Cristian Fernando Guevara Hincapié (Colombia) - Para que Dayanna viva
—¡Objetivo adquirido! —gritó la teniente Johari a través del comunicador en el casco. En su visor estaba enfocada la unidad enemiga por una mirilla cuadrada color rojo.

Mimeógrafo
#152 | Enero 2026
Para que Dayanna viva
Cristian Fernando Guevara Hincapié
(Colombia)
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Cita
—¡Objetivo adquirido! —gritó la teniente Johari a través del comunicador en el casco. En su visor estaba enfocada la unidad enemiga por una mirilla cuadrada color rojo. Johari detalló las cicatrices de batalla en la unidad enemiga: agujeros por doquier. Múltiples símbolos de alerta y una titilante alarma avisaban que la unidad enemiga estaba preparándose para disparar. Johari, con su mano izquierda presionó varios botones y activó las armas; con su mano derecha movió la palanca con gatillo cual operaba la mirilla y los disparos; y aceleración, reversa y rotación con los pedales. Agregó—: Disparando munición de 120 milímetros.
Cuando Johari apretó el gatillo de la palanca de operación del sistema de apuntado, múltiples sacudidas envolvieron la totalidad del armazón, sonidos de golpeteo retumbantes apenas silenciados por el sistema de anulación de ruido en los audífonos del casco. Varios destellos se hicieron visibles desde fuera hacia ambos costados de la cabina: Los destellos se fundieron con el horizonte y, al alcanzar el objetivo, lo hicieron arder en una coreografía infernal.
A través del comunicador se escucharon voces:
—¡Yee-haw! —celebró un hombre—. ¡Soberbio disparo!
—¡Excelente como siempre, teniente! —señaló una mujer.
—Gracias, Vasileiou y Brown —respondió la teniente Johari, sonriente. Indicó a continuación—: Ese era el último B-32 enemigo en el área. Ahora deberemos cruzar el resto del desierto hasta la ciudad de El Cairo.
Johari manipuló el teclado frontal y proyectó un mapa en el visor de la cabina. Después de observarlo con detenimiento, agregó:
—Mil quinientos treintaitrés metros hasta la muralla exterior de la ciudad.
—Estamos cerca —completó la cabo Vasileiou.
—Sí, pero… —habló el cabo Brown—, el calor es insoportable. Las láminas se calientan y nosotros nos asamos en estas latas igual que pollos en un horno.
—¡Ja, ja, ja! —carcajeó la teniente Johari. Luego, pensativa, acarició la fotografía de una niña de cinco, o seis años, colocada en el panel superior derecho, al lado de unos indicadores de presión y temperatura—. Nos asamos, pero permanecemos vivos. Prefiero que estás latas sean hornos a nuestros ataúdes…
—Bueno, sí. Cierto…
—Bien dicho teniente —corroboró Vasileiou.
Johari, manipulando las palancas y los pedales, movilizó el colosal vehículo siguiendo la ruta hasta la ciudad.
—Vamos cabos, debemos llegar a la ciudad para apoyar a nuestros compañeros.
—¡Sí, señora! —expresaron los dos cabos al unísono.
Las tres gigantescas máquinas ATSC-2D —de ATS: advanced technological systems—, tanques de guerra soportados con dos patas digitígradas. Parecidos a mechas como los de las series de ficción. Estaban equipados con dos ametralladoras y dos pesados cañones duales de repetición, arma de cada tipo a cada lado de la cabina; y lanzamisiles montado en el techo. Caminaban sobre las arenosas y cálidas dunas desérticas.
Mientras avanzaban, Brown reprodujo en su sistema una canción clásica de hard rock: “Welcome to the Jungle” de Guns N’ Roses, agrupación de finales del siglo 20. Aquella canción escuchándose a través del comunicador.
—¡Necesito inspiración! —señaló Brown.
—¡Ay, Brown…! —lamentó Vasileiou.
En cambio, Johari sonrió.
—¿Por qué el lamento?
—Tú y tus canciones…
—Pero es una realidad absoluta… La canción captura la sensación de estar perdido y abrumado en una realidad repleta de peligros, excesos y la necesidad de adaptarse para sobrevivir. ¿Sabes cuántas guerras se han peleado desde 2030 hasta ahora? ¿por agua, alimento, combustibles y territorios? —gruñó Brown—. No queda ni un rincón del planeta sin cicatrices. Es innegable que, si la necesidad impulsa el ingenio, las guerras potencian las tecnologías…
—¿Lo dices por los colosos mecánicos?
