inevitablemente, ambas posturas terminan por diluirse, razón por la que mis poemas más guarros suelen ser sumamente rítmicos (algunos poseen hasta desplantes gongorinos) y en mis poemas más solemnes se cuelan expresiones vulgares y de lo bajo. Creo que esto responde a las preguntas 3 y 4, razón por la que omito la segunda.

5. ¿Cómo dialoga tu obra con el contexto cultural o personal en el que creas?

Como mencioné arriba, tengo un particular interés en los fenómenos sociales populares. Soy un chismoso, me gusta observar, pero también dar sentido a eso que observo. Mi intención es encontrar la razón por la que un fenómeno cultural resuena en una gran cantidad de personas, creo que eso puede revelar ideas valiosas sobre lo que somos como sociedad. En ese sentido, me considero un sociólogo de calle, con poca metodología pero dispuesto a contarle a las personas mis reflexiones sobre lo que consumen todos los días.

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Alexis Aparicio Díaz (México)

Alexis Aparicio Díaz (1999) es escritor y académico mexicano, formado en Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Su trabajo se desarrolla principalmente entre el ensayo y la poesía, con especial interés en la literatura del Siglo de Oro, la tradición clásica y la cultura mexicana. Durante su formación ha colaborado en proyectos de investigación sobre literatura novohispana y ha participado en revistas, encuentros, ponencias y diversos espacios de difusión literaria. Entre sus principales influencias se encuentran Góngora, Sor Juana, Alfonso Reyes, Gabriel Zaid, Borges, Onetti, Fernando del Paso, José Gorostiza y Octavio Paz.

Su escritura parte de una concepción rigurosa del oficio literario, entendido como un ejercicio de disciplina, elaboración y cuidado del lenguaje. En el ensayo reflexiona tanto sobre literatura como sobre fenómenos de la cultura popular mexicana, desde la religiosidad y la gastronomía callejera hasta los corridos tumbados y las batallas de rap. En su poesía conviven una búsqueda de tradición, ritmo y precisión formal con una vertiente lúdica e irreverente, donde el humor, la sátira y lo vulgar adquieren un lugar central. Esta tensión entre lo culto y lo popular, entre la solemnidad y la burla, constituye uno de los rasgos más particulares de su escritura.

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