Guillermo Ríos Bonilla (Colombia-México) - Gordelicia
Buscaba en mi biblioteca algún libro que me sirviera como fuente de inspiración; o me diera una idea como disparador para escribir [...]

Mimeógrafo
#152 | Enero 2026
Gordelicia
Guillermo Ríos Bonilla
(Colombia-México)
(Réquiem por un polvo y otras senXualidades)
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Cita
Buscaba en mi biblioteca algún libro que me sirviera como fuente de inspiración; o me diera una idea como disparador para escribir la primera pinche línea del texto lujurioso que me habían encargado. La concentración se escapaba de mi mente cuando el sonido de la puerta me sobresaltó. Era una chica que venía a ofrecerme productos eróticos. ¡Qué casualidad! Yo buscando inspiración lujuriosa y enseguida el hocico de una zorrita asoma por la madriguera. Aun así, le dije que no e intenté cerrar la puerta. La chica lo impidió con la mano.
—Tal vez a su esposa o novia…
—Pues mire, señorita, de hecho, estoy esperando a mi novia. Y si al llegar me ve con una mujer aquí en el cuarto se va a armar la de Troya dos, y ya no va a haber ningún Homero[1] ciego que quiera escribir la Ilíada Reload.
La chica hizo un gesto que me indicó que no había comprendido, pero por fortuna no preguntó. Así no tendría que gastar saliva en más explicaciones para que entendiera el chiste mamón que le había dicho.
—Le comento que si le interesa un producto en especial yo misma lo pruebo para garantizarle la calidad —dijo.
Eso hizo un fuerte stop en mi mente.
“Ah, caray”, me dije, “eso suena interesante, muy interesante”. Productos probados y garantizados, si no se siente satisfecho no lo compre, y si lo compra y no le gusta le devolveremos el dinero sin hacerle preguntas. Esta chica tiene alma de muy buena empresaria. Aunque también tuve la sospecha de que estaba un tanto desesperada por vender. No importó, era comprensible en estos tiempos de crisis, de escasez y de reformas estúpidas.
—Adelante —le dije—. Siga y tome asiento.
La chica pasó junto a mí y de inmediato su perfume invadió mi nariz. “Si así huele el camino, ¿cómo será la estación?”, fue la respuesta ipso facto de mi noble cerebro. El pelo largo acentuaba la desnudez de la espalda, la curva de las nalgas y las piernas desnudas hasta los muslos. Y sus tacones altos… Mis ojos completaron el hermoso cuadro. Aunque está un poco rellenita… la razón vino a dañar el momento. Pero no importaba, mejor, así habría más carne de dónde agarrar y, como dice la canción, es mejor que sobre y no que falte. Además, mientras no la llame gorda no hay problema, pues lo peor que le puedes decir a una mujer es que está gorda. Si le dices “puta”, se enojará, pero pronto el insulto pasará a un segundo plano. Sin embargo, si quieres que estalle la tercera guerra mundial (o la cuarta, pues ya con tantas no se sabe dónde va la cuenta), dile: “Estás gorda”, “te pareces a Porky”, “me recuerdas a la marranita Peggy”, y las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki serán simples juegos pirotécnicos comparadas con las consecuencias de su reacción: te insulta, te deja de hablar, su enojo puede durar un mes, las indirectas son continuas, las ironías están a la orden del día, no come durante un buen tiempo y lo peor: los servicios sexuales se cortan. Pero en fin… Así le decía a una exnovia, aunque siempre con un dejo de “bromita piadosa” en mis palabras. Pero nunca lo entendió. Nunca le pasó por la mente que su estética y, sobre todo, su salud peligraban. ¡Qué consciente me sentía en esos momentos!
Por fortuna la chica no estaba gorda, sólo tenía unas pocas reservas de alimento para cuando hubiera escasez y hambre. O como dicen: el 75% del cuerpo es agua, ella sólo estaba un tanto inundada.
“¿Cómo no se cae en esos tacones?”, me pregunté, entonces.
—Sí, gracias —se sentó y con cuidado dobló sus piernas a los Bajos instintos y dejó a un lado un maletín, donde supuse que traía algunos productos.
—¿Algo… de tomar? —pasé saliva por mi garganta hecha estropajo.
“Ay, mamacita, si así como se sienta cocina, me le como hasta el raspado”, me dije.
—Eh… sí, agua, por favor.
Aproveché para mirar el reloj. Ya se estaba tardando mi adorada novia. Inoportuno el momento de acordarme de ella.
“Si llega, va a estar peor que Hitler cuando le daban sus pataletas”, me dije.
