Enrique Arias Beaskoetxea (España)- Réquiem

Ensayista y novelista, el brasileño Lêdo Ivo nació en Maceió, estado de Alegoas, Brasil. Creció y se formó en Recife, y desde 1943 se estableció en Río de Janeiro. Fue miembro fundador de la llamada “Generación del 45”.

1/20/2026

Mimeógrafo
#152 | Enero 2026

Réquiem

Enrique Arias Beaskoetxea
(España)

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Cita

Ensayista y novelista, el brasileño Lêdo Ivo nació en Maceió, estado de Alegoas, Brasil. Creció y se formó en Recife, y desde 1943 se estableció en Río de Janeiro. Fue miembro fundador de la llamada “Generación del 45”. La creación poética fue su actividad principal. Publicó más de veinte libros de poesía.

A finales de la década de los ochenta, sus páginas comenzaron a ser divulgadas en España. El reconocimiento le llegó con su antología La aldea de sal (2009), la cual contiene una selección realizada por los poetas Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre.

El escritor Martín López-Vega, especialista en la literatura de Ivo, prologa y traduce Réquiem, un canto doloroso por la muerte de Leda, esposa del poeta. El libro original fue publicado en Brasil en el año 2008. Lo escribió entre 2004 y 2006, tras la muerte de su mujer, convencido ya de que “el tiempo no volverá a ser celebrado / entre las constelaciones.”

Afirma el prologuista sobre la actitud del poeta «... él se enfrenta a la muerte no como algo opuesto a la vida, sino como un reverso siempre presente en ella, que habita todas las cosas llenándolas de ceniza, subrayando la fugacidad de la luz y de la sombra».

El libro comienza con una cita de Mallarmé: “Un peu profond ruisseau calomnié la mort” (Un arroyo poco profundo calumnió a la muerte).

Réquiem es un poema largo organizado en ocho partes y escrito desde el no-lugar de una isla, desde el lugar de agua y tierra de la infancia, desde el tiempo efímero de la memoria que invade la muerte destructora del sueño y de la identidad. El tono sereno del comienzo de la obra va a mantenerse hasta el final. El poeta escribe sumido en el dolor, pero continúa celebrando la existencia. La lista de sus afectos es extensa y variada. En el lado de la luz figuran los sentimientos nobles, la neblina y los ruidos del universo; en el lado de la sombra figuran la herrumbre, los espejos rotos, la ceniza. Tampoco faltan unas voces extrañas que Lêdo Ivo afirma que vienen de otros mundos.

Réquiem, el último libro de Lêdo Ivo es, como señala el traductor Martín López-Vega, «mucho más que un testamento, porque es, sobre todo, un sutil libro de instrucciones de la vida».

“Ante el mar, solo ahora aprendo que el día más largo del hombre dura menos que un relámpago”

I Aquí estoy aguardando el silencio

El libro comienza con un verso demoledor. Ante la ausencia de la persona amada, todo, incluso el paisaje, tiende a la desaparición: el astillero podrido, las cosas escondidas, el caballo robado… / Ahora la noche desciende para siempre /. El mundo se asemeja a un manglar, un bosque próximo a la desembocadura del río, cuya corriente es un meandro casi imperceptible, con islas creadas por depósitos traídos tanto por el río como por el mar, un mundo sombrío, navegable solo para quien está formado para ello y lo ha atravesado una y otra vez. El poeta se queda solo ante ese espacio que separa la vida de la muerte en un mínimo instante, / ante el mar / solo ahora aprendo / que el día más largo del hombre / dura menos que un relámpago /.

El tiempo desaparece, el cielo y la tierra se cubren de cenizas, la amada se difumina, mientras atraviesa las aguas negras de la laguna, El poeta comprende que todo está perdido, apenas resta un tiempo fuera del tiempo, / La eternidad pasa como el viento. / Solo el tiempo es eterno /.

Una constante hoguera quema aquello que encuentra, sea clamor y alegría, sea naufragio, quema al propio fuego, / y se apaga en el silencio del mundo /. Las cenizas cubren escombros, naves, el agua e inclusive la misma aurora. No hay consuelo para tanto dolor, el fuego continúa abrasando lo ya quemado hasta hacer desaparecer cualquier esperanza. / En la noche crematoria, la muerte es una hoguera /.

II Más allá del frío y del calor.