—Obviamente. Desde la creación de las primeras lanzas en la prehistoria, hasta estas colosales máquinas que pilotamos dentro de sus entrañas. Míralas… Con sus cabinas como aviones, helicópteros o acorazados clásicos, mientras avanzamos y descargamos lluvias cinéticas, energéticas o explosivas contra nuestros enemigos. ¡Vamos Vasileiou! Que nos acostumbramos a tecnologías que para nuestros antepasados solo eran tecnologías de ensueño. Pasó, pasará y seguirá pasando.
—Tiene un punto a favor —declaró Johari después de esbozar una sonrisa.
—Sí —respondió Brown, emocionado—. Es que en seis años desde su creación las unidades ATSC se volvieron sumamente populares. Welcome to the Jungle atrapa la esencia simbólica de lo que vivimos ahora con estas bellezas.
Y es que, tal como lo dijo Brown, los ATSC-2D, operados por Johari, Brown y Vasileiou, tenían cabinas parecidas a helicópteros, precisamente al antiguo AH-64 Apache, sobresalientes por sus múltiples líneas rectas en su diseño. Diez toneladas de aleación de hierro, y carbono, electrónica y munición. Impulsadas por motores nucleares que les permitían alcanzar velocidades máximas de setenta kilómetros por hora.
—¡Tres objetivos, teniente! —señaló Brown—. Dos colosos mecánicos B-32 a las cuatro y un viejo B-20 a las nueve en punto.
—¡Los veo, cabo! ¡Los veo! —respondió Johari mientras miraba el radar en su visor con tres luces titilantes que destacaban.
Entonces se activaron las señales de alerta de disparos enemigos.
—¡Teniente!, ¡nos disparan! —señaló Vasileiou.
—¡Acciones evasivas! ¡Acciones evasivas! —ordenó Johari moviendo la palanca y los pedales con muchísimo frenetismo.
Los tres ATSC-2D se movieron serpenteantes, provocando que los proyectiles enemigos siguieran de largo hacia la arena: donde explotaron en un nubarrón incandescente y polvoriento. Rápidamente, rotaron hasta quedar frente a frente con los robustos y redondos enemigos. Y ambos bandos empezaron a dispararse en contra todo cuanto tenían.
—¡Muere! —gritó Johari mientras su casco era alumbrado por los fogonazos de los cañones laterales.
Los ATSC tenían una ventaja notable: seguir disparando mientras avanzaban, por lo que las batallas se volvían un ejercicio frívolo, mezcla de pericia y habilidad: esquivar y disparar, repitiéndolo.
—¡Disparando los misiles Phoenix! —señaló Brown.
Desde el lanzamisiles del techo del ATSC-2D de Brown, disparó dos potentes misiles Phoenix. Impactaron en una potente explosión cerca del enemigo, pero no destruyeron a ninguno.
—¡Carajo! ¡Falle! ¡Falle!
—¡Esquiva Brown! —manifestó Johari cuando vio ráfagas de ametralladora dirigidas al lugar en el que Brown estaba. Johari aprovechó la situación para responder con varios disparos de los cañones laterales.
Todos los proyectiles enemigos alcanzaron la cabina del ATSC-2D de Brown. Durante los impactos se liberaron múltiples chispas y destellos.
—¡Brown! —gritaron ambas mujeres.
—¡Ahg! ¡Carajo! —gritó él.
—¡¿Cabo?! —gritó Johari sin soltar el gatillo, disparando todo cuanto tenía.
—¿Estás bien, Brown? —gritó Vasileiou, retomando posición.
—¡¿Cabo?! ¡¿Cabo?! —Mientras Johari gritaba, logró destruir una de las unidades enemigas que explotó como un destello celestial de fuegos artificiales.
—¡S-Sí! —respondió Brown—. ¡Carajo! Atravesaron la cabina. Por poco y tendría que usar un parche de pirata.
—¡Gracias a Dios, Brown! —manifestó Johari. Reenfocó su atención en el enemigo y solicitó—. Quedan dos enemigos, derribémoslos.
Las tres máquinas tomaron distancia mientras seguían disparando contra los enemigos.
Lograron ametrallar el último B-32 y antes de explotar, el B-20 consiguió un disparo limpio contra el vehículo de Johari, sacudiéndolo con estrepito.
—¡Mierda! —lamentó Johari que intentaba controlar las sacudidas y el descontrol del vehículo.
—¡Teniente! —chilló Brown.
