La hermenéutica literaria: leer como diálogo y experiencia de sentido

“La obra no pertenece ya a su autor, sino al mundo que despliega ante el lector.”

Sabak' Ché

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Sabak' Ché | Enero 2026

La hermenéutica literaria:

leer como diálogo y experiencia de sentido

Sabak' Ché

Aunque suele asociarse a la filosofía, la hermenéutica nació vinculada a la interpretación de textos sagrados y jurídicos. No fue sino hasta el siglo XX, con pensadores como Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur, que se consolidó como una teoría fundamental para la lectura literaria, al proponer que comprender un texto no significa descifrar un mensaje oculto, sino participar en un proceso de interpretación siempre abierto, histórico y humano.

Abstract

Este ensayo propone una aproximación a la hermenéutica literaria —principalmente a partir de los planteamientos de Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur— como un enfoque interpretativo que concibe la lectura no como la búsqueda de un sentido fijo, sino como un proceso abierto de comprensión. A lo largo del texto se exploran los fundamentos teóricos de la hermenéutica, su modo de funcionamiento y su aplicación al análisis literario, atendiendo a conceptos clave como diálogo, temporalidad, ambigüedad, prejuicio y participación del lector. El ensayo sostiene que la hermenéutica permite entender la obra literaria como una pregunta activa que se reactualiza en cada lectura, y al lector como un agente implicado en la producción de sentido. Lejos de ofrecer un método rígido, este enfoque revela la interpretación como una experiencia crítica, ética y estética, capaz de ampliar la comprensión del texto sin clausurar su significado.

“La obra no pertenece ya a su autor, sino al mundo que despliega ante el lector.”
— Paul Ricoeur, Teoría de la interpretación

Leer no es descifrar: el nacimiento de la hermenéutica literaria

Durante mucho tiempo, la lectura literaria fue entendida como un ejercicio de desciframiento. El texto se concebía como un recipiente que contenía un significado fijo, estable, depositado por el autor y destinado a ser recuperado por un lector atento. Bajo esta lógica, interpretar era equivalente a encontrar “lo que el texto quiso decir”, como si el sentido fuese una clave escondida que debía ser revelada mediante el análisis correcto. La hermenéutica surge, precisamente, como una impugnación a esa idea de la lectura como recuperación pasiva.

En su origen, la hermenéutica no fue una teoría literaria, sino una práctica vinculada a la interpretación de textos complejos: escrituras religiosas, leyes, documentos antiguos. Sin embargo, ya desde esos primeros usos estaba presente una intuición fundamental: comprender un texto no es repetirlo, sino situarlo en relación con quien lo lee. La comprensión no ocurre en el vacío, sino en un contexto histórico, cultural y vital concreto. Este desplazamiento —del texto como objeto al texto como acontecimiento— será decisivo para su posterior aplicación a la literatura.

Con Hans-Georg Gadamer, la hermenéutica da un giro radical. En Verdad y método, Gadamer cuestiona la idea de que exista una interpretación “pura”, libre de condicionamientos. Todo lector, afirma, se acerca al texto con una serie de prejuicios, entendidos no como errores, sino como presuposiciones inevitables que orientan la comprensión. Lejos de ser un obstáculo, estos prejuicios son el punto de partida del diálogo con la obra. Leer no es suspender la propia perspectiva, sino ponerla en juego frente al texto.

Desde esta perspectiva, la literatura deja de ser un objeto muerto del pasado y se convierte en una voz que interpela al presente. El texto no permanece idéntico a sí mismo a través del tiempo; lo que permanece es su capacidad de ser interpretado de nuevas maneras. Gadamer propone la noción de “fusión de horizontes” para describir este proceso: el horizonte histórico del texto y el horizonte vital del lector se encuentran, se tensionan y generan un nuevo sentido que no pertenece del todo a ninguno de los dos. Comprender es, así, un acto de encuentro.