Le ofrecí un vaso con agua y se lo tomó como si viniera del desierto. Se explicó diciendo que le había tocado caminar mucho, y que su maletín estaba pesado. De su interior sacó un catálogo de productos. Me lo ofreció y yo empecé a hojearlo, las imágenes y los costos de los productos eran muy atractivos.
—En el maletín traigo algunas cosas en físico por si le interesan.
Abrió el contenido y sacó algunos de los juguetes sexuales. Manipuló y me explicó el funcionamiento y la utilidad de algunos. El esfuerzo me demostraba sus dotes de vendedora.
—Si gustas te puedo enseñar su funcionamiento en vivo y en directo.
Pensé decirle que empezara por el vibrador, pero miré el reloj, mi novia no tardaría, y le dije que nada de lo ofrecido me interesaba. Me arrepentí de haberme dejado llevar por el primer impulso y haberla dejado entrar.
—Pero podría…
—Mire, señorita. Ando un poco presionado. Tengo que escribir un texto con tema de lujuria y estoy esperando a mi novia para que me inspire, y en cualquier momento llegará, y si la ve aquí, no quiero problemas. Le pido que…
—¿Necesita inspiración? —me interrumpió con un tono meloso en la voz.
—Eso… dije —corroboré.
Sin más preámbulos, la chica abrió sus piernas y dijo:
—Aquí puede encontrar la fuente de inspiración.
“¿Qué?”, me dije atónito, “¡Esto no está pasando! Parece guion de película porno barata. ¡No es posible! ¿Hay cámaras o es la fantasía de algún ‘ingenioso’ pervertido?”. Me escuché como un pinche moralista de templo, y me dio risa.
—Me sorprende —le dije secamente para disimular mi impresión.
—Para eso estamos. Al cliente lo que pida —dijo con frase libresca.
No pensé que esa sería la manera para avivar la llegada de la Musa (sin albur), pero su concha se veía tan apetitosa que decidí comérmela sin dudarlo.
—Acomodémonos de otra manera —le propuse después de haber succionado su clítoris como jugoso espagueti a la boloñesa, y ella aceptó.
La invité a que pasara a la cama. Nos quitamos la ropa, mejor dicho, nos rasgamos la ropa hasta quedar completamente desnudos.
Con mis labios saboreaba su caldosa vagina, dichoso de comerme su fruta fresca, le introducía un dedo y le estimulaba el clítoris con la punta de la lengua: su boca respondía con gemidos como si fuera un instrumento que al sentir los estímulos emitiera una grata melodía.
Al cambiar de posición, cosa que hicimos posteriormente, ella se entretenía con mis peludos güevos, y yo escuchaba sus gorgoteos poco entendibles, pues su boca no se cansaba de recorrer mi pene.
—Te amo, y así te lo demuestro —interrumpió sus caricias.
Un momento, ella iba muy deprisa. “¿Qué? ¿Amarme? Pero si apenas nos conocemos. Además, ya me tutea”, me dije.
—¿Qué dijo?
Sacó de nuevo el pene de la boca y respondió:
—Tutéame, por favor.
—Okey. ¿Qué dijiste?
—Que te amo.
—Pero…
—No digas nada. Lo entiendo. Así les digo a los hombres con los que me acuesto. Es un bálsamo psicológico para no sentirme tan puta.
—Ah, muy bien. Como gustes. Si eso te hace sentir mejor…
“Where is my mind”[2], se me ocurrió pensar en lo más mamón en ese momento, pero en verdad que no sabía dónde tenía la cabeza ni lo que estaba haciendo. Me preocupaba que en cualquier momento llegara mi novia. Pero quise seguirle la corriente.
—Sí es así —le dije—, ponte como las perras cuando esperan a su macho, y te perforo ese oloroso culo.
—Ese lenguaje soez me gusta. Miiaaaauuuu.
No hizo como perra, como le había dicho, sino como gata, pero para el caso era lo mismo, de todas maneras se puso en cuatro patas. Pero antes, le metí el dedo en el orto.
—Acabas de comer —le dije—, te siento un trozo de mierda en el intestino.
—¿Entonces quieres por la vagina? —su voz anhelante me pedía prisa.
—No —le respondí—, la vagina está desactualizada, tu mierda es la fresa en el pastel.
El panorama de su culo era inmenso, un corazón de piel blanca con una entrada oscura que se movía ante cualquier presión como un remolino de arrugas y piel. Le unté vaselina como maquillando al artista y mi verga se deslizó suave entre sus pliegues. Ella, escandalosa, respondía. Yo, bombeando le hacía eco con fuertes palmadas en sus delicados glúteos, que pronto se pusieron rojos como una manzana.