—Destruyan ese B-20 —continuó Johari, decidida.
—¡Entendido! —gritaron ambos cabos que empezaron a disparar contra el último enemigo: y explotó.
—¡Objetivos eliminados! —declaró Vasileiou.
—¿Cómo está teniente? —preguntó Brown, con tono de preocupación
Johari, mirando la pantalla de estado en su visor, descubrió la afección del cañón del lado derecho. También descubrió que tenía expuesta parte de la cabina interior del mismo lado.
—Creo que… Sobreviviré…
En aquel momento, cruzando varias dunas de considerable tamaño, apareció una lucecita ascendente en el cielo: se trataba de una de las aeronaves de evacuación de la ciudad.
—Estamos cerca —musitó Johari.
—Teniente…
—Dime Vasileiou.
—¿Será que su hija y hermana irán en esa aeronave?
—¡Ojalá! Ojalá… —mostró gesto nostálgico.
Cruzaron las dunas y encontraron las murallas de la ciudad, reventadas, humeantes e incendiadas. Dilucidando la brutal batalla que se libró horas antes. Varios colosos mecánicos destruidos, y arrojados como chatarra vaporosa, estaban de camino hasta el acceso principal.
Mientras llegaban al acceso, Johari operó los botones del radio para comunicarse con las tropas aliadas cercanas, y avisarles de la llegada de su grupo:
—Aquí la teniente Richardson, acudiendo al llamado de refuerzos. ¿Alguien al habla?
Esperó sin respuesta. Operó de nuevo los botones del radio e insistió de nuevo:
—Aquí la teniente Richardson, acudiendo a…
Antes de terminar de hablar, escuchó ruido en la señal, por lo que pausó sus intentos.
»¿Qué…? —preguntó para sí misma.
Otra vez operó los botones del radio y entonces el ruido en la señal se aclaró:
—“Aquí el teniente Jacobson de la octava línea de defensa de la ciudad de El Cairo. Tengan cuidado en el Norte, avanza una máquina gigantesca, cuadrúpeda…”.
Luego de escucharlo Johari lo repitió en el sistema de comunicaciones para que también escucharan Vasileiou y Brown.
—¿Octava línea de defensa? —preguntó Brown, preocupado.
—¡Carajo!, pensaba que los de la octava línea de defensa eran los que mejor estaban —respondió Vasileiou.
—Pues hablaban de una máquina gigantesca… no quiero imaginarme que podría ser. Pero seguramente los avasalló —comentó Johari.
—Tal vez el enemigo desplegó una unidad titán B4 —supuso Brown.
—¡No digas eso! —clamó Vasileiou—. Tendríamos muchos problemas si desplegaron una de esas malditas máquinas.
—Estaríamos jodidos —apoyó Johari. Suspiró. Miró hacia el frente y ordenó—. ¡Continuemos!
Entraron en las ruinas de la ciudad. Johari, adelante, detalló la ciudad destrozada, edificios colapsados, cadáveres por doquier, colosos mecánicos destruidos, señales de batalla hacia cualquier dirección: fuego, humo, ruina y sangre. Lejanos se escuchaban aun muchos sonidos de disparos y explosiones.
—Parece que fue una “fiesta” espantosa… —lamentó Brown.
—¿Fue?, o ¿es? —preguntó Johari.
—Es —corrigió Brown.
—Es una maldita fiesta espantosa… —completó Vasileiou—. Cuando pequeña visité la ciudad, y ahora siento pánico al verla en el estado actual.
—La guerra siempre será desastrosa, cabo —expuso Johari—. Destruye todo cuanto llegamos a conocer. Odio la guerra, pero en la actualidad nos queda combatir o vivir en la zozobra: escondiéndonos o huyendo.
—O muriendo —completo Brown.
—Sí… muriendo… —Johari asintió.
—Así perdí a mi novia hace cinco años cuando viajaba desde Estados Unidos a Colombia. Malditos misiles enemigos… —Brown pausó—. Teniente, usted también perdió a Henry. Estaban casados, ¿no?
—Sí… y juro por lo que me resta de vida que Dayanna no sufrirá el mismo destino de su padre. Escapará de aquí, sana y salva.
Continuaron avanzando unos doscientos metros hasta que detrás de una densa columna de humo, producida por una explosión de al parecer varios misiles tierra a tierra, aparecieron las siluetas de tres enormes máquinas de combate.
—¿Enemigos…? —preguntó uno de los pilotos de las máquinas a través del intercomunicador. Tenía la voz alterada.