Paul Ricoeur profundiza esta concepción al subrayar que el texto, una vez escrito, se emancipa de la intención de su autor. La obra ya no responde a quien la escribió, sino a quien la lee. Esta distancia no empobrece el sentido; al contrario, lo multiplica. Para Ricoeur, la interpretación literaria consiste en explorar los mundos posibles que el texto abre, más que en reconstruir una voluntad originaria. El acto de leer se transforma entonces en una experiencia de exploración simbólica.

Este cambio de paradigma tiene consecuencias profundas para el análisis literario. Si leer no es descifrar, el crítico ya no ocupa el lugar de quien revela una verdad escondida, sino el de quien argumenta una comprensión posible entre muchas otras. La interpretación se vuelve necesariamente provisional, situada y dialogante. No se trata de demostrar que una lectura es la correcta, sino de mostrar por qué es significativa, cómo dialoga con el texto y qué ilumina de él.

En este sentido, la hermenéutica inaugura una ética de la lectura. Obliga a asumir la responsabilidad del intérprete: toda lectura implica una toma de posición, una forma de escuchar y de responder al texto. La literatura, entendida hermenéuticamente, no ofrece certezas tranquilizadoras, sino preguntas persistentes. Leer se convierte en un acto de apertura, donde el sentido no se posee, sino que se construye en el encuentro entre lenguaje, tiempo y experiencia humana.

“La interpretación hermenéutica nace en el cruce entre el tiempo del texto y el tiempo del lector, allí donde la tradición deja de ser pasado y se vuelve diálogo vivo.”

Comprender desde el tiempo: historia, tradición y horizonte de lectura

Uno de los aportes más decisivos de la hermenéutica al análisis literario es su manera de pensar el tiempo. Frente a concepciones que entienden la obra como un objeto ahistórico, capaz de ser interpretado del mismo modo en cualquier época, la hermenéutica insiste en que toda comprensión está situada. Leer es siempre leer desde un momento histórico específico, desde una sensibilidad determinada y desde un conjunto de experiencias que no pueden separarse del acto interpretativo.

Hans-Georg Gadamer desarrolla esta idea al afirmar que la tradición no es un peso que deba superarse, sino el medio mismo a través del cual comprendemos. El lector no se enfrenta al texto como una conciencia aislada, sino como alguien atravesado por lenguajes, valores, formas de pensar y expectativas heredadas. Estas mediaciones no anulan la libertad interpretativa; la hacen posible. Comprender una obra del pasado implica reconocer que ese pasado sigue hablando en el presente, aunque nunca de manera idéntica a como lo hizo en su origen.

La noción de horizonte resulta central para entender este proceso. El horizonte del texto incluye su contexto histórico, sus códigos culturales, su lengua y las preguntas que respondía en el momento de su producción. El horizonte del lector, en cambio, está marcado por otros problemas, otras inquietudes y otras formas de sensibilidad. La interpretación ocurre cuando ambos horizontes entran en relación. No se trata de reconstruir de manera exacta el pasado ni de imponerle al texto las preocupaciones del presente, sino de permitir que ambos se modifiquen en el encuentro.

Desde esta perspectiva, la lectura se convierte en un ejercicio de negociación temporal. El texto resiste ciertas interpretaciones y habilita otras; el lector, a su vez, debe estar dispuesto a dejarse interpelar por una voz que no coincide plenamente con la suya. Esta tensión es productiva: allí donde el sentido no encaja de inmediato, surge la posibilidad de una comprensión más profunda. La hermenéutica valora precisamente esos puntos de fricción como lugares privilegiados de interpretación.

Paul Ricoeur amplía esta reflexión al pensar el tiempo narrativo. Para él, la literatura no solo se sitúa en el tiempo histórico, sino que construye formas propias de temporalidad. Los relatos organizan la experiencia humana del tiempo, articulando pasado, presente y futuro de modos simbólicos. Interpretar un texto literario implica, entonces, atender a cómo la obra configura el tiempo y cómo esa configuración dialoga con la experiencia temporal del lector.

Este enfoque permite comprender por qué las obras literarias no se agotan. Una novela, un poema o una obra dramática puede ser releída a lo largo de generaciones porque cada época encuentra en ella preguntas distintas. La hermenéutica no entiende esta pluralidad como una traición al texto, sino como la prueba de su vitalidad. Una obra significativa es aquella que soporta, e incluso exige, interpretaciones múltiples.

