Juan Rulfo (México) - Luvina
“Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara.”

Luvina
Juan Rulfo
(Músico)
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Biblioteca Itzamná
Microscopía Literaria
(Cita)
De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.
…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.
-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:
-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto…
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.
“…Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:
-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
“…Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo… siempre.
”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:
-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá… Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso… Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina… ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado… Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:
“-Yo me vuelvo -nos dijo.
“Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.
“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.
“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento…
“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
“Entonces yo le pregunté a mi mujer:
“-¿En qué país estamos, Agripina?
“Y ella se alzó de hombros.
“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.
“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
“-¿Qué haces aquí Agripina?
“-Entré a rezar -nos dijo.
“-¿Para qué? -le pregunté yo.
“Y ella se alzó de hombros.
“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.
“-¿Dónde está la fonda?
“-No hay ninguna fonda.
“-¿Y el mesón?
“-No hay ningún mesón
“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
“-Sí, allí enfrente… unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran… Han estado asomándose para acá… Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos… Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer… Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
“-¿Qué país éste, Agripina?
“ Y ella volvió a alzarse de hombros.
“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.
“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso… Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
“-¿Qué es? -me dijo.
“-¿Qué es qué? -le pregunté.
“-Eso, el ruido ese.
“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
“-¿Qué quieren? -les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?
“ Una de ellas respondió:
“-Vamos por agua.
“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
“…¿No cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”
-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad…? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad… Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor… Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.
“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice… Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido… Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.
“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde… Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y un como gruñido cuando se van… Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca… Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley…
“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo… Solos, en aquella soledad de Luvina.
“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’
“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.
“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.
“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.
“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.
“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.
“…Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’
En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plata encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…
“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..
“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
“Pues sí, como le estaba yo diciendo…”
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.
FIN
“Luvina” fue publicado por primera vez en El llano en llamas (1953) y suele considerarse uno de los cuentos donde Juan Rulfo alcanza una formulación casi definitiva de su paisaje moral. Diversos críticos han señalado que este texto funciona como un umbral hacia Pedro Páramo: no sólo por la geografía árida y fantasmal, sino porque en él aparece ya la idea central del mundo rulfiano como un espacio donde el abandono institucional, la espera interminable y la muerte conviven sin escándalo. Rulfo escribió “Luvina” tras haber trabajado en campañas gubernamentales de alfabetización rural, experiencia que marcó profundamente su visión crítica del discurso oficial frente a la realidad campesina.
Luvina:
El viento que desgasta la fe y el tiempo detenido de los vivos
B. Itzamná
Abstract
Este ensayo propone una lectura de Luvina de Juan Rulfo como un espacio narrativo donde el paisaje, el tiempo y las instituciones humanas se articulan para producir una experiencia de desgaste continuo. A partir de una observación cercana del viento, la sequedad y la espera, el análisis entiende el cuento como un purgatorio laico: un lugar sin redención donde la vida persiste en forma de rutina, resistencia mínima y agotamiento. El estudio sitúa a Luvina dentro del universo rulfiano, destacando su función como texto umbral y advertencia sin consuelo.
“Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara.”
— Juan Rulfo, Luvina, en El llano en llamas.
Luvina como territorio del desgaste
El pueblo no como lugar, sino como estado del ser.
Desde su primera mención, Luvina se presenta no como un pueblo habitable, sino como un espacio erosionado antes incluso de ser vivido. La descripción inicial —“el más alto y el más pedregoso”— no funciona como simple localización geográfica, sino como advertencia simbólica: la altura no acerca al cielo, sino que expone al desamparo. En Rulfo, la elevación no es ascenso espiritual, sino aislamiento extremo.
La piedra cruda domina el paisaje y define la lógica del lugar. No se transforma, no se trabaja, no produce. Está allí como resto inútil, como materia estéril. El hecho de que los habitantes no extraigan cal de ella revela una relación quebrada entre el ser humano y su entorno: la tierra no da, y el hombre ya no espera que dé. El desgaste no es resultado del tiempo, sino condición originaria.
Luvina es un territorio donde la naturaleza no acompaña la vida, sino que la hostiga. El viento —presencia constante y obsesiva— no refresca ni purifica; muerde, rasca, carcome. En su descripción hay una violencia persistente que no necesita estallidos: actúa por repetición, por insistencia. El viento entra en las casas, en los cuerpos, en los huesos. Se vuelve interior. Así, el entorno deja de ser exterior al sujeto y pasa a formar parte de su deterioro físico y emocional.
