Guillermo Ríos Bonilla (Colombia-México) - Réquiem por un polvo (Réquiem por un polvo y otras senxualidades)

El cementerio, como un gran hotel, albergaba a numerosos cadáveres que se habían adelantado en el camino a lo desconocido. Los vivos, los que aún tenían el valor de continuar con el día a día, iban y venían de tumba en tumba.

3/27/2026

Mimeógrafo
#154 | Marzo 2026

Réquiem por un polvo

Guillermo Ríos Bonilla
(Colombia-México)

(Réquiem por un polvo y otras senXualidades)
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Cita

ADVERTENCIA: Léase de la siguiente manera:

Empiece en I

Empiece en II

I

EN EL LUGAR DE LOS MUERTOS

El cementerio, como un gran hotel, albergaba a numerosos cadáveres que se habían adelantado en el camino a lo desconocido. Los vivos, los que aún tenían el valor de continuar con el día a día, iban y venían de tumba en tumba. Era domingo de visitas a los seres queridos que ya moraban en las regiones intangibles, para dejarles flores y dedicarles algunas oraciones. El sol auguraba resplandor todo el día.

Junto a una de las lápidas, un hombre y una mujer terminaban de limpiar y adornar con flores una de las tumbas. En silencio y de pie, con la cabeza hacia abajo y las manos unidas al frente, rezaban frente a la lápida de Braco, el hijo muerto por circunstancias que no deseaban recordar. La madre terminó su rezo, limpió sus lágrimas con un pañuelo y sin saber por qué miró hacia atrás. A unos cuantos metros, estaba de pie, esperando turno, Lavinia, la que un día había sido novia de Braco. Era una joven de su misma edad, vestida de negro, con una falda larga que nunca acostumbraba a usar. La madre la miró con el odio que sólo el dolor alimenta.

—¿Qué hace usted aquí? —protestó.

La pregunta interrumpió el rezo del padre, quien volteó y se encontró con la mirada de la joven. El hombre sintió un calor fuerte que le subía desde el estómago y quemaba su cabeza, pero se contuvo y tomó del brazo a la madre.

—Deja, que nada sacas con eso.

—Pero, ¿qué hace aquí? ¿No le da vergüenza? Si por culpa de ella...

—Ya, suficiente. Dios sabrá por qué hace las cosas —y consoló en sus brazos a la mujer—. Mejor vámonos.

Así lo hicieron.

Lavinia aprovechó para acercarse a la tumba y dejar una flor. Empezó a rezar.

Muy cerca de ahí, Leslie, una mujer de cabello rubio y cuerpo esbelto, también vestida de negro, visitaba la tumba de Mancio, quien fuera su esposo. Mientras rezaba, las lágrimas diluían su maquillaje, hilos negros de llanto resbalaban por sus mejillas.

Cuando las dos mujeres terminaron de rezar y se preparaban para marcharse, sus miradas se encontraron. Una ira compartida las incitaba a avanzar y a destrozarse una a la otra. Las dos dieron un paso al frente, pero al mismo tiempo se arrepintieron. El murmullo de la gente, el canto de algunos pájaros y el ambiente de amplitud del cementerio se expandió por cada rincón. Lavinia y Leslie se dieron la espalda. Lavinia abandonó el cementerio y tomó el autobús hacia su casa. Leslie hizo sonar las llantas de su auto sobre el pavimento y continuó su camino hacia donde el viento la llevara.

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II

LA PROPUESTA

Braco se levantó un poco tarde y no quiso ir a la universidad. Estaba harto de seguir escuchando a un puñado de maestros y compañeros con sus egos y disfraces. Había que pensar como ellos pensaban, y eso aburría a Braco. Las teorías y las ideas iban y venían, y subrepticiamente se introducían como pequeños gérmenes que poco a poco se convertían en asfixiantes camisas de fuerza. No era complicado entrar en el baile y tocar la misma canción. Prefirió, por hoy, darse un respiro. Braco era un simple estudiante, que ya estaba por terminar las materias y continuaba con la tesis.

A pesar de ser viernes, no sentía mucho ánimo. El bullicio de la ciudad, que en ocasiones avivaba el deseo de compartir unos tragos con unos amigos, o de disfrutar de una buena conversación, o de ir al cine en compañía de alguna chica, no lo motivaba mucho. Pensó en llamar a su mejor amigo, pero no creía encontrarlo con la disposición para escuchar sus estupideces. Sí, estupideces, porque no podía llamar de otra forma a los repentinos cambios de ánimo que padecía sin tener una buena razón, pero que influían en su percepción de las cosas. Ese día fue uno de los que amaneció sin ánimo ni perspectiva de nada, como si un inmenso vacío recorriera su pecho y se extendiera por el resto de sus años de vida. Tomó el autobús hacia el centro de la ciudad.

Se bajó para caminar un poco hasta la biblioteca. Allí estuvo hojeando libros de mitología y a algunos autores que le habían recomendado. Después de un par de horas salió y empezó a pasear sin rumbo fijo. Se desvió por la calle del cineclub que visitaba con relativa frecuencia. En sus paredes se anunciaba un ciclo de películas eróticas con algunos títulos muy frecuentes. No le interesó ninguna, porque ya las había visto todas. Tomó un volante en el que ofrecían un ciclo de conferencias, se prometió asistir a alguna de ellas. Pensó entrar en una librería, pero se arrepintió por no tener dinero en sus bolsillos.

Transitó por la calle principal. No sabía en realidad hacia dónde ir, pensó en un sitio de Internet para continuar malgastando el tiempo, mientras su ánimo cambiaba; pero prefirió vagar un poco más, con la amenaza en el cielo de una lluvia cotidiana.

Un auto de color blanco se acercó a la acera. Una mujer bajó el vidrio y lo llamó. Braco se acercó.

—¿Joven, le gustaría subir al carro y acompañarme hasta mi apartamento?

Braco no supo qué decir. Instantes atrás había pensado que la mujer le iba a preguntar por alguna dirección, pero nunca se imaginó una propuesta tan directa. Transcurrieron unos minutos, y Braco se imaginó de dos maneras: aceptando o no.

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III

LOS ESPOSOS

Leslie estaba sentada en la sala. Esperaba dar respuesta a la propuesta que su esposo le había hecho. Los dos trataban de decidir qué hacer ese viernes. Mancio, el esposo, había inventado una disculpa para no ir a trabajar y Leslie gozaba de las vacaciones a las que tenía derecho como trabajadora. Ella era una exitosa ejecutiva, trabajaba para su esposo, quien era ingeniero y arquitecto. Se habían conocido en la oficina. Ella había sido su secretaria, su mano derecha, la persona que lo conocía muy bien y sabía qué necesitaba.

—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? —preguntó.

—Sí, ¿no te atreves? —dijo Mancio, y se dirigió a la cocina.

