Enrique Arias Beaskoetxea (España) – Consideraciones sobre la escritura

Consideraciones sobre la escritura

Enrique Arias Beaskoetxea (España)

Dice María Zambrano, en un artículo publicado en 1934: “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que solo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable”. La escritura parte desde esa soledad que ha de ser defendida frente a lo inmediato, a lo espontáneo, puesto que en ella no surge más que una parte de nuestra persona. Solo en la soledad puede surgir la totalidad del ser, pues solo en ella está y solo en ella puede ser encontrada.
La búsqueda del aislamiento acerca la esencia del pensamiento hacia la escritura; esta no es más que un trasunto de esa búsqueda y de los hallazgos que en la escritura aparecerán, pues lenguaje y escritura no son a priori previsibles, sino que son fuente de aparición. Termina diciendo María Zambrano: “Y de esta derrota, derrota íntima, humana, no de un hombre particular, sino del ser humano, nace la exigencia de escribir. Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente”.

La escritura es exigencia del ser, no es comunicación de datos y fechas, pues estos pueden ser publicados en cualquier medio, sino que es expresión de lo hallado en el centro de la soledad, en el centro del ser. Y en cuantas ocasiones el lenguaje no sea suficiente, entonces ha de ser traspasado para ir al encuentro de lo inefable, lo místico —no en sentido religioso, sino como trascendencia del lenguaje— y en ese viaje ha de encontrarse los vocablos que permitan esbozar, lo más certeramente posible, aquello que fue percibido en otro mundo, en el mundo interior. Pues el arte, y mucho más la poesía, es la materialización de ese mundo interior; será la imaginación el instrumento que ayude a enlazar el mundo externo y el mundo interior, “El nexo entre el universo conocido y el reino transcendental”, en palabras de Emily Brontë.

Rainer María Rilke afirma, en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge: “Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias”. Antes de escribir el primer verso, afirma Rilke, hay que haber conocido ciudades y personas, haber tenido encuentros y despedidas, haber coincidido con parturientas y moribundos, pero no basta pensar en ello, sino que es necesario que se conviertan en memoria y, más allá de ello, sean olvido. Entonces podrán regresar en forma de experiencia. Y solo cuando todo ese conjunto no tenga nombre y sea indistinguible de nosotros mismos, “hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso”.

Escribir un verso antes de haber recorrido este proceso es improvisar, charlar, denominar, hacer listas de sucesos que serán prescindibles en cuanto la noche deje paso al día. Todo ello será burbuja, engaño, fuegos de artificio, muy asombrosos en el momento de producirse, pero que solo dejan un rastro de humo en la cúpula del cielo que será arrastrado y borrado por el primer viento.

El poeta debe ser un mundo en sí mismo y encontrarlo todo en sí mismo; solo así podrá dirigirse al lector. El poeta debe crear “un mundo mío, como un clima, un país, una atmósfera”, como afirma Anaïs Nin. El poeta es el creador del mundo interior, una creación subjetiva, evidentemente, pero imprescindible si el poeta quiere ser creador de nexos e intentar atraer al lector a su propio mundo, compartirlo. Pero si ello no fuera posible, el creador permanece escribiendo, pues la escritura es una exigencia del ser, no requiere aprobación externa, y en raros casos se produce la comunión con el lector y este siente un lejano susurro en su interior proveniente de las palabras del autor. Pues escribir también es ensanchar los límites de nuestro mundo y acoger al otro, al distinto, al lector y, sin embargo, “Mon frère, mon sembable” (Charles Baudelaire).

Frente a la creencia común de que la emoción es lo central en la poesía, el poeta T. S. Eliot rebaja la importancia de la emoción sentida de forma primaria, por muy intensa que sea, para poner el foco en la verdadera fuente de la creación, el proceso: “No es la grandeza ni la intensidad de las emociones, sino la intensidad del proceso creativo lo que cuenta”· Es la escritura, y sus correcciones, las que exigen determinación, atención e intensidad para que el texto pueda ser plasmado. En ese proceso de escritura está la atención presta a podar lo vano e inútil; mientras que la concentración y la intensidad encontrarán aquello que no estaba planificado antes de empezar a escribir, esos versos que surgen desde el mundo interior con fuerza y anhelo, buscando su lugar dentro del texto.

