Huckleberry Finn: lo que el río sabe y no dice

“Está bien, entonces me voy al infierno.”
— Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn (1884)

El río no juzga.

Eso es lo que aprendo antes que cualquier otra cosa en este viaje: que el Mississippi no tiene opiniones sobre quién viaja en él, que no distingue entre el libre y el esclavo, entre el honesto y el tramposo, entre el que huye de algo y el que busca algo, porque el río es lo que es sin necesidad de ser nada más que eso. Un movimiento constante hacia el sur, una anchura que en ciertos puntos hace que las dos orillas parezcan pertenecer a mundos distintos, una oscuridad nocturna que se convierte, para Huck y para Jim, en la forma más segura de libertad disponible.

Soy Huck Finn. O soy algo que se mueve muy cerca de Huck Finn, tan cerca que la diferencia entre observar y ser se vuelve irrelevante en la oscuridad del río.

Twain me dio una voz que es, a mi juicio, una de las grandes invenciones de la literatura norteamericana: la voz de un niño que no ha aprendido todavía las mentiras convenientes que el mundo adulto llama educación. Huck habla como piensa y piensa sin los filtros que la sociedad instala para hacer que ciertas verdades resulten invisibles. Y esa ausencia de filtros, que a veces parece ingenuidad y que a veces es una forma de claridad más honesta que cualquier sofisticación, es lo que hace que este libro diga cosas que ningún adulto de su época podría haber dicho sin que le costara demasiado.

Jim es libre en el río. En la orilla no lo es. Esa distinción simple y brutal es el corazón moral del libro, y Twain la mantiene con una consistencia que nunca se vuelve explícita porque no necesita serlo: está en cada escena, en cada momento donde la balsa llega cerca de tierra y Jim tiene que esconderse, en cada conversación donde Huck tiene que mentir sobre quién lo acompaña. La esclavitud no es el tema del libro en el sentido de que se discuta: es el mundo del libro, el aire que todos respiran, la condición que organiza todo lo demás.

Y Huck, que soy yo, que tiene doce años y una conciencia que funciona mejor de lo que él mismo cree, tiene que decidir. Tiene que decidir si entrega a Jim a las autoridades como la ley y la moral convencional de su tiempo exigen, o si lo protege como algo más profundo que la ley y más verdadero que la moral convencional le dice que debe hacer. Es la decisión más importante que Huck toma en el libro, y la toma de una manera que Twain construyó con una precisión demoledora: Huck decide ir al infierno.

Literalmente. Escribe una carta delatando a Jim, la sostiene en la mano, y luego piensa en el río, en las noches de la balsa, en las conversaciones, en la persona que Jim es más allá de la categoría en que el mundo lo ha puesto. Y rompe la carta. Y dice, con esa voz suya que no tiene el vocabulario para lo que acaba de hacer pero que lo hace de todas formas: está bien, entonces me voy al infierno.

No hay en toda la literatura norteamericana un momento de valentía moral más poderoso ni más sencillo. Huck no tiene un marco teórico para lo que acaba de decidir. No ha leído a los abolicionistas. No conoce el vocabulario de los derechos. Solo sabe lo que siente, y lo que siente contradice todo lo que le enseñaron, y en ese espacio entre lo enseñado y lo sentido toma la decisión más humana que puede tomar.

El río nos lleva. Las orillas cambian, los pueblos aparecen y desaparecen, los impostores suben a la balsa y complican todo con su presencia porque así funciona el mundo de Twain: no hay aventura limpia, no hay camino sin obstáculos que vengan de la propia humanidad de los que lo recorren. El Duque y el Rey son dos de los personajes más divertidos y más tristes que he encontrado en ningún libro: tramposos de baja estofa que se presentan como nobles caídos y que son, en su manera ridícula y dañina, un retrato fiel de cierta clase de oportunismo que no tiene época.

Los aguanto. Huck los aguanta mejor que yo porque Huck tiene esa cualidad de los que han crecido con el caos como condición normal: una adaptabilidad que no es resignación sino pragmatismo. No los admira. Los tolera hasta que no puede tolerar más. Y cuando ya no puede, actúa.

La noche en el río tiene su propia educación. Hay conversaciones entre Huck y Jim en las horas pequeñas, cuando la orilla está lejos y el silencio del agua es la única compañía, que son las más verdaderas del libro. Hablan de cosas que en tierra no podrían hablarse: sobre la libertad, sobre la familia, sobre lo que significa pertenecer a alguien o no pertenecer a nadie, sobre el miedo y la esperanza y la manera en que ambos coexisten sin anularse. El río crea una intimidad que la tierra no permite.

Me quedo con eso cuando el viaje termina. No con la aventura, que la hay, ni con los peligros, que también los hay. Me quedo con las noches en la balsa, con la corriente que nos llevaba sin preguntarnos a dónde queríamos ir, con Jim que era libre en el agua aunque no lo fuera en ningún otro lugar, con Huck que tomó la decisión más valiente de su vida sin saber que era valiente.

El Mississippi sigue fluyendo. No recuerda nada. Pero lo llevó todo.

Contexto de la obra

Las aventuras de Huckleberry Finn fue publicada en 1884 y es considerada por muchos críticos la novela fundacional de la literatura norteamericana moderna. Ernest Hemingway escribió que toda la literatura norteamericana contemporánea desciende de un libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn. La obra fue inmediatamente controversial: la biblioteca de Concord, Massachusetts, la prohibió en 1885 por considerarla basura de la peor clase. Ha sido prohibida o restringida en múltiples ocasiones a lo largo de su historia, tanto por el lenguaje racial que refleja la época como por lo que se consideró en su momento una influencia corrosiva sobre los jóvenes. Twain utilizó más de una docena de dialectos regionales distintos para los diferentes personajes, en un trabajo lingüístico que no tenía precedente en la literatura norteamericana. La novela es simultáneamente una aventura de iniciación, una sátira social y uno de los documentos morales más honestos que la literatura del siglo XIX produjo sobre la esclavitud y la hipocresía de las sociedades que la sostenían.
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El viajero de las palabras [México]

No lee los libros: los habita. Entra en los textos, camina sus pasillos, escucha el pulso de la historia y convive con los personajes en sus propios territorios. Cuando regresa, lo hace con los ojos distintos y la ropa llena de polvo literario. El Viajero de las Palabras es cronista que escribe desde adentro de la obra, sin juzgar ni clasificar. Su voz mezcla la precisión y la sensibilidad del soñador. No revela finales: prefiere dejar una puerta entreabierta para que quien lea decida si se atreve a cruzar.

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