Este desgaste se extiende al color, a la luz y a la percepción. El cielo nunca es azul; el horizonte está siempre “desteñido”. Rulfo anula cualquier posibilidad de contraste vital. No hay verdes, no hay sombras que descansen la mirada. El mundo aparece cubierto por una capa cenicienta que aplana las diferencias y convierte el paisaje en una extensión del cansancio humano. Luvina no oprime porque sea violenta, sino porque es monótona en su crueldad.
El pueblo, además, no se define por lo que contiene, sino por lo que le falta. No hay fonda, no hay mesón, no hay comida, no hay refugio. Incluso la iglesia —espacio tradicional de consuelo— aparece vacía, rota, incapaz de ofrecer amparo. El desgaste alcanza también a lo simbólico: Dios no responde, la fe no protege, las instituciones se han vaciado de sentido.
Así, Luvina se construye como un territorio terminal, un lugar donde todo proceso está condenado a detenerse o a deshacerse. No se trata de un infierno en llamas, sino de un purgatorio seco, inmóvil, donde la pena no se castiga, sino que se prolonga indefinidamente. Vivir allí no significa habitar, sino resistir sin esperanza.
En este sentido, el cuento no narra la destrucción de un lugar, sino la experiencia de llegar demasiado tarde: cuando la tierra ya no puede sostener a quienes la pisan y cuando el lenguaje apenas alcanza para nombrar el cansancio. Luvina es el desgaste hecho paisaje, y el paisaje hecho destino.
“Hablar de Luvina no es recordar: es intentar sacarse el polvo del alma con palabras que ya no alcanzan.”
La voz que advierte: narrar desde la ruina
El narrador-testigo y la oralidad como forma de sobrevivencia.
El relato de Luvina no avanza por acción, sino por advertencia. Todo lo que sabemos del pueblo nos llega a través de una voz que ya no pertenece del todo al presente. El narrador habla desde el desgaste, desde una experiencia que no busca ser recordada, sino expulsada mediante la palabra. No cuenta para explicar, sino para prevenir. Su discurso es una forma de supervivencia tardía.
Esta voz no se impone como autoridad académica ni como testimonio heroico. Es una voz quebrada, insistente, circular. Regresa una y otra vez a las mismas imágenes —el viento, la piedra, la tristeza— como si no pudiera desprenderse de ellas. Esa repetición no empobrece el relato; lo vuelve más opresivo. La memoria en Rulfo no ordena: asfixia. Cada recuerdo vuelve con el mismo peso, sin alivio ni cierre.
El espacio desde el cual se narra es fundamental. El hablante se encuentra en una tienda, en un lugar todavía vivo: hay río, hay niños, hay luz. Esa vitalidad exterior contrasta violentamente con lo que se dice. El relato de Luvina irrumpe en ese espacio como una sombra que no corresponde al entorno. Así, la narración funciona como un desplazamiento del tiempo: el pasado muerto invade el presente aún respirable.
La forma del monólogo —interrumpido apenas por cervezas, silencios y gestos mínimos— refuerza la sensación de encierro. El interlocutor casi no existe; es un receptor pasivo, como lo será el lector. La voz no dialoga: descarga. Hablar de Luvina no es un intercambio, es una necesidad física, comparable a beber para aliviar el cuerpo o “enjuagarse la cabeza”. La palabra se convierte en un remedio insuficiente contra la memoria.
El narrador tampoco se presenta como víctima pura. Reconoce que llegó “cargado de ideas”, con una fe ingenua en el progreso, en el gobierno, en la posibilidad de cambio. Esa confesión introduce una dimensión crítica: Luvina no solo destruye cuerpos, sino desmantela ideologías. El fracaso no es únicamente personal; es histórico. Las ideas modernas no cuajan en una tierra donde el tiempo se ha detenido.
Hablar desde la ruina implica también aceptar la imposibilidad de transformar lo narrado. El narrador no vuelve, no intenta regresar, no propone soluciones. Su relato no salva a nadie. A lo sumo, deja constancia de que hay lugares donde la palabra llega tarde, cuando la vida ya ha sido erosionada hasta quedar irreconocible.
Así, la voz de Luvina no construye sentido, sino advertencia. No ilumina el camino: señala el abismo. Y en ese gesto, el narrador se convierte en una figura paradójica: sobrevivió al lugar, pero no a su recuerdo. La ruina ya no está solo en el pueblo; habita en su forma de hablar, en su manera de insistir, en su incapacidad de cerrar la historia.
El paisaje como fuerza hostil
Viento, piedra y silencio: la naturaleza como agente narrativo.
