Music for 18 Musicians — Steve Reich: la repetición como forma de habitar el tiempo
“Lo que estoy interesado en es la percepción gradual del proceso musical. Quiero que el oyente pueda oír el proceso que ocurre a lo largo del tiempo.”

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Sabak' Ché | Febrero 2026
Music for 18 Musicians — Steve Reich:
La repetición como forma de habitar el tiempo
Sabak' Ché
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Music for 18 Musicians fue compuesta por Steve Reich entre 1974 y 1976 y es considerada una de las obras fundamentales del minimalismo musical. Su duración aproximada de una hora se articula a partir de un ciclo armónico fijo, en el que cada sección emerge y se disuelve mediante pulsaciones constantes, respiraciones humanas y cambios casi imperceptibles. Reich ha señalado que la obra fue concebida no solo para ser escuchada, sino para ser “sentida físicamente”, tanto por los intérpretes como por el público.
Abstract
Este ensayo analiza Music for 18 Musicians (1976) de Steve Reich a partir de la repetición como principio estructural y experiencia corporal de la escucha. Lejos de entender la repetición como simple redundancia formal, el texto propone que la insistencia rítmica produce un trance temporal en el que el oyente participa activamente mediante su cuerpo y su percepción del pulso.
A través de una lectura que articula análisis musical, fenomenología de la escucha y reflexión estética, el ensayo explora cómo la obra construye una temporalidad expandida, no narrativa, en la que el cambio ocurre por desplazamientos mínimos. Se examina el papel del pulso, la respiración, la interdependencia entre intérpretes y la formación de una comunidad sonora basada en la sincronía más que en el significado.
Music for 18 Musicians es leída como una práctica de atención prolongada que redefine la relación entre tiempo, cuerpo y colectividad. La obra no comunica un mensaje cerrado, sino que propone una experiencia: habitar juntos una duración sostenida donde la música se convierte en espacio compartido.
“Lo que estoy interesado en es la percepción gradual del proceso musical.
Quiero que el oyente pueda oír el proceso que ocurre a lo largo del tiempo.”
— Steve Reich, Writings on Music, 1965–2000
El pulso como arquitectura invisible
En Music for 18 Musicians, el pulso no funciona como simple soporte rítmico: es la materia misma de la obra. Desde los primeros compases, la música se instala en una regularidad insistente que no busca imponerse de forma violenta, sino envolver. El oyente no “escucha” el pulso como un elemento aislado; lo habita. Es una arquitectura invisible que sostiene todo lo que ocurre y que, precisamente por su constancia, deja de percibirse como estructura para convertirse en ambiente.
Este pulso constante —marcado por instrumentos de percusión, pianos y la respiración amplificada de los intérpretes— genera una sensación de estabilidad casi física. No hay aceleraciones dramáticas ni rupturas abruptas. La música avanza como una marea rítmica que no empuja hacia adelante, sino que mantiene. En lugar de conducir al oyente de un punto a otro, lo mantiene suspendido dentro de una duración continua.
La arquitectura que Reich construye no es vertical ni monumental, sino horizontal. Cada sección se apoya en un mismo ciclo armónico que se repite una y otra vez, pero cuya repetición no produce estancamiento. El pulso actúa como un suelo firme sobre el cual las variaciones mínimas —cambios tímbricos, entradas y salidas de instrumentos, desplazamientos de acento— pueden percibirse con nitidez. Sin esa estabilidad rítmica extrema, esos cambios serían casi invisibles.
Desde la experiencia corporal de la escucha, el pulso se traduce en una sincronización involuntaria. El cuerpo comienza a ajustarse: la respiración se acomoda, la atención se estabiliza, la ansiedad por el “siguiente momento” se diluye. El oyente deja de anticipar y comienza a permanecer. En este sentido, el pulso no solo organiza la música, sino también la forma de escucharla.