En el análisis literario, asumir esta dimensión temporal implica abandonar la búsqueda de una lectura definitiva. El crítico hermenéutico no aspira a cerrar el sentido, sino a situar su interpretación dentro de una historia de lecturas. Toda lectura se reconoce como parte de una cadena interpretativa más amplia, donde el texto ha sido comprendido de diferentes maneras y seguirá siéndolo. Esta conciencia histórica introduce una actitud de humildad crítica: la interpretación es válida, pero no absoluta.

Comprender desde el tiempo, en clave hermenéutica, significa aceptar que la literatura vive en el diálogo entre épocas. El texto no pertenece exclusivamente a su momento de origen ni al presente del lector, sino a ese espacio intermedio donde ambos se encuentran. Allí, la obra se reactualiza, se resignifica y vuelve a decir algo que no estaba dicho de la misma manera antes. Leer es, en este sentido, una forma de habitar el tiempo compartido entre el pasado que nos habla y el presente que lo escucha.

El texto como pregunta: ambigüedad, silencio y sentido abierto

Si la hermenéutica desplaza la lectura del desciframiento al diálogo, también modifica radicalmente la manera en que se concibe el sentido del texto. Desde esta perspectiva, la obra literaria no ofrece respuestas cerradas ni mensajes unívocos, sino que se presenta como una pregunta abierta al lector. Leer no consiste en resolver un enigma de una sola vez, sino en sostener una interrogación que se renueva con cada aproximación.

Hans-Georg Gadamer afirma que comprender un texto implica, ante todo, reconocer su carácter interrogativo. El sentido no está completamente contenido en las palabras, sino que emerge en el intercambio entre lo que el texto dice y lo que el lector pregunta. En este proceso, la ambigüedad deja de ser un defecto y se convierte en una condición esencial de la literatura. Un texto literario es significativo precisamente porque no se deja reducir a una interpretación única.

La ambigüedad cumple, así, una función productiva. No se trata de confusión ni de imprecisión, sino de una apertura deliberada del sentido. Las imágenes, las voces narrativas, las estructuras fragmentarias o los finales abiertos generan zonas de indeterminación que obligan al lector a participar activamente en la construcción del significado. Desde la hermenéutica, estas zonas no deben ser “resueltas”, sino habitadas. El análisis literario no busca clausurar la ambigüedad, sino explicitar cómo opera y qué efectos produce.

El silencio es otro elemento central en esta concepción. Todo texto dice menos de lo que podría decir; deja espacios en blanco, elide motivaciones, interrumpe explicaciones. Paul Ricoeur señala que el sentido no reside solo en lo explícito, sino también en lo que el texto calla. Estos silencios no son vacíos accidentales, sino parte de la arquitectura simbólica de la obra. Interpretar implica atender a esos puntos donde el lenguaje se detiene y deja al lector frente a lo no dicho.

En la práctica del análisis hermenéutico, estos silencios se convierten en zonas de alta densidad interpretativa. ¿Qué no explica el narrador? ¿Qué queda fuera del campo de visión del relato? ¿Qué hechos o emociones se sugieren sin nombrarse? Estas preguntas no buscan completar el texto con información externa, sino explorar cómo la omisión contribuye a la experiencia de lectura. El silencio, en este sentido, es una forma de decir.

La idea de sentido abierto se articula también con la autonomía del texto. Una vez escrito, el texto se separa de su autor y adquiere una vida propia. Ricoeur subraya que esta distancia no empobrece la interpretación, sino que la hace posible. Al no estar atado a una intención autoral única, el texto puede ser releído desde múltiples contextos, generando nuevas preguntas y nuevas configuraciones de sentido.

Desde esta perspectiva, el análisis literario se transforma en un ejercicio de escucha. El crítico hermenéutico no se aproxima a la obra con una tesis que deba imponerse, sino con una disposición interrogativa. La interpretación surge del diálogo sostenido con el texto, de la atención a sus ambigüedades, a sus silencios y a sus resistencias. Cada lectura ilumina ciertos aspectos y deja otros en penumbra, y esa parcialidad no es un error, sino una condición inherente al proceso interpretativo.