Leslie había consentido muchas de las fantasías que a su esposo se le ocurrían, como tener sexo en lugares abiertos, donde la adrenalina de ser descubierto proporcionaba esa pizca de estímulo que parecía morir en la relación. En varias ocasiones colocaron anuncios en Internet buscando personas que se animaran a hacer un trío sexual con ellos. Algunas veces, interesados les respondían, pero nunca materializaron algo en concreto, porque era muy difícil para Leslie romper el lienzo de la fidelidad hacia su esposo.

Llevaban ocho años de casados, y el calor de la pasión, la frecuencia con que hacían el amor y las palabras bonitas habían decaído con los días. Él llegaba tarde a la casa y con aromas ajenos y desconocidos. A Leslie no le faltaban amigos del trabajo que la tentaban y le hacían propuestas indecorosas, pero nunca se había atrevido a tomarlas en serio.

Leslie dejó que el silencio transcurriera un poco más antes de responder.

—¿Qué nos está pasando, Mancio? —contestó.

—¿A qué te refieres? —hizo ruido con algunos vasos.

—¿Cómo que a qué te refieres? ¡Mancio, no seas cínico! —exclamó.

—Deja de gritar, pareces histérica —replicó.

—¡No estoy histérica y tú sabes muy bien a qué me refiero! Ya no me tratas como antes... con cariño... con amor...

—Ya deja tu cantaleta de siempre, Leslie. Somos los mismos, lo que pasa es que cada vez que te propongo una fantasía con un tercero te pones así. Eso es todo.

El silencio volvió a pararse entre los dos. Leslie seguía con las piernas dobladas, con los pies junto a sus nalgas. Mancio, en la cocina, se preparaba un whisky para calmar un poco sus ánimos.

—Me voy a dar una vuelta, pues contigo no se puede hablar —dijo.

—Mi vida, espera. Está bien. Pero, ¿en un cine porno? —ella trató de conciliar.

—Mira, si no estás segura, no lo hagas ni lo pienses.

—No, yo sí quiero complacerte, pero entiende... no es fácil para mí… ahí delante de todos, observando a ver quién se coge a quién.

—Ya te lo dije —dijo él tajante.

—Está bien, nos vemos en el cine ese.

—Muy bien, ahí te espero. Voy un momento a arreglar el asunto del carro.

Leslie sintió el beso de su esposo y le dijo adiós. Ella sonrió complacida, pero algo inquieta. No era la primera vez que Mancio le había propuesto algo así con tanta firmeza. No era la fantasía lo que la inquietaba, ya antes habían hecho muchas locuras juntos: el día en que él decidió vestirse de ella y ella de él, fue algo inocente, como dos niños que juegan, como dos enamorados, pero era entre los dos. Sin embargo, ahora... y en ese lugar... Leslie caminó unos momentos por la sala tratando de respirar, y se imaginaba cómo actuaría ella frente a un tercero en un lugar así, cómo podría desnudarse, besar, hacerle.... no sabría qué fantasías tuviera y luego los visitantes... el miedo a que los descubrieran... la vergüenza... en la cama... los tres, el primero... o a su esposo... o los dos... sacudió su cabeza. Tomó un sorbo de whisky de la botella, agarró las llaves y salió de la casa. Por el camino, mientras conducía, pensaba en cómo actuaría frente a un desconocido. Y decidió dejar atrás los temores, confrontar los miedos, como les dijo el psicólogo al cual habían acudido en la terapia de pareja, y hacer la prueba ella sola. En la avenida vio a un joven con apariencia de estudiante que le llamó la atención.

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IV

EL ACCIDENTE

La velocidad aceleraba el auto de Mancio. El aire golpeaba fuerte contra el parabrisas. Mancio pensaba solucionar el cambio de placas de su carro, pero no estaba seguro de hacerlo hoy con entera certeza. La ansiedad hervía en su pecho y formaba un nudo de nervios y de gozo en su estómago. Se sentía estimulado, y actuaba así cuando su esposa accedía a concederle uno de sus caprichitos. Prefirió virar por otra calle, mientras se le ocurría a dónde ir. La ciudad ofrecía suficiente variedad, y más el día viernes.

—Después la llevaré al Girasol. Sé que le va a encantar, y le propondré otra cosa.

Hablaba para sí, cuando una chica se le atravesó en el camino y tuvo que frenar de manera abrupta. Se bajó del carro con la intención de insultar a la persona impertinente, pero al ver a la chica cambió de actitud.

—Discúlpame, venía distraído. ¿Te encuentras bien? Déjame llevarte a un hospital.

La chica se levantó del suelo con la ayuda de Mancio. Su cabello negro se había alborotado por la sacudida, ella trataba de quitárselo de la cara. Con algo de pudor intentaba cubrir sus muslos con la escasa tela de su falda. Pensó liberarse bruscamente del brazo de Mancio e insultarlo, pero, una vez que lo vio y observó el carro, cambió de parecer.

—Sí… me duelen mis piernas —fingió dolor, y se dejó caer en el asfalto.

Mancio la levantó en sus brazos y la ayudó a entrar en el auto.

Una vez en camino, intercambiaron nombres y las frases propias entre dos personas que apenas se conocen.

—¿Te duele mucho? —Mancio miraba sus muslos.

La chica iba vestida con una falda corta de color negro. Su blusa, ajustada, parecía ahogar sus senos. Lavinia era una estudiante que ya estaba por terminar las materias y continuaba con la tesis.

—Un poco —respondió acariciándose las piernas.

Mancio aceleró el carro.

—¿Y a dónde ibas?

—A ningún lado en especial. Iba a ver unos discos... luego a la biblioteca... por ahí.

Lavinia observaba el auto, como quien aprecia un objeto de adoración, y de sus ojos surgió un brillo y una curiosa sonrisa. El silencio que había estado entre ellos por un momento se interrumpió.

—¿Es tuyo? —preguntó.

Mancio la miró. Había notado en ella un cambio de apariencia. Parecía que ya no le importaba mucho su pierna. No era la niña indefensa que había sido atropellada en el pavimento. Era la mujer seducida por lo que veía a su alrededor en ese momento.

—¿Qué? ¿El carro?

—Sí, el carro.

—Sí, es mío, y tuyo cuando se te ofrezca.

—¡Qué lindo! Me gusta mucho.

La piel blanca contrastaba con el negro de la falda y de la blusa.

—Tú también estás muy bonita, Lavinia.

Ella le agradeció el cumplido y procuró que su falda mostrara un poco más sus blancos muslos.

—Y... ¿tienes novia?

Mancio detuvo el coche en el semáforo.

—Esposa, ¿por qué?

—No sé, sólo... qué lástima —las dos últimas palabras se escucharon como un susurro, un discreto coqueteo.

—Bueno, soy casado... pero no capado —y acarició el muslo de la chica con suavidad. La tersura de la piel produjo en Mancio una leve erección.

—Y... ¿vamos, entonces, al hospital?

Lavinia calló por un momento.

—Hmmm... llévame a donde quieras —susurró.

