
«Otros pequeños debates eran harina de otro costal.
Baste decir que llegamos a sostener acaloradas discusiones sobre la conveniencia de la boda de la hija del marqués de Chapinero en aquella telenovela colombiana de sobremesa».
Despuntaba el alba y Juan mantenía sus temblorosas manos debajo del chorro del agua caliente. De ese modo, creo que trataba de contener en su interior esa turbulenta mezcolanza de rabia y anís dulce que le recorría las venas. Había dejado entornada la puerta del baño y yo lo observaba con desvelo desde el cuarto de enfermería, atenta por si debía socorrerle de cualquier trance.
Al inicio del turno, una vez repartidas las primeras tareas, me acerqué para verle de soslayo. Infringiendo las normas, le proporcioné un tubo de crema que se anunciaba milagrosa contra el agarrotamiento, pues, tras varias noches mal dormidas —encogido en el desvencijado sillón— de la habitación, sus maltrechas articulaciones a duras penas respondían.
Para colmo de males, sus pantorrillas se encontraban en la misma situación, o peor. Más bien se asemejaban a las patas de un oso pardo aletargado: pesadas, somnolientas, indiferentes al insistente trino —ese gorjeo alegre y musical— de las tempraneras golondrinas.
Aun así, apenas Juan lograba incorporarse para verlas cruzar el cielo al amparo de los primeros rayos de luz, solía decir:
—Otra mañana comienza, María, y bien podría resultar insólita.
Hablamos de la alborada, ese espectáculo natural que, con la apertura de las ventanas, daba paso a un bendito soplo de aire fresco, recibido por todos como agua de mayo para mitigar el ambiente cargado que imponía la poderosa calefacción del edificio.
Afortunadamente, aquel viento limpio iba purificando una atmósfera que, minuto a minuto, se tornaba irrespirable.
Las primeras lluvias otoñales solían coincidir con el cierre del mes de septiembre, y los días comenzaban a oscurecerse prematuramente. Una melancolía difícil de explicar parecía instalarse entonces en las habitaciones, especialmente entre tantas familias con escasos recursos llegadas de los barrios del sur.
Con la luz recién nacida, el Hospital Ferroviario, erguido extramuros de la estación de Delicias, aún se concedía una breve tregua. Un compás de espera suspendido entre timbres mecánicos y el traqueteo fatigoso de los carros del desayuno, antes de que el bullicio tomara posesión de los pasillos.
Juan escrutaba su rostro en el espejo y continuaba buscando alivio bajo el grifo, como si la mansedumbre de aquella corriente pudiera apaciguar el tumulto que llevaba dentro.
A buen seguro que buscaba una respuesta amable: el regreso imposible de la añorada mirada de su niñez, compuesta por sus expresivos ojos verdes de curiosas pupilas adimensionales y el singular lunar que manchaba el iris como si una diminuta semilla de amapola negra se hubiera posado sobre él.
Detrás de aquellos pequeños rituales se ocultaba el temor a reabrir una vieja herida de guerra que nunca cicatrizó por completo. Ese miedo venía de muy atrás.
—
Caminaban despacio entre los pinos sin hablar mucho, dejando que el crujido de las hojas secas rellenara los silencios incómodos. Eso sí, de cuando en cuando su padre rompía ese mutismo para repetirle siempre lo mismo:
—No te preocupes, hijo. Ahora hay muchos adelantos.
Eran los primeros años noventa y aquel optimismo contrastaba con los sombríos pronósticos que todavía acompañaban a muchos pacientes de cáncer.
Durante unas pocas semanas, ambos se aferraron a dicha rutina con una callada obstinación. Sin embargo, los paseos por la Casa de Campo, que solían prolongarse hasta la hora del aperitivo, no tardaron en espaciarse. Juan agradecía el esfuerzo de su padre, aunque no lograba desprenderse de una extraña sensación de artificio.
