
“Me resulta imposible no reflexionar sobre los pequeños humanos cuando contemplo estas maravillas.”
— Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver (1726)
El tamaño lo cambia todo.
Eso es lo primero que aprendo en este viaje, y lo aprendo dos veces, en direcciones opuestas, con resultados igualmente perturbadores. En Liliput soy un gigante entre seres diminutos que me atan mientras duermo con cuerdas del grosor de un hilo y que organizan expediciones militares para decidir qué hacer conmigo. En Brobdingnag soy una miniatura en manos de criaturas enormes que me exhiben como curiosidad y me observan con esa mezcla de condescendencia y fascinación que los poderosos reservan para lo que no entienden pero no quieren ignorar.
Soy Lemuel Gulliver. Médico de barco, hombre razonable, observador meticuloso. O al menos eso creo ser al principio.
Swift me diseñó así con premeditación: un narrador que parece confiable, que describe todo con la precisión clínica de quien toma notas para la ciencia, y que sin embargo va revelando, página a página, una ingenuidad que bordea la ceguera. Gulliver ve todo y comprende muy poco. Y esa distancia entre lo que ve y lo que entiende es exactamente el espacio donde Swift instala su sátira, que es la más feroz y la más inteligente que el siglo XVIII produjo, y que tiene la cualidad inquietante de las sátiras genuinas: no envejece porque lo que describe no envejece.
En Liliput observo guerras. Guerras entre facciones que se distinguen por el extremo del huevo por el que prefieren romperlo. No es una simplificación que yo haga para resumir: es literalmente el origen del conflicto, la causa declarada del enfrentamiento entre Lilliputianos y Blefuscudianos, y Swift la describe con la misma seriedad con que un cronista describe una batalla real porque quiere que la absurdidad sea total. Los hombres pequeños pelean por cosas pequeñas con una convicción que no disminuye por el tamaño de los combatientes ni por la irrelevancia de la causa.
Y mientras los observo, soy el gigante. Tengo el poder. Podría detenerlo todo. No lo detengo, o lo intento y fallo, o lo logro temporalmente y luego el sistema se recompone porque los sistemas tienen esa tendencia: a recomponerse alrededor de sus propias lógicas aunque esas lógicas sean absurdas. El poder no cambia de naturaleza porque uno sea grande. Simplemente se hace más visible.
En Brobdingnag aprendo el reverso. Soy pequeño y los gigantes son, sorprendentemente, más sensatos que los pequeños. El rey de Brobdingnag me escucha describir Europa —sus guerras, sus instituciones, sus logros, su historia— con una paciencia que va convirtiéndose gradualmente en horror. Y al final de mi relato me dice algo que Swift eligió como una de las sentencias más devastadoras de toda la novela: que la mayor parte de mis compatriotas parecen ser la más perniciosa raza de odiosos insectos que la naturaleza haya permitido que se arrastre por la superficie de la tierra.
Me ofendo. Por supuesto que me ofendo. Gulliver siempre se ofende cuando la verdad llega de una forma que no había anticipado.
Eso también es parte del diseño de Swift: hacer que el lector se identifique con Gulliver lo suficiente para compartir su incomodidad, para sentir el filo de esa descripción no como algo que se dice sobre otros sino como algo que se dice sobre nosotros. La sátira funciona cuando duele en el lugar correcto. Y Los viajes de Gulliver duele en varios lugares a la vez.
El viaje al país de los Houyhnhnms es el más perturbador. Los Houyhnhnms son caballos que razonan, que viven según la razón pura, sin pasiones destructivas, sin guerras, sin mentira. Y los Yahoos son criaturas humanoides, sucias, violentas, gobernadas por sus impulsos más básicos. Gulliver llega ahí y le toma un tiempo doloroso aceptar que los Yahoos se parecen a él. Que se parecen a nosotros. Que la diferencia entre la bestia y el hombre que Swift establece no favorece al hombre tanto como nos gustaría.
Camino entre los Houyhnhnms con una vergüenza creciente que Swift no hace nada por aliviar. No hay redención disponible en este capítulo. No hay versión donde la humanidad salga bien parada. Solo hay el espejo, claro y sin piedad, y la imagen que devuelve.
Lo que me llevo de este viaje no es ni la maravilla ni la aventura en el sentido que esas palabras tienen habitualmente. Me llevo la incomodidad. Y creo que eso era exactamente lo que Swift quería: no lectores maravillados sino lectores incómodos, lectores que salgan del libro mirando el mundo con un grado adicional de sospecha hacia las certezas que habían dado por garantizadas.
El tamaño lo cambia todo, sí. Pero lo que no cambia, sin importar la escala, es la capacidad humana para construir sistemas absurdos y defenderlos con absoluta seriedad.
Eso, concluye Swift con su ironía característica, es lo que nos hace únicos.
Contexto de la obra
Los viajes de Gulliver fue publicada en 1726 por Jonathan Swift, deán de la catedral de San Patricio en Dublín y una de las mentes más corrosivas de la literatura en lengua inglesa. La obra apareció de forma anónima —Swift temía, con razón, las consecuencias políticas de su contenido— y fue recibida con una mezcla de deleite y escándalo que no ha disminuido desde entonces. Cada uno de los cuatro viajes apunta hacia un blanco satírico diferente: la política de partidos en Liliput, el contraste entre tamaño y sabiduría en Brobdingnag, la ciencia sin sentido práctico en Laputa, y la naturaleza humana en su conjunto en el país de los Houyhnhnms. La novela ha sido leída como cuento infantil de aventuras —una lectura que Swift habría encontrado irónica— y como uno de los documentos más pesimistas sobre la condición humana que la literatura occidental ha producido.