El auto rechinó en el pavimento al dar un repentino cambio de dirección. Se estacionaron frente a un hotel. Minutos después Lavinia recibió una llamada telefónica.

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V

LA FANTASÍA

Braco rechazó la propuesta de la mujer. Le mintió diciéndole que en diez minutos tenía una cinta con su novia.

—Qué lástima —dijo ella.

Braco la vio alejarse. La mujer dejó en la mente del estudiante imágenes y deseos que se aglomeraban y le provocaron una leve erección. Braco intentó rechazar el impulso que lo conducía a calmar su excitación.

Camino durante una hora por diferentes partes, pero después se dejó manipular y dirigió sus pasos hacia un cine porno. No podía quitarse de la mente a la rubia y su propuesta. Cuando un deseo parecido se apoderaba de su mente, solía disfrutar de películas porno. En cualquier ciudad siempre hay cines para adultos, pero en esta la mayoría estaban ubicados en calles un tanto sórdidas y que inspiraban desconfianza.

Al que acostumbraba a ir, se encontraba en una de las principales vías de la ciudad. A veces era algo incómodo, lo había experimentado desde la primera vez que había entrado. En esa ocasión disfrutaba de la película, concentrado y con su pene fuera del pantalón, sobándolo con las manos. Un hombre se sentó en la fila donde él estaba, dos sillas más allá. Braco se sintió incomodó, pues esa persona no dejaba de mirarlo. El hombre ocupó la silla que estaba vacía y empezó a tocarle la pierna, diciéndole: “¿Me dejas mamártelo?”. El joven inmediatamente se levantó y se fue a la fila siguiente.

Hasta allá llegó otro con las mismas intenciones. De nuevo se levantó y buscó otro lugar. Quería disfrutar de la película en paz; pero hasta allá se le acercó otro, a quien, armándose de valor, le dijo: “Por favor, déjeme solo”. La persona comprendió y se fue.

Mientras Braco trataba de acostumbrarse a la oscuridad del lugar, vio a una pareja que se encontraba dos puestos más allá. No sabía si la chica que acompaña al hombre era mujer o travesti. Pasadas algunas escenas de la película, la mujer se levantó, pasó frente a él pidiéndole permiso y se sentó a su izquierda, en la silla contigua. Sobó su pierna y le dijo muy cerca al oído que si podía mamárselo. Braco se percató de que era mujer, por el timbre de su voz. Dudó por un momento en aceptar, pues todavía le inquietaba la presencia del hombre. Sin embargo, ella pareció leerle el pensamiento y dijo:

—No te preocupes por él. Le gusta ver.

Braco accedió a la petición. Mientras ella se deleitaba y él perdía la noción del tiempo, el hombre de al lado se masturbaba con frenesí sin apartarles la vista.

Una vez que Braco hubo terminado, la mujer levantó su cabeza, le dio las gracias y fue a sentarse junto al hombre. Esperaron un momento en el cual Braco pudo descifrar un poco su conversación, pues hablaban en tono alto:

—¿Te gustó? —preguntó ella.

—Sí —le respondió el hombre.

—¡Qué bueno! Ya vámonos.

Y se marcharon rumbo a la puerta de salida. Después de la segunda película, Braco abandonó la sala.

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VI

LA DETENCIÓN

Braco se acercó a una cabina telefónica para llamar a su novia. Ella le contestó un poco agitada. El ruido de la calle dificultaba un poco escuchar a la otra persona.

—¿Qué te pasa? ¿Estabas corriendo? —preguntó.

—No, estaba haciendo aseo en mi cuarto. Estoy… en la casa —vaciló Lavinia.

—¿Te parece bien si nos vemos ahora en el centro y vamos a...?

—¿Ahora? Pero estoy muy ocupada. ¿Te parece mejor al rato?

—Está bien, al rato.

Braco le dijo la hora y le indicó el lugar. Después de mandarse unos besos y unos “te quiero” mutuamente, se despidieron. El joven miró el reloj y pensó que todavía faltaba algo de tiempo.

Mientras caminaba por la acera, atestada de personas y de ruido, dos jóvenes agentes, al mando de un Cabo, le exigieron que se quitara la hebilla que ajustaba la correa del pantalón. Ofuscado, preguntó el motivo:

—Es que en esta parte de la ciudad no se permite andar con correas que tengan hebillas como la suya — dijo uno de los jóvenes, con una actitud más amable y respetuosa que la del Cabo.

Braco miró con atención la hebilla y sólo pudo encontrar de extraordinario en ella el hecho de que era grande y tenía grabado un lobo en relieve. Miró al Cabo a los ojos y le dijo:

—No se la voy a dar... no estoy haciendo nada malo. La hebilla está donde debe estar... y... no le estoy dando otro uso.

El Cabo, cuyas fosas nasales se abrían y cerraban con cada respiración, imperó:

—Señor, arrímese a la pared para requisarlo.

—¿Por qué, si no estoy haciendo nada malo?

—Señor, porque usted lleva una hebilla que está prohibido portarla.

—Muéstreme el documento donde se diga eso que me está diciendo.

—Señor, ya me... —dijo impaciente el Cabo.

—Señor, permítanos una requisa, por favor —interrumpió, entonces, uno de los jóvenes.

—Así es diferente, las cosas hay que pedirlas, no exigirlas —dijo Braco, y miró al Cabo.

—Su hebilla y su cédula, señor —dijo el Cabo, quien adoptó una postura menos autoritaria.

Encontraron en uno de los bolsillos una navaja.

—¿Y esto? —preguntó el Cabo con algo de satisfacción.

—Una navaja que uso para sacarle punta a mis lápices — respondió Braco, mientras sacaba su billetera y le enseñaba la cédula al señor Cabo.

El Cabo no dijo nada. Braco se despojó de la hebilla y se la entregó a uno de los jóvenes. El Cabo miraba la foto de la cédula y luego a Braco, trataba de encontrar semejanzas entre aquella y él. Sus dudas eran lógicas, en la cédula Braco aparecía con cabello largo, sin lentes y un poco más gordo de lo que estaba en ese momento. El Cabo maquinó una sospecha.

—Acompáñenos a la estación, señor.

—¿Y dónde está? Pues tengo una cita en cinco minutos —dijo Braco.

—Tranquilo que no se va a demorar. Sólo vamos a constatar algunos datos —dijo uno de los subalternos.

Braco caminaba detrás de ellos, sostenía sus pantalones con las manos y pensaba en la cita con su novia.

Llegaron a la estación de policía. Allí, el Cabo tomó su radio patrulla, se contactó con una persona, a la cual pidió que averiguara algunos datos sobre Braco. Mientras le daban respuesta, el Cabo preguntó:

—¿Y a qué se dedica usted, señor?

—Soy estudiante —respondió con el temor de la pregunta que vendría.

—¿De dónde?

Braco dijo el nombre de la universidad, que tenía fama de revoltosa y conflictiva.

—Ah, era de esperarse su actitud frente a... —dijo el Cabo, pero no terminó la frase, porque lo solicitaban por el radio patrulla.

