Habitar el silencio espacio, mirada y ausencia en Interior, Strandgade de Vilhelm Hammershøi
"El espacio habitado trasciende el espacio geométrico."

Artículos
Sabak' Ché | Enero 2026
Habitar el silencio:
espacio, mirada y ausencia en Interior, Strandgade de Vilhelm Hammershøi
Sabak' Ché
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Vilhelm Hammershøi pintó repetidamente los interiores de su departamento en Strandgade, en Copenhague, a lo largo de varios años. Lejos de tratarse de un ejercicio meramente doméstico o autobiográfico, estas habitaciones se convirtieron en un laboratorio visual donde el artista exploró la relación entre espacio, tiempo y percepción. Las variaciones entre una versión y otra son mínimas: una puerta entreabierta, un muro desnudo, un cambio casi imperceptible de luz. Sin embargo, en esa insistencia se revela una apuesta radical: hacer del interior un lugar donde la pintura no representa, sino que observa.
Abstract
Este ensayo propone una lectura de Interior, Strandgade de Vilhelm Hammershøi como un acontecimiento visual donde el espacio doméstico se configura no como escenario, sino como dispositivo de observación. A partir de un análisis centrado en la mirada, la materialidad y la organización del espacio, se argumenta que la ausencia de la figura humana no produce vacío, sino una forma activa de presencia que reconfigura la relación entre la obra y el espectador. El estudio aborda el silencio como arquitectura visual, la espera como temporalidad suspendida, el umbral como zona de repliegue y la repetición como resistencia al relato. Desde un marco teórico que integra la fenomenología de la percepción, la poética del espacio y los estudios de la mirada, el ensayo sostiene que Interior, Strandgade disciplina la visión y propone una ética de la contemplación basada en la contención y la duración. La pintura de Hammershøi se entiende, así, como una práctica visual que desafía las lógicas narrativas y productivas de la modernidad, invitando a habitar el espacio desde una atención silenciosa y sostenida.
"El espacio habitado trasciende el espacio geométrico."
— Gaston Bachelard, La poética del espacio
El silencio como arquitectura visual
En Interior, Strandgade, el silencio no es un efecto secundario de la ausencia de figuras humanas, sino el principio organizador de la imagen. Hammershøi construye el espacio pictórico como una arquitectura silenciosa donde cada elemento —muros, puertas, pisos, molduras— parece existir bajo una economía estricta de gestos. No hay ornamento, no hay exceso: la pintura se sostiene en una reducción deliberada que convierte al silencio en forma visible. La habitación no habla; se mantiene en suspenso.
La paleta restringida, dominada por grises, ocres apagados y blancos sucios, refuerza esta sensación de contención. El color no busca atraer la mirada, sino disciplinarla. Al eliminar contrastes dramáticos y saturaciones expresivas, Hammershøi obliga al ojo a demorarse, a ajustar su ritmo a la lentitud del espacio representado. El silencio, en este sentido, no es vacío, sino una forma de resistencia a la inmediatez perceptiva.
La composición refuerza esta lógica. Las líneas rectas y los planos ortogonales organizan la habitación como un sistema cerrado, casi autosuficiente. Las puertas, aun cuando se presentan entreabiertas, no prometen tránsito ni narración: funcionan como interrupciones controladas, umbrales que sugieren continuidad sin permitirla del todo. El espacio se repliega sobre sí mismo, produciendo una sensación de quietud que no remite al descanso, sino a una vigilancia silenciosa.
Este silencio arquitectónico también afecta la relación entre la obra y el espectador. Frente a Interior, Strandgade, mirar implica aceptar una cierta incomodidad: no hay un punto focal claro, no hay una acción que organizar. La pintura exige una mirada atenta, casi contenida, que se ajusta a la severidad del espacio. El espectador no irrumpe; es admitido bajo condiciones. Así, el silencio se convierte en una ética de la observación: ver sin invadir, permanecer sin apropiarse.
Lejos de ser una carencia expresiva, el silencio en Hammershøi opera como estructura. Es una arquitectura que no se mide en metros, sino en tiempos de contemplación. La pintura no se impone; insiste. Y en esa insistencia, el espacio se revela como una forma de pensamiento visual.
“En Interior, Strandgade, la ausencia del cuerpo no vacía el espacio: lo convierte en un lugar de espera donde la presencia se dispersa y persiste.”
