Lo que el cuerpo recuerda: tejido, identidad y resistencia en el huipil mesoamericano
«Se olvidaron las técnicas prehispánicas para construir pirámides y estelas que pertenecían al mundo duro de los hombres, mientras que los textiles suaves del mundo de las mujeres han sobrevivido, ajustándose a la realidad de cada época.»

Artículos
Sabak' Ché | Marzo 2026
Lo que el cuerpo recuerda:
Tejido, identidad y resistencia en el huipil mesoamericano
Sabak' Ché
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En los Altos de Chiapas, entre las comunidades tzotziles y tzeltales, existe una correspondencia que el tiempo no ha borrado: los diseños rombales bordados en los huipiles ceremoniales contemporáneos son prácticamente idénticos a los que aparecen en una estela de Yaxchilán fechada en el siglo VII de nuestra era. Más de trece siglos separan ambas imágenes y, sin embargo, la mano que teje hoy reconoce en esa piedra antigua algo que le pertenece. Esta continuidad no es casualidad ni nostalgia: es el resultado de un sistema de transmisión del conocimiento que opera a través del cuerpo, del hilo y de la mirada de una mujer sobre las manos de otra. El huipil no es solo una prenda: es uno de los archivos más antiguos y más vivos que el continente americano conserva.
La palabra misma llega desde el náhuatl: huipilli, que significa blusa o vestido adornado. Pero en tzotzil tiene otros nombres —k'u'il, luch k'u'il, chilil— que revelan que no existe una sola lengua que pueda nombrarlo del todo. El huipil es anterior a sus nombres escritos. Existe desde antes de que alguien decidiera fijarlo en un papel.
Abstract
Este ensayo analiza el huipil mesoamericano —prenda textil de origen prehispánico vigente en comunidades indígenas del sur de México y Centroamérica— como objeto cultural complejo que articula memoria, identidad, resistencia y creación. A partir de tres perspectivas teóricas —la antropología del vestido y la identidad (Irma Otzoy), la teoría de la memoria cultural (Jan Assmann) y el pensamiento decolonial (Mignolo, Cumes)—, el ensayo examina siete dimensiones de la prenda: su relación cosmológica con el cuerpo a través del telar de cintura; su función como sistema de comunicación simbólica que opera en registros de identidad comunitaria, estado social y cosmología; su historia de supervivencia y adaptación frente a la colonia española; su dimensión ritual en los contextos ceremoniales de bodas, entierros y fiestas patronales; el reconocimiento de la tejedora como autora intelectual y creativa; los conflictos contemporáneos en torno a la apropiación cultural y la dignidad económica de las creadoras; y, finalmente, la comprensión del huipil no como objeto preservado sino como práctica viva que se transmite corporalmente entre generaciones. El ensayo concluye que el huipil constituye uno de los archivos culturales más ricos del continente americano: un archivo que no se guarda en papel sino en cuerpos, y que sigue creciendo mientras haya manos que sostengan el telar.
«Se olvidaron las técnicas prehispánicas para construir pirámides y estelas que pertenecían al mundo duro de los hombres, mientras que los textiles suaves del mundo de las mujeres han sobrevivido, ajustándose a la realidad de cada época.» — Kazuyasu Ochiai, Las tejedoras de los Altos de Chiapas, Arqueología Mexicana, núm. 28
I. El telar y el cuerpo: una misma gramática
Hay pocas herramientas en la historia de la humanidad que sean tan literalmente una extensión del cuerpo como el telar de cintura. A diferencia del telar de pedal, que se usa de pie frente a una estructura vertical, el telar de cintura se sujeta con un mecapal —una faja tejida de ixtle— directamente alrededor del cuerpo de quien teje. El extremo superior del telar se ata a un árbol, a un poste, a cualquier punto fijo del entorno, mientras el inferior descansa contra el vientre de la tejedora. Para tensar el tejido, ella inclina el cuerpo hacia atrás. Para aflojarlo, se inclina hacia adelante. El telar respira con ella.