Dice el fotógrafo Henri Cartier-Bresson: “No hay nada en el mundo que no tenga su momento decisivo, y la obra maestra del buen comportamiento es conocer y aprovechar este momento”. Los griegos tenían dos palabras para decir tiempo: kronos (el tiempo mensurable) y kairós (el tiempo adecuado). De este último habla al referirse al momento decisivo, momento resultado de un largo mirar, constante observación hasta encontrar el instante que necesita la fotografía para atrapar un trozo de vida. HCB es contrario a la fotografía preparada, pues esta le parece una falsificación, una trampa. El artista ha de conocer el objeto a plasmar para así poder encontrar ese “momento decisivo”, el momento oportuno, ocasión exacta como en el haiku, en que habrá de disparar con su cámara.

La poeta M.ª Victoria Atencia, después de publicar sus primeros libros, dejó de escribir durante 15 años. Dedicó ese tiempo a aprender a volar. Cuando volvió a escribir, su poesía había madurado, había tomado otros caminos; escribe siempre versos alejandrinos (verso de 14 sílabas, formado por dos versos de 7), para lo cual hay que tener un dominio y precisión que no requiere el verso libre. Pero ella respondía: “¿Y qué es más difícil, pilotar un avión o pilotar un poema?”

Jaime Gil de Biedma escribió poesía apenas durante 20 años; a la hora de reunir sus obras completas, Las personas del verbo, se pregunta a sí mismo: ¿por qué escribí? Y da dos razones claras: “Una, que mi poesía consistió —sin yo saberlo— en una tentación de inventarme una identidad”. Todo poeta, inconscientemente o no, cuando escribe está buscando esa nueva identidad, está buscando crear una voz nueva y diferente a las precedentes. La segunda razón: “Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Con cierta ironía afirma que fue una equivocación, pensando que el destino del poeta era una especie de sublimación, desaparecer como autor y disolverse en el lenguaje, ser poema.

Julio Cortázar, hablando de la literatura y del género fantástico, afirma lo siguiente: “Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía”. Las instrucciones de Cortázar para definir son típicas de su forma de entender el mundo y la literatura. Cortázar nos pide que dejemos de buscar definiciones, condenadas al fracaso, y miremos más a nuestro mundo interior; solo ahí pueden darse “esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción”. La literatura, nos dice el autor, suele ser una cuestión aleatoria, una coincidencia, a la cual el poeta debe estar atento; debe explorar esa cuestión, ese momento en el que excepcionalmente inteligencia y sensibilidad se reúnen y crean un mundo nuevo en el que las viejas normas del mundo externo no se cumplen.

“Yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje”; Félix Grande, o más bien su heterónimo Horacio Martín, no admite más patria que la presencia de la amada, sin la cual la vida es insoportable, y el idioma o el lenguaje, herramienta de expresión de esa voz que clama desde el interior del poeta. Es una visión radical de la vida, pero habría que preguntarse si el poeta no debe ser siempre radical con su propósito poético, puesto que la mínima rendición a las leyes humanas sería considerada, por Horacio Martín, como una traición a la amada, al lenguaje y, finalmente, a sí mismo.

Por último, no debemos olvidar que la escritura de poesía es un oficio —como el del orfebre, el joyero o el relojero suizo—; debemos recordar que estamos insertos en una larga tradición de poetas, que sus poemas son nuestra educación sentimental y nuestra guía. De este modo, Cesare Paseve tituló a sus diarios El oficio de vivir, el oficio de poeta; el primero es un diario personal —una vida tormentosa, solitaria, lúcida— y el segundo un diario de autor —un ensayo, una poética— y, sin embargo, son complementarios, dos hilos entrelazados, dos piezas que encajan en un mismo ser.

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Enrique Arias Beaskoetxea (España)

Nació en Bilbao, 1958. Enrique Arias Beaskoetxea cargó una mochila, recorrió países sin rumbo y sobrevivió cambiando de ciudad y de empleos hasta que el cuerpo se rompió y la escritura se volvió la única ocupación posible. Poeta incómodo que no atiende usos ni modas, su obra explora la tristeza, la soledad y el dolor como paisajes inevitables del ser. Machado, Neruda, Pessoa y los maestros del haiku orientan una voz publicada en España, Argentina e Italia. Busca el verso o la imagen que posea esa profundidad intangible capaz de conmocionar a un desconocido al otro lado del mundo.

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