Después de hablar unos minutos, se dirigió hacia Braco y le regresó la cédula.

—Puede irse, usted no tiene nada.

—¿Y mi hebilla y la navaja?

—Esas sí se quedan con nosotros.

Braco trató de protestar, pero le pareció inútil. Sin decir una palabra se retiró con un sentimiento de impotencia.

El resto del tiempo continuó vagando en busca de una nueva hebilla para su correa y de una navaja.

Rato después asistió al lugar en donde tenía la cita con Lavinia. Ella llegó muy puntual en un taxi. Lavinia lo saludó y le dio un beso. Agitó unos billetes ante los ojos de Braco.

—¿De dónde sacaste ese dinero?

Ella le contó que el conductor del taxi la había atropellado y muy amablemente le había dado ese dinero para gastos médicos.

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VII

GIRASOL

Braco y Lavinia sintieron un poco de hambre y entraron a una cafetería. Se saturaron de comida chatarra y planearon qué hacer con el dinero.

—¿Te parece bien si vamos a un bar? Hay uno por aquí cerca —propuso Braco.

—¿El Girasol?

—Sí, ese.

—¿No es para gais?

—Bueno, el dueño es gay, le dicen Girasol. Pero ahí entra todo tipo de gente.

—Nunca he entrado a un bar así —aceptó Lavinia curiosa.

Abandonaron la cafetería y se distrajeron mirando el comercio callejero. Cuando se percataron de la hora, se dieron cuenta de que la noche caía, y que era buen momento para entrar en el bar. Allí la psicodelia de las luces volvía exóticas a las paredes y a las personas. En el lado izquierdo de la barra había dos hombres, separados por dos sillas. Los dos jóvenes se sentaron del lado derecho y pidieron cerveza al barman, un hombre gordo, con barba abundante en su rostro, de poco cabello, de camisa a cuadros y con un chaleco de cuero que apenas cabía entre sus brazos. Con una voz que parecía que estaba enfermo de gripa, les preguntó:

—¿Alguna marca en especial?

—Cualquiera —respondió Braco—. Todas hacen lo mismo.

Lavinia estuvo de acuerdo. Con el envase entre las manos, Braco giró la silla y empezó a mirar a las personas del lugar.

En las mesas, algunas parejas conversaban, otras se besaban y otras en la pista bailaban y sonreían; algunos solitarios subían y bajaban de sus labios una botella. Al verlos tan cabizbajos y meditabundos, pensó que lo único que les faltaba era una pistola.

Vio entrar a un hombre con una mujer. Lavinia también se percató.

—Qué curiosa coincidencia —dijo.

—¿Qué cosa?

—El hombre que acaba de entrar fue el que me atropelló y me dio el dinero. ¿Te importa si lo saludo?

—Supongo que no.

Ella le hizo señas y Mancio se acercó con la mujer.

—¡Hola! ¡Qué casualidad encontrarte por aquí!

E hicieron las respectivas presentaciones.

—¿Se conocen? —preguntó Mancio a su esposa, sorprendido por la familiaridad con que Braco y ella se habían saludado.

Lavinia le hacía la misma pregunta a su novio con los ojos.

—Sí, bueno, nos cruzamos en la calle, yo me acerqué a él para preguntarle una dirección —dijo Leslie, mientras miraba con algo de vergüenza a Braco.

—Sí, así fue —confirmó este, y adivinó en la mirada de ella una complicidad.

—¡Qué bueno! Así ya todos estamos como en familia —Mancio se rio—. ¿Por qué no comparten nuestra mesa?

En la mesa ya había una persona. Era una mujer de cabello azul, vestida con un traje negro que ceñía muy bien su cuerpo.

—¡Hola, Mancio querido! Te estaba esperando. ¡Eres un ingrato! ¡Un ingrato! No llamas y apenas hasta hoy te apareces por acá, ¡Ingrato! —dijo con un tono grave en la voz y besó la mejilla de Mancio.

Luego se presentó.

—Hola, guapos, mi nombre es Girasol. Soy la dueña del bar... como la reina de la noche... y su servidora... por si se les ofrece algo —dijo guiñándole el ojo a Braco—. Así que sean bienvenidos y siéntanse como en su casa, bellos.

Se sentaron, pidieron bebidas y empezaron a hablar, a contar chistes, a preguntarse las cosas más triviales que se hacen en una reunión de amigos apenas conocidos. Braco se sentó cerca de Girasol, quien no desaprovechaba la oportunidad para rozar sus piernas con las de él y para, de vez en cuando, ponerle una mano en su muslo. Él se sentía incómodo. Las botellas iban y venían, todos bailaban con todos y la noche parecía una velada divertida e inolvidable.

En un momento en el que estaban sentados, Girasol le preguntó a Mancio cuál era el asunto que quería proponerle y por el que había venido al bar.

—Quiero que nos cumplas una fantasía... sabes a qué me refiero. Ya lo hablé con Leslie y, aunque ella está un poco reacia, ha terminado por aceptar. Además, estando con nuevos amigos, pues podemos hacer más divertido el asunto, ¿no les parece?

Braco y Lavinia se miraron.

—No se hagan del rogar. Ya esta belleza y yo nos conocemos muy bien, mejor de lo que ustedes se imaginan —hablaba con respecto a Lavinia.

Las palabras de Mancio incomodaron a todos en la mesa. Sorprendidos, se quedaron en silencio, en especial Braco, que miró a Lavinia como pidiéndole explicaciones.

—¿Este señor está tratando de decirme, Lavinia, que tú y él...?

Ella no supo qué responder. El silencio fue suficiente para que Braco se levantara y tratara de golpearla en el rostro, pero Girasol reaccionó y tomó de la mano al muchacho diciendo que eso no lo iba a permitir en su bar.

—¡Suélteme, pinche maricón! —gritó el joven liberándose de la presión de Girasol.

Miró a Mancio con odio y se abalanzó sobre él en una feroz lucha que obligó a este a sacar su pistola y a dispararle en el pecho a su agresor. Lavinia gritó y rompiendo una botella la pasó por el cuello de Mancio, quien cayó al instante muerto en los brazos de la asustada Leslie. Girasol corría de un lado para el otro pidiendo ayuda a la policía. Lavinia se sintió tan asustada que lo único que pensó fue en salir corriendo. En el suelo, Braco sintió que su corazón dejaba de latir.

FIN

VIII

GIRASOL

Braco y Lavinia sintieron un poco de hambre y entraron a una cafetería. Se saturaron de comida chatarra y planearon qué hacer con el dinero.

—¿Te parece bien si vamos a un bar? Hay uno por aquí cerca —propuso Braco.

—¿El Girasol?

—Sí, ese.

—¿No es para gais?

—Bueno, el dueño es gay, le dicen Girasol. Pero ahí entra todo tipo de gente.

—Nunca he entrado a un bar así —aceptó Lavinia curiosa.

