“Shibboleth” de Doris Salcedo: la grieta como archivo vivo del trauma y la memoria histórica

“Mi trabajo intenta hacer visible lo que la historia ha querido borrar.”

Sabak' Ché

Artículos
Sabak' Ché | Febrero 2026

“Shibboleth” de Doris Salcedo:

La grieta como archivo vivo del trauma y la memoria histórica

Sabak' Ché
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Presentada en 2007 en la Turbine Hall de la Tate Modern, Shibboleth consistió en una grieta de más de 160 metros que atravesaba el suelo del museo. La intervención obligó a la institución a modificar su arquitectura para alojar la obra, convirtiendo el espacio expositivo en parte del gesto artístico. Tras el cierre de la muestra, la grieta fue sellada pero no eliminada: permanece como cicatriz visible, un recordatorio material de la violencia histórica que la pieza invocaba.

Abstract

Este ensayo analiza Shibboleth (2007) de Doris Salcedo como una intervención escultórica que transforma la arquitectura en memoria material del trauma histórico. A partir de la grieta abierta en la Turbine Hall de la Tate Modern, la obra se interpreta como una herida que cuestiona la neutralidad institucional del museo y convierte el desplazamiento del espectador en experiencia política. El análisis aborda la relación entre cuerpo y espacio, la tensión entre materialidad y ausencia, y el significado del término “shibboleth” como metáfora de frontera y exclusión lingüística. Desde una perspectiva estética y poscolonial, el ensayo propone que la obra no representa el dolor, sino que lo inscribe físicamente en el tiempo y en la arquitectura, transformando el vacío en un archivo vivo. La cicatriz final, resultado del sellado de la grieta, evidencia que el arte puede persistir como memoria activa más allá del evento expositivo.

“Mi trabajo intenta hacer visible lo que la historia ha querido borrar.”
— Doris Salcedo, entrevista sobre Shibboleth.

Abrir el suelo: la arquitectura como cuerpo vulnerable
La intervención inicial y la transformación del museo en espacio herido

Cuando Shibboleth apareció por primera vez en la Turbine Hall de la Tate Modern en 2007, no se presentó como un objeto añadido al espacio, sino como una interrupción radical de su estabilidad. Doris Salcedo no colocó una escultura sobre el suelo: abrió el suelo mismo. Esta decisión transforma la arquitectura en materia vulnerable, alejándose de la tradición museográfica que concibe el espacio como contenedor neutral. La grieta convierte el edificio en cuerpo expuesto, atravesado por una fisura que remite tanto a fracturas históricas como a heridas contemporáneas.

Desde el primer momento, el visitante deja de recorrer el museo con la seguridad habitual. El gesto de Salcedo obliga a mirar hacia abajo, a medir cada paso y a reconocer que el espacio aparentemente sólido puede fallar. La intervención altera la percepción del equilibrio y del tiempo: la grieta avanza lentamente a lo largo de la sala, como una línea que se abre paso con insistencia silenciosa. No hay dramatismo espectacular; la fuerza de la obra reside en su sobriedad material y en la tensión que produce entre estabilidad arquitectónica y fragilidad humana.

La Turbine Hall, conocida por albergar grandes instalaciones monumentales, adquiere aquí un sentido distinto. En lugar de elevar estructuras hacia arriba, la artista dirige la mirada hacia la profundidad. Este descenso simbólico invierte la lógica vertical del museo moderno, asociada históricamente al progreso y a la monumentalidad. La grieta funciona como una anti-escultura: no ocupa volumen, sino que lo sustrae. Como ha señalado la propia Salcedo, su interés no es representar el dolor, sino generar una experiencia donde la ausencia y el vacío actúen como portadores de memoria.

El título de la obra introduce desde el inicio una dimensión política. “Shibboleth” remite a una palabra utilizada históricamente para identificar al extranjero a través del acento, marcando la frontera entre pertenencia y exclusión. La grieta, entonces, no solo fractura el espacio físico; también señala divisiones invisibles que atraviesan la historia colonial y migratoria. Al abrir el suelo del museo británico, la artista sugiere que esas fracturas no están fuera de las instituciones culturales, sino inscritas en su propia arquitectura simbólica.

Desde una perspectiva estética, la obra dialoga con el minimalismo por su economía formal, pero se distancia de él al introducir una carga ética explícita. Mientras el minimalismo clásico buscaba neutralidad perceptiva, Salcedo introduce una memoria latente que impide cualquier lectura puramente formalista. La grieta no es una línea abstracta: es un gesto político que convierte al espectador en testigo de una herida abierta.