Esta intimidad no es accidental. Para la cosmología maya, el telar de cintura no es una herramienta neutral: es un sistema de correspondencias entre el mundo y el cuerpo humano. Según la investigadora Victoria Solanilla Demetre, los diferentes bastidores del telar guardan relación con las distintas partes del cuerpo: el bastidor superior se identifica con la cabeza, el del medio con el corazón, el inferior con los pies. La lanzadera representa las costillas. Los hilos de la urdimbre, que atraviesan el corazón, son su sustento. Y el telar mismo, sujeto a un árbol como si fuera un cordón umbilical, remite simbólicamente a la madre que está en el centro del universo.
Tejer, en este sistema de pensamiento, no es fabricar una prenda: es reproducir el mundo. El movimiento de abrir y cerrar el telar actúa como el latido del corazón. El vaivén del cuerpo de la tejedora recuerda las contracciones del parto. En la cosmología maya, las grandes tejedoras —las diosas Ixchel e Ix Chebel Yax— son también madres de la creación. Tejer y dar vida no son actos distintos: son versiones de una misma operación fundamental.
Esta dimensión cosmológica del tejido explica algo que de otro modo podría parecer paradójico: que el huipil haya podido sobrevivir tanto tiempo sin necesidad de ser registrado en ningún archivo escrito. Su permanencia no se debe a que alguien lo haya guardado o catalogado, sino a que generaciones de mujeres lo han reproducido con sus propios cuerpos. Cada vez que una niña observa a su madre tejer y aprende a sostener el mecapal, a tensar la urdimbre, a brocado el diseño que su comunidad ha usado durante siglos, está recibiendo una transmisión que no cabe en ningún libro. El conocimiento del huipil es corporal antes de ser conceptual. Se aprende como se aprende a caminar: haciéndolo.
Hay en esto una forma de memoria que las ciencias sociales han tardado en reconocer como tal. La memoria que vive en el cuerpo —en la postura, en el gesto, en la destreza de los dedos que reconocen la tensión correcta del hilo sin necesidad de medirla— es tan legítima y tan poderosa como la que se conserva en los textos. El huipil es, entre otras cosas, la demostración de que una cultura puede sobrevivir sin escritura si tiene manos que recuerden.
“En el huipil no se escribe lo que se piensa: se teje lo que se sabe, que es una cosa distinta y mucho más antigua.”
II. El hilo como lengua: leer lo que no se escribe
Antes de que llegara cualquier escritura alfabética al continente americano, las comunidades mesoamericanas ya tenían sistemas para comunicar información compleja, identificar a las personas, narrar historias y fijar valores culturales. El textil era uno de esos sistemas. No una representación de algo más importante, no un ornamento que acompañaba al lenguaje real: era él mismo un lenguaje, con su propia sintaxis, su propio vocabulario, sus propias reglas de composición.
En el caso del huipil, este lenguaje opera en varios registros simultáneos. El primero es el de la identidad comunitaria: el estilo de tejido, los colores predominantes, los motivos específicos del bordado y la disposición de los paneles permiten identificar a simple vista a qué comunidad pertenece quien lo porta. En los Altos de Chiapas, por ejemplo, un huipil de San Andrés Larráinzar es reconocible de inmediato por sus brocados rojos sobre fondo blanco, mientras que uno de San Juan Chamula tiene características distintas en su tejido y su paleta. Esta función identificadora no es decorativa: es política. El huipil dice quién eres y de dónde vienes antes de que hayas dicho una sola palabra.
El segundo registro es el del estado social y vital: el color, la complejidad del bordado y la longitud de la prenda comunican si quien la porta es niña, joven o anciana, si está soltera o casada, si atraviesa un momento ordinario o uno ceremonial. Esta información, que en otras culturas se transmite a través de convenciones verbales o documentos escritos, en el huipil está bordada directamente sobre el cuerpo. El cuerpo mismo se convierte en el documento.