Abandonaron la cafetería y se distrajeron mirando el comercio callejero. Cuando se percataron de la hora, se dieron cuenta de que la noche caía, y que era buen momento para entrar en el bar. Allí la psicodelia de las luces volvía exóticas a las paredes y a las personas. En el lado izquierdo de la barra había dos hombres, separados por dos sillas. Los dos jóvenes se sentaron del lado derecho y pidieron cerveza al barman, un hombre gordo, con barba abundante en su rostro, de poco cabello, de camisa a cuadros y con un chaleco de cuero que apenas cabía entre sus brazos. Con una voz que parecía que estaba enfermo de gripa, les preguntó:

—¿Alguna marca en especial?

—Cualquiera —respondió Braco—. Todas hacen lo mismo.

Lavinia estuvo de acuerdo. Con el envase entre las manos, Braco giró la silla y empezó a mirar a las personas del lugar. En las mesas algunas parejas conversaban, otras se besaban y otras en la pista bailaban y sonreían; algunos solitarios subían y bajaban de sus labios una botella. Al verlos tan cabizbajos y meditabundos, pensó que lo único que les faltaba era una pistola. Vio entrar a un hombre con una mujer. Lavinia también se percató.

—Qué curiosa coincidencia —dijo.

—¿Qué cosa?

—El hombre que acaba de entrar fue el que me atropelló y me dio el dinero. ¿Te importa si lo saludo?

—Supongo que no.

Ella le hizo señas y Mancio se acercó con la mujer.

—¡Hola! ¡Qué casualidad encontrarte por aquí!

E hicieron las respectivas presentaciones.

—¿Se conocen? —preguntó Mancio a su esposa, sorprendido por la familiaridad con que Braco y ella se habían saludado.

Lavinia le hacía la misma pregunta a su novio con los ojos.

—Sí, bueno, nos cruzamos en la calle, yo me acerqué a él para preguntarle una dirección —dijo Leslie, mientras miraba con algo de vergüenza a Braco.

—Sí, así fue —confirmó este, y adivinó en la mirada de ella una complicidad.

—¡Qué bueno! Así ya todos estamos como en familia — Mancio se rio—. ¿Por qué no comparten nuestra mesa?

En la mesa ya había una persona. Era una mujer de cabello azul, vestida con un traje negro que ceñía muy bien su cuerpo.

—¡Hola, Mancio querido! Te estaba esperando. ¡Eres un ingrato! ¡Un ingrato! No llamas y apenas hasta hoy te apareces por acá, ¡Ingrato! —dijo con tono grave en la voz y besó la mejilla de Mancio.

Luego se presentó.

—Hola, guapos, mi nombre es Girasol. Soy la dueña del bar... como la reina de la noche... y su servidora... por si se les ofrece algo —dijo guiñándole el ojo a Braco—. Así que sean bienvenidos y siéntanse como en su casa, bellos.

Se sentaron, pidieron bebidas y empezaron a hablar, a contar chistes, a preguntarse las cosas más triviales que se hacen en una reunión de amigos apenas conocidos. Braco se sentó cerca de Girasol, quien no desaprovechaba la oportunidad para rozar sus piernas con las de él y para, de vez en cuando, ponerle una mano en su muslo. Él se sentía incómodo. Las botellas iban y venían, todos bailaban con todos y la noche parecía una velada divertida e inolvidable.

En un momento en el que estaban sentados, Girasol le preguntó a Mancio cuál era el asunto que quería proponerle y por el que había venido al bar.

—Quiero que nos cumplas una fantasía... sabes a qué me refiero. Ya lo hablé con Leslie y, aunque ella está un poco reacia, ha terminado por aceptar. Además, estando con nuevos amigos, pues podemos hacer más divertido el asunto, ¿no les parece?

Braco y Lavinia se miraron.

—No se hagan del rogar. La pasaremos bien.

Los dos jóvenes aceptaron. Después de unos tragos y de disfrutar del baile, los cinco partieron hacia la casa de los dos esposos a terminar la noche y a despojarse de la pasión que en ellos hervía. Para Braco y Lavinia fue la primera experiencia en grupo, y también la primera prueba de sexo homosexual. No les molestó; al contrario, el descubrir sensibilidad en otras partes del cuerpo, proporcionada de diferentes maneras, los llevó a una satisfacción incomparable. El sol los sorprendió a los cinco dormidos y entrelazados.

FIN

1

LA ACEPTACIÓN

Braco aceptó con gusto la propuesta de la mujer. Nunca creyó que una situación así se le fuera a presentar en la vida. Siempre había fantaseado con eso, pero lo consideraba irrealizable. Durante el trayecto intercambiaron algunas preguntas, como para conocerse mejor y entrar en confianza. Leslie era una exitosa ejecutiva, trabajaba para su esposo, quien era ingeniero y arquitecto. Se habían conocido en la oficina. Ella había sido su secretaria, su mano derecha, la persona que lo conocía muy bien y sabía qué necesitaba. Braco solamente le contó que era un simple estudiante, que ya estaba por terminar las materias y continuaba con la tesis. Echó un vistazo a las piernas blancas de la mujer, quien lucía una minifalda roja, y dejaba ver gran parte de sus muslos. Ella se dio cuenta de que la observaba y sonrió. Braco fijó la mirada hacia el frente y preguntó:

—Y... ¿hay alguna razón para que hagas esto?

La mujer no contestó. Su semblante se mostró serio. Braco creyó que había dicho algo fuera de lugar.

—Si te molesta responderme, no...

—Porque... es una fantasía. Eso es todo —dijo tajante.

—Ah, okey.

—Quise, por un día en mi vida, salir, invitar al primer desconocido que me atrajera y hacerlo con él. ¿Por qué? ¿Hay algo de malo en eso?

—No, no, no, para nada. Sólo que no parece muy común, al menos en mi caso.

—¡Ay, mi querido muchacho! Tal vez tú y yo no tengamos mucho mundo, pero eso abunda por esta ciudad. Tengo amigas que se suben a los taxis y cuando el taxista les pregunta a dónde las lleva, ellas responden: “A donde usted quiera”, ¿qué te parece?

—Pero aun así no deja de ser excepcional.

La mujer no contestó. Simplemente dijo:

—Espero que no te estés arrepintiendo, o que algo te esté haciendo desistir.

—No, para nada.

—Qué bien, porque ya llegamos.

La mujer abrió el portón con el control y entró al patio de la casa con el auto. El espacio era amplio, podía albergar a tres o cuatro autos, sobre un piso de adoquines. A los alrededores pululaba el verde de las plantas y de los pastos, con algunas enredaderas que parecían ir devorando poco a poco las paredes de la vivienda. Se sentía un aire fresco y Braco tuvo que ponerse la chamarra.

—No te preocupes. Adentro hay calefacción.

En el interior de la vivienda, el piso era de un material parecido al mármol. La casa era de cuatro niveles. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores, con la armonía que el Feng Shui aconsejaba, según le había explicado ella. La mujer invitó a pasar a Braco por una puerta que daba a un quinto nivel, pero debajo de la casa, como un sótano. Ella cerró la puerta en cuanto estuvieron adentro.

