Guillermo Ríos Bonilla (Colombia-México) - Aurora y los toros

La hacienda del Patrón fue famosa por el ganado que producía. Por unas cuantas monedas muchos podían admirar en las ferias del pueblo a los integrantes de tan singular rebaño...

8/30/2025

Fotografía:

Mimeógrafo #147
Agosto 2025

Aurora y los toros

(Réquiem por un polvo y otras senXualidades)

Guillermo Ríos Bonilla
(Colombia-México)

Cita

La hacienda del Patrón fue famosa por el ganado que producía. Por unas cuantas monedas muchos podían admirar en las ferias del pueblo a los integrantes de tan singular rebaño: cuerpos humanos con cabeza de toro y cuerpos de toro con cabeza de humanos; incluso algunos de ellos sorprendían más porque podían emitir, además de balidos, palabras articuladas.

El origen de estos fue una mujer, pero no cualquier fémina, sino la propia esposa del Patrón, en unión con un toro. Su nombre era Aurora. Muchos la conocían por su belleza física y por la destreza que demostraba con el capote y el estoque en las ferias y corridas de los pueblos. La mujer daba grandes faenas en las plazas, y su habilidad se hizo famosísima en muchos lugares, hasta el punto de ganarse el epíteto de “la capotera de oro”.

Otra de sus particularidades era el gusto por curiosas atracciones sexuales. El Patrón y ella solían disfrutar de encuentros carnales más allá de la simple cópula como pareja: incluían en sus relaciones íntimas a los toros. Algunos comentaban que, si alguien se acercaba a la hacienda del Patrón entrada la noche, podía escuchar los gemidos de la esposa, acompañados por bramidos de bovino.

Aurora tenía fama de ser una mujer ardiente. Varias personas la habían visto en el río bañándose sola y, en ocasiones, estimulando su intimidad con dedos inquietos. Los caporales que habían trabajado en la hacienda contaban sus encuentros íntimos con ella. También el Patrón mandaba traer a la ciudad medicamentos, que en realidad no eran medicinas, sino píldoras para el vigor sexual.

Todo comenzó un día en que Aurora vio copular a un toro con una vaca. La imagen fornida y tosca del toro, con el rojo y largo miembro presto a entrar en la cavidad de la vaca, tatuó en la mente de Aurora el deseo por sentir entre sus piernas aquella espada de carne que golpeaba con ahínco el anca de la cuadrúpeda hembra. Pero ella guardó su deseo por algún tiempo.

Una tarde decidió comentarle a su esposo el gusto que le arrebataba la razón y le inundaba de calor la sangre: quería tener sexo con un toro y que su esposo la viera mientras ocurría la cópula. Después de escuchar, el Patrón se negó, argumentando que esa clase de petición sobrepasaba todo límite. Decepcionada, Aurora no tocó el tema de nuevo y prefirió humedecer su cuerpo con la mente transportada en el encuentro íntimo con un bovino.

No obstante, en el fondo de los gustos libidinosos del Patrón, la idea no se había desechado. Cada vez que recordaba la conversación con su mujer o que contemplaba a un toro con el miembro fuera de su estuche, la propuesta se calaba más y más en su mente y le provocaba potentes erecciones, y cuando hacía el amor con Aurora ya no necesitaba las píldoras traídas de la ciudad.

Al fin, el Patrón cedió. Aurora, complacida, escogió entre el ganado al semental cuadrúpedo más fornido y mejor dotado. Ayudó a amarrarlo a un mástil resistente y a atar a la espalda las tiras de un utensilio similar a una hamaca que le permitiría acostarse boca arriba bajo el vientre del animal, para dirigir su húmeda entrada al encuentro del miembro del bovino. Mientras se mecía bajo el cuerpo de la cornuda bestia y experimentaba el placer en su entrepierna, ella coqueteaba con la vista hacia su esposo, quien se acariciaba el pene con cambios frecuentes de ritmo ante los gemidos in crescendo de su cónyuge y la cercanía mutua del orgasmo de los implicados en tan curioso goce de los sentidos.

Nueve meses después, Aurora dio a luz a un niño con cuerpo de toro y cabeza de humano. Espantado por semejante abominación de la naturaleza, el Patrón ordenó matarlo. Sin embargo, ante las súplicas de Aurora para que le perdonara la vida, accedió a conservarlo como parte de su hacienda, pero con la condición de que recibiera el mismo trato que cualquiera de sus ejemplares cuadrúpedos.

El hijo de Aurora creció entre corrales, con sus cuasi-semejantes, comiendo pasto y sal y tomando agua en los abrevaderos. De vez en cuando se defendía de los demás toros que buscaban amedrentarlo y peleaba por el derecho a aparearse con las vacas, aunque la falta de cuernos fue siempre para él una gran desventaja que lo llevaba a morder el polvo del suelo y a sentir la amarga hiel de la derrota.

Desde una prudente distancia, Aurora lo observaba con lástima, en su interior sentía el dolor de madre cuando ve sufrir a un hijo, pero el miedo a contrariar la orden del Patrón, de no acercarse a él por ningún motivo, le impedía correr a consolarlo.