El tercer registro, quizá el más profundo, es el cosmológico. Los motivos que aparecen en los huipiles —figuras geométricas, animales, plantas, estrellas, serpientes, rombos, espirales— no son decoraciones abstractas: son glifos visuales que refieren a la cosmovisión de la comunidad. Para los mayas, los puntos cardinales tienen colores asociados: el norte con el negro, el sur con el amarillo, el oriente con el rojo, el poniente con el blanco, y el centro —el lugar donde florece la vida— con el verde. Estos colores aparecen en los tejidos no como capricho estético sino como mapa del universo portable. Quien viste un huipil lleva consigo, sobre su cuerpo, una representación del cosmos.
Leer un huipil, entonces, no es observar una prenda bonita. Es descifrar un texto que opera en capas: la capa de la identidad geográfica, la capa del estado social, la capa de la cosmología y, en los huipiles más elaborados, la capa de la narrativa personal. Porque hay tejedoras que incorporan en sus diseños elementos propios, imágenes que vienen de su historia particular, de un sueño, de una experiencia. El huipil no es solo el texto de la comunidad: puede ser también el texto de una mujer específica que ha encontrado en el tejido su propia voz.


III. Sobrevivir a la colonia: resistencia bordada
La llegada de los españoles al continente americano en el siglo XVI no fue solo una conquista militar y política: fue también una conquista del cuerpo. Los evangelizadores que acompañaron a los conquistadores llevaban consigo una concepción particular de lo que debía cubrirse, de lo que era indecente, de cómo debía verse un cuerpo cristiano. En Yucatán, por ejemplo, las mujeres mayas acostumbraban el torso desnudo, una práctica que los religiosos consideraron inaceptable y que buscaron corregir obligando a las mujeres a cubrir sus pechos. El huipil fue la prenda que se usó para cumplir esa imposición —ya existía en otras regiones de México— pero en el proceso de adoptarlo, las comunidades mayas lo convirtieron en algo propio, lo reinterpretaron desde su propia cosmología y lo usaron como espacio de continuidad cultural.
Este es uno de los gestos más notables de la historia del huipil: su capacidad para sobrevivir a los intentos de borrarlo no enfrentándolos de frente, sino incorporándolos y transformándolos. Cuando los españoles introdujeron nuevos materiales —la lana, la seda, los tintes europeos—, las tejedoras los absorbieron en sus propias técnicas sin abandonar las formas fundamentales. Cuando la iconografía del arte europeo renacentista y barroco llegó a través de las misiones religiosas, algunos de sus elementos fueron incorporados en los bordados sin reemplazar los símbolos prehispánicos: simplemente convivieron, formando las capas de sincretismo que hoy caracterizan a muchos huipiles regionales.
Pero hubo momentos en que sobrevivir fue más difícil que adaptarse. En Guatemala, durante los años de la guerra civil —la más larga y brutal del siglo XX latinoamericano—, vestir ropa tradicional indígena era un acto de riesgo real: podía identificar a una persona como indígena y, por lo tanto, como sospechosa ante los cuerpos militares que llevaban a cabo masacres sistemáticas en las comunidades mayas del altiplano. Muchas mujeres dejaron de portar el huipil durante esos años. El silencio textil fue también una forma de sobrevivir. Y cuando la guerra terminó, el regreso al huipil fue un acto de reivindicación colectiva: la prenda como señal de que la comunidad seguía existiendo, de que la identidad no había sido liquidada.
En México, la historia es diferente pero no menos compleja. Los procesos de mestizaje forzado, las políticas indigenistas del siglo XX que buscaron integrar a las poblaciones indígenas a un proyecto nacional homogéneo, la urbanización y la migración han puesto presión sobre la continuidad del huipil en muchas comunidades. Y sin embargo, en los Altos de Chiapas, en las comunidades zapotecas de Oaxaca, entre los grupos mayas de Yucatán y Guatemala, el huipil sigue siendo parte del vestido cotidiano de millones de mujeres. No como reliquia, no como disfraz turístico: como ropa, como identidad, como vida ordinaria.