El acto de abrir el suelo también redefine la relación entre obra y espectador. Ya no se trata de contemplar desde la distancia, sino de experimentar el espacio como territorio inestable. Cada paso se vuelve consciente, cada movimiento implica una negociación con el vacío. En este sentido, Shibboleth inaugura una forma de escultura que no se limita a ser vista, sino que exige ser habitada.

“En Shibboleth, caminar deja de ser un gesto neutral y se convierte en una conciencia corporal del límite y la memoria.”

Caminar sobre la grieta: experiencia corporal del espectador
El desplazamiento físico como acto de conciencia política

La presencia de la grieta en Shibboleth transforma el recorrido habitual del visitante en una experiencia de alerta constante. El museo deja de ser un espacio de tránsito fluido para convertirse en territorio de negociación corporal. Cada paso implica una decisión: acercarse, rodear, detenerse o mirar desde la distancia. Esta modificación del movimiento convierte al espectador en participante activo de la obra, desplazando la escultura del ámbito de la contemplación hacia el de la experiencia física.

Caminar junto a la grieta produce una sensación ambivalente. Por un lado, su apariencia sobria invita a observarla con calma; por otro, la profundidad irregular introduce una tensión silenciosa que impide la indiferencia. El cuerpo responde antes que la razón: el visitante ajusta su ritmo, inclina la mirada, modifica su postura. La obra no necesita instrucciones explícitas; su presencia basta para reorganizar la percepción espacial. En este gesto, Salcedo desplaza la escultura hacia el terreno de la fenomenología, donde la experiencia se construye desde la relación entre cuerpo, espacio y memoria.

El carácter político de la pieza emerge precisamente en este desplazamiento. La grieta puede leerse como metáfora de las fronteras invisibles que condicionan el movimiento de las personas en el mundo contemporáneo. Al obligar a los visitantes —muchos de ellos provenientes de contextos privilegiados— a confrontar una interrupción física, la obra introduce una reflexión sobre quienes viven permanentemente atravesados por límites sociales y geográficos. No se trata de una representación literal de la migración, sino de una experiencia corporal que evoca la fragilidad de toda pertenencia.

Desde una perspectiva estética, el recorrido recuerda las propuestas del arte relacional y de la instalación contemporánea, donde la obra se completa en la interacción con el público. Sin embargo, Shibboleth evita cualquier carácter lúdico o participativo en sentido convencional. La interacción aquí está marcada por la incomodidad y por una sensación de responsabilidad ética. El espectador no “juega” con la grieta; la atraviesa con cautela, consciente de que su presencia remite a heridas históricas que exceden el espacio del museo.

El sonido del lugar —pasos, ecos, murmullos— se integra también en la experiencia. A medida que los visitantes se desplazan, el ambiente acústico cambia, amplificando la percepción de vacío. La grieta no solo se ve: se escucha a través del silencio que genera a su alrededor. Este aspecto refuerza la idea de que la obra opera en múltiples niveles sensoriales, configurando una atmósfera que transforma la relación habitual entre espectador y arquitectura.

En términos simbólicos, caminar sobre la grieta implica reconocer la vulnerabilidad del propio cuerpo dentro de un sistema institucional que suele presentarse como estable y universal. El museo ya no es refugio neutral; es espacio atravesado por tensiones históricas. Salcedo convierte el acto cotidiano de caminar en una forma de lectura crítica del espacio, donde cada desplazamiento revela la presencia de aquello que normalmente permanece oculto.

Materialidad y ausencia: la escultura que no se eleva
Minimalismo crítico, vacío y tensión entre presencia y desaparición

A diferencia de muchas instalaciones monumentales que ocuparon la Turbine Hall, Shibboleth no se define por la acumulación de materia, sino por su sustracción. Doris Salcedo trabaja con el suelo existente del museo, abriéndolo para revelar una fisura que parece surgir desde las entrañas mismas de la arquitectura. Esta operación desplaza la escultura hacia un territorio ambiguo: la obra está presente, pero su materialidad se manifiesta a través del vacío. No hay objeto elevado que capture la mirada desde la distancia; lo que se impone es una línea que desciende, una ausencia que adquiere densidad simbólica.

La decisión de no “levantar” la escultura dialoga críticamente con el legado del minimalismo. Mientras artistas como Carl Andre o Donald Judd exploraron la relación entre forma y espacio desde estructuras industriales y repetitivas, Salcedo introduce una dimensión ética que rompe con la neutralidad formalista. La grieta comparte con el minimalismo la economía de medios y la claridad visual, pero su sentido no se agota en la percepción estética. Aquí, el vacío funciona como metáfora de una historia marcada por exclusiones, violencias coloniales y desplazamientos humanos.