Aquella anormalidad de la normalidad, —valga la redundancia— se le antojaba cualquier cosa menos normal.
Su padre era terriblemente consciente de que la curación de su hijo escapaba a sus posibilidades y de que el mundo seguía girando sobre su eje con absoluta indiferencia, ajeno a los designios de una enfermedad que había abierto una grieta invisible en el tejido de sus vidas.
—
Llámame majadera, pero para despejar la cabeza de las aflicciones inherentes a este oficio, yo jugaba a realizar cálculos absurdos: si sumáramos los kilómetros que había pateado Juan por los pasillos y galerías, bien podría haber completado una maratón.
Lo admito. Esperaba sus andanzas con una simpatía no exenta de cierta malicia, pues casi siempre terminaban regalándome alguna observación digna de figurar en mi diario. Sus caminatas y continuos altos hacían pensar en un individuo guiado por un perro invisible que, a la par que tiraba de la correa, olfateaba —a golpe de hocico— cada esquina en busca de algún mendrugo y de paso, del lugar idóneo donde aliviarse.
La cosa no acababa ahí.
Un día, mi buen Juan decidió añadir un nuevo itinerario. A media tarde le gustaba acercarse al despacho y solicitar —en broma o en serio— un billete de ida y vuelta para emprender un desplazamiento más largo que, según afirmaba, ofrecía además un variado paisaje entre paradas.
Se refería al viaje que le brindaba un tren de Cercanías imaginario, cuyo trayecto discurría desde la cabecera del corredor principal hasta el vestíbulo de entrada.
Era precisamente en aquel hall que él consideraba una suerte de vía muerta, donde se entretenía a ajustar un viejo reloj redondo de agujas, marca Cándido Valverde, fabricante —decía él con orgullo— que había suministrado esta maquinaria de precisión a RENFE y, por extensión, a hospitales como el nuestro: “el Ferroviario” de todos.
Aunque no siempre predicara con el ejemplo, era un hombre amante de la puntualidad y vaya si le llevaba los demonios cuando el tic-tac del dichosito aparato se retrasaba sin ton ni son.
Mi servicial viajero era además una persona analítica. Se fijaba en detalles que otros pasaban por alto: el escalón del vestíbulo, desflecado por miles de pisadas, o el balaustre de latón, castigado, como su compañero de mármol, por incontables agarres.
Solo por eso, no faltaría quien lo tachara de insano, incluso atribuirle una personalidad turbulenta, pero yo conocía de cerca los estragos de la ansiedad y nada de aquello me sorprendía.
El caso es que, cuando Juan perdía los nervios y liberaba su congoja a grito pelado por la fatalidad que se cernía inexorable, yo le susurraba que, cuando llegase el momento, él permanecería unido a los suyos con más fuerza que nunca.
Así lo habían dispuesto el cosmos, la naturaleza, la Madre Tierra y Dios.
Otros pequeños debates eran harina de otro costal. Baste decir que sostuvimos discusiones acaloradas sobre la conveniencia del casamiento de la hija del marqués de Chapinero en aquella telenovela colombiana de sobremesa. El tema era tan farragoso que, para resolverlo, habríamos necesitado un jurado popular y quizá una comprensión profunda de los postulados de Albert Einstein o Stephen Hawking.
Sea como fuere, siempre regresábamos a nuestras tareas con la promesa tácita de reabrir el debate al día siguiente. Hasta que, en un día entre semana, ocurrió algo escandaloso que estuvo a punto de quebrar la confianza que yo había depositado en Juan.
Permítaseme una licencia: por una sola vez el lector jugará con ventaja y tendrá acceso a un pensamiento inaccesible incluso para mí.
Dios mío. ¿Pero en qué leches estás pensando? Si te servía con verla unos minutos para sentirte el hombre más afortunado del mundo. ¿Era realmente necesario añadir a la ecuación una inoportuna erección?