Entender el texto como pregunta implica aceptar que la literatura no tranquiliza, sino que inquieta. Su función no es ofrecer respuestas morales, filosóficas o estéticas definitivas, sino mantener abierta la posibilidad del sentido. La hermenéutica asume esta apertura como un valor central: la obra literaria sigue siendo significativa mientras siga siendo capaz de interrogar al lector y de interrogarse a sí misma en el acto de ser leída.

“La interpretación hermenéutica reconoce que el lector no observa el texto desde fuera, sino que participa en él desde su experiencia, sus prejuicios y su apertura al sentido.”

El lector implicado: experiencia, prejuicio y participación interpretativa

En el centro de la hermenéutica literaria se encuentra una afirmación que transforma por completo la manera de entender la lectura: el lector no es un observador externo, sino una parte activa del proceso de sentido. Lejos de concebir la interpretación como una operación neutral, la hermenéutica reconoce que toda lectura está atravesada por la experiencia, la historia personal y las expectativas de quien lee. El significado no se descubre; se construye en la interacción entre texto y lector.

Hans-Georg Gadamer introduce una noción clave para pensar esta implicación: el prejuicio. En el uso cotidiano, la palabra suele asociarse a un error o a una opinión infundada, pero en el marco hermenéutico adquiere un sentido distinto. Los prejuicios son las anticipaciones de sentido con las que nos acercamos al mundo y al texto. No podemos leer desde una conciencia vacía; siempre traemos con nosotros una serie de supuestos, valores, hábitos de lectura y marcos culturales que orientan nuestra comprensión.

Estos prejuicios no deben ser eliminados, porque son inevitables. La tarea hermenéutica consiste, más bien, en hacerlos visibles y someterlos al diálogo con el texto. La obra literaria confirma algunos de nuestros supuestos, pero también pone otros en crisis. Cuando una lectura nos incomoda, nos contradice o nos obliga a revisar nuestras certezas, se activa el núcleo mismo de la experiencia interpretativa. Comprender no es reafirmarse, sino exponerse a la alteridad del texto.

Paul Ricoeur complementa esta idea al destacar la dimensión experiencial de la lectura. Para él, el texto no solo comunica significados, sino que propone mundos posibles. Leer es entrar en esos mundos, ensayar otras formas de habitar el tiempo, la identidad y la acción. En este sentido, la interpretación literaria no es un ejercicio puramente intelectual, sino una experiencia que involucra la sensibilidad, la memoria y la imaginación del lector.

Esta implicación transforma la relación entre el lector y el texto en una forma de participación. El lector no completa la obra de manera arbitraria, pero tampoco se limita a recibirla pasivamente. La obra ofrece una estructura, un conjunto de posibilidades de sentido, y el lector las actualiza desde su propia experiencia. Cada lectura es, por ello, singular. Dos lectores pueden enfrentarse al mismo texto y construir interpretaciones distintas sin que una de ellas sea necesariamente errónea.

Desde el punto de vista del análisis literario, esta concepción obliga a replantear la figura del crítico. El análisis hermenéutico no pretende ocultar la subjetividad del intérprete bajo una apariencia de objetividad absoluta. Por el contrario, reconoce que toda interpretación está situada. La legitimidad de una lectura no proviene de su neutralidad, sino de su capacidad para dialogar con el texto de manera rigurosa y argumentada.

La experiencia del lector también introduce una dimensión ética en la interpretación. Leer implica asumir una responsabilidad frente al texto y frente a los otros lectores. Interpretar no es apropiarse del sentido, sino compartir una comprensión posible, abierta a la discusión y a la revisión. La hermenéutica fomenta una lectura hospitalaria, dispuesta a escuchar lo que el texto tiene que decir antes de imponerle un significado prefabricado.