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2

LOS ESPOSOS

Leslie y su esposo Mancio trataban de decidir qué hacer. Era viernes, día especial para romper con la rutina laboral. Él había inventado una disculpa para no ir a trabajar y ella había pedido vacaciones. Leslie estaba sentada en la sala, pensando, mientras su esposo esperaba la respuesta a la propuesta que le había hecho.

—Creo que la idea te pone... —dijo él, al observarla con una sonrisa de complicidad.

—Candente —completó ella—. Sí, no te lo puedo negar.

Leslie había perdido el miedo a compartir la intimidad con otras personas. Al comienzo lo dudó, pero se dejó llevar por la insistencia de su esposo. Algunas películas pornográficas, que de vez en cuando veía en su intimidad, le habían ayudado a abonar el terreno. “¿Qué tiene de malo probar?”, se había dicho en esa ocasión. “El que prueba de todo no se muere de hambre”, fue la conclusión tajante con la que había aceptado ir a un Club Privado con su esposo. Desde esa noche, Leslie deseó con más fuerza la variedad que su esposo le había dado a probar.

—¿Y esta vez cómo lo quieres?

Mancio pensó un poco. Los dos habían probado varias situaciones y él deseaba variedad. No quería que eso también se convirtiera en una rutina. Para eso era preferible seguir como antes: monógamos.

—¿Te parece si sales a la calle y convences al primer hombre que te guste, sin conocerlo? —él propuso.

—Me parece bien. ¿Y tú qué harás? —Leslie bebió de su copa.

—Lo mismo, pero con una chica.

—¿Y eso es todo?

Leslie tenía razón. Hasta ahí era muy simple. Mancio caviló nuevamente y barajó nuevas situaciones. Pero ninguna le pareció. Entonces optó por pensar en alguien más. Girasol apareció en su mente.

— ¿Te parece si invitamos a Girasol? —propuso.

—Okey, llámala. A ver si la encuentras, pues se cree tan ocupada, como una vedette.

—Muy bien. Eso haré en este preciso momento.

Marcó en su celular el número de Girasol. Después de unas palabras se pusieron de acuerdo y se citaron en la casa.

—Está listo —dijo—. Ahora hagámoslo.

Con un profundo beso se despidieron y cada uno salió a realizar lo suyo.

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3

EL ACCIDENTE

Mancio iba con más prisa que la habitual. Siempre se sentía así cuando su esposa había accedido a uno de sus caprichitos. Una ansiedad hervía en su pecho y formaba un nudo de nervios y de gozo en su estómago. Prefirió virar por otra calle, mientras se le ocurría a dónde ir a buscar a alguna chica. La ciudad ofrecía suficiente variedad, y más el día viernes.

—¿En dónde? ¿En dónde? ¿A quién? ¿A quién podré...?

Hablaba para sí, cuando una chica se le atravesó en el camino y tuvo que frenar de manera abrupta. Se bajó del carro con la intención de insultar a la persona impertinente, pero al ver a la chica cambió de actitud.

—Discúlpame, venía distraído. ¿Te encuentras bien? Déjame llevarte a un hospital.

La chica se levantó del suelo con la ayuda de Mancio. Su cabello negro se había alborotado por la sacudida, ella trataba de quitárselo de la cara. Con algo de pudor intentaba cubrir sus muslos con la escasa tela de su falda. Pensó liberarse bruscamente del brazo de Mancio e insultarlo, pero, una vez que lo vio y observó el carro, cambió de parecer.

—Sí… me duelen mis piernas —fingió dolor, y se dejó caer en el asfalto.

Mancio la levantó en sus brazos y la ayudó a entrar en el auto.

Una vez en camino, intercambiaron nombres y las frases propias entre dos personas que apenas se conocen.

—¿Te duele mucho? —Mancio miraba sus muslos.

La chica iba vestida con una falda corta de color negro. Su blusa, ajustada, parecía ahogar sus senos. Lavinia era una estudiante que ya estaba por terminar las materias y continuaba con la tesis.

—Un poco —respondió acariciándose las piernas.

Mancio aceleró el carro.

—¿Y a dónde ibas?

—A ningún lado en especial. Iba a ver unos discos... luego a la biblioteca... por ahí.

Lavinia observaba el auto, como quien aprecia un objeto de adoración, y de sus ojos surgió un brillo y una curiosa sonrisa. El silencio que había estado entre ellos por un momento se interrumpió.

—¿Es tuyo? —preguntó.

Mancio la miró. Había notado en ella un cambio de apariencia. Parecía que ya no le importaba mucho su pierna. No era la niña indefensa que había sido atropellada en el pavimento. Era la mujer seducida por lo que veía a su alrededor en ese momento.

—¿Qué? ¿El carro?

—Sí, el carro.

—Sí, es mío, y tuyo cuando se te ofrezca.

—¡Qué lindo! Me gusta mucho.

La piel blanca contrastaba con el negro de la falda y de la blusa.

—Tú también estás muy bonita, Lavinia.

Ella le agradeció el cumplido y procuró que su falda mostrara un poco más sus blancos muslos.

—Y... ¿tienes novia?

Mancio detuvo el coche en el semáforo.

—Esposa, ¿por qué?

—No sé, sólo... qué lástima —las dos últimas palabras se escucharon como un susurro, un discreto coqueteo.

—Bueno, soy casado... pero no capado —y acarició el muslo de la chica con suavidad. La tersura de la piel produjo en Mancio una leve erección.

—Y... ¿vamos, entonces, al hospital?

Lavinia calló por un momento.

—Hmmm... llévame a donde quieras —susurró.

—En ese caso te propongo algo.

—¿Como qué?

—Tengo una fiestecita con mi mujer y unos amigos. Ellos son muy buena gente, algo locos, pero buena gente. Tal vez quieras ir y... no sé... pasar un rato agradable, ¿te parece?

Lavinia, sin abandonar la sonrisa que hacía brillar su rostro, asintió. El auto rechinó en el pavimento al dar un repentino cambio de dirección.

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Continúe en 5 si viene de II

4

LA ORGÍA

La casa era bastante grande, al menos eso parecía desde afuera. Mancio abrió el portón con el control y entró al patio con el auto. El espacio era amplio, podía albergar a tres o cuatro autos, sobre un piso de adoquines. A los alrededores pululaba el verde de las plantas y de los pastos, con algunas enredaderas que parecían ir devorando poco a poco las paredes de la vivienda. Un aire fresco se sentía y Lavinia tuvo que ponerse la chamarra.

—No te preocupes. Adentro hay calefacción.

