2666 de Roberto Bolaño

“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Enero 2026

2666 de Roberto Bolaño

El desierto donde las palabras aprenden a callar

El viajero de las palabras
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“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.”
— Roberto Bolaño, 2666

Entro a 2666 como se entra a un territorio sin mapas confiables. No hay una sola puerta ni un único camino: hay bifurcaciones, desvíos, senderos que parecen prometer sentido y terminan disolviéndose en polvo. Camino primero con la expectativa del lector, pero pronto comprendo que aquí esa expectativa será puesta a prueba, erosionada, casi castigada. Este no es un libro que se deja poseer; es un libro que resiste, que se fragmenta, que se abre en cinco direcciones distintas como una herida que nunca cicatriza.

El desierto de Santa Teresa se extiende ante mí no solo como un espacio geográfico, sino como una condición moral. El calor no proviene solo del sol, sino de una violencia antigua y persistente. Aquí la muerte no irrumpe: se acumula. Mientras avanzo, escucho múltiples voces —académicos obsesivos, periodistas cansados, policías desbordados, escritores fantasmas— y todas parecen decir lo mismo desde registros distintos: el mundo se ha vuelto incomprensible, pero seguimos intentando narrarlo.

2666 es una novela sobre la búsqueda, pero también sobre su fracaso. Se busca a un escritor esquivo, se busca la explicación de una serie interminable de crímenes, se busca un sentido último que nunca llega. Yo, como viajero de las palabras, me reconozco en ese impulso: caminar aunque no haya promesa de llegada. Bolaño no construye una trama para tranquilizar al lector; construye un espacio donde la literatura se enfrenta a su propio límite. ¿Qué puede decir una novela frente al mal absoluto? ¿Hasta dónde alcanza la palabra cuando el horror se vuelve cotidiano?

A medida que recorro el libro, noto que la estructura misma reproduce esa sensación de desorientación. Cada parte parece una novela distinta, un universo autónomo, y sin embargo todas convergen en un mismo punto ciego: Santa Teresa, ese espejo apenas velado de Ciudad Juárez, donde los cuerpos de mujeres aparecen una y otra vez, descritos con una frialdad que no busca morbo, sino agotamiento. La repetición no anestesia; acusa. Cada cadáver es un recordatorio de que el horror no es excepcional, sino sistemático.

Aquí la belleza y la atrocidad conviven sin jerarquía clara. Hay momentos de humor, de ternura inesperada, de reflexión literaria apasionada. Y justo cuando uno empieza a aferrarse a esas islas, el texto vuelve a arrastrarnos hacia la oscuridad. Bolaño no permite refugios duraderos. Su escritura es febril, errante, atravesada por la conciencia de que el siglo XX —y quizá el XXI— ha fracasado moralmente. El conocimiento no salva, el arte no redime por sí solo, la inteligencia no impide la barbarie.

Camino por páginas donde la literatura se mira a sí misma con desconfianza. Los críticos literarios aparecen obsesionados, ridículos, profundamente humanos en su necesidad de creer que los libros aún importan. Los escritores son figuras fantasmales, ausentes o derrotadas. Y sin embargo, pese a todo, 2666 insiste en escribir. Insiste en narrar. Como si el acto mismo de contar, aun sabiendo su insuficiencia, fuera una forma mínima de resistencia.

El tiempo en esta novela es extraño: parece avanzar, pero también girar en círculos. El futuro —ese año remoto que da título al libro— no se presenta como promesa, sino como amenaza difusa. Un punto en el horizonte donde quizá ya no quede nadie para contar la historia. Mientras leo, siento que Bolaño escribe desde un borde: el de la enfermedad, el de la muerte cercana, el de una lucidez que no concede consuelo. Y sin embargo, hay una intensidad vital que atraviesa todo el texto, como si cada frase supiera que podría ser la última.

No hay centro estable en 2666. El protagonista es múltiple, desplazado, fragmentario. El verdadero personaje es el mal, entendido no como monstruo excepcional, sino como entramado social, económico, histórico. Un mal que no necesita villanos claros para operar. Y frente a él, la literatura aparece no como solución, sino como testimonio: una forma de no mirar hacia otro lado.

Hacia el final de mi recorrido —si es que puede hablarse de un final— me descubro exhausto, pero también extrañamente agradecido. 2666 no busca ser amado; busca ser necesario. Es una novela que incomoda porque no ofrece redención fácil, porque no ordena el caos, porque no clausura el sentido. Nos obliga a convivir con la pregunta abierta, con la herida visible, con la certeza de que hay horrores que no se explican, solo se nombran una y otra vez.

Salgo del desierto con arena en los zapatos y una inquietud persistente en la mirada. 2666 me recuerda que la literatura no siempre está para consolar, sino para acompañar en la oscuridad. Que escribir y leer, en ciertos contextos, es un acto ético antes que estético. Y que quizá el verdadero gesto humano, frente al abismo, no sea entenderlo, sino negarse a guardar silencio.

Contexto de la obra

2666 fue publicada de manera póstuma en 2004, poco después de la muerte de Roberto Bolaño. Escrita en los últimos años de su vida, mientras el autor enfrentaba una grave enfermedad hepática, la novela condensa muchas de las obsesiones centrales de su obra: la violencia del siglo XX, la figura del escritor, el fracaso de las utopías, la relación entre literatura y mal, y la memoria como campo de batalla.

Ambientada parcialmente en Santa Teresa, trasunto literario de Ciudad Juárez, la novela dialoga con los feminicidios ocurridos en la frontera norte de México desde la década de 1990. Bolaño no ofrece una explicación ni una resolución al crimen sistemático; su apuesta es ética y literaria: insistir en la visibilidad, en la repetición, en el peso de los nombres y los cuerpos. Considerada una de las grandes novelas contemporáneas, 2666 es leída como testamento literario y como una de las exploraciones más radicales del mal en la narrativa moderna.