La mujer rebozaba de dolor por las penosas vicisitudes ocurridas a su vástago. Para consolarlo, se escabullía lo mejor posible bajo la noche hacia el corral. Al verlo quejarse por recientes heridas de pelea, el llanto rodaba de sus ojos. Aurora gimoteaba junto a él desconsolada. Con agua y algunos trapos le limpiaba las heridas y con palabras dulces lo consolaba. Oscuridad tras oscuridad, la mujer se infiltraba en el corral y disfrutaba del cariño dado a su retoño, cuyo calor no había sentido desde hacía mucho tiempo. Gozaba de los instantes en que podía tocar la piel del toro, la textura de su pelo y la rigidez de sus músculos.

A veces, el cariño maternal recibía destellos que mutaban las imágenes de sus encuentros íntimos con los toros: los bovinos tomaban la forma de su hijo y ella se extasiaba adherida a sus cuerpos, en un balanceo de gemidos como péndulo de reloj.

La mujer sacudía la cabeza para deshacerse de las tentaciones, pero el impulso era como un caballo desobediente a las riendas, que la incitó a tocar a su hijo con caricias de amante. De ahí a la cópula, sólo hubo un brinco, y el amor maternal se transformó en lascivia desbocada. La noche parecía ser la mejor cobija cada vez que el deseo la manipulaba.

Día a día, el toro se tornaba más fuerte, su cuerpo adquiría más volumen y los músculos se pronunciaban más bajo la piel dura y tosca. Con estas nuevas destrezas logró derrotar a un rival que le disputaba los favores de una vaca. Cuando Aurora vio a su hijo encima del lomo de la hembra sintió la ponzoña de los celos azuzar su pecho. Enloquecida de ira, envenenó el agua destinada a las cuadrúpedas y mató a otras degollándolas. Contaminados por el líquido mortal, también murieron algunos toros.

Cuando el Patrón se enteró de lo sucedido, vio la ruina descender sobre sus ganancias como una avalancha de lodo y escombros. Hizo algunas pesquisas con mucha cautela para que el asunto no trascendiera; nadie debía saber que el rico hacendado tenía problemas con sus bienes, y pronto se enteró de lo que había ocurrido.

La ira nubló su pensamiento e intentó pagarle a la causante con la misma moneda. Aurora tenía sobre la cabeza una pistola que la amedrentaba para que bebiera de un vaso con un líquido hecho de hierbas venenosas, pero ella rogó por su vida, pidió una y otra vez perdón, y ofreció a cambio hacer lo que fuera para remediar lo sucedido.

Uno de los subalternos del Patrón llamó a su jefe a un lado y le comentó algo al oído. El Patrón se llevó la mano a la barbilla y meditó por un momento. No estaba mal la idea de sacarle provecho a los talentos de cada uno de los implicados: Aurora era una excelente torera y el aspecto de su hijo podía dejar buenas ganancias.

En la próxima feria del pueblo se anunció con bombo y platillo el gran espectáculo: el toro del Patrón se enfrentaría a Aurora, “la capotera de oro”. Todos acudieron al llamado y pagaron la costosa entrada, no con el ánimo de disfrutar de una buena faena, sino para saber cómo era físicamente el hijo de la unión de una mujer con un toro y corroborar si las historias de los desenfrenados gustos de la esposa del Patrón, habían sido verdad o no.

La audiencia estaba excitada, los gritos y la euforia se escuchaban a varios metros de la plaza taurina, las gradas abarrotadas se parecían a los camiones que repletos de carga llegaban al pueblo y el bullicio no respetaba el sosiego del silencio.

Cuando el hijo de Aurora salió a la arena, el ruido de la multitud parecía el comienzo de una batalla, el rugido de un volcán, el furor del mar embravecido. Todos se levantaron de sus lugares y las gradas parecían tener un único ojo que anhelaba contemplar el aspecto del bovino humano. No obstante, sólo pudieron mirar el cuerpo del mamífero y una cabeza con una máscara y un casco adornado por afilados cuernos de acero. Después salió la “capotera de oro”, luciendo un traje dorado de lentejuelas que se ceñía muy bien a sus torneadas piernas y generosas caderas. Más de uno hubiera querido ser un vacuno o el esposo de ella para galopar entre sus piernas. Para la multitud el espectáculo pintaba muy atractivo, los gritos de júbilo eran más que una prueba, y pronto la concurrencia olvidó el aspecto del toro y se concentró en disfrutar de lo que se avecinaba.