Reich ha insistido en que el proceso musical debe ser audible, perceptible. En Music for 18 Musicians, el pulso es la garantía de esa transparencia. Nada ocurre fuera de él. No hay gesto expresivo que no esté anclado a esa regularidad. La música no oculta su mecanismo; lo expone con tal claridad que termina por desaparecer como mecanismo y reaparecer como experiencia.
Esta arquitectura invisible produce un efecto paradójico: cuanto más constante es el pulso, menos se siente como una imposición. A diferencia del ritmo narrativo tradicional, que empuja hacia un clímax o una resolución, aquí el pulso suspende la lógica de la expectativa. No se pregunta qué vendrá después, porque lo que viene es, de algún modo, lo mismo —y sin embargo distinto.
Así, el pulso se convierte en un espacio habitable. No marca el tiempo; lo contiene. La música no transcurre sobre él, sino dentro de él. Y es en esa contención donde comienza a gestarse la experiencia de trance que atraviesa toda la obra.
“La repetición no encierra el tiempo: lo abre a una atención más profunda.”
Repetir no es volver: variación y diferencia mínima
En Music for 18 Musicians, la repetición no implica retorno al mismo punto, sino permanencia dentro de un campo en constante modulación. Reich construye la obra a partir de patrones que se reiteran de forma obstinada, pero esa obstinación no genera clausura. Cada repetición introduce una diferencia mínima: un cambio de timbre, una entrada retardada, una ligera modificación en la acentuación. La música avanza sin desplazarse.
Este procedimiento desplaza la atención del acontecimiento al detalle. En lugar de esperar una transformación evidente, el oyente aprende a escuchar lo casi imperceptible. La diferencia no irrumpe; se filtra. El oído se vuelve más fino, más atento, más paciente. Escuchar deja de ser un acto de reconocimiento inmediato para convertirse en una práctica sostenida de percepción.
Desde una lectura deleuziana, la repetición en Reich no reproduce lo idéntico, sino que produce diferencia. No se trata de volver a empezar, sino de insistir hasta que algo cambie dentro de la insistencia misma. La música no progresa narrativamente; se despliega como un proceso. Lo que se transforma no es tanto el material sonoro como la relación del oyente con ese material.
La estructura armónica fija de la obra refuerza esta experiencia. Cada sección se articula sobre acordes que se repiten cíclicamente, pero cuya duración depende de señales internas entre los intérpretes. No hay una duración predeterminada para cada módulo; el tiempo se decide desde dentro de la ejecución. Esta indeterminación controlada hace que cada interpretación sea ligeramente distinta, aunque el material sea el mismo. La repetición, entonces, nunca es idéntica a sí misma.
En términos corporales, esta variación mínima produce un efecto de desplazamiento interno. El cuerpo del oyente, ya sincronizado con el pulso, comienza a percibir cambios que no podría detectar en una escucha fragmentaria. La música no se impone; se infiltra. La repetición prolongada crea un estado de atención expandida donde lo pequeño adquiere peso.
Este tipo de escucha exige una renuncia a la expectativa tradicional de desarrollo. No hay clímax, no hay resolución en el sentido clásico. Lo que hay es un continuo ajuste entre lo que suena y lo que se percibe. El oyente no avanza hacia un final; se instala en un presente que se renueva constantemente.
Repetir, en Music for 18 Musicians, es una forma de insistir en el ahora. Cada patrón que regresa lo hace ligeramente transformado, no porque la música lo dramatice, sino porque la escucha ya no es la misma. El cambio ocurre menos en la obra que en quien la escucha.


El cuerpo que escucha: respiración, fatiga y trance
En Music for 18 Musicians, la escucha no puede separarse del cuerpo. La obra no se dirige únicamente al oído como órgano aislado, sino al oyente como presencia física situada en el tiempo. Desde los primeros minutos, el pulso constante comienza a regular no solo la atención, sino también la respiración. El cuerpo, casi sin darse cuenta, entra en sincronía con la música.
Este fenómeno no es accidental. Reich concibe la obra como un sistema en el que los intérpretes respiran audiblemente, marcando transiciones y sosteniendo la continuidad rítmica. La respiración humana se integra al tejido musical, recordando que el pulso no es una abstracción matemática, sino una energía vital. La música respira, y al hacerlo, invita al oyente a respirar con ella.
