Leonardo Guerrero (México) - Hormigas

Desde hace tiempo no me siento bien. Es verdad, no hay forma cuerda de plantear esto, pero, de cualquier forma, debe existir una, en algún sitio arrumbado del mundo: estoy pagando algo, aunque no sé qué [...]

1/9/2026

Mimeógrafo
#152 | Enero 2026

Hormigas

Leonardo Guerrero
(México)

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Cita

Desde hace tiempo no me siento bien.

Es verdad, no hay forma cuerda de plantear esto, pero, de cualquier forma, debe existir una, en algún sitio arrumbado del mundo: estoy pagando algo, aunque no sé qué, si tengo, apenas, cinco años. Vivo un infierno… Bueno, no, no puedo decir “un infierno”, eso sería hacerme cargo de todos los tipos de suplicio. No. Yo vivo mi propio infierno, uno ajustado a mi escasa edad.

Tengo cinco años y estoy parado frente a la taza del baño. Intento orinar, sin embargo, a cada acometida, un escozor me atraviesa el cuerpo, me parte la poca, mucha, humanidad de la que, entonces, soy inconsciente. Hileras de hormigas se pasean por mis tractos, ingresan por el rubroespinal y de ahí, bajar es lo peor, nada bueno trae, deambulan por el digestivo, se adhieren a las paredes estomacales, provocando el estertor de la vida, me siento en la taza y hago lo propio. Después, el camino acaba y por fin, las chicatanas desembocan, con su nulo tacto, a través del tracto urinario. Un alarido horroroso. Mi abuela detrás de mí. ¿Estás bien? ¿Qué pasa, niño de mi vida? Mi madre, furiosa por una intromisión —que no entiendo porque tengo cinco, que no entenderé jamás porque, al menos en este plano, no soy un ser gestante—, entra a las prisas. Yo atiendo al niño. Yo puedo, gracias, suegra. El encontronazo de fuerzas y el trabajo, sobrehumano, de ambas por sobreponerse a la enfermedad ajena. Dado que no la sienten, es difícil para ellas traducir mis gestos, los quejidos y gritos. Mi abuela no tiene preocupación en el rostro, ella es un nervio encarnado, camina afuera del baño, pregunta. ¿Estás bien pedacito? ¿Quieres que entre? Espera la confirmación de la inutilidad materna. No sucede. El niño, que soy yo, no responde, se queda pasmado, sosteniendo un pedazo de carne pendular, lastimada, la genitalia externa de Dios. Mi madre, desesperada, intenta comprender, mas no sabe cómo ayudarme. Refunfuña, hoy sé que es un síntoma de la impotencia en su hambre por maternar correctamente. ¿Qué significa eso? No sé. Sólo sé que ella nunca fue enemiga de las lágrimas, sino víctima de su ignorancia, haciéndola presa de lo que le dijeron, reproduciendo frases, como en un altavoz del régimen autoritario de cualquier país latinoamericano que se me venga a la mente. Ándale, súbete los pantalones y deja de llorar, ¿acaso no sabes que los hombres no lloran? Sólo las niñas lloran. Tengo cinco años y pienso que las niñas tienen suerte por habérseles permitido el llanto. No obstante, nunca en la vida he dejado de llorar, mamá. Incluso hoy, veintitrés años después, mientras las tenazas rojas y los hocicos pegajosos rasgan mi tejido uretral esponjoso, lloro, porque, desde hace tiempo, no me siento bien.

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