El silencio se hizo demencial. La tardanza de los dos contrincantes desesperaba a la audiencia. Aurora y el toro se observaban cara a cara. De las fosas nasales del cuadrúpedo salían restos de su agitada respiración, y el porte de Aurora con el capote de brega esperaba la embestida del animal. La lidia estaba por comenzar. El toro arrastraba sus patas delanteras en la arena y sacaba un polvo que avivaba más su respiración. Aurora movió el capote para incitarlo, y el animal atendió al desafío y emprendió carrera. Faltaban unos cuantos pasos para que el toro pasara junto a la torera, rozara el capote en la vuelta de trompo que ella daría con su cuerpo, y la concurrencia gritara como una sola garganta el infaltable ¡Ooollleee! ¡Ooollleee!; pero la cabeza del animal tropezó con el cuerpo estático de Aurora. El público dejó escapar expresiones de asombro. Los cuernos aventaron a la mujer como una lanza que se arroja, y la capotera de oro cayó como fardo arrojado de gran altura. El polvo inundó por unos instantes la mirada del toro. En cuanto el viento despejó el panorama, el cuadrúpedo se acercó a su madre y la movió con el hocico. Ella reaccionó y le ordenó:

—¡Hazlo! ¡Prefiero morir a perderte!

El animal pintó de ira sus ojos, levantó sus patas y dejó escapar un bramido que Aurora muy claro escuchó:

—¡Pelea, madre!

Ella se incorporó por la sorpresa de esas palabras.

—¡Puedes hablar! —exclamó.

—¡Pelea! —volvió a bramar el animal y lanzó su fornido cuerpo contra la mujer.

Aurora lo esquivó con un elegante movimiento y el tan ansiado ¡Ooollleee! del público al fin tuvo su turno.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—¡Pelea! —de nuevo el bramido.

Embestida, capoteo y el grito de la multitud se sucedieron una y otra vez.

—¡No quiero perderte!

Varios lances más y las acciones se repetían como eco. Los dos contrincantes se detuvieron a corta distancia. La respiración agitada de ambos hacía difícil articular palabra. El aire tornaba seco el sudor en los cuerpos. La multitud morbosa incitaba con su deseo de sangre en la arena.

—¡Hazlo! —bramó el toro—. ¡Retoma tu vida!

Aurora dejó escapar un “No puedo. Te amo” que habría despertado la risa del público si lo hubiera escuchado.

—¡Hazlo! ¡O yo mismo lo haré! —bramó el toro y sacudiendo fuertemente la cabeza se quitó el casco de cuernos de acero. Lo sostuvo con sus patas delanteras y las puntas miraban en dirección a su pecho.

Un murmullo largo se extendió de la multitud de asistentes que forcejeaba en sus lugares por descubrir el rostro humano del animal.

—¡No puedo! —lloró Aurora.

El animal se dejó caer contra los cuernos de acero y las puntas penetraron su cuerpo. La arena se tiñó de rojo. El toro se incorporó y de nuevo embistió a la torera. Aurora lo esquivó. El grito de la multitud hirió los oídos de la mujer. La herida no era profunda y el animal sufría. La muerte llegaría muy lenta. El toro de nuevo se puso junto al casco de acero para dejarse caer, pero Aurora gritó con la garganta inundada de llanto. Sacó el estoque del capote con las manos temblorosas y se preparó para el final. La punta del estoque señalaba el lomo del animal. El cuadrúpedo avanzó y su cuerpo sintió el frío metal dentro de su carne, directamente en el corazón. La muerte llegó al instante.

La tarde empezó a decaer, y en la arena yacía el cuerpo sin vida del toro de Aurora. Herida por el dolor de la pérdida, se arrodilló y le dio el último adiós a su hijo con un beso. Miró hacia el lugar donde estaba el Patrón.

En el palco de preferencia, el Patrón observaba la escena, como antiguo emperador en el circo romano tras una batalla de gladiadores, y luego procedió a contar las ganancias que el espectáculo le había dejado. El dinero recaudado fue abundante, y el tintineo de las monedas al pasar por sus manos incubaron en su mente una idea: era posible recobrar su antigua prosperidad con algunos espectáculos más. Su esposa aún estaba joven, fértil y vigorosa, y a él todavía le quedaban algunos buenos sementales.

Aurora se presentó dispuesta a acabar con la vida de su esposo. En sus manos el estoque temblaba de ira. El Patrón se sobresaltó retrocediendo hasta quedar contra la pared. Aurora lanzó el estoque para ensartarlo en la garganta de su verdugo, pero el Patrón logró esquivarlo y el arma hirió el muro y se dobló. Los guardaespaldas del hacendado acudieron al escuchar el alboroto y doblegaron a la capotera a la fuerza. Los insultos proferidos por ella no cesaron de visitar los oídos del Patrón.

Después de ese día, por orden del Patrón se forjó un toro de metal en uno de los establos. En su hueco interior yacía Aurora, quien desnuda de la cintura para abajo esperaba el miembro del bovino que acudiera a preñarla. Sólo abandonaba al toro de metal cuando los guardaespaldas la sacaban para inyectarle alimento en sus venas —porque se negaba a comer—, o cuando iba a dar a luz. Su cuerpo dio vida a muchos vástagos similares a su primer hijo, hasta el día en que murió desangrada. El Patrón, obstinado en su propósito y ante la pérdida de su fuente de raros ejemplares, decidió mezclar a los vástagos que habían surgido de la unión de Aurora con los toros.

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