En Luvina, el paisaje no cumple una función decorativa ni contextual. No está ahí para situar la acción, sino para producirla. La naturaleza actúa como una fuerza activa que condiciona la vida, el lenguaje y la percepción de los personajes. Viento, piedra y silencio no acompañan el relato: lo empujan, lo erosionan, lo vuelven áspero.
Desde las primeras líneas, el cerro de Luvina se presenta como un espacio de negación. La piedra abunda, pero es “piedra cruda”, inútil, improductiva. La tierra es blanca y brillante, pero no fértil; parece viva solo por efecto de la luz. Esta inversión constante —lo que parece promesa y es carencia— instala al lector en un mundo donde la naturaleza simula ofrecer algo para luego retirarlo. El paisaje engaña antes de agotar.
El viento es el verdadero protagonista. No es un fenómeno climático, sino una presencia casi corporal. Muere y nace todos los días, rasca, muerde, se mete por debajo de las puertas y termina “bullendo dentro de uno”, como si pudiera remover los goznes de los huesos. Este viento no rodea a los personajes: los invade. La frontera entre cuerpo y entorno se desdibuja. En Luvina no se habita un espacio; se es habitado por él.
Rulfo dota al viento de una agencia narrativa precisa. Es el viento el que impide el crecimiento de las plantas, el que derriba techos, el que acompaña la noche, el que mantiene al sol a distancia. Incluso cuando se calma, su ausencia resulta amenazante. El silencio que deja no es alivio, sino presagio. Cuando el aire se detiene, el mundo parece a punto de colapsar bajo el peso del calor y la quietud. La naturaleza, incluso en reposo, sigue siendo hostil.
La piedra y la tierra refuerzan esta violencia callada. Las barrancas profundas, los pasojos de agua, las rajaduras del suelo convierten el caminar en una experiencia dolorosa. La tierra lastima. Tiene espinas. No acoge el cuerpo humano: lo castiga por apoyarse en ella. Así, el paisaje no solo limita las posibilidades económicas del lugar, sino que moldea una ética de la resistencia mínima, del aguante sin esperanza.
El silencio funciona como una extensión de esta hostilidad. No es la ausencia de sonido, sino su saturación inversa. Tras acostumbrarse al vendaval, lo único que queda es un silencio absoluto que “acaba con uno”. Este silencio no permite recogimiento ni contemplación. Es un vacío activo que aplasta, que borra la interioridad. En él, incluso el pensamiento parece detenerse.
La escena nocturna de las mujeres que caminan por agua condensa esta relación entre paisaje y vida. Sus figuras negras avanzan como sombras, fundidas con la noche, sin palabras innecesarias. El entorno ha modelado sus cuerpos, sus horarios, sus recorridos. No se rebelan contra el paisaje; se adaptan a él hasta volverse casi indistinguibles. La naturaleza ha impuesto su ley sin necesidad de violencia explícita.
En Luvina, entonces, el paisaje no refleja el estado de ánimo de los personajes: lo produce. La tristeza, el cansancio y la resignación no nacen del interior, sino de una convivencia prolongada con un entorno que no concede tregua. Rulfo construye así un mundo donde la naturaleza es una fuerza narrativa central, capaz de determinar destinos sin pronunciar una sola palabra.
“En Luvina el tiempo no pasa: se queda encima, como el polvo y el viento, desgastándolo todo sin ofrecer salida.”
Tiempo detenido y eternidad negativa
La vida suspendida entre el día, la noche y la espera de la muerte.
En Luvina, el tiempo no avanza: se acumula. No hay progresión narrativa ni expectativa de cambio; hay permanencia, una duración espesa que se deposita sobre los cuerpos y los gestos. El relato insiste en esta sensación hasta volverla casi física. Vivir en Luvina no es habitar un presente, sino soportar una duración sin horizonte.
El narrador lo dice con claridad: perdió la noción del tiempo. No sabe cuántos años estuvo allí, porque en Luvina nadie los cuenta. Esta falta de medida no es descuido, sino síntoma. El tiempo, despojado de hitos y variaciones, deja de ser una herramienta humana. Se reduce a una alternancia mínima —día y noche— que no construye historia, solo desgaste. Cada amanecer no inaugura nada; simplemente confirma que la espera continúa.
La figura del viejo sentado en el umbral resume esta experiencia temporal. Subir y bajar la cabeza, mirar la salida y la puesta del sol, hasta que “todo se queda quieto”. Ese gesto repetido no es contemplativo: es mecánico. El cuerpo persiste cuando el sentido ya se ha retirado. En ese punto, el tiempo deja de ser vivido y se convierte en inercia.