A medida que la repetición se prolonga, aparece la fatiga. No una fatiga brusca o violenta, sino un cansancio leve, acumulativo, que modifica la percepción. El cuerpo deja de estar en estado de alerta y entra en una forma de abandono controlado. Esta fatiga no es un fallo del sistema; es parte de la experiencia. Al cansarse, el cuerpo baja sus defensas perceptivas y se vuelve más receptivo a la duración.
En este punto, la escucha puede adquirir características cercanas al trance. No en el sentido espectacular o extático, sino como un estado de atención sostenida y ligeramente alterada. El tiempo deja de percibirse como una sucesión de instantes y se experimenta como una masa continua. El oyente no “sigue” la música; flota dentro de ella.
La insistencia rítmica produce una paradoja: cuanto más estable es la estructura, más libre se vuelve la percepción. Al no tener que anticipar cambios bruscos, la mente se desplaza hacia un modo de escucha menos defensivo, más abierto. Los sonidos no se analizan de inmediato; se sienten. La música no exige comprensión intelectual constante, sino presencia.
Desde una perspectiva antropológica, este tipo de experiencia remite a prácticas rituales donde la repetición rítmica prolongada genera estados de conciencia distintos. Sin embargo, Music for 18 Musicians no imita un ritual ni busca una función ceremonial explícita. Su trance es secular, estético, producido por la organización extrema del sonido y del tiempo.
El cuerpo del oyente se convierte en un espacio de resonancia. Las vibraciones no solo se oyen; se perciben en el pecho, en el abdomen, en la tensión muscular que se relaja lentamente. La música actúa como un entorno, no como un discurso. En este entorno, la subjetividad se suspende parcialmente, dando lugar a una experiencia menos centrada en el yo y más en la duración compartida.
La fatiga, lejos de ser un obstáculo, se transforma en umbral. Cruzarlo permite una escucha distinta, donde el control consciente cede y aparece una atención más amplia, menos fragmentada. El trance no es pérdida, sino reconfiguración de la relación con el tiempo y con el cuerpo.
En Music for 18 Musicians, escuchar es un acto corporal prolongado. La música no se impone al cuerpo; lo acompaña hasta que ambos encuentran un ritmo común. Y en ese encuentro, la repetición deja de sentirse como insistencia para convertirse en permanencia.
“Cuando el tiempo deja de avanzar, la escucha aprende a quedarse.”
Tiempo suspendido: duración, espera y continuidad
En Music for 18 Musicians, el tiempo no se organiza como una sucesión de momentos significativos, sino como una duración sostenida que se expande y se contrae sin rupturas visibles. La obra no avanza hacia un objetivo narrativo ni se orienta a un punto de llegada claramente identificable. En su lugar, propone una experiencia de continuidad en la que el tiempo parece suspender su función habitual de medida y expectativa.
Desde los primeros minutos, el oyente comprende —o más bien siente— que la música no se rige por la lógica del antes y el después. No hay anticipación de clímax ni preparación para una resolución. Cada sección emerge de la anterior sin corte, sin anuncio, como si siempre hubiera estado ahí. El tiempo no se segmenta; fluye.
Esta forma de duración altera la relación tradicional entre escucha y espera. En muchas obras musicales, escuchar implica esperar algo: un cambio, una intensificación, un final. En Reich, esa espera se disuelve. Al no haber un acontecimiento privilegiado hacia el cual dirigirse, la atención se libera de la ansiedad del futuro y se instala en el presente continuo. El oyente no aguarda; permanece.
La continuidad temporal se refuerza por la manera en que las secciones se encadenan. Los cambios armónicos no se presentan como giros dramáticos, sino como desplazamientos casi orgánicos. El tiempo no se quiebra; se desliza. Esta cualidad hace que la duración de la obra resulte difícil de medir subjetivamente. Una hora puede sentirse breve o extensa, pero rara vez se percibe como fragmentada.