Esta continuidad es política aunque no siempre se enuncie como tal. Vestir el huipil en un contexto que lo ha devaluado históricamente —en ciudades que lo asocian con la pobreza, en instituciones que han discriminado a quienes lo portan, en mercados que lo reproducen sin pagar a sus creadoras— es un acto que tiene consecuencias. Es afirmar que lo que una comunidad considera bello y significativo no necesita la validación de quienes lo desconocen.
“El mismo huipil que lleva a la mujer al altar la lleva también a la tierra: porque los dos lugares son, para quien lo entiende, el mismo umbral.”
IV. El huipil ceremonial: cuando la prenda se vuelve rito
Existe una distinción fundamental en el mundo del huipil que no puede pasarse por alto: la diferencia entre el huipil de uso cotidiano y el huipil ceremonial. No se trata únicamente de una diferencia de calidad o de elaboración —aunque el huipil ceremonial es siempre más complejo, más laborioso, más cargado de diseño—, sino de una diferencia ontológica. El huipil ceremonial pertenece a un registro distinto de existencia: es una prenda que participa en los momentos en que la comunidad se relaciona con lo sagrado, con los ancestros, con los ciclos que gobiernan la vida y la muerte.
En muchas comunidades indígenas de Mesoamérica, el huipil de boda es el mismo que se usa para el entierro. Esta coincidencia, que puede parecer extraña desde fuera, tiene una lógica profunda: tanto el matrimonio como la muerte son umbrales, momentos en que una persona cruza de un estado de existencia a otro. La misma prenda acompaña ambos cruces porque su función no es decorativa sino transitiva: ayuda al cuerpo a moverse a través de un cambio fundamental. El huipil ceremonial no es lo que uno se pone para la ocasión; es lo que une a la persona con la dimensión sagrada de su comunidad.
En Chiapas, el huipil ceremonial de algunas comunidades tzotziles puede tardar un año o más en completarse. El brocado grande —llamado muk' ta luch en la comunidad de San Andrés Larráinzar— requiere una precisión y una paciencia que van más allá de la destreza técnica: son el resultado de un estado de atención sostenida, casi meditativa, que las tejedoras describen en términos que se parecen a la plegaria. No es casualidad que en la tradición maya el tejer sea un don de las diosas: hacer un huipil ceremonial es participar, de alguna manera, en el acto creador que esas diosas protagonizaron al principio del tiempo.
Los santos de las capillas también visten huipil. Esta práctica —que puede parecer sincretismo superficial— revela en realidad la profundidad con que las comunidades mayas resignificaron el catolicismo colonial: la Virgen, los santos, las imágenes sagradas que los misioneros introdujeron fueron recibidas y revestidas con la prenda propia, incorporadas al sistema cosmológico local a través del tejido. Al vestir a la Virgen con huipil, la comunidad no está imitando a los españoles: está haciendo lo contrario. Está afirmando que lo sagrado, para ser reconocible, debe vestirse como ella.
Esta dimensión ritual del huipil ilumina algo que la mirada externa suele perder: la prenda no es solo el producto de un proceso creativo, sino parte de ese proceso. El acto de tejer el huipil ceremonial es ya en sí mismo un acto ritual. Las mujeres que lo hacen no están simplemente trabajando: están participando en una práctica que conecta el tiempo presente con el tiempo de los ancestros, que actualiza un conocimiento transmitido de generación en generación, que mantiene viva una relación con lo sagrado que no necesita iglesias ni sacerdotes para existir.


V. La tejedora como autora: identidad y creación
Hay una pregunta que el mundo del arte suele hacerse tarde, cuando ya ha dejado pasar demasiado tiempo: ¿quién hizo esto? En el caso del huipil, esta pregunta tiene una respuesta clara y sistemáticamente ignorada: lo hicieron mujeres. Mujeres indígenas, en su mayoría, que aprendieron el oficio de sus madres y sus abuelas, que dedicaron meses o años de trabajo sostenido a una prenda que el mercado después vendería a precios que no reflejan ni remotamente el valor de ese tiempo.
