La calle siempre huele a humo, gasolina y cansancio. Bajo el gris de los edificios y el zumbido de los motores, hay una franja olvidada: el camellón que divide la avenida Arcoiris. Allí viven, como sombras que nadie mira, un grupo de niños que han aprendido a sobrevivir donde otros apenas logran esperar el cambio de un semáforo. Todavía conservan la risa, la complicidad, la ilusión de ser familia cuando nadie más lo es.
Nadie los ve. O, mejor dicho, todos los ven y todos los olvidan. Cuando la luz roja prende en el aire, cuando los autos se detienen y los cristales de las ventanillas reflejan miradas cansadas, ellos entran en escena, se lanzan como si la vida entera dependiera de ese instante detenido. La calle es su pista de circo, y los segundos suspendidos del semáforo se convierten en su función.
Primero aparecen los más pequeños, dos niños pintados de payasitos. Tienen apenas seis o siete años, sus mejillas manchadas de un blanco irregular y sonrisas torcidas con crayola roja. Ellos no hacen trucos, sólo extienden sus manos y sonríen, caminando entre los autos con una inocencia que ya parece aprendida de memoria. Luego surgen los acróbatas improvisados: un niño y una niña de unos ocho años, lanzan al cielo tres pelotas de colores desteñidos. Suben y bajan con una armonía frágil, como si el mundo pudiera sostenerse en ese equilibrio de manos pequeñas. A los costados, otros pequeños se paran de manos, girando sobre sus muñecas flacas mientras sus pies tiemblan hacia el cielo.
En el centro se alza un niño de nueve años que sostiene una escoba vieja. La coloca sobre su nariz, y el palo tiembla, pero no cae. Su rostro se endurece como el de un hombre, aunque apenas carga la sombra de su infancia.
Y allí, en el centro del espectáculo, aparece ella: la niña del fuego. Tiene catorce años, la piel tiznada de hollín y la mirada que brilla más que las llamas que invoca. Avanza al centro de la calle como si se abriera un telón invisible. Sostiene en la mano una antorcha pequeña, encendida, y con la otra se lleva a los labios un trago mínimo de gasolina. Los demás se apartan, cediendo el protagonismo. Entonces, de su boca surge un estallido de llamas que ilumina los rostros, que tiñe de naranja las ventanillas y que por un segundo parece incendiar la ciudad entera. Los conductores miran, primero con sorpresa, luego con una chispa de maravilla. Algunos incluso sonríen. Ella se ha vuelto dragón, maga, diosa del fuego.
Desde un extremo, otro adolescente la observa con los ojos muy abiertos. Tiene quince años, delgado, huesudo, y se ha encargado de preparar un rectángulo con una lona donde ha esparcido trozos de vidrio roto. Son fragmentos de botellas verdes y marrones, que brillan como joyas bajo el sol. Se acuesta con el pecho desnudo. El filo del cristal se hunde en su piel, y él aprieta los dientes. Pero mientras el dolor lo atraviesa, sus ojos no miran al cielo ni a los autos. Sus ojos buscan a la niña del fuego.
La mira con el temblor secreto de quien ama en silencio. Admira cómo su fuego ilumina el gris de la vida, cómo hace olvidar por unos segundos que todo lo que los rodea es ruina y abandono. Para él, ella es más que compañera: es un milagro que camina descalzo sobre el asfalto.
El semáforo titila. Falta poco para que el rojo muera. Los niños lo saben, el tiempo siempre es tirano. En un movimiento rápido recogen lo que pueden: algunas monedas caídas en manos pequeñas, miradas indiferentes tras los vidrios oscuros de los autos. Vuelven al camellón riendo, jadeando, como si la calle hubiera sido un escenario real y ellos artistas celebrando la función. Contar monedas es su forma de aplaudir.
Y esperan. Un nuevo rojo, un nuevo acto. La función comienza de nuevo, pero esta vez la atmósfera es distinta. El cansancio se mezcla con un aire extraño, más denso, como si las llamas que invocará la niña fueran a devorar más que aire. Los pequeños payasos repiten su rutina, los acróbatas se lanzan al pavimento con sus manos temblorosas, las pelotas vuelan torpemente en círculos torcidos. El niño de la escoba se concentra con un sudor frío.