El lugar donde trabajo es una mierda, no sé a quién se le ocurrió la estúpida frase de que “el trabajo dignifica al hombre”, todo es estresante, pero un culo como estos es gratificante, me regresa al mundo del hedonismo[3], me hace olvidar al hijo de puta de mi jefe; a mis compañeros de trabajo, que se creen paridos por Zeus y sólo hablan de futbol; y a las zorras compañeras con complejos de princesa, que esperan que las invites a un lugar caro para terminar como esta chica, con el culo empalado.
—¡Sigue, más duro, sácame todo lo que comí hoy! —gritaba con agitación.
—¡Vente! —le dije y el aire salía y entraba a mis pulmones como ferrocarril presuroso.
—¡Ya casi, pero siento que me voy a cagar! —dijo ansiosa.
—¡Hazlo! —la incité—, así dirás que eres multiorgásmica.
Sentí los espasmos de su doble orgasmo, los gritos de su venida torrencial y el olor de su mierda chorreando por mi pene, que le hizo eco y llenó de semen sus entrañas.
Todo olía a mierda fresca.
—¿Tienes novia? —me preguntó intempestiva.
Yo apenas trataba de recuperar mi agitada respiración.
—Sí. Ya te dije.
—¿Y la quieres?
La miré como diciéndole por qué tanta pregunta, y precisamente en estos momentos.
—Sí, mucho.
—¿Por qué?
De nuevo la miré, y me imaginé colocándole una mordaza en la boca.
—Porque es mi puta.
Ella me vio y abrió los ojos.
—¡Qué romántico! Sin ironía, en serio.
Se acunó en mis brazos. Después hubo un silencio hermoso. No había mejor idilio. Ella y yo extasiados, fundidos en un abrazo y el mundo afuera que girara como se le diera la regalada gana. “Caray, me estoy enamorando”, y sonreí.
—¿Y trabajas?
—Sí.
—¿En qué?
—Escribo para una editorial.
—Ah, interesante.
Pero ese “interesante” sonaba como a: “¿En serio, en qué trabajas?”, y esperé que eso me dijera, mas no lo hizo, por fortuna. “Me salió igual de preguntona a mi novia”, me dije después. Le propuse que nos fuéramos a bañar.
Al regresar del reconfortante duchazo, la chica se acostó en la cama. Verla en su plenitud, nadando entre las sábanas, como la Venus de Milo[4], pero con brazos y recostada sobre el lecho, y al contemplar sus muslos que rodean su paraíso, se me despertó de nuevo el deseo, sentí que mi mástil de carne se ponía enhiesto y quería volver a la carga, a la conquista por las grutas del placer. Pero antes debía allanar el camino para que mi asta penetrara sin dificultad, y me le acerqué y me comí otra vez su vagina.
—¿Y qué escribes, goloso? —me preguntó entre jadeos.
—¿Eh? —vaya pregunta para un momento como este.
Levanté la cara de su vulva y le respondí:
—Ficción.
—¿Qué es ficción?
“¿Otra vez?”, me dije.
—Tu culo entre mariposas amarillas —le respondí, enredando mi lengua en su clítoris.
—¡Me gusta! —se rio—. ¡De imaginármelo me da risa! ¡La ficción es más graciosa que la realidad! ¿No te parece?
“Me salió igual de preguntona a mi novia”, repetí.
Recordé el momento en que mi novia y yo veíamos un partido de futbol de la selección, y mientras ella se entretenía con mis peludos güevos, me preguntó:
—¿Por qué les gusta tanto el futbol?
—Porque ya estamos enajenados —le respondí.
—¿Y el individuo en dónde está? —me preguntó, con gorgoteos poco entendibles, pues su boca no se cansaba de recorrer mi pene.
—Mi vida, como van los tiempos, la masa se traga al individuo, a todos nos debe gustar lo que a la masa le gusta —le contesté, y sentí un mordisco de sus dientes en el glande.
—Es como un panal —ella aventuró una metáfora.
—Algo… así —le contesté.
—¿Y son las abejas y las hormigas el ejemplo de la civilización ideal? Porque cada vez nos parecemos más a ellas, a la masificación, como dices, que va opacando el espíritu individual.
—Así es, sonaste a filósofa puritana —le dije.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque así calificamos esas reflexiones.
—¿Quiénes?
—Los que estamos masificados y nos duele cuando alguien nos pone un espejo al frente y nos dice: ¡Mírate!
—¿Por qué?