La materialidad de la obra es, paradójicamente, discreta y contundente. El cemento fracturado, las irregularidades del borde y las sombras que se proyectan en su interior generan una textura visual que invita a mirar de cerca. Sin embargo, cuanto más se observa la grieta, más difícil resulta fijar su significado. No hay narrativa explícita ni representación figurativa; la obra resiste la interpretación inmediata. Este carácter abierto refuerza la idea de que el trauma histórico no puede ser plenamente representado, sino apenas insinuado a través de gestos materiales.

Desde una perspectiva teórica, la pieza puede leerse en diálogo con la noción de “imagen ausente” desarrollada por Georges Didi-Huberman: aquello que falta se convierte en la fuerza que organiza la experiencia visual. La grieta no muestra directamente los eventos históricos a los que alude; en cambio, produce un espacio donde la imaginación del espectador completa lo que no está visible. Esta estrategia evita el riesgo de estetizar el dolor, privilegiando una forma de memoria que se construye desde la reflexión y no desde la espectacularidad.

El carácter horizontal de la intervención también modifica la relación entre escultura y gravedad. Tradicionalmente, la monumentalidad se ha asociado con la verticalidad —columnas, torres, estatuas— como símbolos de poder y permanencia. Salcedo invierte esta lógica al proponer una monumentalidad negativa: una línea que desciende y que parece extenderse más allá de los límites visibles del museo. La obra no domina el espacio; lo cuestiona desde dentro, revelando sus fracturas invisibles.

En este sentido, Shibboleth plantea una reflexión sobre la posibilidad misma de la escultura contemporánea. ¿Puede una obra existir sin afirmarse como objeto? ¿Puede la ausencia convertirse en presencia política? La grieta responde afirmativamente a estas preguntas al convertir el vacío en un gesto activo. No es un hueco accidental, sino una decisión estética que transforma el espacio en memoria material.

“La fuerza de Shibboleth no está en lo que se eleva, sino en la ausencia que atraviesa el suelo y convierte el vacío en memoria visible.”

Frontera, lenguaje y exclusión: el sentido de “Shibboleth”
Historia colonial, migración y la grieta como línea simbólica de separación

El título de la obra introduce una clave interpretativa que trasciende la materialidad de la grieta. “Shibboleth” es una palabra cargada de historia: en el relato bíblico del Libro de los Jueces, funcionaba como prueba lingüística para distinguir al extranjero del miembro legítimo de una comunidad. Quien no pronunciaba correctamente el término era identificado como enemigo y condenado. Al adoptar este concepto, Doris Salcedo inscribe su intervención dentro de una reflexión sobre el lenguaje como instrumento de inclusión y exclusión, un dispositivo capaz de marcar cuerpos y destinos a través de una diferencia aparentemente mínima.

La grieta que atraviesa la Turbine Hall puede leerse entonces como una frontera simbólica. No delimita dos territorios claramente separados, sino que introduce una línea inestable que recorre el espacio sin ofrecer una división definitiva. Esta ambigüedad resulta fundamental: la obra no representa una frontera fija, sino un proceso continuo de separación que se reproduce en distintos contextos históricos. En el interior del museo británico —institución profundamente ligada a narrativas coloniales— la grieta señala la persistencia de jerarquías invisibles que condicionan quién pertenece y quién permanece fuera.

El espectador se enfrenta a esta frontera sin instrucciones explícitas. Algunos visitantes caminan paralelos a la grieta, otros la atraviesan con cautela, y algunos se detienen a observarla desde la distancia. Cada gesto revela una forma distinta de relacionarse con la alteridad. La obra no impone una lectura moral única; abre un espacio donde la experiencia corporal se convierte en reflexión política. La línea que fractura el suelo no solo divide el espacio físico, sino que activa preguntas sobre el lenguaje, la identidad y la historia compartida.

Desde una perspectiva poscolonial, el uso del término “shibboleth” evoca las dinámicas de clasificación que han acompañado a los procesos migratorios y a la formación de los estados modernos. El acento, el idioma o la apariencia se convierten en criterios para determinar quién puede cruzar una frontera y quién debe permanecer al margen. Salcedo no ilustra estas situaciones mediante imágenes figurativas; las traduce en una experiencia espacial que obliga al visitante a confrontar la fragilidad de cualquier pertenencia.