Marc Augé definió el no-lugar como aquellos lugares en los que no se vive — terminal de aeropuerto, hotel, etc.— y, por lo tanto, no puede establecerse una relación personal ni social. Para Lêdo Ivo es un mundo que está más allá de esta realidad, / más allá de los sueños visitados por el mar impaciente / y de la oscuridad fétida de las cloacas y de la claridad solar / en que nos movemos /.

Su escritura se basa en versos largos y cadenciosos que le llevan hacia ese no-espacio donde habita la muerte y que uno no lo reconoce como propio, / no sabemos dónde estamos. No sabemos qué somos. / No sabemos nada, más allá de que una noche / pura y vacía nos aguarda /.

Será en esa noche donde se encuentra la muerte para aplastar cualquier sueño, como se aplasta un insecto molesto, / y derrama la albura del agua contenida en el vaso / prometido al desastre de una flor hecha añicos /.

III He amado siempre el día que nace, la proa del navío.

El poeta no se esconde detrás de un personaje, o un alter ego poético, sino que es él mismo en primera persona quien nos dice todas las cosas que ama, pues este libro no es un libro de duelo y pesares, el poema lo abarca todo, vida y muerte, en una larga letanía, /He amado siempre lo que pasa: los taxis ocupados / los silbidos de los trenes, las nubes desgarradas / y las hojas arrastradas por el viento /.

Y más allá de todas las cosas terrenas se encuentra el puente que lleva a la orilla opuesta, donde se encuentra el otro mundo, / Y siempre oí la voz que me llama en lo oscuro, / la voz del otro lado, venida de otros mundos / que se deshacen en el aire, lamidos por la bruma /.

A un lado del puente están las cosas concretas, materiales, densas o tenues; al otro lado está lo abstracto de la muerte — susurros, cenizas, arena, mortaja — / en la desnudez de la materia, / en las pálidas colonias de la noche depredada. / Quiso la fortuna que, en el extravío, / yo siempre me encontrara /.

IV Las luces del aeropuerto corren como arlequines

El poeta atiende la voz que proviene del otro mundo, y antes que rechazarla se apropia de ella, siendo un ciego tanteando en la oscuridad, pues la muerte no puede partir en dos la realidad, la vida y la muerte. Para el poeta el amor va más allá de la muerte, / Y soy yo quien parte. Y quien pertenece. Y quien vuela. Y quien queda. / Una luz de faro divide el universo. / Mi mano busca en la oscuridad un cuerpo nupcial /.

El otro mundo es intangible, a veces incomprensible, pues se esconde en una amplia oscuridad. El poeta está tentado por la derrota, los días no traen más que signos de muerte, sintiéndose incompleto en la claridad en la que vive. No tiene más alternativa que asumir la conjunción de claridad y oscuridad, para ser otra máscara, otro personaje, alejado de lo que cree ser hasta entonces, / Solo al viento que sopla confío mi asombro. / Necesito ser exacto e impenetrable / para ser comprendido por el día que pasa /.

V Felices quienes parten

Aunque este primer verso parezca celebrar la partida, el poeta aún no está preparado, pues el otro lado del puente le sigue mostrando niebla, incertidumbre, inquietud. Tras la pérdida, queda la soledad a este lado del puente. Al poeta le falta certeza en lo que hallará en el otro extremo, valor para atravesar el espacio entre ambas orillas, / Felices quienes amaron cuerpos y no almas, / quienes oyeron el piar de las lechuzas blancas en el silencio de la noche. / Felices quienes encontraron una sílaba perdida en la hierba mojada /.

En la sublimación que lleva de una orilla a la otra se encuentra “la noche oscura”, que es imprescindible atravesar para quien quiera partir de la tierra al cielo. Y el poeta duda, teme, se revuelve contra sí mismo, asombrado ante quienes dejaron atrás la cobardía y el temblor, / Felices los sedentarios que un día marcharon /.

VI Las palabras me persiguen como perros

El poeta se siente viviendo en un mundo que repite una especie de perpetuo retorno; al día le sucede la noche, a la noche le sucede la aurora, de sí mismo regresa a sí mismo, / En el tiempo circular paso y permanezco/. Es un tiempo que le lleva a una puerta que se cierra cuando se acerca a ella. Descubre que tras la puerta no hay otra cosa más que la muerte agazapada.

Camina por un sendero que apenas vislumbra, oye el murmullo del mar, frío y misterio que no responde a su querencia, / vuelvo a buscar las vigas del astillero / y ni siquiera encuentro mi propia sombra / absorbida por las nubes del encarnado crepúsculo /.