En el interior de la vivienda, el piso era de un material parecido al mármol. La casa era de cuatro niveles. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores, con la armonía que el Feng Shui aconsejaba, según le había explicado Mancio. Pasaron a la sala, en donde Braco y Leslie se encontraban sentados muy juntos. Habían terminado algunas copas e intercambiado besos y caricias en la habitación como sótano. Leslie informó que Girasol no pudo venir. Tanto el joven como su novia se turbaron el uno al otro ante tal casualidad. Los dos anfitriones no pudieron contener la risa y trataron de calmar a los jóvenes. El reclamo que uno y otro pensaban hacerse pronto perdió validez, cuando se dieron cuenta de lo ridículo que sería enojarse, pues ninguno de los dos estaba en una posición de ventaja moral que le permitiera salir limpio.

La conversación permitió que los cuatro se conocieran mejor y el vino pronto hizo hervir la sangre y sentir estrecha la ropa. Mancio trajo una baraja y empezaron a jugar.

Después de varias penitencias que cada uno tuvo que pagar, terminaron desnudos y con las parejas intercambiadas. Subieron a otra habitación y desbordaron sus pasiones en una cama circular, de colchón de agua, que giraba lentamente.

Para Braco y Lavinia fue la primera experiencia en grupo, y también la primera prueba de sexo homosexual. No les molestó; al contrario, el descubrir sensibilidad en otras partes de cuerpo, proporcionada de diferentes maneras, los llevó a una satisfacción incomparable. Los cuatro terminaron satisfechos.

Mancio y Leslie dormían profundamente, pero los dos jóvenes estaban despiertos uno al lado del otro. A ambos les habían parecido atractivos los lujos de la casa, y no necesitaron expresarse las intenciones para empezar a buscar cosas que hurtar. Ya habían guardado algunos objetos en sus respectivas mochilas, y Braco había encontrado en el cajón de la cómoda una buena cantidad de dinero, junto a una pistola. Quiso exclamar su sorpresa y comentársela a Lavinia, pero Mancio se despertó:

—¡Ladrones, hijos de puta! —exclamó con furia.

Leslie se levantó sobresaltada preguntando qué ocurría.

—¡Pues que ya no se puede confiar en nadie! —gritó Mancio—. ¡Pero ahora verán!

E intentó marcar el teléfono.

Braco tomó la pistola y, sin saber si estaba cargada o asegurada, apretó el gatillo y un disparo se estrelló en el pecho de Mancio. Leslie gritó, Lavinia hizo lo mismo. Braco tomó a su novia de la mano y la incitó a abandonar la casa, pero cuando trataban de luchar con la puerta del cuarto, Leslie sacó su arma del cajón de la otra cómoda y le disparó al joven en la espalda. Este se desplomó sin vida. Lavinia logró abrir la puerta y bajar las escaleras a toda prisa, perseguida por la mala puntería de Leslie. Tomó una porcelana y con ella rompió una de las ventanas. Saltó la verja y huyó.

FIN

5

LA ORGÍA

La casa era bastante grande, al menos eso parecía por fuera. Mancio abrió el portón con el control y entró al patio con el auto. El espacio era amplio, podía albergar a tres o cuatro autos, sobre un piso de adoquines. A los alrededores pululaba el verde de las plantas y de los pastos, con algunas enredaderas que parecían ir devorando poco a poco las paredes de la vivienda. Un aire fresco se sentía y Lavinia tuvo que ponerse la chamarra.

—No te preocupes. Adentro hay calefacción.

En el interior de la vivienda, el piso era de un material parecido al mármol. La casa era de cuatro niveles. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores, con la armonía que el Feng Shui aconsejaba, según le había explicado Mancio. Pasaron a la sala, en donde Braco y Leslie se encontraban sentados muy juntos. Habían terminado algunas copas e intercambiado besos y caricias en la habitación como sótano. Leslie informó que Girasol no pudo venir. Tanto el joven como su novia se turbaron ante tal casualidad. Los dos anfitriones no pudieron contener la risa y trataron de calmar a los jóvenes. El reclamo que uno y otro pensaban hacerse pronto perdió validez, cuando se dieron cuenta de lo ridículo que sería enojarse, pues ninguno de los dos estaba en una posición de ventaja moral que le permitiera salir limpio.

La conversación permitió que los cuatro se conocieran mejor y el vino pronto hizo hervir la sangre y sentir estrecha la ropa. Mancio trajo una baraja y empezaron a jugar. Después de varias penitencias que cada uno tuvo que pagar, terminaron desnudos y con las parejas intercambiadas. Subieron a otra habitación y desbordaron sus pasiones en una cama circular, de colchón de agua, que giraba lentamente. Para Braco y Lavinia fue la primera experiencia en grupo, y también la primera prueba de sexo homosexual. No les molestó; al contrario, el descubrir sensibilidad en otras partes del cuerpo, proporcionada de diferentes maneras, los llevó a una satisfacción incomparable. Los cuatro terminaron satisfechos. Después se despidieron y prometieron volver a verse con más frecuencia. Una gran amistad y una complicidad surgieron desde ese día entre ellos, hasta el punto de terminar con la necesidad de parte de Mancio y Leslie de buscar otras parejas amantes.

FIN

a

EL ACCIDENTE

Mancio iba con más prisa que la habitual. Siempre se sentía así cuando su esposa había accedido a uno de sus caprichitos. Una ansiedad hervía en su pecho y formaba un nudo de nervios y de gozo en su estómago. Prefirió virar por otra calle, mientras se le ocurría a dónde ir a buscar a alguna chica. La ciudad ofrecía suficiente variedad, y más el día viernes.

—¿En dónde? ¿En dónde? ¿A quién? ¿A quién podré...?

Hablaba para sí, cuando una chica se le atravesó en el camino y tuvo que frenar de manera abrupta. Se bajó del carro con la intención de insultar a la persona impertinente, pero al ver a la chica cambió de actitud.

—Discúlpame, venía distraído. ¿Te encuentras bien? Déjame llevarte a un hospital.

La chica se levantó del suelo con la ayuda de Mancio. Su cabello negro se había alborotado por la sacudida, ella trataba de quitárselo de la cara. Con algo de pudor intentaba cubrir sus muslos con la escasa tela de su falda. Pensó liberarse bruscamente del brazo de Mancio e insultarlo, pero, una vez que lo vio y observó el carro, cambió de parecer.

—Sí… me duelen mis piernas —fingió dolor, y se dejó caer en el asfalto.

Mancio la levantó en sus brazos y la ayudó a entrar en el auto.

Una vez en camino, intercambiaron nombres y las frases propias entre dos personas que apenas se conocen.

—¿Te duele mucho? —Mancio miraba sus muslos.

La chica iba vestida con una falda corta de color negro. Su blusa, ajustada, parecía ahogar sus senos. Lavinia era una estudiante, que ya estaba por terminar las materias y continuaba con la tesis.

—Un poco —respondió acariciándose las piernas.

Mancio aceleró el carro.

—¿Y a dónde ibas?

—A ningún lado en especial. Iba a ver unos discos... luego a la biblioteca... por ahí.

Lavinia observaba el auto, como quien aprecia un objeto de adoración, y de sus ojos surgió un brillo y una curiosa sonrisa. El silenció que había estado entre ellos por un momento se interrumpió.