Habitaciones sin cuerpo: presencia, ausencia y espera
La ausencia del cuerpo humano en Interior, Strandgade ha sido con frecuencia interpretada como un gesto de vacío o desolación. Sin embargo, esta lectura resulta insuficiente si no se atiende a la manera en que Hammershøi construye la presencia a partir de lo que no se muestra. La habitación no está vacía: está desocupada. Esta diferencia es fundamental. El espacio conserva las huellas de una vida retirada, como si el cuerpo hubiese salido apenas unos instantes antes o estuviera a punto de regresar. La pintura se sitúa, así, en un tiempo suspendido, en una espera sin acontecimiento.
La experiencia del espectador se ve atravesada por esta ambigüedad. Al no encontrar figuras que orienten la lectura narrativa, la mirada se desplaza hacia los detalles mínimos: la inclinación de una puerta, la textura mate de un muro, la luz que se posa sin dramatismo sobre el suelo. Estos elementos adquieren una densidad casi corporal. La habitación parece respirar con lentitud, sosteniendo una presencia difusa que no se deja fijar en una forma concreta. El cuerpo ausente no desaparece: se dispersa en el espacio.
Desde esta perspectiva, el interior doméstico deja de ser un mero escenario y se transforma en un campo de fuerzas afectivas. Gaston Bachelard sugería que la casa no solo alberga recuerdos, sino que los produce. En Interior, Strandgade, esta producción se realiza sin recurrir a signos biográficos explícitos. No hay objetos personales que cuenten una historia; hay, en cambio, superficies desnudas que obligan a imaginarla. La espera no se dirige a un personaje, sino a una experiencia: la posibilidad de que algo ocurra sin que ocurra nada.
La ausencia del cuerpo también reorganiza la relación de poder entre la obra y quien la observa. Al no haber figuras que reclamen atención, el espectador ocupa un lugar ambiguo: es testigo, pero también intruso. La pintura no invita a identificarse con un sujeto representado; obliga a confrontar la propia posición frente al espacio. Mirar estas habitaciones implica aceptar una soledad compartida, una presencia que no se refleja, pero que se siente. El espectador se convierte, de algún modo, en el único cuerpo posible dentro de la escena, aunque sin derecho pleno a habitarla.
Esta lógica de la espera refuerza la temporalidad particular de la obra. El tiempo en Hammershøi no avanza; se estanca. No hay antes ni después, solo un presente dilatado que se repite con mínimas variaciones. La serie Interior, Strandgade insiste en esta condición: cada versión parece corregir a la anterior sin superarla, como si la pintura buscara agotar una experiencia que, por definición, no puede resolverse. La espera se convierte en método, y la repetición, en forma de pensamiento.
Así, las habitaciones sin cuerpo no remiten a la falta, sino a una presencia desplazada. El espacio asume el rol que tradicionalmente ocupa la figura humana: sentir, contener, observar. La pintura propone una inversión silenciosa donde el interior mira al espectador, y no al revés. En ese cruce de miradas sin rostro, Interior, Strandgade revela su potencia más inquietante: la posibilidad de que la imagen esté más habitada que quien la contempla.


Puertas, marcos y umbrales: el espacio que se repliega
En Interior, Strandgade, las puertas no cumplen una función narrativa tradicional. No conducen a una acción futura ni abren un recorrido claro para la mirada. Su presencia es insistente, pero contenida. Hammershøi las sitúa como elementos estructurales que organizan la experiencia del espacio más que como pasajes funcionales. Cada puerta, cerrada o apenas entreabierta, introduce una tensión mínima: la promesa de continuidad que nunca se cumple del todo.
Los marcos refuerzan esta lógica de repliegue. Ventanas, puertas y límites arquitectónicos aparecen como figuras dentro de la figura, creando una composición que se pliega sobre sí misma. La mirada atraviesa un marco para encontrarse con otro, y luego con otro más, en una progresión que no avanza, sino que se adensa. El espacio se multiplica sin expandirse. Esta estructura genera una sensación de profundidad controlada, donde el ojo es guiado con precisión, pero sin libertad plena.