Desde una perspectiva fenomenológica, esta suspensión del tiempo narrativo produce un efecto de ampliación perceptiva. Al no estar orientada hacia una meta, la escucha se vuelve más abierta, menos instrumental. El oyente no utiliza el tiempo para llegar a algo; lo habita. La música no acompaña el paso del tiempo: lo sustituye.
La espera, en este contexto, no desaparece, pero cambia de naturaleza. Ya no es espera de algo que va a ocurrir, sino una espera sin objeto, una disponibilidad. La música enseña a esperar sin promesa. Esta forma de espera es cercana a la contemplación: una atención sostenida que no exige recompensa.
La continuidad también genera una experiencia de igualdad temporal. No hay momentos “menores” ni “mayores”; cada instante tiene el mismo peso estructural. Esto no significa monotonía, sino una redistribución del valor. Lo que importa no es cuándo ocurre algo, sino cómo se percibe mientras ocurre. El tiempo deja de ser jerárquico.
En Music for 18 Musicians, la suspensión del tiempo no es evasión, sino reeducación perceptiva. La obra propone otra forma de estar en la duración, menos orientada al progreso y más atenta a la persistencia. El tiempo no se consume; se sostiene.


Comunidad sonora: intérpretes, oyentes y sincronía compartida
Music for 18 Musicians no es únicamente una obra para ser escuchada; es un dispositivo de sincronización colectiva. Desde su concepción, Reich piensa la música como un sistema en el que múltiples cuerpos —los de los intérpretes y los de los oyentes— quedan inscritos en un mismo pulso. La repetición, lejos de aislar, produce comunidad.
En el plano de la interpretación, la obra exige una escucha constante entre los músicos. No hay un director que imponga el tiempo desde fuera; el pulso se mantiene por la atención compartida. Cada intérprete depende de los demás para sostener la estructura. Esta interdependencia genera una forma de comunidad horizontal, donde el control se distribuye y el tiempo se construye colectivamente.
La respiración audible de los intérpretes cumple aquí una función central. No solo marca transiciones formales, sino que recuerda la presencia física de quienes producen el sonido. La música no se presenta como un objeto autónomo, sino como el resultado de cuerpos coordinados en el esfuerzo de sostener una duración común. Escuchar es también percibir esa cooperación.
El oyente, por su parte, no queda fuera de este sistema. Aunque no produce sonido, su cuerpo entra en resonancia con el pulso general. La sincronía rítmica genera una experiencia compartida incluso entre desconocidos: una sala llena de personas respirando, moviéndose levemente y permaneciendo juntas dentro de la misma estructura temporal. La obra crea una comunidad efímera basada en la duración.
Esta forma de comunidad no se funda en la emoción explícita ni en el relato compartido, sino en la coexistencia temporal. No es necesario interpretar la obra de la misma manera para habitarla juntos. Basta con permanecer. En este sentido, Music for 18 Musicians propone un modelo de colectividad silenciosa, donde la pertenencia no se afirma, se experimenta.
La sincronía también disuelve parcialmente la separación entre intérprete y oyente. Ambos participan del mismo trance temporal, aunque desde posiciones distintas. El músico sostiene el pulso; el oyente lo recibe y lo encarna. La música funciona como un campo común donde las diferencias de rol se atenúan frente a la experiencia compartida del tiempo.
En un contexto cultural marcado por la fragmentación, la aceleración y la escucha individualizada, la obra de Reich plantea una resistencia sutil. No ofrece un mensaje político explícito, pero propone una práctica: sostener juntos un tiempo largo, estable y repetitivo. La comunidad no se construye desde el discurso, sino desde la insistencia.
Así, Music for 18 Musicians puede leerse como una ética de la duración compartida. Una obra que enseña que la repetición no aísla, que el tiempo sostenido puede ser un espacio común y que el cuerpo, al sincronizarse con otros, encuentra una forma distinta de presencia.
“La música no une por lo que dice, sino por el tiempo que hace posible compartir.”
Bibliografía
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