—¿Es tuyo? —preguntó.

Mancio la miró. Había notado en ella un cambio de apariencia. Parecía que ya no le importaba mucho su pierna. No era la niña indefensa que había sido atropellada en el pavimento. Era la mujer seducida por lo que veía a su alrededor en ese momento.

—¿Qué? ¿El carro?

—Sí, el carro.

—Sí, es mío, y tuyo cuando se te ofrezca.

—¡Qué lindo! Me gusta mucho.

La piel blanca contrastaba con el negro de la falda y de la blusa.

—Tú también estás muy bonita, Lavinia.

Ella le agradeció el cumplido y procuró que su falda mostrara un poco más sus blancos muslos.

—Y... ¿tienes novia?

Mancio detuvo el coche en el semáforo.

—Esposa, ¿por qué?

—No sé, sólo... qué lástima —las dos últimas palabras se escucharon como un susurro, un discreto coqueteo.

—Bueno, soy casado... pero no capado —y acarició el muslo de la chica con suavidad. La tersura de la piel produjo en Mancio una leve erección.

Lavinia calló por un momento. El recorrido del auto le parecía desconocido.

—Oye, esta no es la ruta de ningún hospital.

—Lo sé, muñeca. Tú no estás herida y a mí se me despertaron las ganas —dijo.

Lavinia escuchó que los vidrios de las puertas subían y los seguros se ajustaban. Asustada trató de liberarse golpeando al hombre. Forcejearon por un momento, el auto parecía conducido por un borracho, hasta que Mancio le asestó un golpe en el rostro que la dejó inconsciente. Se encaminó hacia su casa.

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b

EL VIDEO

Mancio abrió el portón con un control y entró al patio con el auto. El espacio era amplio, podía albergar a tres o cuatro autos, sobre un piso de adoquines. A los alrededores pululaba el verde de las plantas y de los pastos, con algunas enredaderas que parecían ir devorando poco a poco las paredes de la vivienda. Se sentía un aire fresco. Adentro, el piso era de un material parecido al mármol. La casa era de cuatro niveles. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores, con la armonía que el Feng Shui aconsejaba. Lavinia seguía semiinconsciente.

—¿Qué has hecho, bruto? —exclamó Girasol, quien había llegado algunos minutos antes.

—¡Girasol! ¿Cómo entraste?

—¿Ya se te olvidó, querido, que ustedes dos me obsequiaron llaves de aquí y me dijeron que podía venir cuando quisiera?

—Sí, perdona, se me había olvidado. Ayúdame.

Girasol pasó uno de los brazos de Lavinia por su hombro. Entre los dos llevaron a la chica por una puerta que daba a un quinto nivel, debajo de la casa, como un sótano. Mancio cerró la puerta en cuanto estuvieron adentro. La amordazaron con unas correas que sujetaban una bola roja en su boca, y vistieron su cuerpo con un traje negro de látex, que dejaba al descubierto sus pechos, nalgas y vagina. La amarraron al respaldo de una silla, oculta un poco por el rojo de la habitación.

Lavinia volvió en sí. Sus enormes ojos negros parecían salirse de sus órbitas. Forcejeaba por liberarse de sus ataduras, y un sordo grito trataba de salir de su boca. Mancio y Girasol no dejaban de reírse, sentados a unos metros de ella, esperando a Leslie. Girasol empezó a tocar lascivamente a Mancio y pronto logró concentrarse en lo que buscaba. A los pocos minutos llegaron Leslie y Braco. Girasol, arrodillado, le daba un profundo masaje oral a Mancio.

—¡Lavinia! —gritó Braco.

Ella dejó escapar un leve sonido que no se entendió. Antes de que Braco reaccionara, Mancio se adelantó, arrojó a Girasol a un lado y tomó al chico fuertemente por el brazo.

—¡Suélteme, hijueputa! —gritó Braco liberándose de Mancio.

Sacó su navaja y se abalanzó sobre él en una feroz lucha. Girasol extrajo de su bota una pequeña pistola, y con nerviosismo trataba de apuntarle al muchacho. El disparo impactó en Mancio, quien cayó al instante. Braco arrojó la navaja y le pegó en la cabeza a Girasol, quien soltó la pistola para sobarse el golpe. El joven la tomó y le disparó.

—¡Toma la navaja, perra! —le gritó a Leslie.

La mujer obedeció, un poco temblorosa.

—¡Suéltala! —le ordenó.

La mujer empezó a cortar todo lo que ataba a Lavinia. En cuanto estuvo liberada, los dos se dirigieron a la puerta.

Pero Braco se había olvidado de desarmar a Leslie, quien lanzó la navaja y penetró la espalda de Braco. Lavinia abrió la puerta y escapó.

FIN

c

EL VIDEO

Mancio abrió el portón con un control y entró al patio con el auto. El espacio era amplio, podía albergar a tres o cuatro autos, sobre un piso de adoquines. A los alrededores pululaba el verde de las plantas y de los pastos, con algunas enredaderas que parecían ir devorando poco a poco las paredes de la vivienda. Un aire fresco se sentía. Adentro, el piso era de un material parecido al mármol. La casa era de cuatro niveles. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores, con la armonía que el Feng Shui aconsejaba. Lavinia seguía semiinconsciente.

—¿Qué has hecho, bruto? —exclamó Girasol, quien había llegado algunos minutos antes.

—¡Girasol! ¿Cómo entraste?

—¿Ya se te olvidó, querido, que ustedes dos me obsequiaron llaves de aquí y me dijeron que podía venir cuando quisiera?

—Sí, perdona, se me había olvidado. Ayúdame.

Girasol pasó uno de los brazos de Lavinia por su hombro. Entre los dos llevaron a la chica por una puerta que daba a un quinto nivel, debajo de la casa, como un sótano. Mancio cerró la puerta en cuanto estuvieron adentro. La amordazaron con unas correas que sujetaban una bola roja en su boca, y vistieron su cuerpo con un traje negro de látex, que dejaba al descubierto sus pechos, nalgas y vagina. La amarraron al respaldo de una silla, oculta un poco por el rojo de la habitación.

Lavinia volvió en sí. Sus enormes ojos negros parecían salirse de sus órbitas. Forcejeaba por liberarse de sus ataduras, y un sordo grito trataba de salir de su boca. Mancio y Girasol no dejaban de reírse, sentados a unos metros de ella, esperando a Leslie. Girasol empezó a tocar lascivamente a Mancio y pronto logró concentrarse en lo que buscaba. A los pocos minutos llegaron Leslie y Braco. Girasol, arrodillado, le daba un profundo masaje oral a Mancio.

—¡Lavinia! —gritó Braco.

Antes de que Braco reaccionara, Mancio se adelantó, arrojó a Girasol a un lado y tomó al chico fuertemente por el brazo.

Un video más saldría después de ese día, y nunca nadie volvió a saber de Lavinia ni de Braco.

FIN

Cita