El túnel de Ernesto Sábato

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Marzo 2026

El túnel:

La ventana mínima hacia el abismo

El viajero de las palabras
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“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.”
Ernesto Sábato, El túnel (1948)

No entré a El túnel por una puerta, sino por una confesión. La frase inicial no es un golpe: es una grieta. Desde ahí descendí a la mente de Juan Pablo Castel, y el aire comenzó a escasear. No hay misterio sobre el desenlace; el crimen está dicho. Lo que me aguarda es más inquietante: el recorrido minucioso de una conciencia que necesita justificarse.

Camino por Buenos Aires, pero la ciudad es apenas un telón gris. El verdadero paisaje es interior: un corredor estrecho donde cada pensamiento rebota contra las paredes de la sospecha. Castel me habla con una lógica fría, casi matemática. Ordena sus recuerdos como pruebas en un juicio invisible. Quiere que lo comprenda. O, quizá, que lo absuelva.

Todo comienza con una mirada. En un cuadro suyo, hay una pequeña escena —una figura solitaria junto al mar— que casi nadie percibe. María Iribarne la ve. Ese detalle, apenas un punto en la tela, se convierte en el centro del universo de Castel. No es amor lo que nace allí, sino reconocimiento: la certeza de que alguien ha penetrado su soledad esencial.

Desde ese instante, el mundo se reorganiza alrededor de esa mujer. Yo lo sigo y siento cómo la realidad se contrae. Cada palabra de María adquiere un peso desmesurado; cada silencio, una amenaza. Castel no interpreta el mundo: lo somete. Necesita que todo encaje en una hipótesis que él mismo construye. La ambigüedad le resulta insoportable.

Ernesto Sábato edifica así una novela sobre la percepción deformada. La obsesión no irrumpe como un incendio; se instala como una idea persistente que va ocupando todos los espacios. Castel analiza, deduce, concluye. Su inteligencia es aguda, pero está al servicio del miedo. La razón, en vez de liberarlo, lo encierra.

Mientras avanzo por este túnel psicológico, experimento una incomodidad creciente. Estoy dentro de la mente de un hombre que desconfía de todo y de todos, que desprecia la superficialidad del mundo, pero que anhela con desesperación ser comprendido. Esa contradicción lo define: cree que nadie puede entenderlo, salvo María; y al mismo tiempo sospecha que ni siquiera ella lo hace del todo.

El amor, en esta novela, no es expansión sino cerco. Castel no busca compartir el misterio del otro; busca confirmarse. Necesita que María coincida con la imagen que ha creado de ella. Cuando la realidad muestra matices, zonas oscuras o gestos inexplicables, la sospecha florece. Y la sospecha, en su mente, es más convincente que cualquier explicación.

Marzo nos invita a pensar la transformación como un salto hacia lo desconocido. En El túnel, esa travesía se pervierte. Castel se adentra en el territorio del amor, pero en lugar de abrirse a su incertidumbre, intenta dominarlo. Lo desconocido no lo transforma: lo amenaza. Y frente a la amenaza, responde con control.

Sábato escribe con una precisión despojada. No hay excesos retóricos ni escenas superfluas. Cada frase parece esculpida para sostener la tensión. La primera persona nos obliga a convivir con el narrador sin filtros. No existe una voz externa que equilibre su perspectiva. Estamos solos con él, escuchando sus razonamientos, sintiendo cómo se estrecha el espacio.

Hay momentos en que quisiera discutirle, señalarle la fragilidad de sus conclusiones. Pero el túnel no admite interrupciones. Castel avanza con una coherencia interna implacable. Y esa coherencia, tan lógica en apariencia, es también su condena. Cuando una mente elimina todas las dudas, elimina también la posibilidad de cambio.

Lo más perturbador de esta novela no es el crimen anunciado, sino la naturalidad con la que se gesta. No asistimos a un arrebato irracional, sino a una construcción metódica. Cada sospecha suma un ladrillo más en el muro que separa a Castel del mundo. Cada interpretación reduce el espacio del diálogo.

Mientras recorro estas páginas, me pregunto cuántas veces convertimos nuestras propias heridas en sistemas cerrados. Cuántas veces confundimos intensidad con profundidad, posesión con amor. El túnel no ofrece respuestas tranquilizadoras; ofrece un espejo oscuro.

Al salir de la novela, la luz parece distinta. Entiendo que la transformación no siempre es luminosa. A veces consiste en reconocer la sombra que llevamos dentro. Castel no logra hacerlo. Permanece en su corredor estrecho, convencido de que la realidad confirma su visión. Pero el lector, si se atreve a atravesar ese espacio asfixiante, puede regresar con una conciencia más alerta.

No recomiendo este libro para quien busque consuelo. Lo recomiendo para quien desee enfrentarse a la anatomía de la obsesión, para quien quiera escuchar la voz de una mente brillante y fracturada, y preguntarse dónde comienza el límite entre la interpretación y el delirio.

El túnel es breve en extensión, pero profundo como una caída. Una novela que nos recuerda que el mayor peligro no siempre está afuera, sino en la forma en que miramos.

Y quizá, al cerrar el libro, comprendamos que todo cambio verdadero exige algo que Castel nunca concede: la humildad de aceptar que el otro es, y será siempre, un misterio.

Contexto de la obra

El túnel fue publicada en 1948 por el escritor argentino Ernesto Sábato. Primera novela del autor, se inscribe dentro del existencialismo latinoamericano de posguerra y explora la angustia, la incomunicación y la soledad del individuo moderno. Admirada por figuras como Albert Camus, la obra consolidó a Sábato como una de las voces más intensas de la literatura argentina del siglo XX. Su brevedad contrasta con la profundidad psicológica que despliega, convirtiéndola en un clásico de la narrativa introspectiva.