Y entonces ella. La niña del fuego. Sopla una llamarada. Pero esta vez, la llama es más alta, más feroz, más hermosa que nunca. Un chorro ardiente que tiñe de oro la tarde, que arranca un murmullo de asombro tanto de los niños como de los conductores detenidos. Algunos bajan el vidrio para mirar mejor. Otros levantan sus celulares. Ella brilla. Ella arde.
Él, el chico de los vidrios, la mira como si en ese fuego hubiera encontrado un universo. Fascinado, olvidado de sí mismo, se recuesta en su cama de cuchillas, pero no mira al suelo: la mira a ella.
Y entonces el tiempo cambia de forma.
El semáforo pasa al verde con una lentitud que nadie percibe excepto, quizás, él. El motor del primer auto ruge antes de moverse, como una advertencia que llega tarde. El chico no lo escucha, sus ojos todavía están llenos de fuego. La llanta lo alcanza en el costado y lo arrastra sobre el asfalto con una violencia sorda, sin drama, casi mecánica. El vidrio que estaba debajo de él ahora está dentro de él. La lona se enreda. El cuerpo gira una vez, dos, como un muñeco al que nadie sostiene, y queda quieto a unos metros, boca abajo, con los brazos abiertos sobre el pavimento caliente.
Por un instante, nadie hace nada.
Luego el alarido de uno de los payasitos rompe el aire, agudo y pequeño, demasiado pequeño para tanto horror. Los autos detienen sus motores en desorden. Alguien grita desde una ventanilla. La niña del fuego deja caer la antorcha y el fuego muere solo en el asfalto, sin testigos. Ella da un paso hacia él, luego otro, y se detiene. No porque no quiera llegar. Sino porque ya sabe, con esa sabiduría vieja que da la calle, que llegar no cambiará nada.
El espectáculo termina en un silencio abrupto. La multitud horrorizada murmura, pero ninguno de esos murmullos pertenece a los niños. Ellos, cobijados en el camellón, se abrazan sin palabras, incapaces de llorar. Han visto la muerte antes, pero nunca tan propia.
La ciudad continúa.
El semáforo vuelve a verde.
El tráfico se reanuda.
Al día siguiente, la calle arcoíris vuelve a abrir los ojos. El sol golpea la avenida igual que siempre. La mancha rojiza ha sido borrada con agua y escoba, pero en el suelo todavía brillan diminutos fragmentos de vidrio, como estrellas que nadie reclamó.
Los niños se reúnen como siempre. Se pintan las caras, pero nadie revisa si el blanco quedó bien puesto, nadie se ríe del trazo torcido. Revisan las pelotitas en silencio. Uno de ellos clava unos palitos en la tierra del camellón, una cruz pequeña que nadie más verá, y la rodea de flores arrancadas del asfalto, marchitas desde antes de ser ofrenda. Se toman de las manos un momento, sin decir nada, porque no hay palabras para lo que sienten o porque aprendieron hace mucho que las palabras no sirven de nada aquí.
Cuando la luz roja aparece, entran. Porque el hambre no hace duelo.
Los payasitos caminan entre los autos con sus sonrisas de crayola, pero algo en sus ojos pequeños se ha apagado, como si hubieran entendido algo que no querían entender todavía. Los acróbatas lanzan las pelotas, pero las manos no están seguras, y las pelotas caen más de lo que vuelan. Nadie dentro de los autos lo nota. Nadie nota nada.
La niña del fuego avanza al centro. Se lleva el trago a los labios y se detiene un segundo, apenas uno, antes de soplar. La llama sale igual que siempre, naranja y perfecta, y los conductores miran con la misma chispa fugaz de siempre. Pero sus ojos no están en la llama ni en los autos. Sus ojos están en el asfalto, en el lugar exacto donde esta mañana alguien pasó un trapo mojado y borró lo que quedaba de él.
Las monedas caen. Algunas manos las recogen. El semáforo cambia.
Y la ciudad sigue, como siguió ayer, como seguirá mañana, sin que esa cruz pequeña en el camellón le importe a nadie, sin que ese hueco con forma de muchacho deje marca en ningún lado, excepto en los que duermen ahí, en esa franja de asfalto que ellos llaman hogar y el resto del mundo llama nada.