—¡Identifíquense! —señaló alguien más.
—¡Carajo! —manifestó Johari, nerviosa y temblorosa, empero preparada para apretar el gatillo.
Pronto se revelaron que las siluetas pertenecían a otros ATSC-2D, mismos colores de las máquinas de Johari, Brown y Vasileiou… Aliados…
—¡No!, somos aliados —respondió Johari—, soy la teniente Richardson. Estábamos combatiendo a cincuenta kilómetros de la ciudad de Fayún cuando escuchamos el pedido de ayuda del capitán August para la evacuación de la ciudad de El Cairo.
—Tres unidades maltrechas, ¡carajo! Parece que no tenemos opción…
—¿Maltrechas?
—Sí, pero es lo que hay —exhaló profundo—. Yo soy el Capitán August Gardner. Y necesitamos cualquier ayuda posible.
—¿Cuál es la situación?
—Terrible —pausó—. ¡Vamos! Les iré contando en el camino.
Avanzaron juntos hacia el Suroeste, haciendo temblar el suelo con cada pisada. Entre tanto el capitán August les iba contando:
—Tenemos cinco aeronaves de evacuación todavía en la mega torre de la ciudad…
Johari orientó su mirada hacia un enorme edificio al Norte, lugar indicado por August.
»Necesitamos conseguirles cuarenta minutos al menos para permitir que escapen esas aeronaves.
—¿Capitán, por qué no apresuran el escape? —preguntó Vasileiou—. Cuarenta minutos es mucho tiempo. No sabemos si la hija de nuestra teniente ya escapó. Puede que esté en el grupo restante.
—¡Carajo! —expresó August—. ¿Tienes una hija en el lugar, teniente?
—Mi hija y mi hermana, pero no estoy segura si ya escaparon, no hay manera de comunicarme, por lo que solo puedo estar segura si escapan todas las naves. No significa que no me preocupe por los demás,
—Tranquila… entiendo… —August pausó y agregó—: respondiendo tu pregunta, cabo Vasileiou, cuando emitieron la orden, bastante persona aún estaban entrando y ascendiendo en la mega torre, por lo que se establecieron cuarenta minutos adicionales como tiempo límite. Y espero que los familiares de la teniente estén adentro de alguna de las aeronaves que escaparon. Porque la cosa pinta peor tras cada minuto que pasa.
Avanzaron varios metros y hallaron de frente dos unidades enemigas.
—¡Objetivos! —señaló uno de los pilotos bajo el mando de August.
Adelante se encontraban algunas CT-15, máquinas de asalto tipo ariete con un impresionante blindaje frontal en decremento del trasero, como si fueran enormes palas quitanieves. Estaban equipados con tres ametralladoras pesadas de elevada cadencia adheridas al techo, y dos morteros en la parte de atrás. Dispararon con frenetismo —y una precisión nefasta— y varios proyectiles alcanzaron al contingente de los ATSC-2D.
—¡Despliéguense! —ordenó August. Disparó los cañones laterales, empero los blindajes frontales de los CT-15 repelieron los proyectiles, que terminaron rebotando en derredor. Continuó entre tanto esquivaba las ráfagas enemigas—: ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya…!
Johari, teniendo en cuenta su rango en comparación al de August, obedeció. Y, de la misma forma, Brown y Vasileiou. Rodearon hacia la derecha varios edificios derruidos —dirección contraria de los colosos mecánicos de August— usándolos de cobertura de las pesadas ráfagas enemigas. Volaban pedazos de las fachadas. Cada cuanto disparaban, aprovechando las aberturas entre edificio y edificio.
—¡Disparen! ¡Ahora! —gritó August.
—¡Fuego concentrado al blindaje trasero! —ordenó Johari.
Decenas de fogonazos aparecieron: proyectiles que alcanzaron al enemigo. Pero ellos contraatacaron e impactaron uno de los ATSC-2D en el grupo de August.
—¡Ahg! —gritó el piloto antes de morir con la explosión de la máquina.
—¡Arnoldo! —chilló August.
Arnoldo se llamaba el piloto, obviamente.
Los CT-15 tuvieron que colocarse dorso con dorso para protegerse de los disparos. Entonces mientras estaban entretenidos, apareció August desde un costado y disparó hacia las regiones vulnerables de los enemigos, haciéndolos explotar de manera incontenible.
—¡Sí! —celebraron en el intercomunicador.
—Excelente —declaró Brown.
—Gracias a Dios —completó Vasileiou.