Maldita sea… Uno supone que determinadas agitaciones de adolescente pertenecen ya al pasado. No obstante, el cuerpo acostumbra a conservar opiniones propias.
Por fortuna, me salvó la campana. O, para ser más exactos, la irrupción repentina del Sinesio de turno, que apareció estirándose las puntas de un bigote a lo Gaudí, como tenía por costumbre.
Surgió por la puerta sin previo aviso y yo aproveché la confusión para recomponer la escena con una dignidad más que discutible.
Reconozco que mi juicio no era del todo imparcial. Aquella costumbre de rondar a María y al resto de mujeres de la planta como un perro faldero no me animaba precisamente a ponderar sus virtudes. De ahí que terminara fijándome en detalles poco favorecedores, como sus larguísimos brazos que lo hacían clavado a la criatura que desciende de la nave en el tramo final de Encuentros en la tercera fase.
Durante unos segundos temí que ellos hubieran advertido mi pequeño embarazo. Si así fue, tuvieron la delicadeza de no mencionarlo jamás. María retomó la conversación con su compañero y comenzó a hablar de tensiones arteriales, pautas de medicación y otros asuntos que nada tenían que ver conmigo. Yo permanecía allí, asintiendo de vez en cuando con una solemnidad absurda, como si aquellas indicaciones clínicas también me incumbieran.
Y yo, tonta de mí, sin enterarme absolutamente de nada.
—
Pensándolo con calma, por vergonzoso que hubiera resultado para ambos aquel episodio, no dejaba de ser una simple anécdota. Lo verdaderamente preocupante fue enterarme, por boca de mis colegas, de que nuestras quedadas cada vez le sabían a menos. Apenas comenzaban, ya sentía que se le escurrían entre los dedos.
De repente comprendo muchas cosas: los bocaditos de nata, las excusas para rondar el control en la hora del desayuno y aquel rubor que le cubrió el rostro después de besarme en la mejilla en una de nuestras reuniones programadas.
Me viene a la memoria la tarde en que la escasez de personal nos jugó una mala pasada. El celador no aparece por ninguna parte y siendo la única enfermera de la planta, me toca improvisar. Necesito ayuda para movilizar a un paciente corpulento que se ha manchado hasta la cintura y, ni corta ni perezosa, tiro de Juan.
Él acepta de inmediato. Ni siquiera pregunta para qué lo necesito.
Durante más de media hora trabajamos codo con codo intentando asear a aquel pobre hombre, cuya condición degenerativa apenas le permite colaborar. Tengo muy presente que los guantes han terminado rompiéndose —no disponía de otros de su talla y los que le he entregado le quedaban demasiado ajustados— y la suciedad le ha llegado a los antebrazos.
Aun así, no escucho una sola queja.
Cuando aparece la supervisora me llevo una reprimenda memorable. No le falta razón. Jamás debería haber permitido que un familiar participara en una tarea semejante.
Qué bochorno.
Antes de regresar a la habitación de su padre, mi jefa le conduce hasta una sala contigua para poder lavarse y aplicarse un desinfectante. Allí, por lo visto, Juan continúa pidiendo disculpas por el malentendido, eximiéndome de responsabilidad. Explica que, visto mi apuro, ha sido él quien se ha ofrecido voluntariamente. Sus palabras no la convencen plenamente, pero sí consiguen suavizar su enfado.
Poco después, al cruzarse de nuevo conmigo, me guiña un ojo con una naturalidad desarmante. Yo, incapaz de contenerme, le devuelvo una sonrisa de cierta complicidad.
Durante bastante tiempo creí que aquel episodio no había tenido mayor trascendencia. Ahora ya no estoy tan segura: ¿Acaso con ese gesto le di pie a algo?
Ya se sabe que, los hombres tienden a ser demasiado infantiles…
—
Fuese como fuese, la acumulación de tan variopintos acontecimientos me obligó a leer entre líneas.