Reconocer a la tejedora como autora no es solo un gesto de justicia histórica, aunque también lo es. Es un gesto epistemológico: implica reconocer que detrás de cada huipil hay una inteligencia creativa, un conjunto de decisiones estéticas y conceptuales, una voz específica que ha elegido tal color en lugar de tal otro, tal motivo en lugar de tal otro, tal disposición de los paneles en lugar de la que haría su vecina. Las tejedoras no reproducen mecánicamente un patrón fijo: interpretan una tradición, la habitan desde su propia experiencia y, en el mejor de los casos, la transforman desde adentro.
La antropóloga Marta Turok, especialista en textiles indígenas mexicanos, ha señalado que los huipiles son documentos que comunican diferencias fundamentales de identidad entre comunidades, pero también dentro de ellas: un huipil puede revelar si quien lo porta está soltera o casada, si es niña o anciana, si pertenece a una línea familiar específica dentro de la comunidad. Esta capacidad de particularización requiere que quien lo teje conozca un sistema de convenciones compartidas y sepa al mismo tiempo cómo moverse dentro de él con libertad suficiente para expresar algo propio.
En algunos casos, esta autoría es absolutamente explícita. Hay tejedoras que incorporan en sus huipiles imágenes que vienen de su propia experiencia: animales que vieron en sueños, flores que crecen en su parcela, figuras que narran un episodio personal o familiar. En estos casos, el huipil es indistinguible de lo que en el mundo del arte occidental llamaríamos una obra personal: una expresión que lleva la marca inconfundible de una sensibilidad particular. La diferencia es que esta obra no cuelga en una galería: la porta su autora sobre el cuerpo, en la vida diaria, sin que nadie se detenga a preguntarle su nombre.
Esta invisibilidad de la autoría no es accidental. Es el resultado de siglos de una mirada que ha considerado artesanía lo que hacen las manos de las mujeres indígenas y arte lo que producen otras manos en otros contextos. Deshacer esa distinción no es solo una operación de terminología: es una operación política que afecta la manera en que valoramos, pagamos y preservamos un conocimiento que el mundo no puede darse el lujo de perder.
“El huipil puede cruzar fronteras, pero no debería cruzarlas solo: debería llevar consigo el nombre de quien lo hizo y la historia de por qué lo hizo.”
VI. El mercado y la mirada ajena: apropiación y dignidad
En los últimos años, el huipil ha entrado con fuerza en los circuitos de la moda internacional. Diseñadores de todo el mundo —desde México hasta Europa y Estados Unidos— han incorporado elementos del textil indígena mesoamericano en sus colecciones, a veces con reconocimiento explícito de su origen, a veces sin ninguno. Marcas de lujo han vendido prendas inspiradas en huipiles de comunidades específicas a precios que ninguna tejedora de esa comunidad podría pagar, sin que un solo centavo de esa venta regresara a las mujeres cuyo conocimiento hizo posible el diseño.
Este fenómeno tiene un nombre: apropiación cultural. Y aunque el término ha generado debate —hay quienes argumentan que toda cultura se construye mediante intercambios y préstamos—, en el caso del huipil el problema no es el intercambio sino las condiciones de ese intercambio. Cuando una cultura que ha sido históricamente marginada ve su patrimonio reproducido y vendido por quienes la han marginado, sin consentimiento y sin beneficio para sus creadoras, el intercambio deja de ser un diálogo para convertirse en una continuación de la extracción colonial por otros medios.
Frente a esto, las comunidades textiles han respondido con dignidad y creatividad. Colectivos de tejedoras en Chiapas, Oaxaca y Guatemala han comenzado a organizarse para defender la propiedad intelectual de sus diseños, para comercializar directamente sus productos y para establecer los términos en que aceptan o rechazan la colaboración con diseñadores externos. Algunas marcas —como Fábrica Social y Carla Fernández en México— han desarrollado modelos de colaboración que implican pago justo, reconocimiento de autoría y participación de las comunidades en las decisiones de diseño. Estos modelos no son perfectos, pero señalan una dirección posible.