Asimismo, la participación del lector pone en evidencia que la literatura no existe al margen de la vida. Los textos se leen desde contextos concretos: momentos históricos, crisis personales, cambios sociales. Estas circunstancias influyen en lo que el lector percibe como relevante, problemático o significativo. La hermenéutica no considera esta influencia como una contaminación de la lectura, sino como su condición misma. Leer es siempre leer desde algún lugar.

Finalmente, la noción de lector implicado permite comprender por qué la literatura sigue siendo una práctica viva. Cada nueva lectura reactiva el texto, lo reinterpreta y lo reinscribe en un horizonte distinto. El sentido no se fija de una vez y para siempre, sino que se renueva en cada encuentro. La hermenéutica reconoce en esta dinámica no una debilidad, sino la fuerza perdurable de la literatura: su capacidad de convocar al lector a participar en la construcción de significado.

Método sin rigidez: cómo se aplica la hermenéutica al análisis literario

Hablar de método en la hermenéutica implica, desde el inicio, asumir una paradoja. A diferencia de otros enfoques críticos que proponen procedimientos claramente delimitados, la hermenéutica desconfía de los métodos rígidos y universales. No porque rechace la disciplina o el rigor, sino porque entiende que la interpretación literaria no puede reducirse a una serie de pasos mecánicos aplicables a cualquier texto. El método hermenéutico no prescribe fórmulas; propone una actitud de lectura.

Esta actitud se caracteriza, en primer lugar, por la atención. El análisis hermenéutico comienza con una lectura cuidadosa, lenta, dispuesta a dejarse afectar por el texto. Antes de interpretar, el lector escucha. Se atiende al tono, a las repeticiones, a las imágenes, a las rupturas del discurso. Esta fase no busca todavía producir un sentido definitivo, sino familiarizarse con la textura del texto y con las preguntas que este suscita.

Un segundo momento del método hermenéutico consiste en el reconocimiento del propio punto de partida. El lector se interroga por sus expectativas, por las ideas previas que trae a la lectura y por los marcos desde los cuales interpreta. Esta reflexión no pretende eliminar la subjetividad, sino hacerla consciente. La interpretación se fortalece cuando el lector sabe desde dónde lee y puede explicitar esa posición en el análisis.

La aplicación hermenéutica también implica un movimiento constante entre el todo y las partes. Este vaivén, conocido como círculo hermenéutico, no es un procedimiento cerrado, sino una dinámica interpretativa. El lector comprende un pasaje a partir del conjunto de la obra, pero ese conjunto se redefine a partir de cada pasaje leído. El sentido se ajusta, se corrige y se profundiza a medida que avanza la lectura. Lejos de ser un error lógico, este círculo es el motor mismo de la comprensión.

Paul Ricoeur aporta a este proceso la distinción entre explicación y comprensión. Explicar implica analizar estructuras, recursos narrativos, contextos; comprender, en cambio, supone apropiarse del sentido que el texto despliega. El análisis hermenéutico no opone estos movimientos, sino que los articula. La explicación prepara el terreno para una comprensión más rica, mientras que la comprensión orienta la explicación hacia lo significativo.

En la práctica del análisis literario, esto se traduce en una lectura que combina observación formal y reflexión interpretativa sin privilegiar una sobre la otra. El hermeneuta no ignora los elementos técnicos del texto, pero los aborda en función del sentido que producen. La forma no se estudia como un fin en sí mismo, sino como una vía de acceso a la experiencia que la obra propone al lector.

El método hermenéutico también se caracteriza por su apertura al diálogo. La interpretación no se construye en aislamiento, sino en relación con otras lecturas, otras tradiciones críticas y otras interpretaciones posibles. Citar, contrastar y discutir no significa subordinarse a una autoridad externa, sino inscribir la propia lectura en una conversación más amplia. El análisis se vuelve así un espacio de intercambio, no de clausura.

El resultado de este método sin rigidez no es una conclusión definitiva, sino una comprensión argumentada. La interpretación hermenéutica se sostiene en la coherencia interna, en la fidelidad al texto y en la claridad con la que expone sus supuestos. Su validez no depende de la aplicación correcta de un procedimiento, sino de la capacidad de mostrar cómo el sentido emerge del diálogo entre lector y obra.