El umbral, en este contexto, deja de ser un punto de transición y se convierte en una zona de suspensión. No estamos ni dentro ni fuera; permanecemos detenidos en un punto intermedio. Esta ambigüedad espacial afecta directamente la percepción temporal de la obra. El tiempo no fluye a través de las puertas; se acumula frente a ellas. Cada umbral funciona como una pausa visual, un momento de detención que interrumpe cualquier expectativa de movimiento.
Desde una lectura fenomenológica, estos repliegues espaciales obligan al espectador a experimentar la pintura como una secuencia de aproximaciones frustradas. El cuerpo que mira no puede atravesar la imagen, solo bordearla con la vista. Las puertas, al negar el paso, hacen visible la distancia entre el espacio representado y el espacio vivido. La pintura no invita a entrar: impone una frontera silenciosa que se repite una y otra vez.
Esta organización del espacio también puede leerse como una forma de control. Las habitaciones de Hammershøi están ordenadas de tal modo que cada acceso parece regulado, vigilado por la propia composición. No hay desorden ni azar; incluso la apertura parcial de una puerta responde a una lógica estricta. El espacio doméstico se revela así como un dispositivo que delimita movimientos posibles, no solo para los cuerpos ausentes, sino para la mirada presente.
La repetición de puertas y marcos dentro de la serie Interior, Strandgade intensifica esta sensación de repliegue. Cada pintura parece ensayar una variación mínima sobre el mismo problema: cómo mostrar un espacio que se resiste a ser atravesado. La insistencia no produce familiaridad, sino una extrañeza creciente. Cuanto más reconocible se vuelve la estructura, más evidente resulta su cierre.
En este juego de umbrales, la pintura construye una paradoja: ofrece profundidad sin permitir tránsito, sugiere continuidad sin narrarla. El espacio se repliega como una forma de pensamiento que no busca resolverse. Hammershøi no representa habitaciones para ser habitadas, sino para ser contempladas desde una distancia que nunca se elimina. El umbral, entonces, no separa dos espacios; separa al espectador de la ilusión de dominio visual.
“En Interior, Strandgade, mirar no es ejercer dominio, sino aceptar una disciplina silenciosa impuesta por el espacio mismo.”
La mirada disciplinada: espectador, poder y contención
En Interior, Strandgade, la mirada no es libre ni soberana. Hammershøi construye la composición de tal manera que el ojo del espectador queda sometido a una serie de restricciones sutiles, casi imperceptibles. No hay un centro evidente que organice la escena ni un recorrido visual que prometa resolución. La pintura exige una mirada que acepte la contención como condición de acceso. Ver, aquí, no es apropiarse del espacio, sino someterse a su lógica.
Esta disciplina visual se manifiesta, en primer lugar, en la disposición frontal y estable del punto de vista. El espectador se sitúa frente a la habitación como si ocupara una posición fija, casi protocolaria. No hay perspectivas forzadas ni gestos dramáticos que inviten al desplazamiento ocular. La estabilidad del encuadre genera una sensación de vigilancia inversa: no es el ojo el que controla la imagen, sino la imagen la que regula el comportamiento del ojo. La pintura observa al espectador en el acto mismo de mirar.
Desde esta perspectiva, el espacio doméstico se revela como un lugar de poder silencioso. Lejos de la intimidad acogedora, la habitación se presenta como una estructura que ordena y limita. Las paredes desnudas, los ángulos rectos y la ausencia de objetos personales producen un entorno que no admite proyecciones emotivas inmediatas. El espectador no encuentra refugio en la identificación; se enfrenta a un espacio que lo mantiene a distancia. Esta distancia no es fría, sino estricta: una forma de control ejercida sin violencia visible.
Los estudios de la mirada han señalado cómo los dispositivos visuales organizan no solo lo que se ve, sino cómo se ve. En Interior, Strandgade, esta organización se realiza a través de la repetición y la economía formal. Al eliminar cualquier elemento que distraiga o seduzca, Hammershøi reduce las posibilidades de una mirada errante. La atención se concentra en la estructura misma del espacio, obligando al espectador a confrontar la materialidad de la habitación y su propio deseo de penetrarla.
Esta contención produce un efecto ético. Mirar estas pinturas implica aceptar una posición de límite, reconocer que no todo espacio es accesible ni transparente. La obra resiste la apropiación rápida y el consumo visual. En lugar de ofrecer una experiencia inmediata, propone una relación prolongada, casi incómoda, donde el espectador debe ajustar su tiempo y su expectativa. El poder de la imagen no reside en su impacto, sino en su capacidad de regular la duración de la mirada.