El museo, tradicionalmente concebido como espacio universal de acceso al conocimiento, aparece aquí cuestionado en su propia estructura simbólica. La grieta sugiere que las instituciones culturales también participan en la construcción de relatos excluyentes. Al recorrerla, el espectador se convierte en testigo de una tensión entre apertura y límite que atraviesa tanto la historia del arte como las dinámicas sociales contemporáneas.

La dimensión lingüística del título introduce además una reflexión sobre la dificultad de traducir el trauma histórico a palabras. Así como el término “shibboleth” revela diferencias invisibles en la pronunciación, la grieta revela fracturas que no siempre son visibles en la superficie de la cultura. El lenguaje y el espacio se entrelazan para mostrar que toda identidad está marcada por líneas de separación que rara vez se perciben de inmediato.

La cicatriz permanente: memoria institucional y tiempo histórico
El cierre de la obra y la persistencia del trauma en el espacio público

Cuando la exposición terminó y la grieta fue sellada por la Tate Modern, Shibboleth no desapareció por completo. La intervención dejó una marca visible en el suelo, una línea cicatrizada que permanece como recuerdo material del gesto artístico. Este acto de cierre introduce una dimensión temporal fundamental: la obra deja de existir como experiencia abierta, pero continúa habitando el espacio como memoria institucional. La cicatriz transforma la arquitectura en archivo, recordando que el trauma histórico no puede borrarse sin dejar rastro.

El sellado de la grieta plantea una tensión entre conservación y transformación. Por un lado, el museo recupera su estabilidad física; por otro, acepta la permanencia de una huella que altera la percepción del lugar. La intervención deja de ser evento efímero para convertirse en signo duradero, una marca que interrumpe la continuidad del suelo y cuestiona la idea de neutralidad museográfica. El visitante que hoy recorre la Turbine Hall encuentra una superficie aparentemente restaurada, pero atravesada por una línea que señala la memoria de lo ocurrido.

Esta decisión institucional puede interpretarse como parte de la obra misma. Salcedo no concibió Shibboleth como una instalación destinada a desaparecer sin consecuencias; su permanencia parcial refleja la imposibilidad de cerrar completamente las heridas históricas. La cicatriz funciona como recordatorio de que la violencia colonial y las desigualdades contemporáneas siguen presentes incluso cuando parecen ocultas bajo capas de normalidad. El tiempo, en este sentido, no cura la herida; la transforma en memoria visible.

Desde una perspectiva estética, la cicatriz introduce una nueva forma de monumentalidad silenciosa. Ya no se trata de una intervención espectacular que altera la experiencia inmediata del espectador, sino de una huella discreta que invita a una observación atenta. La obra continúa actuando en el nivel simbólico, recordando que el espacio expositivo está atravesado por historias que exceden el momento de la exhibición. El museo se convierte así en lugar de negociación entre pasado y presente, entre la memoria del trauma y la voluntad de continuidad institucional.

El gesto de sellar sin borrar también redefine la relación entre arte y archivo. Shibboleth se transforma en una obra que persiste a través de su ausencia, una presencia latente que desafía la lógica tradicional de conservación. La cicatriz no representa el trauma; lo mantiene activo como pregunta abierta. El espectador que descubre esa línea en el suelo se enfrenta a un tiempo doble: el presente del recorrido y el pasado de la intervención que dejó su marca.

En última instancia, la obra propone una reflexión sobre la capacidad del arte para modificar no solo la percepción estética, sino también la memoria colectiva. La grieta sellada sugiere que toda institución cultural está atravesada por historias que no pueden ser completamente reparadas. Lo que permanece es una huella que obliga a recordar, incluso cuando el evento original ha concluido.

“La grieta sellada de Shibboleth demuestra que el arte no desaparece cuando termina la exhibición: permanece como cicatriz que el tiempo no logra cerrar por completo.”

Bibliografía

  • – Salcedo, Doris. Shibboleth. Tate Modern, Londres, 2007.

  • – Salcedo, Doris. Entrevistas y textos sobre memoria y escultura contemporánea. Tate Publishing.

  • – Didi-Huberman, Georges. Ante el tiempo. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2006.

  • – Hirsch, Marianne. The Generation of Postmemory. New York: Columbia University Press, 2012.

  • – Lefebvre, Henri. La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing, 2013.

  • – Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.

  • – Mbembe, Achille. Crítica de la razón negra. Barcelona: Futuro Anterior, 2016.

  • – Glissant, Édouard. Poética de la relación. Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2010.