Leiru Racso (México) - La piel que habita la bestia
El rancho no se erguía sobre el mapa; era una gangrena de madera y láminas oxidadas que asfixiaba la tierra. Las vigas, torcidas por un raquitismo crónico, se sostenían por el puro espasmo del odio.

Mimeógrafo
#153 | Febrero 2026
La piel que habita la bestia
Leiru Racso
(México)
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Cita
El rancho no se erguía sobre el mapa; era una gangrena de madera y láminas oxidadas que asfixiaba la tierra. Las vigas, torcidas por un raquitismo crónico, se sostenían por el puro espasmo del odio. Alrededor, el suelo era un desierto de costras químicas, una dermis endurecida donde el agua no penetraba y la semilla moría antes de ser sueño. No había moscas, ni siquiera carroña; solo un aire estancado con olor a orina vieja y metal caliente. El hombre decía que aquel lugar era su dominio. En realidad, era su propio reflejo pudriéndose al sol.
Cada alba era un naufragio. El hombre se rescataba a sí mismo con cerveza tibia, tragada con la desesperación de quien intenta inundar un pozo de cal viva. Después, el rito del zinc: frente a una lámina de metal abollada que le devolvía una cara fragmentada, tensaba los tendones. Su cuerpo era una arquitectura de violencia, un ídolo de carne magra que no conocía la duda, solo el cálculo. No habitaba su piel; la usaba como una armadura contra cualquier rastro de humanidad.
En el corral, el toro era una presencia geológica. Una montaña de músculo negro y paciencia mineral que parecía esperar el fin del mundo. Sus ojos, dos pozos de alquitrán, evitaban el horizonte no por sumisión, sino por una economía del dolor. Había comprendido que la luz atraía el golpe. Su quietud era una memoria grabada en el tuétano: el silencio es el único escudo contra el verdugo.
Cuando el alcohol dejaba de quemar, el hombre buscaba el contacto. No por deseo, sino por la necesidad necrótica de sentir que algo se rompía bajo su mando. Golpeaba con una técnica de carnicero: puñetazos secos a los órganos, patadas que buscaban el crujido sordo del cartílago cediendo. Disfrutaba de la vibración del impacto en sus propios huesos. El toro se encogía, aceptando el castigo como quien acepta la lluvia ácida.
Una tarde, el camino vomitó una sombra. Una mujer pequeña, hecha de arrugas y polvo, se detuvo donde terminaba la vida y empezaba el rancho. No era una anciana corriente; parecía un fémur vestido con harapos, una reliquia que la tierra se había negado a digerir. Clavó su bastón de madera nudosa en el polvo con un sonido que recordó al de un clavo entrando en un ataúd.
—Lo que rompes hoy, te sostendrá mañana —dijo ella. Su voz no era humana; era el roce de dos lápidas.
El hombre soltó una carcajada que olió a fermento. La cubrió con insultos que eran como paladas de tierra, intentando enterrarla bajo su desprecio. La mujer no se inmutó. Lo observó con una piedad obscena, como se mira un cadáver que aún cree que puede caminar.
—Aprende, entonces, el peso de lo que desprecias —sentenció—. Intercambia el latido. Habita la herida.
Se dio la vuelta y el aire pareció succionar su figura. El hombre levantó el puño para descargar su rabia contra el vacío, pero su fe en el músculo colapsó. El mundo se volvió líquido. El suelo subió a devorarlo y una negrura espesa, como sangre coagulada, lo reclamó antes de que su cuerpo tocara el estiércol seco.
Despertó con el sabor del hierro en la garganta. Intentó gritar, pero su laringe se había convertido en un túnel de cuero y humedad. El aire era denso, difícil de filtrar a través de unos pulmones que ahora pesaban como sacos de arena. Miró hacia abajo y vio la aberración: pezuñas partidas, pelo áspero manchado de orina, una columna vertebral que se curvaba bajo un peso ancestral. La lucidez humana permanecía intacta, atrapada en esa catedral de carne ajena como un parásito en un órgano muerto. El miedo ya no era una idea; era un temblor físico que sacudía cuatro toneladas de anatomía condenada.
Entonces escuchó el paso. Pesado. Deliberado.
De entre las sombras de la casa emergió una figura que desafiaba la razón. Tenía el torso de un hombre, ancho y marcado por cicatrices frescas, pero sobre sus hombros descansaba la cabeza del toro. Los ojos de la bestia, ahora en el cuerpo del hombre, no buscaban el suelo. Brillaban con una inteligencia eléctrica y maligna. En sus manos humanas, el nuevo ser sostenía un hacha cuya hoja estaba comida por el orín y la sangre seca.
El toro-humano avanzó con una elegancia cruel, ensayada durante milenios en el matadero de la memoria. En su nueva piel, la violencia no era un arrebato; era una corrección necesaria del destino.
El hombre-toro intentó huir, pero su cuerpo era exactamente lo que él siempre había castigado: una máquina lenta, torpe, diseñada para recibir el daño, no para esquivarlo. El corral se convirtió en una celda de aire sólido. Cuando el hacha se alzó, el hombre atrapado en el animal no imploró perdón; el lenguaje lo había abandonado mucho antes que su forma.
El primer hachazo fue una disección. No buscó el corazón, sino el nervio. La carne se abrió con un sonido de tela vieja desgarrándose y la sangre brotó, negra y caliente, empapando el polvo que por fin encontraba algo que beber. El verdugo con cabeza de toro observaba el flujo con una curiosidad quirúrgica. Sabía exactamente dónde dolía más. El segundo golpe fue un punto final que separó el cráneo del espinazo.
La cabeza humana rodó por la tierra, con los ojos fijos en un punto que ya no existía, procesando el último espasmo de una conciencia que ya no tenía donde alojarse. El cuerpo animal se desplomó después, con una obediencia absoluta, integrándose finalmente al paisaje de escombros.
El hombre con cabeza de toro soltó el hacha. No hubo triunfo, solo el silencio que sigue a una amputación necesaria. Se alejó hacia la noche, dejando que el rancho se hundiera en su propia podredumbre. Por primera vez en décadas, la presión sobre el suelo cesó. Y en la oscuridad, la tierra, alimentada por el sacrificio, comenzó a exhalar.
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