La disciplina visual se refuerza al considerar la serialidad de Interior, Strandgade. Cada versión reafirma la misma lógica compositiva, como si la pintura insistiera en entrenar al espectador. No se trata de sorprender, sino de establecer una relación sostenida basada en la repetición. Con el tiempo, la mirada aprende a moverse dentro de los límites impuestos, pero nunca los supera del todo. La contención se vuelve familiar sin dejar de ser restrictiva.
En este sentido, la obra de Hammershøi puede leerse como una reflexión silenciosa sobre el acto de ver en la modernidad. Frente a una cultura visual orientada a la exhibición y al dominio, Interior, Strandgade propone una mirada que acepta su propia impotencia. El espectador no conquista el espacio; lo habita provisionalmente, bajo las reglas que la imagen impone. La pintura no se entrega: se sostiene en su reserva.


La repetición como resistencia al relato
La insistencia de Vilhelm Hammershøi en pintar una y otra vez los interiores de Strandgade no responde a una búsqueda de variación narrativa ni a un deseo de perfeccionamiento progresivo. Cada versión parece negar la lógica del avance y del desenlace. En lugar de conducir hacia una resolución, la repetición instala a la pintura en un estado de permanencia. Interior, Strandgade no cuenta una historia: se rehúsa a hacerlo. Esta negativa constituye uno de los gestos más radicales de la obra.
En el ámbito de la representación visual, el relato suele organizar el tiempo y orientar la mirada hacia un antes y un después. Hammershøi desactiva esta expectativa mediante una repetición que no acumula sentido, sino que lo suspende. Las mínimas variaciones —una puerta que cambia de posición, una luz apenas distinta, un ángulo ligeramente desplazado— no producen desarrollo, sino insistencia. La pintura vuelve sobre sí misma como si buscara agotar una experiencia que nunca se deja cerrar.
Esta repetición funciona como una forma de resistencia frente a la demanda de legibilidad. El espectador, acostumbrado a encontrar claves narrativas o simbólicas claras, se enfrenta a una imagen que se mantiene opaca sin ser hermética. No hay enigma que resolver ni secreto que descifrar. La obra no oculta un significado profundo; despliega una superficie que exige atención prolongada. En este sentido, la repetición no empobrece la experiencia, sino que la densifica.
Desde una lectura estética, puede entenderse esta insistencia como una oposición al ritmo acelerado de la modernidad. Mientras el mundo exterior se organiza en torno al cambio, la circulación y la productividad, los interiores de Hammershøi se repliegan en una temporalidad detenida. Pintar el mismo espacio una y otra vez se convierte en un acto deliberado de desaceleración. La pintura no avanza con su tiempo: se aparta de él.
La serie Interior, Strandgade también cuestiona la noción de originalidad entendida como singularidad absoluta. Cada obra es autónoma, pero ninguna se presenta como definitiva. La repetición erosiona la idea de una imagen única y clausurada, proponiendo en su lugar una constelación de instantes equivalentes. El valor de la obra no reside en su diferencia, sino en su persistencia. La pintura insiste porque no busca concluir.
En este gesto, la imagen se transforma en una forma de pensamiento visual que se rehúsa a ser traducida en relato. El espacio doméstico deja de ser el escenario de una historia privada para convertirse en un campo de observación reiterada. El espectador no asiste a un acontecimiento; participa de una duración. Cada encuentro con la obra reactiva la misma experiencia de espera, silencio y contención, sin promesa de cierre.
Así, la repetición en Interior, Strandgade no es redundancia, sino una estrategia estética y ética. Al resistirse al relato, la pintura protege su tiempo propio y obliga a quien la mira a modificar su relación con la imagen. No hay progreso ni desenlace: solo una permanencia que se sostiene en la mirada atenta. En esa negativa a avanzar, la obra afirma su potencia más silenciosa.
“La repetición en Interior, Strandgade no conduce a un desenlace: insiste como una forma de resistencia al relato y al tiempo que exige avanzar.”
Bibliografía
Hammershøi, Vilhelm. Interior, Strandgade. c. 1899–1905. Óleo sobre lienzo. Diversas colecciones.
Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
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Olsen, Poul Erik Tøjner. Vilhelm Hammershøi. Londres: Tate Publishing, 2008.