Su padre, una persona afable, educada y tremendamente agradecida, tampoco me ayudó demasiado a mantener las distancias. Con el paso de las semanas acabé tomándole en gran estima. Especialmente entrañables fueron los momentos en que le humedecía el cabello con agua de colonia antes de peinarlo. Era entonces cuando el muy pícaro aprovechaba para decirme que yo le gustaba mucho para su hijo y que me decidiera pronto, pues le quedaba poco tiempo para ejercer de suegro. Y eso me sonrojaba.
¿Sería verdad que padre e hijo estaban compinchados en esta empresa?
A aquellas alturas ya nos habíamos convertido en la comidilla del servicio. Mis compañeras me decían:
—¿Y qué hay de malo en ello? Juan parece honesto y, a sus casi cuarenta años, aún es bien parecido.
Otras, las más jóvenes, eran todavía más directas:
—¿Y qué daño haces dándote un buen revolcón?
Yo evitaba entrar al trapo. Siempre fui una persona poco dada a los cambios y, por ende, muy apegada a mis hábitos cotidianos. Mi vida transcurría entonces, entre aquellas interminables paredes vestidas de azulejo blanco y enjutos mosaicos de color, y una dependencia cada vez más difícil de disimular a los barbitúricos. Su consumo se extendía de abajo arriba, desde los escalafones más modestos hasta los facultativos más reputados que soportaban interminables turnos de trabajo.
Mis reservas con el sexo iban mucho más allá. La loca idea de acostarme con el hijo de un paciente moribundo me descolocaba. Es más, chocaba de bruces con la manera en que me habían enseñado a ejercer la enfermería.
No en vano, me había formado en el antiguo Hospital de Jornaleros de Chamberí, todavía heredero de la tradición de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, a cuyos principios seguía fiel, a pesar del riesgo de ser considerada una anticuada.
Por otro lado, ¿quién había dicho que yo tuviese que hacer semejante cosa?
Tras comprender lo que estaba ocurriendo y en previsión de que mi determinación comenzase a flaquear, opté por evitar, en adelante, las situaciones que favorecían una intimidad cada vez mayor entre Juan y yo.
Una vez, sin que él lo advirtiera, le escuché hablando con su padre:
—Qué iluso he sido, papá. Pensar que María pudiera fijarse en mí. Bastante hemos de agradecer cómo te cuida. Y también por verla cada mañana iluminando este hospital con esa sonrisa suya.
Al oír aquello, decidí no interrumpirlos. Pospuse unos minutos la toma de constantes y me di media vuelta procurando no echar la vista atrás. Aunque mejor hubiese sido que la tierra me tragase.
—
La noticia me llenó de una tristeza inesperada. El lunes me tocó cerrar entre lágrimas el expediente de su padre.
Al fin y al cabo, era una tarea rutinaria, una más entre tantas otras. Sin embargo, archivar el último electrocardiograma de un paciente era algo tan inevitable como demoledor. Durante días, incluso semanas, uno se acostumbraba a contemplar aquellas líneas que, aun quebradas, todavía hablaban de una vida empeñada en resistir. Después llegaba ese silencioso y trazado plano, incapaz ya de prometer nada.
Siempre me resultó el papel más difícil de guardar. Porque, si bien el resto de los documentos describían la lucha, aquel certificaba que ya no quedaba ninguna batalla por librar.
Tan solo quedaba la ausencia.
Juan había afrontado solo el fatal desenlace durante la madrugada del viernes al sábado, pues yo estaba de permiso. Cuando regresé al servicio, la habitación ya había sido ocupada y las huellas de quienes la habían habitado se habían borrado bajo la agresiva lejía de las limpiadoras.
De esa nave hundida, únicamente logró salvarse esa monotonía que, estúpida de mí, siempre había anhelado y que él jamás volvió a romper.
Estuve tentada de llamarle para darle el pésame y acudir a la misa de difuntos, pero no lo hice. El remordimiento por mi distanciamiento me atenazaba profundamente.