La pregunta de fondo, sin embargo, no es comercial sino cultural: ¿qué le ocurre a un objeto cuando sale de su contexto de producción y de significado? Un huipil vendido en una boutique de París a una compradora que no conoce su sistema simbólico, que no sabe a qué comunidad pertenece ni qué historia porta, sigue siendo un huipil en términos materiales. Pero algo se ha perdido en la operación. No el objeto, sino la relación que el objeto estaba destinado a sostener: la relación entre una mujer, su comunidad, su historia y el mundo que la rodea.
Esto no significa que el huipil deba permanecer cerrado, inaccesible, protegido de toda mirada externa. Significa que la mirada externa tiene una responsabilidad: la de informarse, la de preguntar, la de reconocer lo que no sabe. Significa que admirar un huipil no es suficiente si esa admiración no va acompañada de un conocimiento, aunque sea mínimo, de lo que se está mirando. La belleza del huipil no existe en el vacío: existe en relación con una historia, con una comunidad, con el cuerpo de una mujer que tejió durante meses para que esa prenda dijera algo que las palabras no pueden.


VII. Lo que el cuerpo recuerda
Hay una imagen que resume, mejor que cualquier argumento, lo que el huipil significa: una mujer anciana en los Altos de Chiapas, sentada en el umbral de su casa, tejiendo un huipil con el telar de cintura sujeto a un árbol. Sus manos se mueven con la velocidad y la precisión de quien ha hecho lo mismo miles de veces. Sus ojos no necesitan seguir el trabajo: el cuerpo recuerda. Y mientras teje, sabe —sin necesidad de decirlo— que lo que está haciendo no es solo una prenda: es una continuación de algo que comenzó mucho antes de que ella naciera y que seguirá después de que ella muera, si alguien ha aprendido a sostener el mecapal con la tensión correcta.
Esta imagen no es idílica ni romántica. La mujer que teje en el umbral de su casa en Chiapas vive en un contexto de pobreza estructural, de discriminación histórica, de presiones de todo tipo sobre su modo de vida y su identidad. La continuidad del huipil no ocurre en un espacio protegido de la historia: ocurre en medio de ella, a pesar de ella, a veces gracias a una resistencia que requiere un esfuerzo cotidiano que no siempre es visible.
Pero precisamente por eso el huipil importa. Porque es la demostración de que una cultura puede sobrevivir sin las instituciones que habitualmente asociamos con la supervivencia cultural: sin museos que la preserve, sin academias que la enseñen, sin mercados que la valoricen. Puede sobrevivir si hay manos que la recuerden. Si hay cuerpos dispuestos a sostener el telar. Si hay mujeres que le enseñen a otras mujeres —sus hijas, sus sobrinas, las niñas de la comunidad— a leer el mundo en el lenguaje del hilo.
Sabak' Ché, como proyecto de fomento y promoción cultural, se encuentra en una posición particular frente al huipil: no puede preservarlo —esa es tarea de las comunidades que lo crean— pero sí puede hacer algo igualmente necesario, que es nombrarlo. Ponerlo en el espacio del pensamiento y de la reflexión. Señalar que este objeto, que millones de personas han pasado por alto porque lo confunden con artesanía pintoresca, es en realidad uno de los archivos más ricos y más complejos que el continente americano ha producido. Un archivo que no se guarda en papel sino en cuerpos. Un archivo que no tiene director sino tejedoras. Un archivo que sigue creciendo, hilo por hilo, en el umbral de una casa en los Altos de Chiapas.
Lo que el cuerpo recuerda, el tiempo no puede borrarlo del todo. Mientras haya manos que sostengan el mecapal y ojos que aprendan a leer el diseño, el huipil seguirá siendo lo que siempre ha sido: la forma más íntima y más poderosa en que una cultura dice yo existo, yo soy esto, yo recuerdo de dónde vengo.
Bibliografía:
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Weitlaner-Johnson, Irmgard. «Chiptic Cave Textiles from Chiapas, Mexico». Journal de la Société des Américanistes, núm. 43. París, 1954.

