Rayuela de Julio Cortázar: instrucciones para tocar el cielo

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Enero 2026

Rayuela de Julio Cortázar:

Instrucciones para tocar el cielo

El viajero de las palabras
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“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”
Rayuela, Julio Cortázar

Entro a Rayuela como quien pisa una ciudad al amanecer, cuando las calles todavía no han decidido qué van a ser durante el día. No hay mapas confiables, no hay itinerarios seguros. Hay, en cambio, una sensación persistente de que todo puede comenzar en cualquier punto y que cada paso es ya una elección moral. Camino entre páginas como quien salta de baldosa en baldosa, temiendo caer en el vacío, sabiendo que el vacío también forma parte del juego.

Desde el inicio comprendo que esta no es una novela que se ofrezca dócilmente. Rayuela exige un lector dispuesto a perder el equilibrio. Cortázar no me toma de la mano: me empuja suavemente al borde y observa qué hago. ¿Sigo el orden propuesto? ¿Salto? ¿Regreso? ¿Me quedo detenido? La lectura se convierte pronto en una experiencia física, casi corporal: avanzo, retrocedo, me detengo a escuchar una frase que resuena como un acorde de jazz prolongado en la noche.

Acompaño a Horacio Oliveira en su deriva parisina, pero pronto entiendo que no se trata solo de él. Camino con todos los que habitan esta constelación de personajes que piensan, discuten, aman, se hieren y se contradicen con una intensidad casi dolorosa. París aparece como un espacio mental antes que geográfico: cafés, puentes, habitaciones, calles nocturnas donde la conversación es una forma de supervivencia. Hablar es intentar comprender, aunque la comprensión siempre se escape un segundo antes de ser atrapada.

La Maga aparece como un centro gravitacional imposible de fijar. No es un personaje que se deje definir: es intuición, desorden, ternura, una forma distinta de estar en el mundo. Frente a ella, la inteligencia de Oliveira se revela insuficiente, incluso torpe. Aquí Cortázar plantea una tensión fundamental: el conflicto entre pensar la vida y vivirla. La razón disecciona, analiza, clasifica; la intuición simplemente ocurre. Y en ese choque se abre una herida que atraviesa toda la novela.

Escucho las discusiones del Club de la Serpiente como si estuviera sentado en una esquina, con un vaso a medio terminar. Se habla de literatura, de música, de filosofía, pero bajo esas palabras late una incomodidad más profunda: la sensación de que algo esencial falta, de que la vida cotidiana es una versión empobrecida de una posibilidad más alta. Rayuela es una novela escrita desde esa incomodidad radical, desde el rechazo a aceptar que esto —solo esto— sea suficiente.

Cortázar convierte el lenguaje en un campo de juego. Las frases se estiran, se rompen, se contaminan de otros idiomas, de humor, de absurdo, de lirismo repentino. A veces el texto parece avanzar con ligereza; otras, se vuelve denso, casi áspero. No hay un tono único porque no hay una única forma de buscar sentido. La novela misma duda, se contradice, se burla de sí. Y en ese gesto hay una honestidad feroz: la conciencia de que toda búsqueda verdadera es necesariamente incompleta.

Cuando el viaje se desplaza hacia Buenos Aires, no siento un regreso, sino otro descenso. La ciudad cambia, pero el desajuste persiste. Las relaciones se vuelven más ásperas, más cercanas a una realidad que no admite demasiadas abstracciones. Aquí la vida cotidiana pesa, se impone. Sin embargo, el juego no desaparece: se transforma. La rayuela ya no está dibujada en el pavimento europeo, pero sigue marcando el ritmo interior de los personajes.

Hay en Rayuela una reflexión constante sobre el amor, pero no desde la idealización, sino desde la dificultad. Amar es aquí un acto incierto, lleno de malentendidos, silencios, errores irreparables. Los personajes se buscan y se pierden no por falta de deseo, sino por exceso de conciencia. La novela parece preguntar una y otra vez si es posible amar sin convertir al otro en una idea, sin someterlo a nuestras propias expectativas de sentido.

Camino por estas páginas y siento que Cortázar no está interesado en contar una historia cerrada, sino en provocar un estado. Rayuela no quiere ser comprendida del todo; quiere ser experimentada. Es una novela que incomoda porque no ofrece consuelo fácil. No promete redención ni certezas. Ofrece, en cambio, la posibilidad de pensar la vida como un juego serio, donde cada movimiento importa aunque no garantice victoria.

El cielo al que se aspira no es un lugar fijo. Es una metáfora movediza, casi infantil, dibujada con tiza y borrada por la lluvia. Alcanzarlo no significa llegar, sino intentar. Saltar. Caer. Volver a intentarlo. En ese sentido, Rayuela es profundamente ética: propone una forma de vivir atenta, despierta, inconforme. No se conforma con la superficie de las cosas ni con las respuestas heredadas.

Al salir de la novela, siento que algo ha sido desplazado en mi manera de mirar. No porque tenga nuevas respuestas, sino porque las preguntas ahora pesan más. Cortázar logra algo extraño y duradero: instala una inquietud que no se disuelve con el tiempo. Rayuela no termina cuando se cierra el libro; continúa como una resonancia, como una música lejana que vuelve en momentos inesperados.

Esta obra no invita a ser leída una sola vez. Cada regreso es distinto porque el lector también lo es. La rayuela se redibuja con cada lectura, con cada salto. Y quizás ahí radica su fuerza más profunda: en recordarnos que la literatura no es solo un refugio, sino un espacio de riesgo, un lugar donde es posible perderse para, tal vez, encontrarse de otra manera.

Contexto de la obra

Rayuela fue publicada en 1963, en un momento de profunda renovación literaria y cultural en América Latina y Europa. Julio Cortázar, argentino radicado en París desde los años cincuenta, vivía entonces inmerso en el clima intelectual de la posguerra, marcado por el existencialismo, el jazz, las vanguardias artísticas y una creciente desconfianza hacia las estructuras rígidas del pensamiento y la sociedad. La novela emerge en pleno auge del llamado Boom latinoamericano, pero se distingue por su radical experimentación formal y su propuesta lúdica: un libro que puede leerse de múltiples maneras, desafiando la linealidad tradicional y cuestionando el rol pasivo del lector.

Cortázar concibió Rayuela como una “contranovela”, un artefacto literario que rompiera con las convenciones narrativas y reflejara la fragmentación de la experiencia moderna. La obra dialoga con corrientes filosóficas como el existencialismo y el surrealismo, así como con la música jazz y la literatura europea contemporánea. Desde su publicación, Rayuela se convirtió en un libro emblemático, generacional, discutido y revisitado, que redefinió las posibilidades de la novela en lengua española y consolidó a Cortázar como una de las voces más influyentes del siglo XX.