Rulfo construye esta temporalidad a partir de la repetición discursiva. Las ideas vuelven, las frases giran, los recuerdos se reactivan sin variar. El narrador es consciente de ello: admite que “le está dando vueltas a una misma idea”. Pero no puede hacer otra cosa. La repetición no es un vicio retórico, sino la forma misma que adopta el tiempo en Luvina. Decir lo mismo es vivir lo mismo.
La espera, además, no tiene objeto claro. No se espera la lluvia, porque casi no llega. No se espera el regreso de los hombres, porque cuando vuelven solo dejan otro hijo y se van. No se espera la ayuda del gobierno, porque nunca llega. La única espera constante es la de la muerte, entendida no como tragedia, sino como posible alivio. La muerte aparece, paradójicamente, como el único acontecimiento capaz de interrumpir la monotonía.
En este contexto, la infancia tampoco escapa al desgaste. Los niños “apenas les clarea el alba y ya son hombres”. No hay transición, no hay aprendizaje gradual. El tiempo se comprime brutalmente: se pasa de la dependencia al trabajo sin mediaciones. Luvina no permite crecer; obliga a saltar etapas para sobrevivir, y aun así la supervivencia es precaria.
El tiempo detenido afecta también al lenguaje. Las palabras pierden capacidad de promesa. Cuando el narrador recuerda que el nombre “San Juan Luvina” le sonaba a cielo, evidencia la distancia entre el lenguaje y la experiencia. El nombre promete lo que el tiempo niega. Así, el relato se instala en una tensión constante entre lo que podría haber sido y lo que permanece.
Rulfo no presenta el tiempo de Luvina como una anomalía fantástica, sino como una consecuencia social y material. La pobreza, el abandono, la aridez producen una temporalidad propia: un tiempo sin futuro. En ese sentido, Luvina no es solo un espacio geográfico, sino una forma extrema de vivir el tiempo cuando toda expectativa ha sido cancelada.
El resultado es un mundo donde la historia se ha detenido, pero la vida continúa por pura insistencia. Y esa insistencia, más que heroica, es dolorosamente automática. Vivir en Luvina es permanecer cuando ya no hay razones para hacerlo, es seguir respirando en un tiempo que no conduce a ningún lugar.
Familia, fe y gobierno: promesas agotadas
Instituciones ausentes y la ironía amarga del discurso oficial.
En Luvina, las grandes instituciones que suelen sostener la vida comunitaria aparecen apenas como restos verbales, como nombres vacíos que ya no organizan la experiencia. Familia, fe y gobierno existen, pero no operan; persisten como promesas agotadas, repetidas por inercia, incapaces de producir sentido o amparo. Rulfo no las denuncia con estridencia: las deja hablar hasta que su propia insuficiencia se vuelve evidente.
La familia se presenta como un núcleo frágil, constantemente amenazado por la intemperie. El narrador llega con su mujer y sus hijos cargando los restos de una vida posible, pero desde el primer momento ese proyecto se resquebraja. Agripina no encuentra comida ni refugio; entra a la iglesia a rezar no por fe activa, sino por agotamiento. La familia no fracasa por falta de voluntad, sino porque el entorno ha vaciado de eficacia cualquier gesto humano. El vínculo familiar se reduce a un intento de protección mínima, a un abrazo que no alcanza para detener el miedo ni el hambre.
La fe, por su parte, aparece como un hábito sin destinatario. La iglesia está vacía, sin puertas, sin imágenes, atravesada por el viento. Rezar en ese espacio no implica diálogo con lo divino, sino repetición mecánica de un gesto aprendido. No hay blasfemia ni rebeldía: hay una fe que continúa existiendo incluso cuando ha perdido su objeto. Dios no ha abandonado Luvina; simplemente ya no es necesario para explicar nada. El sufrimiento no requiere justificación trascendente.
El gobierno ocupa un lugar aún más irónico. Es mencionado como una entidad lejana, abstracta, casi mítica, que solo aparece para castigar. Los habitantes conocen al gobierno no por sus políticas de cuidado, sino por su capacidad de llevarse a los jóvenes y matarlos. La famosa pregunta —si el gobierno tiene madre— desnuda la distancia entre el lenguaje oficial y la experiencia real. La patria, en este contexto, no es una comunidad imaginada, sino una broma amarga que provoca risa por única vez en todo el cuento.
Estas instituciones no están ausentes del todo; están desactivadas. Siguen nombrándose, pero ya no ordenan la vida. En Luvina, los viejos esperan la muerte y los jóvenes se van; las mujeres cargan cántaros; el viento sigue soplando. Nada de eso depende de la familia, la fe o el gobierno. El mundo continúa sin ellas.
