El nombre de la rosa — Umberto Eco
“El miedo al conocimiento es el principio de toda tiranía.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Enero 2026
El nombre de la rosa de Umberto Eco
El laberinto de la razón y la sombra
El viajero de las palabras
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“El miedo al conocimiento es el principio de toda tiranía.”
— Umberto Eco, El nombre de la rosa
Entro en la abadía al amanecer. La niebla no es solo un fenómeno del clima: es una sustancia moral. Se adhiere a los muros, a las túnicas, al pensamiento. Camino despacio, como quien sabe que cada paso resuena en siglos ajenos. Aquí, el silencio no es ausencia de sonido, sino una vigilancia constante. Los libros duermen —o fingen dormir— mientras los monjes respiran con la cautela de quien teme pensar demasiado.
Habitar El nombre de la rosa es aceptar que el conocimiento no siempre ilumina: a veces quema. Umberto Eco construye un mundo donde la inteligencia es una forma de herejía y la risa puede convertirse en un crimen. Yo, viajero de palabras, avanzo por pasillos que se repliegan sobre sí mismos, por escaleras que no prometen salida, por una biblioteca que no es depósito de saber sino un organismo vivo, celoso, casi consciente. No estoy en una novela policial; estoy dentro de una interrogación gigantesca sobre el poder de las ideas.
El corazón del libro late en esa tensión constante entre razón y fe, entre interpretación y dogma. Guillermo de Baskerville no investiga solo muertes: investiga los límites del pensamiento permitido. Su mirada racional, heredera de una modernidad que aún no existe, choca contra un mundo que teme al libre examen porque sabe que una pregunta bien formulada puede derrumbar una estructura entera. Cada diálogo, cada disputa teológica, vibra con esa conciencia: pensar es peligroso.
Eco escribe con una erudición que no aplasta, sino que envuelve. El texto se siente denso, sí, pero no inaccesible: como un manuscrito antiguo que exige atención, paciencia y humildad. Hay momentos en los que la narración se detiene a reflexionar sobre signos, palabras, interpretaciones. Y en esos instantes comprendo que la novela no trata únicamente de un misterio externo, sino de uno más profundo: ¿cómo leemos el mundo?, ¿quién decide qué significa algo?, ¿qué ocurre cuando una interpretación se vuelve ley?
La abadía es un microcosmos del poder. Todo está regulado: el cuerpo, el deseo, la risa, el pensamiento. El saber no se comparte, se administra. Y yo, mientras recorro ese espacio, siento que el verdadero encierro no está en los muros, sino en el miedo a la ambigüedad. Eco nos recuerda que la verdad absoluta es una tentación peligrosa; quien cree poseerla deja de escuchar.
Hay en la novela una melancolía particular: la del conocimiento perdido, de los libros que arden, de las palabras que nunca llegarán a ser leídas. La risa —ese gesto humano, liberador— aparece como una amenaza porque desarma la solemnidad del poder. Reír es dudar. Y dudar es el primer paso hacia la libertad. Tal vez por eso este libro, aunque anclado en el siglo XIV, dialoga de forma tan directa con nuestro presente.
Hacia el final de mi recorrido, cuando abandono la abadía sin mirar atrás, comprendo que El nombre de la rosa no ofrece respuestas cerradas. Deja cenizas, fragmentos, preguntas. Me invita —nos invita— a desconfiar de los sistemas que prometen sentido total, a proteger la fragilidad del pensamiento crítico, a recordar que toda biblioteca es también un campo de batalla.
Leer esta obra no es resolver un enigma: es aceptar que el mundo es un texto infinito, abierto a interpretaciones, y que nuestra responsabilidad como lectores —y como seres humanos— es no renunciar nunca a la búsqueda, incluso cuando el camino esté cubierto de niebla.
Contexto de la obra
Publicada en 1980, El nombre de la rosa fue la primera novela de Umberto Eco, reconocido hasta entonces como semiólogo y filósofo. Ambientada en la Edad Media, la obra combina el género policial con la novela histórica, el ensayo filosófico y la reflexión sobre el lenguaje y el poder. Su enorme éxito internacional demostró que una novela profundamente intelectual podía, al mismo tiempo, ser apasionante y accesible. Eco escribió este libro como un homenaje a los textos medievales, a la interpretación infinita de los signos y a la figura del lector activo, capaz de perderse —y encontrarse— en el laberinto del sentido.

