El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov
“Los manuscritos no arden.”

Biblioteca Itzamná
Reseña / Marzo 2026
El maestro y Margarita:
Donde el diablo pasea por Moscú
El viajero de las palabras
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“Los manuscritos no arden.”
— Mijaíl Bulgákov, El maestro y Margarita
Llegué a Moscú una tarde en que el aire parecía ordinario. Las calles, los tranvías, los edificios grises: todo respondía a la lógica conocida de una ciudad disciplinada por la costumbre. Pero bastó un rumor —la presencia de un extranjero extraño, acompañado por un séquito aún más improbable— para que la realidad comenzara a resquebrajarse.
En El maestro y Margarita, no se cruza un umbral visible. Lo fantástico irrumpe con una naturalidad desconcertante. Caminé por los parques y los teatros de esa Moscú soviética, y de pronto advertí que las certezas se volvían frágiles. Un gato gigantesco discute con funcionarios; una decapitación ocurre bajo un sol indiferente; una mujer descubre que el amor puede exigir pactos impensables. Nada se presenta como alegoría explícita: todo sucede con la serenidad de lo inevitable.
Mijaíl Bulgákov construye una novela donde la realidad y la fantasía no se oponen, sino que se interpenetran. El diablo —bajo el nombre de Woland— no llega como una figura grotesca, sino como un juez irónico que desnuda la hipocresía y la mezquindad humanas. Lo sigo por avenidas y salones literarios, y observo cómo cada encuentro revela una verdad incómoda. La risa, en esta obra, no es alivio: es diagnóstico.
Hay en la novela una doble corriente que me arrastra. Por un lado, la sátira feroz contra una sociedad burocrática, temerosa y superficial. Por otro, una historia íntima y ardiente: la del Maestro, escritor incomprendido, y Margarita, mujer capaz de atravesar los límites del mundo por amor. Entre ambas líneas narrativas, Bulgákov teje un puente invisible donde lo terrenal y lo divino se rozan.
Cuando me acerco al Maestro, percibo la fragilidad de quien ha apostado todo a una obra. Su manuscrito —una novela sobre Poncio Pilato— es más que un texto: es una búsqueda de verdad. La incomprensión y la censura lo han empujado al silencio. Sin embargo, su historia persiste como una llama bajo las cenizas. “Los manuscritos no arden”: la frase resuena como una afirmación ontológica. La creación auténtica sobrevive incluso al intento de aniquilarla.
Margarita, en cambio, irrumpe con una energía distinta. Si el Maestro encarna la duda y la herida, ella representa la decisión. La sigo cuando la noche la envuelve y acepta participar en un baile imposible, poblado de sombras históricas y figuras condenadas. Su transformación no es decorativa; es una afirmación radical de su voluntad. El amor, en esta novela, no es sentimentalismo: es fuerza que desafía la lógica ordinaria.
Mientras recorro estos episodios, siento que Moscú deja de ser un escenario estático. La ciudad se vuelve teatro cósmico. Los edificios, los cafés y las oficinas ministeriales conviven con vuelos nocturnos, pactos diabólicos y juicios eternos. Lo cotidiano se revela permeable a lo sobrenatural. Y lo sobrenatural, lejos de resultar ajeno, parece subrayar lo que ya estaba latente en lo humano: ambición, miedo, esperanza, deseo de redención.
Bulgákov escribe con una mezcla singular de ironía y lirismo. Puede pasar de la burla descarnada a la contemplación metafísica en pocas páginas. Esa oscilación crea un efecto vertiginoso. Como lector —como viajero— no tengo tiempo de acomodarme. Cuando creo haber comprendido el tono, la novela se transforma. Lo grotesco se vuelve trágico; lo cómico, sagrado.
La inclusión del relato de Poncio Pilato introduce otra dimensión. En ese Jerusalén antiguo, el drama de la responsabilidad y la cobardía adquiere un espesor atemporal. El encuentro entre Pilato y Yeshúa no es mera reconstrucción histórica; es reflexión sobre el poder, la verdad y el miedo a la libertad. Mientras leo esos pasajes, siento que la novela dialoga consigo misma a través de los siglos. Moscú y Jerusalén se miran en un espejo secreto.
Lo que más me conmueve es la forma en que la obra defiende la imaginación como territorio inviolable. En un contexto donde la censura pretende regular la palabra, Bulgákov responde con una explosión de fantasía. El absurdo no es evasión; es resistencia. Al introducir al diablo en el corazón de la capital soviética, el autor desnuda la teatralidad del poder y reivindica la autonomía del espíritu creativo.
No hay moraleja explícita. No salgo del libro con una doctrina, sino con una sensación de amplitud. El maestro y Margarita me recuerda que la realidad es más porosa de lo que creemos. Que lo visible no agota lo verdadero. Que la risa puede ser una forma de justicia.
Cuando cierro la novela, Moscú ya no es la misma ciudad que encontré al principio. Tampoco yo soy el mismo viajero. He visto cómo lo imposible cobra vida sin pedir permiso, cómo lo cotidiano puede albergar lo extraordinario. Y comprendo que, a veces, para defender la verdad y el amor, es necesario aceptar que el mundo es más vasto —y más extraño— de lo que dicta la razón.
No revelaré el destino final de sus protagonistas. Basta decir que en estas páginas el bien y el mal no se presentan como categorías simples. El diablo no es caricatura, y la redención no es ingenua. Bulgákov nos invita a habitar esa ambigüedad con valentía.
Leer El maestro y Margarita es asistir a un carnaval metafísico donde cada máscara revela un rostro más profundo. Es aceptar que la literatura puede convocar demonios para hablar de libertad. Y es, sobre todo, recordar que aquello que nace de la imaginación auténtica —como los manuscritos— no puede ser reducido a cenizas.
Contexto de la obra
El maestro y Margarita fue escrita por Mijaíl Bulgákov entre 1928 y 1940, en plena era estalinista. Debido a la censura soviética, la novela no pudo publicarse íntegramente en vida del autor. Apareció de manera póstuma en 1966–1967, aunque en una versión inicialmente censurada; las ediciones completas circularon posteriormente. La obra es considerada una de las cumbres de la literatura rusa del siglo XX por su compleja estructura narrativa, su audacia satírica y su profunda reflexión sobre el poder, la fe, la creación artística y la libertad.