Aplicar la hermenéutica al análisis literario implica, en última instancia, aceptar que interpretar es un proceso inacabado. Cada lectura abre la posibilidad de otra. El método no garantiza respuestas finales, pero sí ofrece una forma de aproximación respetuosa, profunda y consciente de la complejidad del texto literario. En esa renuncia a la rigidez reside, paradójicamente, su mayor rigor.

“La lectura hermenéutica no entrega respuestas finales: revela el texto como experiencia viva y al lector como parte activa de su sentido.”

Lo que revela la lectura: resultados, límites y posibilidades del enfoque hermenéutico

Al llegar a este punto, la lectura hermenéutica permite identificar con mayor claridad qué tipo de conocimiento produce y qué tipo de verdad pone en juego. Su principal resultado no es la fijación de un sentido definitivo, sino la elucidación de los procesos mediante los cuales el texto genera significado. La hermenéutica revela cómo una obra literaria piensa, pregunta y se interroga a sí misma, y cómo ese movimiento solo se completa en el acto de la lectura.

Uno de los resultados más significativos del enfoque hermenéutico es la recuperación del texto como experiencia temporal. La obra deja de ser un objeto cerrado y se convierte en un acontecimiento que sucede cada vez que es leída. En términos de Ricoeur, el texto reconfigura el tiempo del lector al ofrecer una experiencia narrativa que articula pasado, presente y proyección futura. Leer no es únicamente comprender lo que el texto dice, sino habitar el tiempo que propone y dejar que ese tiempo dialogue con la propia experiencia.

La hermenéutica también revela la densidad simbólica del texto literario. Allí donde una lectura literal podría detenerse, la interpretación hermenéutica abre capas de sentido que no se excluyen entre sí. Metáforas, silencios, ambigüedades y contradicciones no se leen como fallas del discurso, sino como zonas productivas. El resultado es una comprensión más compleja, en la que el texto no se agota en una sola interpretación, pero tampoco se disuelve en una arbitrariedad infinita.

Otro efecto central de este enfoque es la revalorización del lector como agente interpretativo. La hermenéutica muestra que el sentido no reside exclusivamente en el texto ni exclusivamente en el lector, sino en el espacio relacional que se establece entre ambos. Esta perspectiva permite comprender por qué una misma obra puede generar lecturas distintas sin perder su identidad. La pluralidad interpretativa no debilita al texto; por el contrario, confirma su vitalidad.

Sin embargo, el enfoque hermenéutico también presenta límites que conviene reconocer. Su apertura puede convertirse en indeterminación si no se sostiene en una lectura rigurosa del texto. La hermenéutica no legitima cualquier interpretación: exige argumentación, atención al detalle y coherencia interna. Cuando estos elementos faltan, el diálogo con la obra se vuelve unilateral y el análisis pierde densidad crítica.

Otro límite posible es su relativa dificultad para abordar dimensiones materiales o históricas muy específicas sin el apoyo de otros enfoques. Aunque la hermenéutica dialoga con el contexto, no siempre ofrece herramientas suficientes para un análisis sociohistórico exhaustivo. Por ello, su mayor potencia suele aparecer cuando se articula con otras perspectivas críticas, sin perder su núcleo interpretativo.

A pesar de estos límites, las posibilidades del enfoque hermenéutico son amplias y fecundas. Su mayor aporte reside en concebir la lectura como un ejercicio de comprensión profunda que involucra al lector ética e intelectualmente. Leer hermenéuticamente implica aceptar la responsabilidad de interpretar, de responder al texto y de dejarse transformar por él. La literatura, desde esta perspectiva, no se consume: se conversa.

En el marco del análisis literario, la hermenéutica ofrece un horizonte de trabajo especialmente valioso para ensayos que buscan pensar la obra más allá de su trama o de sus recursos técnicos. Permite interrogar el sentido, la experiencia y la memoria que el texto pone en juego. En lugar de cerrar el significado, lo mantiene en movimiento. Y en ese movimiento, la lectura se revela no como una operación secundaria, sino como un acto central de producción de sentido.

Bibliografía

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