Johari miró de nuevo la foto de su hija y sonrió.
—Tenemos que continuar —declaró August.
Diez minutos después llegaron a inmediaciones de la mega torre, donde ya había cuatro ATSC-2D aliados, aunque también había tres BRA-12: unidades de artillería y de lanzamisiles con cabinas redondeadas, bastante similares que las de los antiquísimos Boeing B-17, pero para dos pilotos; protegían y patrullaban la mega torre de cualquier posible acercamiento enemigo. Alrededor, cadáveres mecánicos: un cementerio enorme.
—Aquí el capitán August, llegamos a través de la carretera Suroeste, ¡no disparen!, repito: ¡No disparen! —advirtió a través del intercomunicador.
—Aquí el teniente Dumount. Recibido, capitán August. ¡Bienvenidos al infierno!
—Gracias… teniente…
Tomaron posiciones alrededor de la mega torre.
—Quisiera estar en la playa —habló Brown en el intercomunicador, acomodado para que solo escucharan Johari y Vasileiou—. Quisiera estar acostado en la arena, reposado, mientras el oleaje resuena al fondo. Pienso en el sonido, relajante: ¡Brum! ¡Brush! ¡Brum! ¡Brush…!
—En cambio yo quisiera estar en la octava colonia espacial en la órbita marciana —declaró Vasileiou—, sinceramente… a veces el planeta tierra parece una causa perdida…
—Yo creo que aún tiene esperanza… —señaló Brown—. En ninguna colonia espacial encontrarás el sonido y la apariencia verdadera del mar.
—¿Cómo no?, están los simuladores de inmersión…
—¡Ja! ¡No! no es lo mismo —Brown pausó. Después preguntó a Johari—: ¿Y usted teniente?
—¿Yo…? —Johari miró la foto de su hija—, yo solo quisiera ver de nuevo a Dayanna. Aunque si no se puede, quisiera que consiga escapar con mi hermana.
—Creo que era una respuesta bastante obvia…
Fue entonces que en el horizonte cercano se vieron varias explosiones. Y el capitán August, alteradísimo, envió una alerta a Johari, Brown y Vasileiou.
—¡Viene un enemigo! ¡Gigantesco!
Orientaron sus miradas hacia los radares y descubrieron algo, realmente inmenso, aproximándose.
—¿Qué es…? —manifestó Johari.
—¡¿Qué demonios es eso?! —inquirió Vasileiou—. ¿Vieron el tamaño de esa cosa?
—¡Uy! ¡Dios! —lamentó Brown.
En el momento de Brown expresarse, dos torres de telecomunicaciones cayeron como un edificio de naipes. Y surgió, entre la polvareda, un colosal tanque cuadrúpedo, unidad titán B4, seis veces el tamaño de un ATSC-2D. Sumamente acorazado con varias placas de tungsteno de cinco pulgadas recubriéndolo. Llevaba encima dos poderosos cañones electromagnéticos, que serían capaces de perforar en limpio la mega torre de la ciudad donde se realizaba la evacuación.
—¡Oh, no…! —lamentó Johari.
—¡Estamos jodidos! —vociferó Vasileiou.
—Demasiado —apoyó Brown. Y refriéndose al momento de la conversación inicial al entrar en la ciudad, agregó—: Lamento haberle acertado…
El titán apuntó sus cañones hacia la mega torre.
—¡Quiere atacar a los civiles! —chilló Johari, sumamente alarmada.
—¡Rodéenlo y ataquen! —ordenó August—. ¡No le dejen disparar!
Mientras los tres BRA-12 disparaban misiles que explotaron incandescentes en su objetivo., los nueve ATSC-2D avanzaron hacia el titán, Johari, Brown y Vasileiou hacia la derecha; August y otro ATSC-2D hacia el frente; y los otros tres avanzaron hacia la izquierda. Prácticamente una tenaza.
—¡Disparen con todo! —ordenó August.
Los BRA-12 continuaron dispararon sus misiles.
Johari primero operó los botones de selección de armamento al lado izquierdo para poder disparar todo al mismo tiempo. Apretó el gatillo en la palanca derecha y liberó todo el poder destructivo restante de su ATSC-2D, sumándose los de Brown y Vasileiou. Cientos de destellos destructivos fueron emitidos contra el titán, asimismo, desde el frente y desde el costado izquierdo. Y cuando los disparos se concentraron, lograron dañar gran parte del blindaje del titán.