De este modo, el poeta recorre senderos, similar a quien ha sobrevivido a un naufragio, apenas le quedan los restos de sí mismo. Mas el sonido siempre está presente, puede ser el ruido del mundo, del demagogo o un reggae, o un avión, / en el susurro del amor / que vuelve clara la tiniebla / , tras la cual aparece un día claro al que seguirá una noche, siempre permaneciendo en la rueda de la existencia, la leña acumulada se convierte en ceniza.

La puerta permanece cerrada y no queda otra salida que volver al mar para descubrirse solo, ya que el amor desapareció y no queda más que alargar una mano hacia el vacío. / Un océano me rodea / y es blanco como la mortaja. / Y la lluvia cae y lava / las letrinas de la muerte. /

“Cuanto perdí, lo perdí para siempre”

VII Mar, tambor y martillo, música y sal de la vida

En este poema, el autor se deja llevar por un cierto derrotismo, todo le parece condenado a la herrumbre, al silencio, a la pérdida de sus palabras recitadas al cosmos, / fue borrado por el viento que anidó en los almacenes portuarios /. La sensación o la percepción está emparejada con el espacio y las cosas en él contenidos son vestigios, almacenes, navíos, barcos oxidados y desahuciados en muelles abandonados. El poeta va acumulando imágenes de la desolación en largos versos que se forman con una prolongada insistencia, / Junto a las olas que mueren y renacen, / eterno retorno y eterno movimiento, / una vez más te llamo y no respondes /.

Semejante a las olas que acuden a la costa y regresan al mar, dejando un rastro de espuma, los versos se dirigen a la persona ausente, muerta, / Como todos los muertos / estás ahora donde no estás, / en el no-lugar que excluye toda esperanza /. El “eterno retorno” para Lêdo Ivo no da consuelo en el absurdo, ni calma en el ritual de la repetición, es un final, / Cuanto perdí, lo perdí para siempre /.

VIII El día se enamora de sí mismo

El tiempo se busca a sí mismo en el espejo, fluye como un extenso río hacia su desembocadura, pero no hay alivio en ello, / en la ruta glacial / lejos del miedo y del horror /. El mundo, blanco como las nubes, está lleno de la muerte que persigue a todos los habitantes de este no-lugar, / No tenemos prisa en morir y aun así morimos en el día veloz /. La muerte es un estruendo que despierta a quien creía en la certeza de la vida, pues “la vida es sueño”, decía Calderón.

A pesar de lo vivido y lo perdido por la muerte, el poeta se reconoce carente de sabiduría, / ante el gran mar prosódico / nada sé de la travesía /. Todo ello le hace caer al fondo de las aguas donde todo es lodo oscuro, miseria y muerte, desde la lejanía de la superficie apenas presiente el viento y la lluvia, / en el día delirante, en la noche iracunda /.

Ha llegado el final, también para el poeta, el mar le trae, como una ofrenda, un conocimiento más allá de los restos del naufragio, de los astilleros descompuestos. Llega en forma de nuevo en forma de “eterno retorno”, / pájaro migratorio que surge solo en el invierno / y perturba el mundo sedentario con su canto estridente /. Ese final es una aurora donde se aprende que todo es pérdida, que el silencio cierra la vida con su “noche oscura del alma”, como decía Juan de la Cruz. Se alejan los sonidos de la vida, / aquí termina, en el lodo negro de los pantanos, / mi largo caminar entre dos nadas /.

Escribe en el epílogo Gonsalo Ivo, hijo del poeta, unas precisas palabras sobre la búsqueda del poeta en sus reminiscencias, evocación de lo ocurrido — actos, sueños, sensaciones —, aquello que también le servirá para la metamorfosis.

«Despierto envuelto en la vibración y la sonoridad de la palabra réquiem y, como todavía sueño, vivo el desorden de la memoria, de cómo sería la metamorfosis de la noche en un colorido. Jamás conoceré la naturaleza, brillo o gama de tales matices y recuerdos, aún en secreto.

Lo más prudente entonces es guarecerme y, al acecho, confiar en el momento en el que todas las reminiscencias se trasmutarán en cosas de este mundo.»

Réquiem, Lêdo Ivo (Maceió -Brasil-, 18 de febrero de 1924 – Sevilla -España-, 23 de diciembre de 2012), El Gallo de Oro Ediciones, 2017