Al cabo de unos meses, coincidiendo con las Navidades, Juan remitió una conmovedora carta deshaciéndose en halagos hacia el personal del centro.
Ya en la etapa final, cuando su padre fue sedado, se impuso la tarea de leerle cada día al menos un capítulo de su cuento favorito de la infancia —el mismo que este le había leído tantas veces antes de dormir—. Por este motivo, quiso agradecer la colaboración de quienes, en los escasos minutos de respiro que se permitía, aceptaron relevarle voluntariamente en aquellas lecturas.
Y, pese a todo, en esa lista de nombres propios aún tuvo la deferencia de señalarme.
No sé… Igual solo era un pálpito, pero a mí me pareció que esas líneas encerraban algo más que un simple agradecimiento. Me sonaban a una manera de demorarse un poco más en la despedida.
Hay personas que, cuando pierden a alguien, necesitan pasar página enseguida; otras, en cambio, buscan cualquier pequeño vínculo que les permita seguir sintiendo que aquella vida no se ha desvanecido del todo. A veces basta una carta. Otras, una más que reutilizada carpeta azul de cartón repleta de informes médicos.
Digo esto porque se la había visto a Juan más de una vez, resguardada como un tesoro sobre el regazo. En ella conservaba cada alta hospitalaria con la esperanza de que no fuera la última, sino una victoria provisional antes de la siguiente.
De hecho, cada vez que su padre volvía a ingresar, en lugar de mostrar únicamente el más reciente, desplegaba sobre la mesa toda la colección, como si quisiera convencer a los médicos, sin necesidad de pronunciar una sola palabra: «Ya hemos pasado por esto. También esta vez saldrá adelante».
¿Estaría yo en lo cierto?
Cuando todo termina, los registros dejan de tener utilidad clínica, pero adquieren un peso imposible de explicar. No representan nada. Y al mismo tiempo, lo representan todo.
No pude apreciarlo in situ. Quienes estuvieron presentes en el deceso me contaron que, para cuando Juan perdió definitivamente a su padre, la pesada carga de sus temores cayó de golpe.
Sus gestos se volvieron mesurados, su voz más contenida; había conquistado una presencia de ánimo de la que hasta ese momento había carecido. Yo no sabía si aquello era un mecanismo de defensa, un alivio pasajero o el comienzo de una aceptación verdadera, pero la verdad es que parecía haber cambiado notablemente.
Como él mismo reconocería más adelante a sus más íntimos, supo aparcar un duelo que ya había vivido anticipadamente, en silencio y con vergüenza, casi de forma obscena.
No volvió a pisar la clínica. De modo que la imagen serena que me describieron de él fue la que decidí conservar. La de un hombre que ya no necesitaba hervirse las manos en el lavabo.
Mis siguientes pasos continuaron como siempre. Los ingresos se sucedían unos tras otros, las medicaciones cambiaban de nombre, los pasillos recuperaban ese bullicio incesante que termina de anestesiar cualquier emoción.
Sin embargo, algo pasaba. Un inexplicable vacío me acompañaba en mis idas y venidas por la planta. Incluso me entretenía más de lo necesario en la habitación 202, con la absurda sensación de que, en cualquier momento, alguien me preguntaría si aquella mañana las golondrinas también habían madrugado.
¿Qué era exactamente lo que echaba de menos? La pregunta regresaba una y otra vez, discreta pero obstinada, como una espina diminuta clavada en la yema de un dedo que uno no consigue extraer.
No era un pensamiento insoportable; simplemente permanecía ahí, velado por una bruma con la que llevaba demasiado tiempo conviviendo. Así, permanecí resignada durante unos meses más, hasta que una noche arrojé con rabia los barbitúricos por la ventana y me obligué a pensar con claridad.