“Luvina no es un pueblo aislado: es una de las coordenadas esenciales del mapa rulfiano.”
Luvina y el universo rulfiano
Resonancias con Pedro Páramo y otros cuentos de El llano en llamas.
Luvina no es un cuento aislado dentro de la obra de Juan Rulfo; funciona como una pieza clave para entender su universo narrativo. En él aparecen, con nitidez temprana, muchos de los elementos que luego se expandirán en Pedro Páramo: pueblos detenidos en el tiempo, voces que hablan desde el desgaste, espacios donde la vida persiste solo como residuo.
El pueblo de Luvina anticipa a Comala, pero sin el artificio espectral. Aquí no hay muertos que hablan; hay vivos que ya parecen haber cruzado ese umbral. Los habitantes de Luvina no necesitan estar muertos para vivir como sombras. La espera, la repetición de los días, la ausencia de futuro construyen una temporalidad suspendida que será central en la novela posterior.
También el narrador-profesor dialoga con otras figuras rulfianas: personajes que llegan cargados de ideas, proyectos o ilusiones modernas y se enfrentan a una realidad que las pulveriza. Como muchos protagonistas de El llano en llamas, cree en la posibilidad de transformar el entorno, pero termina transformado —y desgastado— por él. La experiencia no produce aprendizaje redentor, sino un cansancio definitivo.
El paisaje de Luvina comparte con otros cuentos la condición de ser más que un fondo: es una entidad que modela la vida y el lenguaje. La sequedad, el polvo, el viento y el silencio reaparecen en distintas variaciones a lo largo de la obra de Rulfo, construyendo una geografía moral donde la esperanza siempre llega tarde o se disuelve antes de tomar forma.
En este sentido, Luvina puede leerse como un texto umbral. No solo introduce temas, sino una forma de mirar: la atención a lo que no progresa, a lo que se repite, a lo que persiste sin promesa. Rulfo no narra el drama del acontecimiento, sino el drama de la duración. Y Luvina es, quizá, uno de sus espacios más radicales en ese sentido.
Conclusión: Luvina como purgatorio laico
El cuento como experiencia límite y advertencia sin redención.
Leer Luvina es atravesar una experiencia de desgaste. No hay clímax ni resolución; hay una acumulación lenta de imágenes, voces y sensaciones que conducen a un estado de fatiga compartida. El cuento no busca conmover mediante el drama, sino instalar al lector en una intemperie que no ofrece salida.
Luvina funciona como un purgatorio sin promesa de salvación. No es un infierno —no hay castigo ejemplar ni fuego—, pero tampoco un espacio de tránsito hacia algo mejor. Es un lugar donde se espera, se aguanta y se sobrevive hasta que la muerte aparece como descanso. En este purgatorio laico, el sufrimiento no purifica; simplemente se prolonga.
El narrador habla porque necesita aliviarse. Contar Luvina es una forma de sacarse el viento del cuerpo, de enjuagarse la cabeza, aunque sea momentáneamente. Pero su relato no busca evitar que el otro vaya; solo advertirlo. La advertencia, sin embargo, llega sin fuerza moral. Cada quien debe pasar por Luvina para comprenderla. No hay aprendizaje transferible.
Rulfo construye así un cuento que no consuela ni ofrece claves de superación. Luvina es una advertencia sin redención, un relato que muestra cómo ciertos lugares —reales o simbólicos— desgastan hasta volver irrelevante cualquier ilusión. Su potencia radica precisamente en esa negativa a cerrar, a explicar, a salvar.
Al terminar el cuento, el narrador se duerme. La noche avanza. El mundo sigue. Y Luvina permanece, como permanecen las historias que no buscan respuestas, sino dejar una marca silenciosa en quien las escucha.
“Luvina no castiga ni redime: simplemente desgasta, hasta que la esperanza deja de ser necesaria.”
Bibliografía
Rulfo, Juan. El llano en llamas. México: Fondo de Cultura Económica, 1953.
Rulfo, Juan. Pedro Páramo. México: Fondo de Cultura Económica, 1955.
Brushwood, John S. La narrativa de Juan Rulfo: estructuras y sentidos. México: UNAM, 1984.
Paz, Octavio. “Paisaje y soledad en la literatura mexicana”. En El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 1950.
Rama, Ángel. La narrativa de la tierra. Montevideo: Arca, 1969.
Villoro, Juan. “El murmullo de lo esencial: leer a Rulfo hoy”. En La utilidad del deseo. México: Anagrama, 2016.