El titán cesó sus intentos de apuntado de sus cañones electromagnéticos y focalizó a los pequeños colosos mecánicos alrededor, aceleró contra los que estaban al frente como un ariete enfocado en una muralla.
August se libró por poco, pero la otra maquina terminó aplastada por las pesadas patas del gigantesco enemigo. Explotó de manera infame.
—¡Ay! ¡Carajo! —gritó August. Mientras su ATSC-2D se alejaba del titán, continuó—: ¡Debemos resistir! ¡Veinte miseros minutos! ¡Resistan!
Dos de los ATSC-2D al costado izquierdo explotaron cuando las torretas láseres laterales del titán dispararon.
El ATSC-2D de August se acercó al grupo de Johari, y descargó sus ametralladoras contra el blindaje lateral del titán hasta conseguir exhibir el monstruoso motor.
—¡Ahí! ¡Disparémosle!
Johari estaba lista para apretar el gatillo cuando vio una torreta laser apuntándoles y vociferó:
—¡Cuidado!
El ATSC-2D de Johari se movió hacia un costado para esquivar el láser. Pero los ATSC-2D de August y de Vasileiou fueron alcanzados. Explotaron sin demora.
—Capitán August… Cabo Vasileiou… —chilló Johari, alarmada.
—¡Mierda! —gritó Brown, alarmado, antes de terminar aplastado por una de las patas del titán. Lo último que dijo fue—: ¡Ahg!
—¡Cabo Brown…!
Entonces Johari vio los BRA-12 siendo destruidos también por los láseres.
Tanto esfuerzo. Tanto sacrificio. Perdidos.
Y descubrió después al titán acercándose con velocidad hacia su máquina, como un futbolista queriendo patear un balón. Sintió un golpazo poderoso que provocó que perdiera el conocimiento al instante. Cuando abrió los ojos descubrió de colosos mecánicos aliados destruidos, entre tanto el titán estaba, nuevamente, apuntando los cañones electromagnéticos hacia la mega torre. Faltaba pocos minutos para que terminara la evacuación, pero todo podía terminarse en un abrir y cerrar de ojos si el titán disparaba.
Johari manipuló los controles y, aunque el ATSC-2D respondió, avanzaba de manera parsimoniosa, manifestando el evidente daño en las piernas mecánicas. Mientras avanzaba, detalló el estado de la máquina y descubrió que era un milagro estar aún con vida. Pero era que además de la movilidad, falló el sistema de armas. Enfocó el costado derecho del titán, donde estaba el motor. Apretó el gatillo y nada, las armas no se dispararon, escuchó en cambio varios crujidos mecánicos: obvias señales de avería.
—¿Qué puedo hacer…? —preguntó para sí misma en un acto de completa desesperación, mientras que los cañones electromagnéticos del titán enemigo, anclado al suelo para poder disparar, continuaban cargándose. Mordió su labio con fuerza, desesperada—. Puede que mi hija aún se encuentre abordando y…
Nuevamente observó el costado derecho del titán, donde estaba expuesto el motor. Asintió. Miró la foto de su hija una vez más. Parpadeó con frenetismo. Exhaló profundo. Presionó varios botones y apareció un conteo regresivo de autodestrucción en su visor. Movió los pedales, dirigiendo su ahora lenta máquina hacia el titán.
—¡Vive bien hija…! —declaró Johari entre lágrimas cuando el conteo regresivo llegó a cero.
En aquel momento el ATSC-2D explotó. Y cuando la explosión alcanzó el motor del titán, produjo una reacción en cadena, retroalimentándose de la energía acumulada por los cañones electromagnéticos. En la explosión, que arraso una parte de los alrededores, se liberó un gigantesco destello azuleo.
Aunque Johari se sacrificó, salvó la mega torre… y miles de vidas…
***
—¡Tía! ¡Tía! —repitió una pequeña mientras apuntaba hacia la ventanilla de la aeronave de evacuación.
La mujer sentada al lado miró hacia donde la pequeña apuntaba y descubrió un impresionante destello azuleo, cegador, cerca de la base de la mega torre.
—¡Increíble! —expresó la mujer, llevándose el antebrazo izquierdo de cobertura para los ojos—. Trata de no mirarlo Dayanna, podrías quedar ciega.
Dayanna miró a la mujer y preguntó:
—Tía, ¿crees que mamá estará bien?
—Seguramente sobrina —sonrió—. Sabes cómo es Johari de testaruda.
Dayanna sonrió y cerró los ojos. E imaginó el momento en que se reencontraría con su madre.
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