Titubeé lo mío antes de marcar y, mientras escuchaba el tono de llamada, una única pregunta ocupaba toda mi mente:
¿María, por qué conservas su número entre tus notas personales?
Un tono. Dos. Tres…
—
Me costó reconocerle. Quien aguardaba bajo la marquesina de la estación distaba bastante de quien yo recordaba.
Vestía un abrigo largo de paño claro, un elegante pantalón Oxford de cintura alta y unos zapatos ingleses impecablemente lustrados. Bajo el cuello del abrigo asomaba un llamativo jersey color corinto. Sobre la cabeza, un sombrero de ala ancha completaba el conjunto.
Juan se encontraba inmerso en un pequeño cuaderno de sopas de letras y, de tanto en tanto, se llevaba a la boca un lapicero de esos con goma. Solo a ratos levantaba la vista para examinar distraídamente el trasiego de viajeros que cruzaban el andén, de manera que no advirtió mi presencia de inmediato.
Por fin, nuestras miradas conectaron y sentí cómo el corazón me daba un vuelco. Él cerró el cuaderno y emprendió el camino hacia mí con una calma desesperante, como quien disfruta de un paseo sin destino.
A mí, aquellos pocos metros se me antojaron interminables.
Yo no salía de mi asombro. En ese instante estaba descubriendo a un sujeto distinto, más sólido, más hecho, más entero, que había dejado atrás la inseguridad que lo consumía. Mucho más atractivo de lo que había estado dispuesta a admitir.
Cuando por fin llegó a mi altura, reparé en el brazalete negro que, en señal de luto, llevaba ceñido a la manga izquierda del abrigo. Recortado sobre la tela clara, destacaba de tal manera que atraía la atención de inmediato.
—Buenas tardes, María…
Bajé la vista hacia la mano que me tendía. Lo hizo con una formalidad tan estudiada que resultó casi irritante y, a mi entender, algo vengativa. O eso me pareció.
Me había quedado un poco pasmada por un recibimiento tan frío. Después de todo, me había arreglado para la ocasión. Y eso, en mi caso, ya era mucho. Suponía ponerme, como excepción, un sencillo vestido por encima de las rodillas y rescatar de la cómoda un viejo Playtex Cruzado Mágico de fino encaje que llevaba años condenado al olvido.
Casi sin darme cuenta, entrelacé mis dedos con los suyos. Negué suavemente con la cabeza y murmuré:
—Ay, Juan…
Aún algo turbada, volví a fijarme en él. Las ojeras del cansancio habían cedido su lugar a unas discretas arrugas de expresión que le sentaban sorprendentemente bien.
Luego, lo sujeté con firmeza por las solapas de su abrigo y tiré suavemente hacia mí.
Lo besé tiernamente en los labios.
Y vaya si lo hice: sin prisas, sin permiso y sin derecho a réplica.
—
Al día siguiente, la vida reanudó su marcha habitual.
Los ingresos seguían llegando, los avisadores sonaban sin descanso y los residentes recién incorporados recorrían los pasillos con ese desconcierto que tantas veces había visto.
Durante mucho tiempo, en el tablón de anuncios, aquellas alentadoras palabras siguieron encontrando un hueco entre las listas de cada nueva convocatoria de residentes y los comunicados de toda índole, resistiéndose al olvido con una obstinación que nunca dejó de conmoverme:
«He sido afortunado, pues he disfrutado el tiempo suficiente para experimentar cómo un hijo quiere a un padre y para querer a un padre como si de un hijo se tratase».
Tal vez la vida consista precisamente en eso. En dejar fragmentos de nosotros mismos en el corazón de quienes encontramos en el camino, aunque nunca lleguemos a saberlo.
En mi fe quiero creer que padre e hijo traspasaron las fronteras del tiempo y el espacio; que, de algún modo, la naturaleza los acogió sin estridencias.
Que finalmente se disolvieron en la savia secreta del mundo. Hechos testigos mudos de cada nuevo amanecer.