—Porque así somos los que nos creemos estar en un mundo feliz[5]. ¿Será el futbol, los conciertos de rock, la televisión, la Internet, los muchos Soma[6] que nos tranquilizan de la angustia de civilización?
—Yo… creo… que… sí —dijo ella, mientras mi semen inundaba su garganta.
“Qué bien conectados estamos ella y yo”, pensé.
Volteé a la chica de los juguetes sexuales y le besé las nalgas.
—Al menos la ficción te permite crear mundos. La realidad ya te los da establecidos, y eso es para suicidarse —respondí a la pregunta que la chica me había hecho antes de divagar en la conversación con mi novia.
Ahora, con su culo a flor de piel, me dijo que se sentía un poco deprimida, porque no veía nada que la motivara en el futuro.
—¿Y eso? —pregunté interesado.
—No sé… Todo es muy repetitivo.
—Sí —le dije—, todo no es más que una simple sucesión de hechos sin sentido.
—¿Por qué será? —preguntó; su inquietud se parecía un poco a la sana testarudez de El Principito cuando no desiste de una pregunta.
—Sólo se me ocurren especulaciones.
Ella se dio vuelta y tomó mi verga en sus manos.
—Especula, pero no te distraigas, no quiero que se te baje la verga.
Sus labios me regresaron al País de las Maravillas.
—Estamos destinados a descubrir cosas hasta cierto límite. Si seguimos más allá, lo cual es lo que nos motiva a continuar vivos, nos podemos estrellar. Si nuestra civilización desapareciera, ¿estuvo destinada a llegar hasta este instante: descubrir lo que ha descubierto hasta este momento? Pero otra civilización llegará, ¿y seguirá los descubrimientos ya hechos o tendrá que descubrir hasta llegar justo donde llegó nuestro avance, luego seguirá un poco y desaparecerá? ¿Y así hasta que el Sol se enfríe? Si todo es un eterno recordar, ¿entonces ya existió una civilización que lo supo todo y nosotros simplemente estamos recordando parte de eso que ya había salido a la luz? ¿Cuál fue esa civilización? ¿La Atlántida?
—Parece un invento de marineros borrachos —dijo liberando su boca.
—Así es. Bueno, de hecho, de griegos borrachos —sonreí por su ocurrencia.
—Creo que la civilización está como yo, ya no quiere ir más allá —me dijo—, ¿tendré que morir para que otra yo llegue y continúe lo que yo no seguí?
—Puede ser. Si te parece bien, en el armario hay un arma, tú decides.
—Gracioso. ¿Por qué terminamos tan trascendentales?
—No sé. Tú empezaste.
— ¿Yo?
—Sí, tú.
Sonrió. Luego vio el reloj.
—¿No que venía tu novia?
—¡Mierda, es cierto! Ya se está tardando. Deja la llamo.
—No es necesario. Déjame despedirme —aceleró los movimientos de su boca en mi pene hasta que unos instantes después me hizo venir con un torrente igual a una catarata de leche que fuera expulsada cuando las puertas de una represa se abrieran.
Se vistió con prisa y acomodó los juguetes sexuales en el maletín. Le pregunté si le debía algo.
—¿Acaso crees que soy puta?
—No sé. Tú dime cuánto te debo.
Me besó y me dijo que no era nada.
—¿Puedo verte otro día? —le pregunté.
—Sí, yo te busco. Al cabo ya sé dónde vives.
Se dirigió a la puerta. Desde ahí me envió otro beso con las manos.
Vi de nuevo el reloj. Mi ansiedad se acrecentó y empecé a dar vueltas por el cuarto.
Pero sonó la puerta.
—Hola, amor, ¿te gustó? —era mi novia.
Asentí. Y le di las gracias.
—Espero que te sirva para tu texto —me dijo.
La besé profundamente y nuestras lenguas se reconocieron como dos serpientes ante la cópula vibrante que une sus cuerpos escamosos.
[1] Homero: Poeta griego al que se atribuye la autoría de la Ilíada y la Odisea, los dos grandes poemas épicos de la antigua Grecia.
[2] Where is my mind: Canción del grupo de rock alternativo Pixies.
[3] Hedonismo: Inclinación a la búsqueda del placer y el bienestar en todos los ámbitos de la vida.
[4] Venus de Milo: Alusión a una de las estatuas más representativas del periodo helenístico de la escultura griega, y una de las más famosas de la antigua Grecia.
[5] Un mundo feliz: Alusión a la obra de Aldous Huxley: Un mundo feliz.
[6] Soma: Droga que aparece en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, en la que los personajes la consumen y con la que curan sus penas, ya que la toman cuando se encuentran deprimidos.
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